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Volskwagen 1500

Está a punto de cerrar la puerta, pega una última mirada a su departamento; el modular con algunos libros y el elefante indú, la mesa con las sillas alrededor, el sofá y los almohadones, en la pared el cuadro del girasol. Es una cagada, se grita en su silencio, el departamento sin ella es como si estuviese vacío. Cierra la puerta sacudiendo la cabeza. Sale a la calle. Hace frío. Oscuro y frío, así se siente. Camina con las manos en los bolsillos hacia la esquina. No sabe a donde va. Mira para cruzar la calle y viene un colectivo. Es el 122. 134, 140, 153, hubiera sido la misma mierda, solo quiere ir a algún lado. Levanta la mano y el ómnibus se detiene. Cuando sube el colectivero lo mira, lo mira con una atención particular. Paga el boleto y se mira en el reflejo del vidrio, para ver si tiene algo en la cara, algo colgado de la campera. No se porque me miró, se dice al final. Piensa que los colectiveros deben estar aburridos y vaya a saber que cosas se les cruzaran por la cabeza. El colectivo está vacío. Cuando era un adolescente y se iba de viaje de estudios el padre le había dicho que tenía que sentarse en el medio a la derecha, había mas posibilidades de salvarse en un accidente si se sentaba ahí. Los primeros que se matan son los de adelante, había dicho su padre. Entonces ahora, recordando eso, va y se sienta adelante de todo.
Llegan al centro. La iluminación del centro es agitada, pero es tarde, no hay mucha gente dando vueltas. Se baja en una esquina donde hay unos televisores encendidos, es el noticiero; se acuerda de una noticia que escuchó al mediodía. Un periodista le preguntaba a un violador preso quienes lo estaban esperando afuera de la cárcel, el violador se desgarró en un llanto violento, mi mujer y mis hijos, contestó. Él camina ahora con las manos en los bolsillos y recuerda y se siente identificado con el violador. No porque alguien lo esperase. Por el llanto. Ese llanto que se exprime desde el pecho, arrancado, que destroza el esternón, que habla de la culpa, de esas ganas tormentosas de volver el tiempo atrás para rehacer los hechos.
Camina, la luz de los carteles, de los autos, se refleja en sus ojos. El no puedo olvidar los ojos de ella en ese momento, en ese preciso momento, en que el dijo lo que nunca tuvo que decir, lo que odia haber dicho, lo que le da ganas de matarse. Recuerda los ojos de ella que súbitamente se llenaron de lágrimas, esas lágrimas poderosas de alguien que no entiende nada, que la realidad lo arremete como un puñetazo al tabique, al corazón sería. Sabe que ella quiso contener esas lágrimas, sabe que ella respiró hondo, lo miró preguntándole si era mentira lo que le decía, pero no era mentira. Un tarado, un descerebrado, mas que un descerebrado un violento animal salvaje sin alma ni sentimientos, así se siente. Llega a una esquina, mira para cruzar la calle y ve una pizzería en diagonal. Cruza a pasos rápidos y abre la puerta y hay un mozo apoyado en la barra. Otra vez esa mirada, el mozo lo mira con cierta insistencia, él camina entre las mesas y de nuevo se mira en el reflejo del vidrio, pero no tiene nada, nada en la cara, nada en la campera. Otra vez atribuye la mirada a algo del mozo a lo cual el no puede acceder. Se sienta. No hay mucha gente en el bar. Hay una parejita sentados un poco mas adelante y otro tipo, a un costado, leyendo el diario y fumando. Un hombre detrás de la barra parece estar lavando unas cucharitas, se escuchan los golpecitos metálicos y el chorro de agua. El mozo apoyado con el codo en la barra, un trapo rejilla colgándole del bolsillo de la chaqueta.
