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En medio de la remolina de las elecciones, acude a mi mente un pecadillo cometido hace varios años, y explicable sólo por una vacilación transitoria de mi espíritu medular. La Dictadura se encontraba entonces bien aposentada en su poltrona y más que una oposición rotunda a sus decretos autoritarios, en la mente de todos se debatía una jalea difusa que pretendía aunar lamentos y gritos de rebeldía, mezclados con un miedo profundo, sordo y a la vez, demasiado visceral para acallarlo. Todo se debatía a media voz, se sospechaba de los advenedizos que, de un día a otro, aparecían para avivarnos los espectros. Con el correr del tiempo, descubríamos que nuestro temor había sido infundado, que aquellos eran tan disidentes como nosotros, seres utilizados y manipulados por la orquestada garra gobernante.

Eran tiempos de desesperanza, de insatisfacción, pero nadie habría osado esgrimir una pancarta para reclamar por sus derechos, todo era susurro y sigilo, un correveidile de mano enfundada para que no se descubriera nuestra intención. Los chistes eran coreados a media voz, frenando nuestras ganas de reír a mandíbula batiente, tal como en aquellos lejanos años en que reprimíamos nuestra risa en la sala de clases, mientras el profesor dictaba la materia.

Corrían vientos de fronda, se decía y se hacía, aunque el odio nos consumiera y fabuláramos con una pronta destitución de aquel irónico y despótico personaje, mezcla de señor feudal del Medioevo y tiranillo de algún país tropical. Fue entonces que apareció la señora aquella.

Yo atendía en una oficina a la gente que concurría al consultorio. Eran personas modestas, cada una con su dolor a cuestas y su miseria en la mochila. Gente contestataria, defensora de sus derechos, amparada en el coro que crecía a su alrededor, con su voz espuria, aunque legítima. Un buen día se asomó a la ventana la señora Maritza (así la llamaremos para respetar su privacidad). Venía con sus dos chicuelas de la mano para que las atendiera el pediatra. La señora aquella, poseía dos ojillos azules que se clavaban en uno con extraña fijeza. Allí, me contó que era dirigente vecinal y que le había robado tiempo a sus ocupaciones para escaparse al consultorio. Me explicó de qué se trataba su labor, de lo abnegada que era ante los vecinos que concurrían a diario por las más diversas razones.

Con el tiempo, nos familiarizamos en nuestro trato, ella me enviaba personas con problemas de todo tipo y que necesitaban atención médica. Y yo, agilizaba mis contactos para que se las atendiera. Ante la señora aquella, me fui configurando con las características propias de la santidad, sólo que no era mi aspiración elevarme a esa purísima condición. Después, me percaté que era uno de sus recursos para que uno no le fallara jamás, una trampita apostólica que nos mantenía indemnes en su red aduladora.

Así fue como surgió de pronto la idea de que me integrara a un movimiento nacionalista, en donde “se me reconocerían todas las virtudes y todos los talentos, hasta ese momento absolutamente desaprovechados”. Primero, me embargó un escepticismo muy natural, yo no simpatizaba con nada que se relacionara con un movimiento de corte derechista y coludido, de hecho, con la Dictadura. Después, ella se encargó de hacerme notar que “uno debía crecer como persona y cuando las condiciones eran dificultosas, había que aprovechar todos los cauces que se nos ofrecieran”. Una especie de misticismo coronaba cada palabra suya, algo envolvente que, por lo menos, introducía la duda en mi mente, un tal vez titubeante, como un cantito de sirena escuchado a miles de kilómetros.

Los días siguientes fueron de debate en mi alma vacilante, pensaba en mí, en mi familia, en las potencialidades que podrían estar aguardando a la vuelta de la esquina, llegué a pensar que el Dictador era un ser que había llegado para instaurar la justicia, incluso intenté revestirlo con mesiánicas indumentarias, tratando de justificar lo que era absolutamente injustificable. Poco a poco, su risa de hiena, adquirió matices de bondad en este transitorio estado que me embargaba.

Una tarde apareció la señora Maritza, muy azorada, para contarme que había sido invitado a una reunión solemne, a la cual concurrirían destacados personeros y un ministro reconocidamente derechista. Reconozco que yo andaba en las nubes, preveía la gloria y el prestigio rondándome, imaginaba doradas preseas y la catapulta cierta para elevarme precipitadamente en la escala social.

El auditórium estaba repleto de modestos vecinos que sonreían y gesticulaban, acaso cautivos del mismo hechizo que me había atrapado a mí. Encopetados señores y damas, presidían la ceremonia. Se habló de crear comandos, de establecer juntas de vigilancia, de imbuirse en cuerpo y espíritu de las reglas que conformaban este movimiento. Habló después el ministro, un maestro en el arte de la oratoria, defendiendo al gobierno autoritario. Las señoras asentían, incluso una que habló después, dijo de manera indolente: “estas señoras molestosas que lo único que saben hacer es reclamar por sus hijos muertos o desaparecidos.” En ese preciso comencé a despercudirme de esta especie de encantamiento y a posarme en los zapatos de hombre asalariado y consecuente con su condición. La palabra dignidad, tan manoseada y tan poco utilizada, me envolvió como una mortaja balsámica y me juramenté nunca más embarcarme en aventuras con un propósito tan mezquino.

Poco después, convencí a la señora a que arriara tales banderas y se concentrara en lo que le dictara su corazón. Muy pronto, ella se alejó de tal movimiento y regresó a lo suyo. Tengo entendido, puesto que después de esto no la volví a ver, que regresó a sus labores de presidenta vecinal.

Hoy, recuerdo todo aquello con un dejo de nostalgia. No es que eche de menos la situación angustiosa y preocupante que nos involucró a todos en aquella época dolorosa. Rescato la solidaridad que emanó de los corazones humildes, el hambre de justicia y libertad que nos embargó a cada uno y que fue acaso la génesis para movilizar un movimiento que poco después, rescató una maltrecha democracia. La que es deber de todos remendar y velar para que nunca más sea arriada…










Texto agregado el 03-12-2009, y leído por 130 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
03-12-2009 al menos rescataste corazones humildes. aun quedan . muy bueno ***** fabiandemaza
03-12-2009 Entiendo muy bien lo que decis al referirte a la nostalgia,parece que los seres humanos necesitamos tiempos asi para recordar la solidaridad y para poner en practica la compacion.Sera que necesitamos sentirnos siempre en vilo y que los tiempos mas sencillos nos aletargamos?.Muy bueno como siempre amigo****** shosha
 
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