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Don Pepe era un chofer de la locomoción colectiva que se destacaba por ser algo quitado de bulla, muy educado y cortés y complaciente con sus pasajeros, quienes le conocían por su nombre, habían llegado a apreciarlo y lo saludaban con grandes muestras de cariño al subir a su máquina. Era reconocido por su gran humanidad, cierta vez se salió de la ruta para pasar a dejar a una anciana rnferma a la misma puerta de su casa. La señora pasó a ser su devota número uno y poco menos que le hacía reverencias cuando se encontraba con él. Los estudiantes le veneraban porque siempre les saludaba con una sonrisa, les daba palabras de aliento y los aconsejaba. Don Pepe estaba casado con una hermosa mujer que era la envidia de todos sus colegas y que se destacaba por su gran coquetería, aunque siempre pregonaba que sin su Pepe ella no era nada. Pero como nunca faltan aquellos que tratan de envenenarlo todo con su cizaña, comenzaron a incentivar a Toro para que rondara a la bella que casi siempre estaba sola en su casa ya que Don Pepe trabajaba doble turno para poder ganar un poco más de dinero. El muchacho aquel, un galancete que era la antítesis de Pepe, conduciendo su máquina parecía un energúmeno que sólo tenía consideración especial con aquellas pasajeras de buen físico, a las que piropeaba con palabras burdas y miradas incendiarias. ¡Que le han dicho al picaflor! Cierta mañana llegó a la casa de su colega y lo atendió la mujer que recién se venía levantando y lucía una bata transparente que sugería en demasía sus delicadas formas. El hombre adujo cualquier cosa con tal de entablar un breve diálogo con la fémina,quien, a decir verdad, quedó prendada de aquel macho recio, de bruscos modales y de hablar estropajoso. En menos que canta un gallo, el tipo estaba enredado a muerte con aquella amazona hambrienta que no se saciaba nunca y que pedía más y más. La cama quedó más deshecha que de costumbre y la cabellera negra de la hermosa mujer, disparada en todas direcciones, delataba un desenfreno orgiástico que por largos años le había sido escatimado.

Esa noche, frente a Pepe, reparó en lo envejecido que estaba este, macilento, de hablar melifluo, distaba mucho de ser un hombre deseable por mujer alguna. En los ojos alucinados de la mujer bailoteó la maciza estampa de su Joel, a decir verdad el primer amante que aparecía en su monótona vida y al cual no deseaba dejar escapar por ningún motivo.

Muchos meses después nacía Joaquín, un hermoso pequeño que era el vivo retrato de su madre. El regocijado padre no disimulaba su alegría ya que después de muchos intentos, venía este niño a alegrarle la existencia. Los compañeros del hombre, sin embargo, tenían más que claro que ese retoño era el fruto de aquellos amores furtivos y se desternillaban de la risa escuchando las palabras del buen hombre, narrando las mil y una peripecias de su pequeño Juaco.

La mala intención de esos hombres inmisericordes vino a poner una nota de angustia en la armoniosa existencia de Don Pepe. Cierta noche, al ingresar a los baños del terminal micrero, el hombre encontró una nota que alguien había introducido bajo su casillero. Una letra miserable, propia de un ser que poco conocía de gramática o que, deliberadamente ocultaba su verdadera caligrafía, expresaba lo siguiente: “Vigila a tu esposa, cornudo” Al hombre se le derrumbó el mundo. Confiaba ciegamente en esa mujer a la que había liberado de la perdición algunos años atrás. No, eran simples infamias, no podía ser.

Esa tarde, la mujer se comportó cariñosamente con él. Su bonhomía le impedía sospechar de esa hembra tan angelical, tan hecha para adorarla. Ella, con el pequeño en brazos, le miraba con unos ojos que parecían haber capturado un gesto perdido en la nebulosa del tiempo. En realidad, la mujer divagaba y en esas ensoñaciones el primer actor era Joel, el macho recio que la alzaba con sus poderosos brazos para dejarla caer en la médula del deseo. Pepe no figuraba en esas aventuras eróticas y si bien no lo despreciaba, odiaba contemplarlo con esa mirada embobada con que los observaba a ella y a su hijo.

