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Y sé muy bien que mi corazón palpitaba con toda su masa y detestaba más que nada al temor que tras danzar sobre mi cama me vio a los ojos y se desvaneció en la oscuridad. Me quedé recostada tratando de cazar y matar de cualquier modo esos turbios pensamientos, sin embargo se me escabullían ágilmente.
Es irracional que le tema a las cruces negras del cementerio, a las frías lápidas de mis sueños y excepcionalmente a La muerte. No era hora para ponerse a divagar sobre ella ni el lugar correcto, mas la sentía columpiarse en el vuelo de las polillas, en el desesperante sonido de los grillos…
Me lleve las manos a la cabeza, me recogí el cabello y decidí salir a caminar para alejar a los fantasmas dueños míos esa noche.
Tal vez debí temer el salir a pasear, era ya muy tarde, más mis otros temores superaban cualquier contemplación que pudiera tener. Indefectiblemente buscaría una callecita empedrada de estilo colonial, mi “callecita” predilecta cuando las cosas no solían darse bien en lo que yo solía llamar “vida”. Camine mucho en busca de aquella, cuando finalmente llegué quise saltar entre los charcos que la lluvia había dejado pero me contuve “Una señorita de 17 años no salta entre los charcos” dice mi madre, solo me senté en el umbral de una vieja casona y me quede meditando por mucho tiempo.
No descubrí el frío que coronaba el alba sino hasta que hombre paso en frente mío aferrándose un abrigo bastante grueso al cuerpo y frotando sus manos. Temí por un momento que me viera y me pudiera hacer daño, cerré las manos en puños y desvíe la mirada al suelo. Él pasó ignorándome y quebrando mi privilegio de ser la única transeúnte; vi una vez más el gran candado que resguardaba el umbral y decidí volver.
La bata blanca que llevaba no era suficiente así que decidí cruzar los brazos sobre el pecho con el fin de conseguir calor; los pasos para volver no eran tan alentadores como los primeros que me condujeron fuera de aquella prisión, no tenía otra opción solo volver.
Cuando llegué me recosté lentamente, cerré los ojos y me mantuve quieta por mucho rato agradeciendo a quien fuera que esa noche había velado mi caminata .Cuando ya me dirigía al mundo de Morfeo escuché una voz lejana, me decía en tono de broma:
-“Has salido nuevamente a deambular por allí ¿eh? Te acostumbrarás poco a poco, no te preocupes, ahora, duerme que el cementerio abre a las 7 y no querrás estar ojerosa cuando te traigan flores por tu cumpleaños.”
Esbocé una sonrisa y me dejé inundar por el sueño.

Texto agregado el 17-08-2009, y leído por 118 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
03-11-2009 ¡Que buena caminata! Ya te acostumbrarás a visitar a la familia. logan5
25-08-2009 Que bueno eso de no acostumbrarse a la muerte. ***** y saludos drarqui
 
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