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El desafío de intentar comprender al entrometido


Un gesto desinteresado implica no recibir reconocimiento alguno por la buena acción y a veces puede ser fácilmente confundido con el egoísmo más vil y cruel, tal vez porque en ocasiones un gesto de esas características significa tomar una decisión o contribuir en beneficio del prójimo de manera enmascarada.

Ahora bien me pregunto ¿por qué las personas se toman el atrevimiento de accionar sobre la vida de los demás? Me arriesgo a pensar que a veces vemos al objeto de nuestro afecto actuando de manera autodestructiva y al igual que una madre sacaría de los pelos a su hijo si lo viera acercando su manito a las llamas, “el entrometido” sin duda repleto de buenas intenciones y mediante artimañas redirige el foco de atención de su ser querido hacia otro lugar que considera más conveniente.

La madre advierte al niño sobre el peligro del fuego, pero el niño que no ha sentido el dolor de la quemadura se siente reprimido y manipulado, de cualquier manera no tiene otra opción que acatar las órdenes de su madre. Son las madres sin duda el más enorme ejemplo de este tipo de accionar ya que a medida que el niño crece, cazarlo de los pelos deja de ser una opción para protegerlo del peligro, razón por la cual comienzan a cultivar otros trucos más elaborados.

Probablemente el niño en algún momento guiado por su insaciable curiosidad se queme con el fuego y termine de entender la lección que su madre intentaba inculcarle ahorrándole el dolor. Podríamos deducir que un niño no tiene capacidad de distinguir el peligro, pero me arriesgo a formular que es por la misma razón por la que los adultos también se queman, se tropiezan y se lastiman… por falta de experiencia.

Un acto de amor involucra entre otras cosas un profundo deseo de que la persona amada sea feliz y ¿qué manera más eficaz de ahorrarle sufrimiento a alguien existe que intentando alejarlo o protegerlo del dolor? Entiendo que podrán decirme que un acto de amor mayor sería acompañar a esa persona a través del desconsuelo pero quiero saber si realmente alguien se atreve a decirme que no preferiría, no ver a su ser querido destrozado. Quiero decir, ambas me parecen igual de válidas para el caso.

Al igual que la madre no consigue explicar con palabras lo que significa el dolor de quemarse hay ocasiones en que los adultos no saben encontrar la manera de advertirse unos a otros que se encaminan hacia un precipicio. A su vez un adulto responsable de sus acciones, debería escuchar detenidamente los consejos de los demás y tomar sus decisiones con cautela, con algún tipo de sentido de autopreservación, pero tenemos que admitir que muchas veces la curiosidad es mucho más fuerte como lo es también el deseo de salirse de los marcos preestablecidos, ya lo dice la frase: “No hay mayor placer que hacer lo que no puedes hacer”.

Es aquí, donde entra el entrometido, el que ama, el que intenta proteger a su ser querido, quizás propiciándole un dolor que considera menor al devastar sus deseos, reprime y doblega el espíritu del kamikaze y si triunfa en su cometido el ser amado se sentirá tal vez humillado, manipulado y cohibido, pero estará a salvo, por lo menos hasta que se libere de aquellos lazos y pruebe por si mismo el calor del fuego.

La satisfacción por ese tipo de acciones no se recibe al instante sino cuando el paso del tiempo confirma las buenas intenciones. En el momento para el actor, en general, encarna un sacrificio que permanece en las sombras y con el cual debe aprender a convivir en silencio. Y digo un sacrificio porque este acto de puro afecto significa a su vez una traición para con el ser amado, una suerte de sobreprotección con ausencia de explicaciones lo suficientemente válidas, porque hay ciertas experiencias que no pueden transmitirse y es solo cuando las vivimos en carne propia que podemos entender lo que trataban de advertirnos.


Mercedes Paz Mechilob



Texto agregado el 14-09-2009, y leído por 260 visitantes. (12 votos)


Lectores Opinan
17-09-2009 El problema radica en saber diferenciar entre consejos válidos y consejos producidos por el temor de nuestro aconsejante. Afortunadamente no hacemos caso ni de unos ni de otros. Si tuviera que atender a todos los consejos que me dan, estaría en casa con la puerta y ventanas cerradas, escondido debajo de la cama y muerto de miedo. Poirot
16-09-2009 No se puede, ni a mi modo de ver se debe, proteger a nadie de los peligros que creemos les acechan, por muy seguros que estemos de que irán de cabeza a ellos. Aprendemos de nuestros errores, conformamos nuestra vida a través de las experiencias, las malas nos fortalecen. Debemos de aprender a no entrometernos en el camino de nuestros seres queridos, tan solo estar ahí para cuando nos necesiten. m_a_g_d_a2000
15-09-2009 Así es, las experiencias no pueden transmitirse. Ninguna: por mucho que te digan que te vas a quemar, si no sabes qué significa “quemar”, no vas a adquirir el reflejo de evitar las llamas hasta que no lo experimentes. Es solo después de conocerlo, que el niño comprende, de golpe y porrazo, el significado de las advertencias de los adultos. Y así seguimos por la vida, aprendemos a escuchar los consejos que nos dan, pero a medias, de todos modos, igual vamos a seguir aprendiendo a palos, me parece. Una reflexion muy interesante. loretopaz
15-09-2009 En una sociedad individualista como la actual. Me inclino mas por que alguien que esté a mi lado se preocupe por saber qué me pasa. Por que la gran mayoria del tiempo, cada quien ve por sus intereses, sin pensar nada mas que en eso. Así que entiendo tu postura y la idea del discurso, pero a como está todo, vale más la pena ver que hace, ya no digo el vecino o las personas que encuentras en la calle, si no tus hermanos, padres y demás familiares. Saludos. Buen tema. Azel
14-09-2009 Interesante reflexión, que para quienes somos padres, nos suena a bala que pica cerca, por no decir que da en el blanco. Desde tal posición, diría en mi defensa, que intentar arrimarle nuestra experiencia a los hijos es un acto natural e ineludible por parte de los padres. Considero que es preferible abrumar a los hijos con sobre protección que no hacer nada y transmitir un sentimiento de abandono o desinterés. No obstante, coincido con la autora que la protección que se pretende dar suele molestar y humillar, probablemente, por la torpeza con que es ofrecida. Y aquí entra a jugar otra observación acertada de la firmante, quienes ofrecen protección, generalmente, arrastran taras y traumas no solucionados que de una manera u otra desembocan ansiosamente en la necesidad de proteger, pensando que de esta manera, evitarán en sus aconsejados los males que ellos nunca pudieron resolver. negroviejo
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