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Sospechar que nuestros sueños son absolutamente inalcanzables es ciertamente aterrador. ¿Es acaso mejor conocer la verdad a luchar por algo que nunca tendremos? ¿Es posible que nos confundamos tanto con respecto a nuestras posibilidades que pretendamos alcanzar objetivos quiméricos? Saber la verdad, la cruel verdad, ¿nos haría desistir, aliviados, de aquello que nos proponíamos? ¿O nos haría empecinarnos más aún en nuestra empresa, a riesgo de vivir de una mentira...? En este relato, lamentablemente, no van a encontrar las repuestas.



Craig.



UNA CRÍTICA CONSTRUCTIVA



Si a usted le gusta la literatura, y tiene la suerte de visitar la maravillosa Liberty City, tiene la obligación de conocer la feria de la escritura de la ciudad, ubicada en el barrio costero de Buckenham, justo al lado del puerto 15.
Miles de stands se alzan en un radio aproximado de tres kilómetros, para deleite de los lectores. En la feria los escritores nóveles tienen la oportunidad de mostrar sus obras a los colegas y al público, participar de concursos y, con suerte, con muchísima suerte, ser leído por algún agente literario buscador de talentos.
Tom O´Dolley es dueño del stand 297, ubicado en el ala norte de la feria, y ahora está viviendo un momento que desde su adolescencia soñó vivir.
Un agente se detiene frente a su stand, y con el ceño fruncido elije uno de los tantos manuscritos que descansan sobre el mostrador. Comienza a leer. Tom se mueve en la silla, inquieto, al tiempo que se mesa su barba larga y blanca.
El agente es un tipo alto, sumamente delgado, de rasgos finos. Usa bigote y se lo retuerce a intervalos regulares, como una especie de tic. Está enfundado en un sobrio traje gris, como habitualmente están los agentes.
Pasa la primera página. Luego se cambia de pie el peso del cuerpo. Carraspea. Sus ojos se mueven en las cuencas de izquierda a derecha y viceversa con una velocidad animal, como si estuviese siguiendo la pelota en una partida de tenis.
Tom se siente morir. El corazón le martillea fuerte en el pecho. El estómago se le congela. Le entran unas ganas terribles de orinar. Si no se controla, mojará los pantalones.
Desde los stands contiguos, los escritores les dedican furtivas miradas de curiosidad. ¡El viejo Tom ha sido tocado por la varita mágica! ¡Menudo día el de hoy!
El agente súbitamente irrumpe la lectura y le dedica a Tom una torva mirada.
—Es malo, hombre —dice—. Malo en serio.
Tom está atónito. Las palabras le llegan como un estribillo lleno de susurros. Atrás, los curiosos se hacen transparentes, lánguidos como fantasmas. Sólo está él y el hombre de la mirada torva, el hombre que puede sacarlo de esa vida miserable y convertirlo en lo que siempre quiso ser.
—¿Disculpe? —pregunta Tom.
El agente mira el manuscrito en forma desdeñosa. Tom advierte que una plaqueta cuelga de su saco. Reza GREG HUNTON. EDITORIAL WEIRD WORLD.
¿Weird World? ¡Si es la misma editorial que llevó al estrellato a Burk Fredds!
—Es malo, hombre. —Le clava la mirada—. Vaya que es malo. A propósito, ¿quién es su inspiración?
—Hemingway.
—Me lo suponía.
Tom contesta maquinalmente. ¿Ha escuchado lo que cree haber escuchado? ¿Acaso existe la posibilidad de que no haya paraíso para él?
—¿Qué edad tiene? —inquiere Hunton.
—Cincuenta.
Tom miente. Pero cuando está intimidado o se siente en desventaja suele quitarse años.
—Ya veo. ¿Tiene familia?
—Sí. Una esposa y un hijo de catorce años.
—¿Dónde trabaja?
—Trabajo por las mañanas en un supermercado. Reposición.
—¿Y le alcanza para mantener a su familia?
—Y… ya sabe cómo está el mundo actualmente. A cualquiera le cuesta llegar a fin de mes… a mi familia no le sobra nada, pero tiene un plato caliente todos los días.
—Ya veo… ¿Y cuanto paga por este stand?
El viejo Tom sabe hacia dónde va Hunton. Pero está demasiado golpeado como para quitarse de un camino que se le antoja cada vez más pedregoso y oscuro.
—Trescientos cincuenta dólares al mes. —No puede evitar bajar la mirada.
—Ya veo. —Hunton mira al cielo y se rasca la sien—. Si no me equivoco, está pagando unos cuatro mil dólares al año o incluso más para mantener su lugar en la feria.
—Algo así.
—¿Y podría decirme cuál es su misión aquí?
Tom vacila.
—Hacerme conocer, supongo. Que la gente y mis colegas vean lo que hago. Y con suerte conocer gente que quiera publicarme y…
—Ajá —lo interrumpe Hunton—. Sí, ese plan está tan trillado entre los escritores de por aquí que aburre. Se creen que porque Fredds o Helen Wood tuvieron suerte con este sistema todos van a conseguir lo mismo. Me temo que voy a desilusionarlo, amigo mío. Lo cierto es que en Liberty City no hay buenos escritores. A este país lo hicieron personas pragmáticas, de acción, como usted bien sabe. Pensadores son lo que nos falta. Todo el tiempo surgen estrellitas que se mueren antes de sacar su segunda novela. Pero hay tanta obstinación en las grandes editoriales que nos mandan a inmiscuirnos en esta feria, entre otros lugares, en la esperanza que haya un destello de luz entre tanta mediocridad. Básicamente están buscando cosechar tomate cuando en realidad se sembró zanahoria. ¿Entiende? Este país es grande por su extremo pragmatismo, por la vida acción que ha tenido siempre. Quizá los impuestos que haya que pagar ante tanto progreso sea la falta de verdaderos artistas. O sea, verdaderos observadores. Nuestros representantes son Hamilton y Baker. ¿Quiere saber qué piensan de nuestras joyas en Francia, por ejemplo? Se sorprendería. —Menea la cabeza y suspira—. Pero bueno, supongo que es mejor buscar aquí que en sitios de Internet especializados en literatura.
