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Inicio / Cuenteros Locales / aguiladetrueno / Inocentes Mentiras (Parte I)

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Raquel salió de la disco furibunda. Repiqueteaban sus sandalias contra la acera mojada por el rocío de la madrugada cuando se anticipaba a un taxi que asomaba la trompa unas cuadras más atrás.
En segundos sus pasos fueron seguidos por Marcos, corriendo para evitar que se fuese antes de que alguna explicación arribase a su mente.
Ella giró la cabeza para mirarlo por un segundo y con todo su enfado bajó la vista mientras el coche que se disponía a tomar estacionaba brevemente junto a su figura vestida de negro.
Cabizbaja, solo dijo “arranque” y el coche se puso en marcha con el joven corriendo tras de él. Marcos aceleró tanto como pudo, un tanto mareado por el alcohol manoteó su bolsillo buscando el celular para llamarla.
Se detuvo a mitad de la calle a marcar con la máxima rapidez que su borrachera le permitía el número de Raquel, a esta altura, ya a varias cuadras de distancia.
Millones de veces pareció sonar en su desesperación el tono de espera, pero ella seguía sin contestar y a lo lejos vio al taxi desaparecer entre las luces de la ciudad.
Allí se arrodilló, justo sobre un charco de agua. Sus lágrimas acariciaron las mejillas congeladas y se incorporó apenas apoyando sus manos contra el asfalto y dejándose caer con lentitud en la mitad de la avenida.
Cuando despertase, resolvió, vería que hacer. Y allí dejó descansar su mente. Cerró los ojos pero sus párpados no dejaban de jugar con él. Incesantemente se abrían para luego cerrarse rápidamente y en sus pensamientos, solo el rostro de ella. Sus ojos desencajados de sorpresa y amarga decepción.
Así la acompañaba en su recuerdo su corrida empujando cuerpos, saliendo del lugar para explicarle, mentirle seguramente para encontrar un perdón de pura falsedad saliendo de los rojos labios de Raquel.

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La indómita angustia y su llanto potente la dominaron por completo.
El taxi la dejó en su apartamento. Se dejó caer sobre un sillón, boca abajo. Gritando contra el terciopelo bordó con todas sus fuerzas hasta que la cabeza le dolió.
Su llanto fue transformándose en un sollozo que parecía lejano y allí se quedó dormida. Con los brazos abrazando su vientre lleno de ese angustioso dolor. Así quedo con esa expresión de inconfundible dolor mientras las horas pasaban.
Despertó luego con el estruendo de la tormenta, con las gotas gordas de lluvia golpeando contra el ventanal. El reloj de pared anunciaba las 6 a.m., al bajar su mirada, posó sus ojos sobre la mesa, tapada por la ropa de Marcos y aquellos comenzaron nuevamente a llenarse de lágrimas.
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12 a.m.

Se paró en la puerta de su edificio con la mirada clavada en el ventanal del tercer piso. Nadie parecía moverse allí. Seguramente se había ido a otro lugar o el coche la había llevado a otro lado. No pensó que tendría suerte esta vez pero de igual manera decidió intentar con su celular nuevamente.
Nuevamente sonó sin encontrar respuesta y allí Marcos decidió entrar. Si ella estaba en casa, intentaría hablar aunque solo eso fuere. Sino, solo recogería sus valijas y buscaría un nuevo lugar, el departamento era de Sofía, la hermana de Raquel y probablemente esa era la última vez que lo visitaba.
Entró esperando verla, pero no estaba allí. Pensó que jamás habría vuelto pero su pequeña cartera colgaba de una silla. Atravesó el pasillo y verificó el baño: vacío.
En ninguna de las habitaciones había rastros de ella. Marcos comenzó a preocuparse, pero luego vio sobre la cama su vestido negro y supuso que habría salido por la mañana, seguramente pensando que él vendría. Decidió desayunar algo y esperar a que llegase.

Texto agregado el 02-10-2009, y leído por 84 visitantes. (1 voto)


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