La rutina esta vez tuvo un abrupto final. La máquina que conducía Don Pepe sufrió una repentina falla y los pasajeros debieron descender de ella previa devolución de sus pasajes. Más tarde la grúa se encargó de trasladarla a los talleres y el hombre, algo ensombrecido por este percance, tuvo que regresar a su casa.

Al introducir la llave en la cerradura, le pareció escuchar risas al interior de la modesta vivienda. Pensó que podría ser la televisión. Cuando ingresó al living vio un chaquetón de hombre tirado en uno de los sillones. Sobre la mesa de centro había dos vasos llenos de bebida y en torno a ellos una botella a medio vaciar. Una risotada grosera se dejó oír entonces desde el dormitorio. La piel de Don Pepe pareció crisparse al reconocer la destemplada voz de Toro. Frenético, fuera de si, se abalanzó a la habitación para descubrir a su mujer desnuda en brazos del fogoso galán sobre aquella cama en la que había compartido muchas cosas menos retozos de ese tipo. En un rincón, sobre su cuña, Joaquito reía inocentemente extendiendo sus manitas a un oso de peluche. La vida se le cayó a pedazos al bueno de Don Pepe. No pudo resistirlo más, sencillamente no pudo. O no quiso…

Una vez que el féretro del abnegado chofer apareció por la puerta de su casa transportado por los colegas y un par de vecinos, el llanto histérico de una mujer se dejó oír como luctuosa sirena. Luego, cuando el cortejo rumbeaba hacia el Cementerio General, las bocinas de las máquinas de sus colegas aullaron dolorosamente y a esa desgarradora letanía se sumaron los bocinazos de los autos del cortejo, despidiendo destempladamente a esa alma silenciosa, como si con ese bullanguero adiós alertaran a los espíritus del cielo para que fuesen a recibir en masa al hombre bueno.

Una anciana, que contemplaba con lágrimas en los ojos aquella triste caravana, musitó con su garganta anegada por la pena: -¡Tan buen hombre este Pepito! Dios sabrá perdonarlo porque debe entender muy bien que él solamente hizo lo que le correspondía hacer. Matar a esos dos desvergonzados era lo único que quedaba. Lástima que después haya atentado contra su vida, eso es lo único que le reprocho porque ese pobre angelito se quedó solo en este mundo. ¡Que vida tan perra, vecino!















Texto agregado el 01-06-2004, y leído por 297 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
06-06-2004 Gui, amigo, las personas de hablar melifluo, con la paz en la lengua y la venganza en el corazón, son exasperantes. Pero reales. La ley 54, en el entorno del desamor, no tiene límites, y el final de tu historia es apabullante, desastrosa. Y el féretro de colofón lleva solamente tristeza, no odio. Joaquín, centro de este drama, no es parte del drama, es solamente una víctima. Maestro de las palabras, juegas con ellas como una cuica... rodrigo
02-06-2004 Buena y entretenida historia, ***** escritor_desilusionado
02-06-2004 muy bien escrito, excelente hstoria de corte policial que marca los intrincados vericuetos de la vida, muy bien narrado***** india
02-06-2004 Hechos de la crónica policial que cuentas con maestría, le sumas detalles para que parezca mas fuerte. Siempre la responsabilidad de los hechos se reparte entre los involucrados, sin duda los tres pagaron sus culpas en los acontecimientos. Lo mas triste es lo que le pueda suceder al pobre niño, ya grande para tener una fácil adopción, se quederá a vivir en un hogar de acogida, será descofiado e inseguro y tal vez termine odiando su vida, viviendo en la oscuridad, siendo un error para la sociedad. O en el mejor de los casos alguién le invente una nueva historia, con un nuevo pasado y llegué a ser un hombre bueno, próspero con un fuerte y arraigado concepto de lo que es familia. uy!!! mil historias. Mientras el trío se estarán retorciendo en el limbo. anemona
 
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