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Lunes 27 de abril
La palabra cáncer ha sido parte de mi vida, en el último año, El oncólogo que me atiende con su gentileza que lo caracteriza, me dijo: “¡Ni modo! Tu linfoma ya se hizo resistente a cualquier tratamiento, así que arregla tus asuntos, porque pienso que te queda sólo una semana de vida”.
Yo quedé pasmado sin poder articular palabra, cosa que aprovechó el doctor para agregar: “Yo les pido a mis pacientes desahuciados, que en un diario escriban sus vivencias, pues a mi me sirve para completar la tesis que voy a presentar en la Sociedad de Oncología. Es tu deber cooperar con la ciencia”.
¡Qué cara dura del doctor! ¿Un diario?, no es mala idea escribir, pero escribiré sobre mis cosas. Ya el doctor si quiere saber que sienten y piensan los moribundos, lo podrá hacer cuando su mamita este entregando el equipo.

Martes 28 de abril

Cuando tenía cinco años de edad, mi mamá me contó que mi papito se había ido al cielo. Mucho tiempo después, supe, que el marido de mi mamá murió a lo pendejo, En la cantina, donde mi señor padre pasaba su tiempo, hubo un pleito que no tenia nada que ver con él; una bala perdida, calibre 22, entró por el ojo izquierdo de mi papá y se alojó en su cráneo.
Mi papiringo nos dejó en la miseria a mi mamá, a mi hermana mayor y a mí. Los tres nos fuimos de arrimados con mi abuelo paterno que acaba de enviudar y vivía solo.
De inmediato mi mamá y mi hermana pasaron a ser las criadas de mi abuelo, éste las puso a trabajar: en la miscelánea que regenteaba, además de hacerse cargo de la limpieza de la casa, del lavado de la ropa, de la cocina, etc. El problema fue que las trataba a base de puros regaños y mentadas de madre. Por mucho tiempo yo creí que mi nombre era: escuincle baboso, apelativos que al abuelo empleaba, cuando se dignaba dirigirse a mí.

Miércoles 30 de abril

El abuelo, cuando yo terminé la primaria, decidió meterme al seminario, para que con el tiempo yo saliera de sacerdote. Él aprovechaba que mi educación le saliera gratis y cumplía con su deber de católico.
El abuelo, un hombre sano, de repente se desmayo sin motivo; el cardiólogo le dijo: “Usted tiene una insuficiencia coronaria, debe mantener un régimen alimenticio sin grasas, tomar con disciplina su tratamiento y tener siempre a la mano pastillas de nitroglicerina; cuando sienta dolor en el pecho, ponga una pastilla debajo de la lengua y de inmediato estará bien”
De por sí el abuelo era quejumbroso, con esto de la enfermedad, él se volvió peor: gruñón, malhumorado. En contraste mi mamá lo atendía con prontitud, eficiencia y de buen humor, en la noche mi mamá estaba exhausta con el trabajo, pero como última actividad de ella, le preparaba las medicinas que el abuelo debería tomar el día siguiente.
El domingo que murió el abuelo, al levantarse temprano se sintió muy bien, en la misa de doce en la que yo ayudaba al sacerdote, en el momento en que el abuelo iba a recibir la comunión, cuando el padre le ofrecía la divina hostia, el abuelo tuvo un dolor torácico, él de inmediato sacó de la bolsa de su camisa el frasquito de las pastillas de nitroglicerina, tomó una de ella, volvió a guardar el frasquito y con displicencia, haciéndose el interesante colocó la pastilla debajo de su lengua. ¡Sorpresa! En lugar de mejorar, el abuelo se puso pálido, sudoroso, se agarró la garganta con su mano izquierda, emitió un ronco estertor y toda la humanidad del abuelo envuelta en su traje dominguero cayó a los pies del sacerdote.
Mi madre de inmediato se arrodilló junto al cuerpo caído del abuelo para darle los primeros auxilios. Al parecer sólo yo me di cuenta del rápido movimiento de la mano derecha de mi mamá, que en un acto de verdadera prestidigitación digna del mejor ilusionista cambió la caja de pastillas de nitroglicerina que el abuelo tenia en la bosa de su camisa por otra.
Después del funeral del abuelo, la vida de mi mamá, de mi hermana y la mía cambiaron para bien. Yo en ese momento tuve la visión de cual debería ser mi deber.

Jueves 1 de mayo

Varios amigos compañeros de trabajo, entre ellos mi mejor amigo: el comandante Ruiz, jefe de la estación de policía donde yo trabajaba, nos reuníamos los sábados a medio día después del trabajo, en la acreditada cantina El Atorón.
El escándalo del día y motivo de muchos cotilleos, era el asesinato del hermano mayor de mi abuelo, que fue encontrado en la madrugada en una de las calles de nuestro pueblo, el comandante nos comentó: “El difunto presentó herida por arma punzocortante —esta palabra la dijo engolando la voz— a la altura de la tetilla izquierda, el orificio es pequeño de aproximadamente un centímetro de longitud, pero en la autopsia se encontró que el instrumento atravesó el corazón y esto provocó una hemorragia masiva y el deceso fue instantáneo”
Mi primo Luis, nieto del difunto, me había comentado que su abuelo era muy rico y que la familia trabajaba en el rancho de él. Luis me refirió que su abuelo era un viejo sangrón, déspota y que trataba mal a sus hijos y nietos, pero sobre todo a la que hacía sufrir era a su esposa, pues además de lépero y majadero, era mujeriego.
Ese sábado, el comanche Ruiz nos echó una hablada: “el médico legista no sabía con que había sido muerto el difunto. Yo tuve que aclararle que el arma probable fue un estilete”

