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Comenzaba a abrir los ojos dificultosamente. La desdeñosa luz comenzó a quemarle las pupilas. Los hombres no se sorprendieron. Era normal.
Simplemente lo miraron, esperando con paciencia que comenzara a hablar.
Mark tenía los puños apretados y estaba recostado con flojera sobre la vieja silla metálica.
A sus espaldas, una caída de veintitrés pisos era decorada por una noche que alternaba una de las primeras escarchas invernales entre su pura oscuridad.
Frente a él, un vaso de agua, sucio, posando absurdamente en la mesa cuadrada donde ahora descansaban sus brazos. Así estaba Mark David, parecía un santo ahí sentado. Más triste que cualquier persona en el mundo, quizás. Probablemente no era más que el remordimiento artificial que había entrado por su boca oculta en una pastilla. Sin embargo el mundo lloraba verdaderamente.
Las lágrimas no eran más que la sangre de la amargura. Cada ser humano sentía esa prisión contra su pecho y ese humo pugnando al aire en sus gargantas.
Muchos quedaron atónitos ante el televisor. Adivinos. Presagiaron todo cuando el periodista titubeó mientras buscaba la forma de pronunciar tales palabras.
Así comenzaba a titubear Chapman, ahora sí encontró sentido al vaso de agua. La boca se le hacía espesa y su saliva corría amarga por su lengua partida en dos.
- ¿Siente algo extraño Sr. Chapman? – El hombre negro se acercó y puso su cara a la par del acusado con extraña fijación en sus ojos-.
El silencio pareció respuesta suficiente porque el agente retomó su posición junto al otro y frente a la mesa, resignado.
Así permanecieron unos instantes hasta que no pudo más. Necesitaba con urgencia hablar. Señaló el vaso y lo levantó pidiendo más agua.
Los agentes se miraron con descontento y dijeron que no podían entenderle.
- Más agua. –Pidió Mark extendiendo el vaso hasta el agente negro-.
- Te la traeremos cuando nos respondas unas preguntas.
- ¿Quién te mando?- Preguntó el otro agente, un tanto más bajo y viejo, con un bigote cano hasta el mentón-.
- ¿Qué?- Chapman no era un buen actor-.
- ¿Quién te envió a asesinar a Lennon? – La tolerancia del agente negro era mucho más disminuida que la de su compañero. Se acercó al acusado y lo miró inquiriente.
La nieve afuera se había convertido en una fría lluvia torrencial. Mark reiteró su pedido por el agua un tanto más desesperado. La droga le quemaba la garganta y cerraba los ojos con fuerza, como si percibiera un dolor agudo.
- M-mi cabeza.
- Está sufriendo los efectos. Responda lo que le pedimos y podrá descansar. El dolor desaparecerá en unas horas, junto con el recuerdo de esta declaración. Ahora dígame de una vez. ¿Quién lo mandó?- El agente mas viejo también había comenzado a exasperarse y golpeó la mesa para denotar su enfado-.
- ¿Porqué habría de enviarme alguien?
- Usted se encontró con un hombre durante la tarde. Mientras esperaba afuera del edificio. ¿Quién era?- El agente negro era quien estaba más calmado ahora y preguntó desde su silla. Justo antes de encender un cigarrillo.
- Era el guardián entre el centeno.- Respondió Chapman esbozando una sonrisa en su rostro redondo-.
- ¡Mira! Has ingerido una dosis peligrosa de pastillas, tu vida depende de que te demos el antídoto para desintoxicarte. Espero que empieces a cooperar.- Ahora se había parado Collin, el agente negro y se apoyó junto a su compañero con un puño cerrado sobre la mesa, el otro, entreabierto sosteniendo su cigarrillo-.
- ¿Qué tendría de malo morir hoy? Ya hice mi último favor a un amigo fiel.
- Ese favor era asesinar a John Lennon. ¿Verdad?
- Así es.
- Muy bien- comenzó el más anciano- ¿Cómo es el nombre de ese amigo?
- John Winston Lennon Stanley- Respondió el homicida. Ahora mucho más apaciguado y casi dormitando en su asiento.
Los agentes se miraron una vez más. Lo habían hecho toda la noche y decidieron calmarse. Después de todo podían ser solo alucinaciones normales. Producto de la droga suministrada al acusado.
- A ver… -Dijo Collin entre suspiros- ¿John Lennon te pidió que lo asesinaras?
Mark rió
– Por supuesto que no. Eso no tiene sentido. Yo le hice el favor a mi fiel compañero en la amarga tristeza de las tardes porque no quería verle sufrir.
- ¿Porqué habría de sufrir estando vivo?
Chapman volvió a sonreir.
- ¿No lo saben ustedes, acaso? Por ustedes. Por mi. Por este país y esta humanidad desinteresada.
Los agentes callaron, decidieron solo seguir escuchando atentamente.
- El hizo la vida más dulce. Más hermosa. El sacó la esperanza que estaba guardada en los cajones. El plagó de maravillas el universo desde sus frenéticas seis cuerdas y su voz extraordinaria. Cómo podía permitir yo que el soñador más grande viese a sus deseos hacerse añicos por los que alguna vez recibieron tanto de él. Sinceramente hubiera preferido no tener que hacerlo. Pero todos nosotros fuimos la génesis de su muerte.
Los rostros de los agentes estaban desencajados. Como pudo, aún atónito, Collin respondió que seis balazos era un poco extraño para alguien que considera que está haciendo un favor.
- Fue uno por cada cuerda con la que nos llenó de amor. Por eso le pido perdón.- Dijo levantando la vista, como buscando el cielo- Amigo mío, sé que me he ganado el odio de todos. Pero gané tus disculpas, seguramente…
Los agentes nunca revelaron la primera confesión sobre el homicidio de Lennon.
Chapman, mucho más asustado en su enjuiciamiento e influenciado por sus abogados, respondió con otras causas ya que nunca recordó su confesión de aquella noche del 8 de diciembre.

Texto agregado el 10-10-2009, y leído por 135 visitantes. (1 voto)


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