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Existo, si me oyes

-Vivir aislado en medio de una muchedumbre, solo, dentro de una gran ciudad. Necesidad de ser oído, necesidad de comunicarse; vivir incomunicado, en la era de las comunicaciones.-


Hace un tiempo, viajaba yo rumbo a mi oficina; oí a un señor, sentado detrás mío, preguntarle a su compañero de asiento:
-¿Sabe por qué calle vuelve este colectivo, cuando va por la Av. Corrientes?
El joven inmigrante, al que se le preguntaba, parecía no entender y respondía:
-Sí, va por Corrientes.
El otro, evidenciando inseguridad y temor en el tono de su voz, volvía a interrogarlo:
-Sí, va por Corrientes, pero ¿por qué calle vuelve?
El interpelado, con pocas luces o conocimientos, le respondía lo mismo, como con vergüenza de tener que admitir que ni siquiera entendía lo que se le preguntaba y menos sabía dar la contestación esperada.
-Hasta para esto se requiere tener cierta seguridad en sí mismo, como para poder aceptar que algo no se sabe.-
De modo espontáneo, un impulso me obligó a dar vuelta mi cabeza hacia atrás.
Vi a un señor mayor, de unos setenta y cinco años o algo más, menudo y prolijo en su aspecto exterior.
Encontré unos ojos complacientes que me miraban, a los que respondí de modo respetuoso y benévolo.
Le expliqué que el recorrido de vuelta de este colectivo es por la calle Sarmiento, pero dependía a que altura de la avenida Corrientes era que él se refería para volver.
Fue este el comienzo de un prolongado monólogo de su parte, tenía avidez por ser escuchado, superaba la que yo misma pudiera haber sentido, en algún momento de mi propia vida. Yo sólo asentía a lo que él me expresaba, introduciendo algún: _Claro, de mi parte, como para que él no se sintiera hablando solo, o a veces un: _Lo comprendo.
Empezó diciéndome que iba a realizar un trámite a la oficina administrativa de una empresa de televisión por cable, que adquirió el servicio en el hall de entrada de un supermercado muy conocido, hacía unos dos meses. Le explicaron, al vendérselo, que tendría la posibilidad de ver innumerable cantidad de canales de televisión, de todo el mundo. Y para él, esto pareció representar una oferta interesante; no sé si para abrir una ventana en su vida, a otros hechos, a otras historias o a otros mundos, o para poder entablar diálogo con quien le ofreció el servicio; seguro, para intentar salir de sí mismo.
Me habló de la compleja instalación de una antena parabólica que debieron colocar en la terraza de su casa, de que dejaron todos los cables sueltos y tirados. Cuando se retiraron, no pudo encontrar el control remoto de su televisor y el técnico hasta dejó, en su descuido, parte de sus herramientas allí, luego volvió a retirar lo que había olvidado y a auxiliarlo, porque tampoco tenía noción de como hacer para acceder al uso de su nuevo servicio, le resultaba complejo o difícil de comprender; quizás tanto como al muchachito extranjero poder responderle a su simple pregunta.
Me contó aliviado, como descargando sus propias culpas, que el control remoto lo había dejado el profesional que instaló la antena, parece que perdido dentro de ella, en la terraza. Era imposible que él hubiera podido encontrarlo allí, y hasta fue una suerte que sí lo hubiera rescatado el técnico, después de imputarle la pérdida a él mismo y ayudarlo, de modo previo, a dar vuelta toda su casa, para intentar hallarlo, en infructuosa búsqueda.
Intercalando en todo este relato, a cada rato, me decía:
_Yo no podía venir hoy a hacer este trámite al centro, tenía pensado llevar a almorzar a mi esposa, a un restaurante que a ella le encanta, ya veo que por la hora que es, hoy no voy a poder hacerlo.
Ella no reconoce ese lugar, pero yo sé que antes le gustaba ir a comer allí, por eso la llevo.
También la saco a dar una vuelta alrededor del Parque Chacabuco, la guío de la mano y ella parece no reconocerlo, y casi… no reconocerme; pero yo sé que ella disfrutaba paseando bajo las tipas, tan vistosas, con sus contrastes entre el verde del follaje y el amarillo de sus racimos de flores, por medio de los añejos palos borrachos, llenos de flores rosas y blancas, o bajo las ya centenarias araucarias. La tengo en un geriátrico, enfrente justo del parque. Ya no podía permanecer en casa; yo mismo, no podía atenderla. Ahí está bien, pero voy igual todos los días, le doy de comer. La saco a pasear, siempre que el tiempo este lindo.
Y volvía una y otra vez sobre cada detalle de la contratación del servicio de televisión, sobre apreciaciones suyas, acerca de que el matrimonio que se lo vendió eran buenas personas, pero no podían explicarse, porque tuvo tantos inconvenientes con la instalación del mismo. Inclusive ni podían darle una dirección dónde ir a reclamar, porque ni ellos la conocían. Ninguna dirección física de la empresa, como para realizar alguna gestión; sólo eran interminables llamadas por teléfono que él hacía teniendo que elegir entre múltiples opciones que una grabación le indicaba, para que finalmente, nadie lo escuchara, nadie oyera su queja. Ese matrimonio lo ayudó, hasta que pudo averiguar, finalmente, el domicilio al que se dirigía ahora, llevando un complejo aparato para devolver, que sacó de su bolso para que yo viera. Era el sitio indicado para terminar con toda esa pesadilla para él, como representó querer tener tantos canales.
Me decía:
_Al fin y al cabo, para que quiero yo tantos canales, si ninguno vale la pena en realidad, nada interesante para ver.