Se produce un silencio incómodo. Tom se siente como si le hubiesen dado un puñetazo. El mundo gira, los bordes de su visión se difuman y la voz que su verdugo se hace ululante, venenosa, reptante. Ya no tiene ganas de orinar. Sólo quiere tenderse en una fosa y cruzar los brazos, en la espera de que alguien comience a taparlo de tierra.
—Hay tres tipos de escritores —continúa Hunton, al tiempo que se retuerce el bigote—. Los malos, los mediocres y los buenos. Algunos escritores mediocres pueden convertirse en buenos si se esfuerzan y realmente intentar aprender el oficio. Los malos… algún académico me ahorcaría si me escucha decir esto, pero los años en este oficio me han enseñado que la Diosa Literatura no es muy democrática... Los malos seguirán siendo malos, por más esfuerzo y dedicación que pongan. Y usted, amigo mío, junto al noventa por ciento de la gente en esta feria, está en este último grupo. Lo siento.
A continuación Hunton mira nuevamente el manuscrito y pasa la primera página. Tom tiene ganas de decirle algo al maldito. Pero, como suele ocurrirle en momentos de tensión, las ideas dentro de su cabeza se chocan unas contra otras como una manada de torpes reces enloquecidas.
—Escuche esto —continúa Hunton. Tom vislumbra en la expresión de su rostro cierto regocijo perverso—: “y las hojas, revoloteando con un frenesí mágico e inapelable, maravillaron a John tanto o más de lo que lo habían hecho los pechos de hermosura inverosímil de Emilia.” ¿Le gusta mucho adjetivar, no es cierto? Frases largas, intrincadas y vacías como ésta pueblan su escrito. ¿A quién quiere maravillar, por dios? Los incompetentes suelen esconderse detrás de los adjetivos, las metáforas mecánicas y las frases largas. Nunca falla. No se entiende que a veces es mejor poner “afuera llovía” y punto. Sí, ya sé. Siempre hay una maldita vocecita que nos grita que nos luzcamos con una frase complicada, alguna metáfora de otro planeta o una palabra que no volveríamos a escuchar en la vida. Hay que saber marginar el maldito ego y el ancestral propósito de buscar enorgullecer a nuestra madre, y ponernos los pantalones y pensar más en el lector. Se ha perdido el amor por la frase corta y la simpleza. “Afuera llovía”. “Y Brendan dijo adiós”. “El teléfono no volvió a sonar”. Tienen fuerza, hombre. Vaya si la tienen.
“Si Hemingway (por otra parte, el rey de la simpleza) leyera su escrito le juro que saldría de su tumba y volvería a matarse. Y no es que él haya sido un enorme escritor, pero en fin… —Deposita el manuscrito en el mostrador—. Lo suyo es grotesco. Tanto que apenas si pude llegar a la segunda página.
—Tiene mucha seguridad en lo que dice —espeta Tom. Por fin logra articular palabras. No deja de tocarse nerviosamente la barba.
—Por otra parte —continúa Hunton, haciendo caso omiso a las palabras de Tom—, sus diálogos no son fluidos. Nadie habla así ni siquiera después de una decena de cigarros de hierba.
Es oficial: no hay paraíso para Tom O´Dolley, al menos por ahora. La situación se vuelve a cada momento más real y menos teñida de ese velo surrealista que tienen los sueños o las pesadillas.
—Aprecio su crítica, agente. Pero no se crea que pueda afectarme de tal manera como para provocar que deje de escribir. —Intenta que su voz suene segura. Sube más de un tono—. Ni para dejar mi lugar en la feria.
Hunton sonríe afablemente. Tom detecta condescendencia.
—Esto no es nada personal, señor…
—O´Dolley.
—O´Dolley. Tómelo como una crítica constructiva. Piense que con esto le hago un bien. A veces las personas están tan cegadas en su ambición que pierden total contacto con la realidad y con sus propias posibilidades. Dadas sus circunstancias, es una picardía que siga atado a una quimera que hace daño a los que lo rodean, señor O´Dolley.
—¿De qué está hablando?
—Con su empecinamiento, está relegando a su familia al último lugar de sus prioridades. Uno puede permitirse ser soñador y loco cuando es joven, señor O´Dolley, o cuando no tiene nadie a su cargo. Pero su obstinación está perjudicando seriamente a terceros, hombre, y esos terceros son ni más ni menos que su familia. Y usted les da muy poco, por lo que he deducido. ¿Ha pensado alguna vez en ellos? Búsquese un trabajo al que pueda dedicarle las horas que tiene que dedicarle. No le estoy diciendo que deje de escribir. Una cosa es escribir para uno y los amigos y otra muy distinta es pretender ser profesional… ¡Y más en esta ciudad!
Tom se levanta. El aturdimiento ha pasado. Ahora sólo queda la onda expansiva.
—Usted es un maldito impertinente. Largo de mi stand —dice en un súbito ataque de decisión.
—Puede que lo sea, señor O´Dolley. Pero a esto alguien tenía que decírselo. No tiene ningún futuro en la literatura. No haga sacrificarse a su familia por su búsqueda del tesoro. Vea la realidad, y, aunque duela, afróntela como la persona adulta que es.
—Usted no conoce a mi maldita familia… ¡Váyase ahora!
Unos cuantos curiosos se voltean hacia ellos, al igual que los escritores de los stands contiguos.
Hunton hunde las manos en los bolsillos y gira sobre sus talones.
—Siento haberlo herido, O´Dolley. Pero saber la verdad es mejor. Siempre.
Amparado por el público, Tom se sinte más seguro.
—¡Nadie lo ha invitado aquí, maldito escritor frustrado! —vocifera.
La escuálida silueta de Hunton se pierde entre la multitud. La gente de los alrededores vuelve a sus asuntos.
Finney, del stand contiguo, se aproxima.
—Por los gritos presumo que no ha tenido suerte, viejo.
Tom vuelve a sentarse.
—Era un maldito imbécil. Nada más que un imbécil.

