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VERSION SUDACA

Corría 1982 cuando fuimos a tomar posesión de “La Pampita”, un campo que compramos en Entre Ríos, entre el Feliciano y un arroyo que en los mapas se nombraba con el extraño apelativo de Pinga Palo. Era en el Departamento Federal, zona de monte cerrado y palma “caranday”.
Llegamos una mañana después de hacer noche en La Paz y nos encontramos con unas construcciones un poco abandonadas, pero sólidas y con techo de junco que nos depararon la sorpresa de su frescura en los días calurosos que siguieron. Salvo el casco y las ensenadas de alrededor, todo lo cercaba la selva montielera.
A pocos metros había una construcción de barro, bastante grande, que alquilaba un bolichero, cuyo contrato heredamos con la compra del campo. El hombre vendía a los vecinos de los alrededores, que no eran muchos ni muy cercanos, pero que se arrimaban al lugar para comprar sus necesidades, y tomar la copa, porque como casi todos los almacenes en el campo, este también tenía, a través de la reja, el despacho ó “bolicho”.
Al día siguiente de la llegada me acerqué para comprar cigarrillos, pan casero y otras viandas para el asado. Me atendió a través de la reja un hombre de edad indefinida, de tez blanca y pelo entrecano. Llamaban la atención sus ojos de mirada helada, y el andar ágil, aunque se apoyaba en una rústica muleta.
Cuando se alejó para alcanzar algo, noté que le faltaba la pierna izquierda a la altura de la rodilla, lo que era evidente porque tenía la bombacha doblada hacia arriba a esa altura.
Después me dijeron que había alquilado el lugar al dueño anterior, y que venía del Uruguay. Que no salía nunca de allí, hablaba muy poco y sólo lo necesario. Decían que bebía mucho, pero siempre después de poner la tranca.
Nos demoramos en “La Pampita” más de lo previsto por la llegada retrasada de las tropas para poblar que habíamos comprado. En los días de convivencia cercana me fue despertando interés aquel hombre, y me pareció percibir por algunas actitudes y aún con sus pocas palabras que no era necio ni iletrado.
Una noche calurosa que el cielo iluminaba de relámpagos y la tormenta de verano ya estaba encima, me di cuenta que me quedaba sin cigarrillos. A través de una ventana, percibí la luz de la vela encendida, y decidí acercarme hasta el negocio antes del aguacero, para no penar después hasta el día siguiente sin fumar.
A la primera llamada abrió confiadamente la puerta, aunque sospecho que me estuvo mirando a medida que me acercaba. Se había quedado también sin cigarrillos para vender, pero me ofreció tabaco y papel para armar, que acepté antes de privarme del humo.
Como era inexperto en esa práctica le pedí opinión para hacer el primero, por lo que sin decir una palabra preparó lentamente -como para que tomara nota-, un cigarro corto y grueso.
Lo encendí justo cuando un trueno retumbó haciendo temblar las paredes y se descargó un aguacero torrencial. La excusa de la lluvia furiosa me sirvió para intentar satisfacer la secreta curiosidad de saber mas sobre el bolichero, y para arrancar algún tema, dije algo sobre la soledad de esos parajes, donde no llegaba ni la electricidad, ni el teléfono, ni las mas elementales comodidades. Hablé sobre lo que podría extrañar allí un oriental a su Montevideo.
Su silencio lo entendí como asentimiento a mis reflexiones, pero mientras alcanzaba una botella de ginebra de un estante, que puso sobre la mesa con dos vasos, finalizó diciendo que no era uruguayo. Había nacido en Buenos Aires y si bien era argentino, estuvo mucho tiempo en la Banda Oriental.
Un poco desorientado mientras le aceptaba el vaso servido que me señaló, brindé a su salud, y me dediqué a tratar de armar por mi cuenta otro cigarro, mientras afuera el vendaval seguía arreciando.
Escuchando el furor de la tormenta que me impedía regresar sin ligarme una buena mojadura, ambos hablamos de esas tierras, bebimos y fumamos cigarros armados, y perdí la noción de la hora, pero en un momento entre la ginebra y el humo del tabaco demasiado pesado para mi, me di cuenta que estaba cediendo el temporal y que yo estaba algo mareado.
Tal vez porque inconscientemente me carcomía la curiosidad, ó por la desinhibición que me producían el tabaco y el alcohol, pregunté por el motivo de su pierna lisiada.
