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1. Monólogo.

¿Tiene miedo?

Tranquilo que entre el cielo y la tierra no hay nada oculto, pero como el cielo no existe. Nos jodimos, esta noche nos tocará trabajar.

La tarea es simple, usted solo tiene se respirar profundo y no equivocarse, porque los errores no valen en este negocio. El sentimiento de culpa; métaselo por el culo. El que piensa pierde y el que duda deja pasar la oportunidad. No la deje pasar. Concéntrese para que no se le olvide, mire al hombre de la foto, piense que tal vez ese fue el malparido que anoche se estuvo comiendo a su mujer ¡Créame, sirve!, eso es lo que los Científicos llaman: ayudas didácticas. No se vaya a desconcentrar porque cuando nos acerquemos al man ya no habrá marcha atrás, será como un tren, sin reversa. Solo espere a mi orden y de una ponemos a funcionar la tecnología del señor colt. Ja. Eso es lo único que me acuerdo de la cucha de sociales de noveno, que ese tal señor colt se invento estos fierros. Se debe estar pudriendo en el cielo, junto a otros tantos héroes. Cuando se la haya soltado toda y mientras la moto acelere a mas de cien, no piense, relájese, deje que las luces de los semáforos se acerquen como en una montaña rusa, el éxtasis durará treinta minutos, así que hasta que el efecto no pase, no dejaremos de correr, es posible que no lleguemos a ningún lugar, eso no importa. No pregunte, porque a nosotros no nos contrataron para preguntar y tampoco tenemos un lugar a donde llegar.

2. Como hablar hacia adentro.

Me acerqué al tumulto con el morbo a flor de piel, pensaba que tal vez era una pelea entre algunas de esas tribus urbanas que deambulan dejando su rastro en las paredes marcándolas con aerosol ¿será esto acaso una especie de alegoría a un perro meando el poste para marcar su territorio? O que tal si alguna mujer estuviera a punto de parir en medio de la calle… y si la ayudo le pueda poner mi nombre a su hijo. Y… ¿Por qué no? O de pronto doña Justiniana (la señora de las pizzas) está en noche de promoción o quizás hora feliz. Todas esas ideas se me aclararon al ver sobre el suelo el cuerpo de un hombre. La imagen era mucho más concreta. Un muerto.

-Los civiles háganse hacia atrás… manada se chismosos, si el chisme diera plata ustedes serían ricos.

Decía el uniformado creyendo que esa frase de cajón en algo distraería la casi mirada fija sobre los hilos de sangre que emanaban de cada uno de los cinco huecos en la cabeza de ese desconocido, ellos se juntaban al nivel del cuello y aunque provenían cada uno de un hueco diferente, se hacían más fuertes para manchar el suelo como un solo rio de sangre, es tal vez por eso que dicen: La sangre tira, y la sangre llama sangre.

3. Noche de Brujas

Casi todos los 31 de octubre llueve, y parece que este no va a ser la excepción. Todavía no ha caído la primera gota, sin embargo, Julián llevó su paraguas, porque cosa que le molestaba era que el diluvio lo agarrara sin un cigarrillo y sin su sombrilla. Ya era tarde y el tedio era tal que prefirió salir a comprar comida chatarra a cambio de sacar algo de la nevera y prepararlo. Conseguir un sitio de comer cerca y barato, era solo cuestión de cruzar la calle y encontrarse con los puestos de pizza y perros calientes. Salió. Esa noche se le antojó pizza de champiñones y no el clásico Salchipapa sabatino, se sentó junto a un hombre gordo que hablaba por el teléfono celular como si fuera el último minuto que tuviera disponible y mientras el aceite hirviendo crujía al contacto con las salchichas, las imágenes cotidianas ya no lo fueron tanto, se dio cuenta que era noche de brujas. Por esa misma acera se acercaban tres diablas con cola que eran acompañadas por dos espantapájaros, al otro lado de la calle un pingüino de 30 centímetros lloraba por su biberón y por la esquina doblaban las campanas de un hombre disfrazado de iglesia. Del fondo de la calle, hacía la esquina opuesta del hombre iglesia, el sonido del motor que se acercaba hizo que todos los presentes giraran su rostro hacia la calle, de la luz que encandelillaba una mano larga y elástica empuñaba un arma que escupía madrazos con fuego y corazón de plomo. De la misma manera como se acercó la motocicleta se alejó. La escena no había cambiado mucho, el pingüino lloraba aún más, las diablas dejaron caer sus colas, las campanas siguieron doblando y el hombre gordo yacía tendido sobre el suelo con cinco huecos en su cabeza y tirado sobre el paraguas de Julián.

Fin.

Bogotá; 31 de Octubre de 2009.

Texto agregado el 04-11-2009, y leído por 133 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
09-11-2010 me recuerda una canciòn de Ruben Blades. Es buena esa historia de violencia callejera. dolorita
 
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