Ahora es de noche.
Tom silba entre dientes. Bajo el brazo siente el tranquilizador calor de sus escritos. Ya está cerca de casa. Baja por la calle Calver al barrio 70, uno de los más humildes de la ciudad.
Todavía escucha la voz corrosiva de Hunton, que lo hace sentir miserable. ¿No preocuparse por su familia, justamente él? Tendría que haberle roto la cara.
Intenta ocupar la cabeza en otras cosas, pero se le hace difícil. Mañana será otro día. Ahora se siente cansado y desilusionado, pero de mañana, bajo el fulgor del sol naciente, tendrá la convicción de ser capaz de trepar cualquier montaña.
Sí. Seguro. Llegará al hogar, beberá su caldo y se acostará. El próximo día verá su sueño algo más cercano. Incluso alcanzable.


Texto agregado el 02-12-2009, y leído por 295 visitantes. (9 votos)


Lectores Opinan
19-12-2009 Gracias chicos por los comentarios, y gracias Semantex por darme la oportunidad de que un cuento mío sea leído por tanta gente, de otra forma hubiese resultado imposible. Es un tema difícil el de los sueños y nuestras posibilidades. Más si por cumplirlos dejamos de lado nuestras obligaciones. Tema complicado si los hay. Por eso supongo que hya tanta variedad de opiniones. Saludos. Y otra vez: me siento profundamente honrado. craigbale
18-12-2009 Me gusta este cuento, los dos personajes tan bien dibujados que se les ve. El modo de mantener el captar el interés con una historia en la que todo el tiempo estás deseando otro final, la ambientación. Lo dicho, me ha gustado mucho. m_a_g_d_a2000
15-12-2009 Cuando un hombre nace unido a las letras y siente la necesidad de comunicarse, ni la revelación divina le apartarán de su deseo, sean o no éstos dignos o indignos del aplauso de la crírica. El creador, crea. Un abrazo, craig. justine
04-12-2009 Gracias, asi voy conociendo algo mas de este lugar. Estoy teniendo un nuevo hobby aqui. Nunca antes se me habia por leer literatura y menos escribirla, peor aun comentarla; pero voy avanzando. Se equivoca Hunt al decir que los pragmaticos no son pensadores. Uno de mis ideales es erradicar la pobreza del mundo.Se como puede hacerse pero no voy a tener el tiempo ni los recursos necesarios para lograrlo. Entonces estoy escribiendolo,no aqui, salvo unos versos, para plasmarlo en blanco y negro. Y no descuido mis asuntos, ni los de mi familia, les doy holgura. Pero como escrito, me parece que sse hizo leer. Claro es mejor que lo que yo escribo, porque estoy empezando en estas lides. mramre
04-12-2009 Lo importante es soñar, Los que podemos escribir ya realizamos algunos al volcarlos en papel DIVINALUNA
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