Él mira hacia afuera por la ventanilla. La noche tiene un tinte azulado, tal vez por las luces de neón de un negocio que hay cruzando la calle. Un colectivo se detiene en la esquina, hay un auto detrás. El auto es un volskwagen 1500, ese auto tenía su familia cuando él era chico. Una persona sube al colectivo y arranca. Arranca y frena de golpe porque el semáforo ha cambiado a rojo. El volswagen 1500 no hace tiempo a frenar y clava la trompa en la parte trasera del colectivo. Se ha escuchado un estampido. Entonces el mozo se acerca a la ventana para mirar. La pareja, que estaba hablando, deja de hacerlo también para mirar. El colectivero y el que maneja el auto se insultan un poco pero después se calman y conversan, se ve que para intercambiar los datos. Él levanta los ojos y ve que el mozo lo está mirando otra vez. Le hace una seña con la mano y lo llama. ¿Por qué me mira?, le pregunta. Usted tiene algo en la cara. Él se mira en el reflejo del vidrio y no tiene nada. No tengo nada, le dice. Parece como que necesita hablar con alguien, dice el mozo como quien expresa algo que realmente no sabe si debe decir. Él se sorprende un poco con el comentario, traga saliva, y señalándole el volskwagen 1500 que está afuera, le cuenta que su familia tenía uno igual cuando él tenía cuatro años. El mozo escucha con atención, está apoyado con las dos manos sobre la mesa. Veníamos desde Tucumán, porque mi abuela era Tucumana. A mi viejo le agarró sueño. Entonces nos detuvimos al costado de la ruta y me pasaron a mi al asiento de adelante y mi viejo se acostó a dormir en el asiento de atrás. Yo empecé a romper las pelotas, mi vieja manejaba y trataba de calmarme, entonces empecé a romper mas las pelotas y se me dió por meterle mano a la palanca de cambios. Mi vieja me quiso correr. Mi vieja volvió la vista a la ruta. Había un pozo. Un gran pozo. Un volantazo y volamos a la mismísima mierda. Dos vueltas pegó el volskwagen 1500. El techo se hundió, el parabrisas se hizo pedazos. No nos matamos de pedo. Esa vez también fue mi culpa. El mozo lo escucha, algo anonadado. Un griterío, es la pareja que discute, la mujer se pone de pie y le arroja la cerveza de un vaso a la cara del tipo, después manotea la cartera y se va dando un portazo. El mozo se sienta sobre la mesa. Yo era un tipo fiel, dice. Creía que ser un tipo fiel me hacía buen tipo. Todavía lo creo. Yo trabajaba en una ambulancia. Chofer. Un día vino un amigo y me dijo que mi mujer me metía los cuernos. ¿Sabés lo que hice? Lo cagué a trompadas. Como iba a decir eso de mi mujer. Una santa. Pero me quedó dando vueltas la cabeza. Un día andaba al pedo con la ambulancia y me fui para mi casa a media tarde. Cuando abrí la puerta estaba ella arrodillada y un tipo con los pantalones bajos. ¿Sabés lo que hice? Los mataste a los dos, dice él. No, cerré la puerta y me fui. Esa mina es una bestia, dice él. No lo sé, dice el mozo. El tipo de la otra mesa, el que hablaba con la mujer, ahora todo chorreado de cerveza, llama al mozo. El mozo va y le cobra.
Él piensa. Está pensando si debe contarle al mozo lo que está pensando. Se pregunta si debe contarle eso que tiene anudado en la garganta, que le arde, que le susurra que es una mierda, que se lo repite a cada momento, todo el día, todas las noches. El mozo vuelve. Otra vez se sienta sobre la mesa, de costado. Él habla: Volví a mi casa. Había pasado toda la noche en otra cama revolcándome. Ella estaba barriendo la cocina. El pelo largo y lacio, hermoso, esa forma de moverse de ella, tan sutil, ese amor que siento por ella. Pero en ese momento pensaba en otra cosa, no se en que mierda pensaba. Hace un mes que estoy con otra, le dije. Pude ver esos ojos negros que se llenaron de lágrimas. Las manos aferradas al palo de la escoba, los ojos llenos de lágrimas y ella preguntándome con su silencio si eso que yo decía era verdad. Me la chupa como vos no me la chupas. Una bestia, eso le dije. Un animal sin alma, un sorete de fierro. Todavía puedo escuchar el llanto, ese llanto que se deshace cuando la realidad se te viene encima como una avalancha. Me senté en la mesa de la cocina. Ella llorando se armó un bolso y se fue a la mierda. En realidad toda la mierda se quedó en mi casa, conmigo, revolcándose en mi interior, lamiendo las paredes cuando veo que no está. Esta vez también la culpa la tengo yo. El mozo lo mira, no dice nada, saca la rejilla del bolsillo y limpia la mesa. ¿Le traigo algo?, pregunta. Un café, le dice él y se mira en el reflejo del vidrio.































Texto agregado el 11-08-2009, y leído por 248 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
28-01-2011 Hola Nazareno, habia leido tu cuento sin poder ponerte un comentario.Atodo lo dicho por mis compañeros solo puedo agregar que develaste en el una condición humana mas comun de lo que imaginamos y quisieramos poseer.Gracias por subirlo.******* shosha
13-01-2011 Excelente texto. ***** arethusa
14-09-2009 Vaya, este texto se las trae con la onda psicológica. Muy bueno, te felicito. Jazzista
19-08-2009 Recojo esta frase, tomada de tu relato para expresar lo que significa para mí tu cuento: “Ese llanto que se exprime desde el pecho, arrancado, que destroza el esternón, que habla de la culpa, de esas ganas tormentosas de volver el tiempo atrás para rehacer los hechos.” Esta historia es casi que un ensayo bien profundo y reflexivo de lo que –internamente- se debe sentir cuando se es culpable de algo. Creo que un psicólogo no lo hubiese podido retratar mejor de lo que tú lo has hecho. Quizás, ello se deba a que - como te lo he señalado otras veces- tus historias son sacadas de tus observaciones de la vida cotidiana, de ese devenir que no es inventado, que no es ilusorio, sino que de ser tan real, casi que se palpa con los dedos; y tu, sabiamente, lo llegas a tejer con tus letras que son muy profundas, reflexivas y con gran sabiduría de vida. En cuanto a tu narrativa: impecable, amigo. Te luces cada vez más. Te doy un abrazo fraternal con mi gran respeto y admiración. Sofiama
16-08-2009 un buen texto, escribes muy bien. hada7
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