También me habló de Jauretche, de El medio pelo, creo, y de algunos otros libros y autores, de la política local, de su trabajo de toda la vida, en un pequeño taller, montado en su casa, en el que construía piezas de acero inoxidable, el cual tuvo que decidirse a cerrar, en una de las últimas crisis económicas del país, a pesar de tener, aún, clientes interesados por sus labores.

Yo lo oía, sin dejar de fijar mi vista en sus ojos, en sus ampulosos gestos, en su necesidad de comunicarse, al punto de no saber si el dolor que yo sentía era provocado por mi incómoda posición, con mi espalda apoyada en el asiento, mi torso dirigido hacia el frente y mi cabeza girada por encima de mi hombro izquierdo, en un inútil intento por alcanzar los casi noventa grados, hacia atrás, o si en realidad el dolor provenía de la densidad de sus palabras, espesas de tantos sentimientos contenidos entre ellas, que me costaba asimilar, lo hacía con dificultad.
El lamento acerca de la separación suya respecto de su esposa, por esa mañana, iba y venía, en oleadas, a cada rato.

Yo reflexionaba, pensar que todo esto comenzó de modo tan inocente, pensando que este señor necesitaba ser orientado y yo podía servirle de ayuda. Fue escuchar su tono de voz y darme cuenta de que necesitaba ser oído. Por supuesto, que todo aquello también tenía un enorme significado para mí, los sentimientos, transmitidos por las palabras que de su corazón salían, me ligaban a él. Lo que no imaginé era que su necesidad pudiera adquirir semejantes proporciones, siendo, todo él, un hombre menudo, más aún, achicado por los años que pesaban en su alma, inundada de recuerdos y de pasado.

Sus confesiones en este viaje, que habrá durado unos cincuenta minutos, fueron tantas que cuando su compañero de asiento, el inmigrante, se bajó, él se corrió al asiendo del lado de la ventanilla, quedando exactamente detrás mío, obligándome entonces a oírlo con mi cabeza inclinada, en la medida de lo posible hacia mi derecha. El contacto visual era ya casi inexistente, yo tenía poco espacio, no podía inclinar mi torso, a mi lado viajaba sentada otra persona. Lo oía, de a ratos, como cuando leía a Kafka, teniendo que hacer un gran ejercicio, no sólo de la voluntad, en este caso, para seguirlo, sino también físico. Me resultaba despreciativo no intentar al menos girar mi cabeza hacia él, con todo el dolor que esta posición me traía. Pero sabía que no podía dejar de oírlo, tanto como él no podía parar de contarme. En esa posición, aún más incómoda que la anterior, pero más cercana, llegó a hacerme confesiones acerca de sus posesiones materiales, del dinero con el que contaba o ya había dejado de contar.

