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El hombre que no sabía decir: te quiero, haciendo un imperativo esfuerzo, eludiendo con gran dificultad las alambradas que había edificado para resguardar su espíritu timorato, vocalizó un imperceptible te quiero. y se lo dirigió a lo primero que vio: a una plancha eléctrica que no por eso elevó la temperatura preestablecida en su corazón termostático. Eso, sin embargo, no pareció inmutarlo. Luego se lo dijo a un libro y ello si que le emanó como voraz afluente desde sus entrañas porque si había algo que amaba con pasión, era la lectura, representada por ese legajo se papeles algo amarillentos que estaban muy bien custodiados por una cubierta de cuero. El libro no emblanqueció sus páginas ni abrió su prefacio para agradecer el singular requiebro. Y el hombre se intranquilizó por no haber sido más demostrativo en sus más íntimos sentimientos puesto que hasta hubiese sido probable que la lectura fluyese con mayor claridad en su entenebrecido entendimiento. Y así transcurrió la mañana con el tipo ensayando esas simples y prístinas palabras que parecían trepidar en su lengua antes de deslizarse por la enrarecida atmósfera de su cerrada habitación. Más tarde abrió su ventana y el aroma de jazmines más el canto melodioso de las aves vinieron a musicalizar sus febles intentos. Recordó la melodía de Nino Bravo Te quiero Te quiero y la entonó con los temblores primordiales de una garganta virgen para pronunciar tales palabras. Y el te quiero te quiero escapó desde la ventana, se enredó en los tallos de los jazmines y estos se nutrieron con esa vigorosa savia para permitir que las flores fulguraran con renovados colores; enloqueció a las aves que con sus trinos airosos comenzaron a seguir los sentidos compases, la melodía cruzó la frontera de su mustio entorno para ir a filtrarse por las rendijas de las ventanas vecinas, una mujer se asomó al balcón y mirando al límpido cielo, comenzó a sollozar y desde lo más profundo de sus ojos claros comenzaron a resbalar las balsámicas lágrimas de la sanación. Un anciano arrojó lejos sus bastones y comenzó a ensayar unos airosos pasos de baile, la faz de las mujeres se iluminó y los muros impenetrables de una oficina municipal se derrumbaron cual si hubiesen sido acometidos por los sones clamorosos de las trompetas de Jericó. Entonces, desde ese refugio iluminado por los mortecinos tubos fluorescentes, salió una veintena de empleados de rostros blanquizcos y arrojando decenas de documentos al aire, promulgaron su derecho a la libertad en esa mañana singular.

El hombre envalentonado, aguardó que aquella tarde aparecieran sus hijos para declararles con voz tronante cuanto les amaba. Cuando ellos aparecieron, se abalanzó a sus brazos y les exclamó con todo el poderío acumulado por años de sequía comunicativa: Hijos míos ¡Los quiero, los quiero! Y los hijos se desembarazaron de él, uno se llevó el dedo a la sien como proclamando la locura del progenitor y el otro lanzó una estridente risotada que retumbó como burlesca fanfarria en los oídos del infeliz. Y acometido por un llanto estéril, se derrumbó en un sillón para reconocer que el germen que asoló durante años su reprimida emotividad, había sido inoculada en su progenie y que sus hijos, a su vez, cargarían con este horrible calvario hasta que su propia y densa miseria les pidiese a gritos una rendición incondicional…



















Texto agregado el 03-06-2004, y leído por 304 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
22-10-2004 Me asusta el hecho de heredar la cruz que carga mi padre...que bueno que no creci junto a el...Una vez más lo felicito...su hija tarjita
06-06-2004 Cada quien carga con la cruz que le interesa. No creo en las cruces heredadas. Pero esta historia está magistralmente escrita, como todas las tuyas. Quisiera heredar el arte de escribir... rodrigo
04-06-2004 q bonita estamapa nos has regalado. Bellísimo. Besos para tí monilili
03-06-2004 Claridad Zule
03-06-2004 Confiésote que pasé por todo el espectro de emociones. Desde la risa a la pena...me gustó la ironía y la calridad en el perfil del personaje. Zule
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