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Bob se inclinó en su silla, un tanto para mostrar su incomodidad al mantener una conversación formal, otro poco porque sabía que ese movimiento ponía un tanto nervioso a su compañero.
A su lado, había una mesa que, espejando a la de los dos periodistas, tenía también dos cafés y un cenicero con algunas colillas.
Algo era muy distinto, sin embargo (además de que sendos hombres mantenían, a diferencia de los periodistas norteamericanos, una conversación). Los afganos tenían una extraña actitud casi nerviosa de fijarse en cada rostro a su alrededor en repetidas ocasiones.
Robert Palace, periodista político del periódico County Line de Michigan era además de un joven de audaces pensamientos e irritantes manías, un gran observador.
Ya había varias veces notado la tensión en el rostro de su compañero Freeman cuando se mordía las uñas, por ejemplo, (esto hacía que continuara su labor con imperiosa necesidad de atormentar a su colega).
Pero esta vez, Bob pudo ir más allá de lo que solemos interpretar en una mirada. Como poseedor de un provechoso sentido, dijo, entre sus palabras lanzadas al azar como ingenioso conocedor de que esta facultad propia del ser humano es libre, una frase que luego tomaría inesperado significado.
“Este ambiente me trae un mal presentimiento” –Dijo con la mirada flotante en el aire del Café Gazni en Kabul.
El orgulloso Patrick Freeman acostumbrado ya a tratar con algunos delirios de su compañero con el que compartía hoteles y aviones desde 6 meses atrás lo miró vacilante. Pero pronto comenzó a imaginar qué había querido decir el inexperto Palace y se perdió en su hoja de periódico afgano con prontitud.
Siendo tan poco tomado en cuenta, el joven ya conocedor del carácter de su camarada, estuvo muy lejos de ofenderse y con suma altivez, a la que no estaba acostumbrado, encendió otro cigarrillo. Con sus oscuros ojos hincados en el hipnótico danzar del humo en aire siguió pensando y alternando una mirada fugaz a la mesa contigua, donde no solo habían rellenado los dos hombres sus cuencas con barato café sino que la temperatura de su conversación había también aumentado de forma considerable. Tanto era esto que cada tanto, un grito del más viejo de ellos hacía volver a la realidad a Patrick Freeman que ubicaba su mirada orgullosamente sobre el manchado papel de periódico.
También a ellos les rellenaron sus cuencas con café, pero la camarera, afgana también, tuvo un curioso gesto de coqueteo con Palace que fue correspondido y levantó la atención del otro que le lanzó una mirada furtiva.
Bob ni siquiera se percató de ello ya que la escena que seguía tomó la atención de todo el local, a esa hora del mediodía, bastante atestado de gente.
Uno de los hombres de la mesa lindante se incorporó súbitamente y extendió su brazo hacia Freeman, su brazo culminaba en una raída camisa blanca arremangada y un revolver en su mano que hábilmente destrabó con el dedo pulgar.
Pronunció algo que no pudieron descifrar en sus mentes los periodistas con su básico idioma.
En un pésimo inglés, la camarera sobe la barra lanzó con timidez que el hombre quería el auto.
Patrick le extendió las llaves del Ford rentado y Robert, seguía atónito, pero no por la situación, que de alguna forma había previsto, sino porque el compañero de ese hombre de turbante también estaba sorprendido por la repentina escena.
Simplemente tomó las llaves y se fue.
El auto estaba justo enfrente del local, se subió al coche destartalado y lleno de tierra y arrancó.
Palace aun sin habla dio el segundo golpe sorpresivo esa mañana y salió como una ráfaga por la puerta de madera a perseguir al auto.
Evocando a su adolescencia deportista, el joven corrió cuesta abajo en una cruzada imposible pero en la que casi llega al carro. De hecho, de no ser por la cantidad de arena que flotaba en el aire quizás lo hubiera hecho.
Allí al encontrarse solo y agitado pensó en cuánto habría corrido desde aquel recinto y qué ocurriría allí. Qué habría pasado con los dos hombres que habían quedado, posiblemente sin entender nada.
En estos pensamientos estaba su mente inmersa cuando no necesitó inquirirse más acerca de posibles acontecimientos en el lugar.
El estruendo y su consiguiente espectáculo de humo y fuego subiendo por el éter matinal lo apuraron a darse cuenta el porqué de la discusión en la mesa de al lado.

Texto agregado el 19-08-2009, y leído por 78 visitantes. (1 voto)


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