Al atravesar la calle Uruguay me señaló una vieja galería comercial, pequeña, nada atractiva. Me dijo:
_Ahí, mi hijo tiene un local de reparación de computadoras. No ve a su madre desde hace más de un año y medio; le hablo por teléfono, pero generalmente discutimos cuando lo hago. No me quejo por mí, pero sí por ella, es tanto lo que le llegó a dar.... ¿puede usted comprender que no se interese ni siquiera por ir a verla? La casa en la que viven se la compramos nosotros, es mi único hijo, a mi esposa le costó mucho quedar embarazada y no pudimos tener otro, le dimos todo.
A él tanto como a su esposa, les gusta la vida fácil, sin demasiadas complicaciones. Yo creo que es por eso que no han tenido hijos en tantos años. Están casi siempre de viaje. Fueron a Estado Unidos tres veces, viajan seguido al Caribe, dicen que prefieren sus playas. También a Brasil, van casi todos los años, visitaron Europa, en dos ocasiones. Les gusta pasar una vida cómoda.
La última vez que vinieron a casa, hace, como le digo, más de un año y medio, me dijeron que ella había perdido un embarazo. Yo lo lamenté, como es lógico; nada sabía. Pero parecería que fue el argumento para justificar todo el tiempo anterior que habían estado sin venir a vernos. ¿A usted le parece que la pérdida de un embarazo, pueda ser la excusa para estar meses y meses sin vernos?

Era obvio que dentro de este monólogo y dada su edad, a ninguna de sus preguntas esperaba recibir respuesta de mi parte. Yo sólo lo escuchaba, con mi mayor atención y respeto; sentía dentro mío un tremendo amor que era la forma a través de la cual se manifestaba la empatía que me generaba escucharlo. Sentía que lo oía hablar desde la mismísima esencia de un ser humano, como lo hacemos todos, cuando hablamos con total confianza y con la misma sed de ser oído que puede tener, en medio de un desierto, un ser humano que desea beber agua. Le era imposible contenerse.
Le expliqué en algún momento que éramos vecinos, del mismo parque. Me dijo las calles entre las que se encontraba su casa, también dijo haber tenido clientes cercanos a mi domicilio. Le pedí que se quedara tranquilo, en medio del relato, ya que yo bajaba en la misma parada en la que él tenía que hacerlo; lo veía preocupado, con temor de extraviarse en esa zona céntrica, comentó que hacía mucho no viajaba hacia allí.

Cuando nos paramos, para descender del vehículo, yo respiraba aliviada, por tenerlo a mi lado y, poder así, relajar los músculos de mi cuello y de mi espalda. Este íntimo e inesperado viaje había concluido, pero sus sentimientos quedaban en mí, encerrados en mí, con su recuerdo, con sus palabras resonando dentro mío.
Él se me aproximó como para hacerme la más íntima de sus confesiones, no sabía que me diría. Entonces buscando mis ojos, acercó su boca a mi oído y me dijo, con su mirada empañada por la emoción, pero con un brillo de alegría:
_Gracias por escucharme. Estoy solo, a veces por meses, no tengo con quien hablar, no encuentro a quien le interese oírme, o tenga tiempo para poder hacerlo.

Texto agregado el 26-10-2009, y leído por 230 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
19-12-2009 Sólo puedo dejar estrellas, lo demás es demasiado íntimo y fuerte para escribirlo... vos sabrás comprenderlo. Un abrazo, Susana. De los que, conociendo, puedo saborear aún a la distancia. cromatica
27-10-2009 Acertadísima elección, es un texto bellísimo, con toda la riqueza humana de su autora que le da a una situación cotidiana con la impronta de sus valores toda la importancia que merece. Felicitaciones, Carlos. carlitoscap
27-10-2009 Es un texto que ya había leído y comentado. La relectura me llevó a esos diálogos tan de vida real. Lamento la tortícolis de la generosa protagonista, eso sí. Saludos! manndrugo
26-10-2009 lOS ELOGIOS NUEVOS O REITERADOS SON MERECIDÍSIMOS. aQUÍ ESTAMOS FRENTE A UNA NARRACIÓN QUE ENCIERRA TODO EL SECRETO DE UN VERDADERO SER HUMANO. ESTAR presente, dar escucha, dedicar tiempo, compenetrarse en los problemas de otro...Un verdadero ser humano. Muchas veces un texto se interpreta como autobiográfico y se trata de una ficción pero estoy casi segura de que este relato nació de un suceso real. Bravo Susana ninive
26-10-2009 Leí con anterioridad este escrito y disfruto volver a leerlo. Dicen que la soledad es el mal pan nuestro de cada día. Solos y arrumbados en el banal mundo de la cotidianidad y la indeferencia. Por ese camino transitan/mos muchos, vamos casi desconociéndonos cada vez un poco más, como si no fuésemos habitantes de un mismo mundo. Me emocionó tu alma sensible. Si supieras el bien que tu escucha ha provocado en el otro… Escrito en un lenguaje claro, preciso, con énfasis en la transmisión de emociones y sentimientos. 5*s Hayajo
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