Viernes 2 de mayo

La jubilación, a pesar de la creencia general de que es buena, es un problema existencial. Me jubilaron con una raquítica pensión, que mi joven esposa al saber el monto de la misma, me dijo “es una baba lo que vas a recibir, yo de plano me voy y hay te dejo con tus miserias”, y simplemente me abandonó. No me quedó más remedio que irme a vivir con mi hermana solterona que atendía la miscelánea que le dejo nuestra difunta madre.
En el curso de los años muchos ancianos habían sido asesinados de igual manera que lo fue mi tío abuelo, y todos tenían en común que eran abuelos de mal carácter.
Para mi amigo el comanche fue una decepción en su trabajo estos asesinatos, pues nunca dio pie con bola para descubrir al responsable o a los responsables de los asesinatos y ahora que también él esta jubilado, es una espina clavada en su ego este fracaso.

Sábado 3 de mayo

Hoy me siento débil por lo que escribiré poco. Todos los días mi amigo el comanche viene a platicar conmigo. ¡Pobre! Después de cumplir setenta años los amigos disminuyen, la mayoría porque entregan su alma al Creador, así que cuando yo parta, él ya no tendrá con quien platicar de lo que llama: “El caso de los viejos asesinados”
Por cierto, nuestro pueblo es el único donde suceden estas cosas. Le debo dar las gracias a mi esposa por no haberme hecho ni papá, ni abuelo.

Domingo 4 de mayo

La debilidad no se quita, la mayor parte del tiempo estoy dormido.
El comanche llegó exultante, muy contento me comentó: “el caso de los viejos asesinados ya se resolvió —y añadió— se emplearon procedimientos científicos para aclararlo, nada de golpear a los sospechosos o meterles agua mineral por la nariz. ¡No señor! Todo muy profesional”. Yo estaba somnoliento, por lo que al principio no agarré el hilo de la platica, pero él sin hacerme caso siguió hablando: “ayer que fue el día de la Santa Cruz un maestro albañil ya viejo, fumó mariguana como chacuaco y se llenó de tequila hasta las orejas. Este albañil a la altura de la iglesia se encontró con el Señor Párroco que en compañía del sacristán daba su paseo vespertino. El sacerdote al ver el estado de ebriedad de su feligrés, que lo regaña. ¿Y que crees?” Me pregunto.
El sueño y la debilidad, con el interés de lo que el comanche me platicaba, desparecieron. Guarde silencio y el comanche continuo su relato: “pues que el albañil sin decir ni agua va, que saca un enorme cuchillo cebollero que le había prestado su amigo el carnicero para la fiesta y lo guardó en el abdomen del cura con un movimiento de la mano hacía arriba, por lo que partió en canal al anciano cura y las tripas se le salieron a través de la sotana desgarrada”
Desde luego le comenté a mi amigo que era un hecho aislado, la muerte del cura no tenía nada que ver con los otros asesinatos.
Pero mi amigo dijo: “ahí está lo interesante. Cuando supe del caso me personé en la comandancia, donde como sabes el jefe actual es un agente federal muy estudiado en las técnicas policiales modernas. Él dejo dormir al albañil para que se le pasara la borrachera que tenía. Cuando el albañil despertó, tenía la cara desencajada, los ojos rojos, sudoroso y con una sed espantosa. El federal puso delante del detenido cervezas frías en una tina llena de hielo y le enseñó además varios porros de mariguana. El agente federal muy amable le dijo: «debes descargar tu conciencia y ya que lo hagas las cervezas y los porros serán tuyos», yo de inmediato le pedí permiso al agente federal de hacerle una pregunta al sospechoso, y lo que le pregunte fue: ¿empleaste para tus crímenes un estilete?”.
Me daba gusto ver la felicidad de mi amigo, cuando me platicaba lo que había pasado en la comandancia. Le rogué que terminara de contarme la historia.
Él acabó de decirme:“es poco lo que tengo que añadir. El sospechoso confesó todo lo que queríamos. Así que ya es un caso cerrado lo de los viejos asesinados”.

Lunes 4 de mayo

Creo que me acerco al final, con dificultad abrí mi caja de herramientas, saqué mi desarmador, el mejor de todos y que tan buenos servicios me ha dado, de marca K - Tool International, acaricie el sujetador del desarmador, tan adecuado para mi mano derecha, el fino tubo de acero, delgado y resistente y la cuchilla al final del mismo.
Pobre mi amigo Ruiz, ayer, al verlo tan feliz, yo que soy de buen corazón, no quise estropearle su alegría y decirle:

Un buen desarmador es más práctico, útil y manejable que un estilete.

¡Ay nanita! Ya no puedo ver. Parece que me lleva la ch…











Texto agregado el 17-11-2009, y leído por 4012 visitantes. (0 votos)


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