Me di cuenta que me miraba fijamente y durante su silencio en el que sentí estaba evaluando la respuesta, consideré la posibilidad de volverme allí mismo para el casco, bajo el agua.
Finalmente largando el aire que había inspirado profundamente, me dijo que me iba a contar la historia y que esa historia encerraba una saga de idealismo y una traición. Que lo escuchara hasta el final.
Mi silencio embarazoso debió interpretarlo como que aprobaba su pensamiento, y con vos pastosa desgranó este relato:
-Llegué al Uruguay en 1960 siguiendo a una mujer oriental de la que estaba enamorado. Yo vivía con ella en Buenos Aires, sin muchas preguntas de por medio, y resolví seguirla cuando decidió, tercamente, volverse al Uruguay.
Para esa época ya era muy difícil conseguir un trabajo y fui sobreviviendo con ocupaciones pasajeras. Con el tiempo, ella logró ingresar a trabajar –nunca me pregunté en esa época como lo consiguió- en Sudamtex y a partir de allí comenzó desde la fábrica una comprometida militancia de izquierda.
Por esos días la situación en Uruguay se iba poniendo cada vez más difícil socialmente y yo también, emulando a Irene, me sentí insuflado del idealismo de una América Latina nueva e igualitaria y de la lucha necesaria para conseguirlo.
Con las marchas de los cañeros dirigidos por Raúl Sendic que comenzaron reclamando se cumpliera la jornada de ocho horas y se les dieran tierras, empezó una etapa de lucha, que desembocó finalmente en la creación del Movimiento Tupamaros.
En ese entonces pasé decididamente a ser uno de sus miembros en aquella lucha por ideales, que término en baño de sangre, y comencé formando parte de una columna que operaba en Montevideo y los alrededores.
Como la represión se fue haciendo cada vez mas dura, se tomó la decisión de construir cabañas en los balnearios donde tratábamos de pasar desapercibidos dado que ya estábamos en la clandestinidad. A Irene la habían despedido de la fábrica por su militancia y nos fuimos a una nueva base que se instaló en Pajas Blancas desde donde coordinábamos las acciones.
La posibilidad de la existencia de algún delator en nuestras propias filas se comenzó a barajar cada vez mas, dadas las bajas y las detenciones de compañeros. Aún así, cada vez se sumaba más gente.
Un día se incorporó a la columna un nuevo miembro que venía desde Sauce, pero que también era argentino. Llego piloteando una motocicleta casi nueva y se llamaba Gervasio Conde. Era joven, bien parecido, de pelo y barba renegridos y con un gran vuelo intelectual que se percibía rápidamente al escucharlo hablar. Se integró a nosotros y en las largas discusiones de las operaciones y acciones que se habían llevado a cabo, tenía siempre una opinión contundente que ponía de manifiesto luego de requerir datos de todos los aspectos relacionados con el caso. Nos exasperaba a veces por sus discusiones de los detalles más ínfimos de la planificación de cada acción.
Con el paso de los días se fue granjeando algunas antipatías, aunque no de mi parte, tal vez porque jugaba aquello que los dos éramos argentinos. Pero me empecé a dar cuenta que a Irene la tenía fascinada. Todavía no habíamos tenido ninguna operación en la que Conde hubiera tomado parte, y lo suyo era toda teoría.
Con la muerte de Gestido y la asunción de Pacheco Areco la situación represiva se iba volviendo cada vez mas insostenible, y Tupamaros comenzó entonces una escalada operativa dentro de la cual se decidió la toma de la ciudad de Pando. Mi columna participó de esa acción y también le correspondía a Conde integrarse, pero a último momento se cayó de la motocicleta esquinzándose un tobillo, y con mucha naturalidad nos deseó suerte lamentándose de no poder acompañarnos.
La operación en principio fue un éxito, se tomaron varias dependencias públicas, dos bancos en los que se obtuvo dinero, y la comisaría, donde hubo un tiroteo y murió un policía, resultando varios heridos. Pero en el repliegue algo falló, fuimos rodeados, murieron tres militantes y fueron apresados cerca de treinta. Regresé a la base con el interrogante de lo que había pasado y la intuición que habíamos sido delatados.
Conde estaba conversando muy cerca con Irene y no me esperaban tan temprano. Su reacción fue de gran temor por lo sucedido, y comenzó a preguntar sobre detalles de la operación y a querer conocer el destino de los compañeros que no habían sido apresados.
