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Inicio / Cuenteros Locales / Heraclitus / Un genio feo y tres deseos.

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Un deseo no pedido

Hay muchos mitos y leyendas, en relación a genios, trasgos o seres sobrenaturales que por múltiples razones, sobre todo por pecados inconfesables, por crueldad o simplemente por aburrimiento de los dioses; son encerrados en recipientes, como botellas, cuevas, etc. Y que son dejados al azar, donde simples mortales después los encuentran, el genio agradecido por su libertad recobrada, le prometen al mortal, cumplirle tres deseos; de esta manera quedan libres de compromisos, tanto el genio como el mortal. El genio o ser sobrenatural, goza de su libertad y al mortal: ¿qué es lo que le pasa?...
Yo, desde luego, no creo en estas cosas. Sin embargo la experiencia que tuvo mi compadre Eufrasio, el lanchero de Acapulco, me hizo dudar y tuve que hacer a mi razón violencia, para creer lo imposible. Sin embargo aún tengo mis dudas.

Cuando es temporada baja de turismo, mi compadre no tiene trabajo y está desocupado, me gusta ir a platicar con él, pues como buen costeño, es alegre, jacarandoso, sobre todo muy divertido; aunque tengo que reconocerlo, es un gran mentiroso que confunde la realidad con su variada fantasía. Siempre cuenta un mismo tema, pero de diferente manera, según su estado de ánimo: ¡De que divierte, divierte!

Recuerdo muy bien en el año 1996, a la hora del aperitivo, después de varias cervezas que nos tomamos en compañía de varios amigos, tocamos el tema de las botellas que llegan a las playas, y que la mayoría de ellas traen mensajes de gente lejana. Mi compadre nos platicó:
— Yo me encontré una de estas botellas; desde el principio me pareció rara, pues su forma era extraña, no de las que acostumbra uno ver —meditó un momento, para recordar y continuó— de todos modos la abrí y se me aparece una cosa indescriptible, que como globo se inflaba hasta convertirse en un hombre feo, realmente feo, horrible, con pelos relamidos, rubio cenizo, sin barba, y con un vozarrón; que al parecer sólo yo oí, ninguno de los que estaban en la playa, que eran muchos, se dio por enterado de su existencia y él me dijo: “gracias mortal, eres mi salvador y debo cumplirte tres deseos, para que yo pueda quedar libre del maldito sortilegio que hace siglos Júpiter me lanzó, ¿cuál es tu primer deseo?”
En ese momento el cantinero nos trajo una ronda de cervezas acompañadas de unos exquisitos calamares en su tinta, por lo que hicimos un pequeño break, para tomarnos el oro líquido encerrado en paredes de cristal que es la cerveza fría.
— ¿Qué paso con el genio y los tres deseos? —Le pregunté con curiosidad.
— Ustedes saben, que yo soy lujurioso con ganas, por lo que de inmediato, le pedí que me trajera la mujer más buena de la tierra.
Todos los contertulios pusimos atención y nuestro interés aumento, a fuer de costeños, morbosos a más no poder, hicimos la pregunta ansiosos:
— ¿Y que pasó, te la trajo?
— Desde luego —fue su respuesta— pero el infeliz genio me trajo a la madre Teresa de Calcuta, deberían haber visto la cara de sorpresa que tenía la viejita —terminó diciéndonos con tristeza.
— ¿Por qué no le pediste que te la cambiara? —preguntó Pepe, el pescador más viejo y por lo tanto el más cachondo.
Mi compadre Eufrasio no le hizo caso y continuó:
— Como me quedaban dos deseos, pensé con inteligencia, que el dinero todo lo arregla. Así que de inmediato, le pedí mi segundo deseo: “¡Ya ni la amuelas genio! —Le reclamé— espero que esta vez si me cumplas, quiero ser el hombre mas rico sobre la tierra”.
— Muy buen deseo — no pude menos que comentarle— ¿y qué pasó?
— Y que me cumple el desgraciado; de repente me vi en un cuarto elegante de hospital, entendía el árabe, que era el idioma con el que me hablaba la gente que me rodeaba y lo curioso es que yo era el Sultán de Brunei —nos dijo mi compadre.
— Pero eso era bueno, ¿no fue así? —Le dije.
— ¡De ninguna manera!, estaba en el cuerpo de un viejillo esquelético a punto de entregar el equipo, respiraba con dificultad, sentí que mi alma se dirigía al Creador.
— ¡A caray! ¿Y qué hiciste?
— Recordé que aún tenía pendiente mi último deseo —se quedó callado, dejándonos en suspenso, hasta que al fin, volvió a hablar—, como pude y a pesar de que casi no podía respirar, en un idioma extraño, mas el genio me entendió; con lágrimas inexistentes en los ojos, pues estaba deshidratado, humildemente le supliqué que como último deseo, me convirtiera otra vez en Eufrasio el lanchero.
— ¡Vaya cambio! —comentamos en coro.
— De repente, desapareció el genio, también la madre Teresa, el elegante cuarto de hospital se desvaneció y volví a ser yo mismo, pobre, mal vestido, pero feliz de vivir — a Eufrasio por vez primera lo vimos serio, cuando dijo— comprendí, que era un mensaje divino, Dios quería: un cambio en mi vida, dejar mi existencia tormentosa de parrandas, de música, de amigos maloras y desde entonces me he acercado a la iglesia, me confieso cada viernes , voy a misa, comulgo cada domingo y sigo al pie de la letra los diez mandamientos del Señor.
Todos sus amigos sentimos un cosquilleo en la conciencia y no pude dejar de comentarle:
— Eufrasio, pero aunque tu vida ha cambiado para bien, debes tener mal concepto del genio y estar enojado con él, ¿no es así?
— Al contrario —me respondió— le estoy muy agradecido.
— ¿Por qué encontraste la vida virtuosa? —Fue la pregunta de otro amigo.
— ¡No!, he seguido la vida virtuosa por miedo, recuerden que estuve a punto de entregar los tenis.
— Pero, ¿cuál es la causa de tu agradecimiento?
— Le estoy agradecido, debido a que con la vida virtuosa, me hice muy aburrido, santurrón, rezandero, hasta que harte a mi mujer y ella ¡ME ABANDONÓ! —Al terminar de decir lo anterior con alegría siguió brindando por su buena suerte.


Texto agregado el 25-08-2009, y leído por 239 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
06-07-2012 Ja Ja Ja santurrón!!! efelisa
 
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