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Así como la lluvia de esa mañana, pasaron los días que le siguieron. En completa felicidad de mi parte y autismo de la suya.
La novia no comprendía lo que pasaba a su alrededor, me observaba entrar y salir, ir y venir. Pero sus ojos celosos no le decían a ella nada más que eso, lo que le mostraban, nada significaban en su mente esas imágenes.
La vida era distinta con ella. Era un silencio tibio el que reinaba mi hogar, era el calor que su mirada dejaba a su paso, a cambio de la inspección de todos los días.
Pronto pasaron algunos meses y nos hicimos más cercanos, yo dejé de abrazarme a cada hora que pasaba. En parte porque el tiempo comenzó a parecerme eterno a su lado, compartiendo las tardes y las noches, hablando… enseñándole a hacerlo, al menos…
Por otra parte y como era de esperarse, “tiempo” no era más que una palabra para la novia. Que ahora ya era parte de mí tanto como yo, sin saberlo, lo era de ella. Envueltos ambos en el misterio de su existir y de su ser. De preguntarnos todos los días algo nuevo y dar vueltas sin decírnoslo hasta inútilmente aceptar la ignorancia de esos pequeños detalles que hacían a nuestro pasado, nos sentimos contenidos, cercanos y comprendidos. Amados al fín.
Muy pronto también ella comenzó a pasearse por el bosque, a ayudarme en algunas insignificantes cosas como alimentar el fuego con pequeñas ramas que no eran de mucha ayuda, ya que sus manos delicadas eran inútiles intentando levantar pesados troncos.
Con la primavera llegaron algunas buenas noticias.
Algunos hermosos pajaritos se hicieron de nuestra compañía al regresar por esos lugares.
Tan hermosos como alguna noche se los hubiese descrito a la novia que, por si olvidé mencionarlo, era insomne y me pedía que mis relatos de esos parajes en momentos más hermosos y menos fríos fueran sus fieles compañeros nocturnos y no faltasen a la cita, al anochecer, a un costado de su cama…
Una mañana, de la manera divina en que yo la había descubierto a ella, ambos comprendimos que nos amábamos, que era imposible no estar enamorados ya que solo nos teníamos el uno al otro, que en todo el bosque no había otro ermitaño que secretamente adorase a otra novia vestida, ahora de negro, ni otra de ellas que se sintiese tan cuidada y amada por él.
De noche, bajaban del cielo las estrellas en repentinas precipitaciones. Los astros la pedían de regreso pero yo… yo jamás la dejaría ir de mis brazos que terminaban en ella.

Texto agregado el 04-08-2009, y leído por 109 visitantes. (1 voto)


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