Me tuve que contener para no perder los estribos recriminándole su miedo, por lo que fui muy glacial con él, fijando mi mirada directamente en sus ojos, la que no pudo sostener.
Mas tarde le pregunté a Irene como al descuido que había hecho Conde durante el día, y me dijo que había estado con hielo en el tobillo, pero como se desinflamó bastante, aun rengueando había salido a dar una vuelta con la motocicleta y recién había regresado cuando volví antes de lo previsto.
Yo salía todos los días al anochecer y volvía antes del alba, para dar apoyo a los compañeros que debían moverse continuamente porque las redadas del ejército eran continuas y había detenciones y enfrentamientos. Corríamos el riesgo que también llegaran a nuestra base en cualquier momento, y la existencia de delatores que nos traicionaban desde nuestras propias filas era ya muy evidente. Por todo esto le insistía a Irene para que intentara volver a Buenos Aires, hasta que se aquietara un poco, pero ella se negaba rotundamente.
Finalmente el séptimo día se nos dio la ocasión de vengar alguna de nuestras bajas con un policía que identificamos había estado en la represión de Pando y la de los días siguientes. Por este hecho falté todo un día y contrariamente a como lo hacía siempre volví a la base en las últimas horas del crepúsculo, con la idea que lo más racional era abandonar el lugar dado que teníamos la certeza que el enemigo contaba con información cada vez mas precisa de nuestros militantes y nuestros refugios.
Cuando entré desde el campo y por los fondos, escuche voces en la radio de campaña. Tenso me acerqué sigilosamente y a través de la puerta escuché a Conde, dando la ubicación de la cabaña, mis señas, horarios, y la sugerencia del lugar donde deberían esperarme. Me di cuenta que me estaba delatando.
Por la hendija de una tabla lo vi con una mano sosteniendo el micrófono, y con la otra rodeando la cintura de Irene que se sentaba sobre su pierna izquierda.
Las dos traiciones me cegaron, y pateando la puerta entré con la metralleta en alto, pero Irene, para mi sorpresa, levantó rápidamente la pistola que estaba sobre la mesa y ante mi vacilación, los dos disparamos al mismo tiempo. Sentí el golpe en el pecho, y mientras la veía caer al recibir de lleno mi ráfaga, intuí que Conde huía cobardemente, y estaba ya a horcajadas de la ventana intentando tumbarse velozmente hacia fuera. Con el último esfuerzo vacié el cargador en la ventana, y lo último que vi fueron sus piernas, los impactos de la metralla y la sangre en la pared. Y todo se acabó”-
Se hizo un silencio pesado, el bolichero estaba lívido y me miraba angustiosamente. Le pregunté entonces por su suerte posterior y la de Conde.
–Conde fue recogido por el ejercito que llegó mas pronto de lo previsto. Por la radio escucharon los disparos. Fue atendido en un hospital militar y aunque lo retuvieron hasta diciembre del 73, después del golpe, le dieron la posibilidad que desapareciera, en pago de los servicios prestados.
Insistí preguntándole entonces que había sido de él y como salvó su vida. Con una voz que parecía de ultratumba dijo:
–Irene y su Tupamaro murieron esa tarde.
Quedé desconcertado. Entonces señalándose la pierna faltante y con voz temblorosa, continuó:
– Debe creerme esto que no he podido contarle a nadie y le he referido así para poder llegar hasta el final. Quiero que sepa que esta es la marca de mi felonía, de mi deslealtad. Yo fui quien traicionó doblemente al hombre que tenía ideales, me cobijó y murió esa tarde. Yo soy Gervasio Conde.
Me volví a “La Pampita” completamente sobrio, sin el tabaco y el papel que quedaron olvidados sobre la mesa. La tormenta se fue de golpe como vino y ya la luna llena caminaba el cielo, glacial é indiferente. Todo estaba muy quieto en aquella lejanía.

Texto agregado el 28-09-2009, y leído por 589 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
04-10-2009 muy bueno el cuento. manes
03-10-2009 Me gusto el cuento, el final es bastante bueno, lo considero bien logrado, aunque si lo trabajaras un poquito mas, en el final hay, en dos renglones cuatro palabras terminadas en ia, habia, lejania, fria, parecia, se rompe el ritmo. Creo que son algunos detalles, pero el cuento es bueno, me gustaria leer mas cuentos, si tienes algunos otros. Conchi567 conchi567 conchi567
 
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