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Luego de las respectivas fotos a la imponente Catedral de Colonia, Juan José y Juan Manuel, cuarentones, mellizos y "más chilenos que los porotos",como se auto proclamaban, decidieron acercarse a un restorán para verificar si la asquerosidad de la cocina alemana era solo un problema Berlinés.
Habían hecho casi todo en los últimos cuatro días desde que arribaran a Hamburgo en un avioncito de marca desconocida, en tercera clase y más encima al lado del baño. Habían comido kuchen, chucrut y subido y bajado del metro, maravillados de no oír el típico "apretujen, bajen" con que se identificaba en Chile a los trenes alemanes.
Habían dedicado horas a alimentar con galletas a las palomas alemanas de las plazas mientras se perdían en un culo extranjero, en jeans extranjeros, sostenido por piernas extranjeras, más por afán de comparación que por placer masculino contemplativo.

El restorancillo de nombre impronunciable estaba atestado de turistas a esa hora y para desilusión de los mellizos, entre la multitud de idiomas diferentes nunca oyeron ni un "mierda" ni un "huevón".
Pidieron lo que no se veía ni tan crudo ni tan cocido y se sentaron en la única mesa desocupada, en donde para más remate siguieron extrañando el pan y el pebre.
La comida transcurrió entre risas de consuelo por no haber elegido pasar las vacaciones pagadas por la empresa en un lugar menos foráneo, como Acapulco o Machu Pichu. "Pero es que había que ponerse internacionales" había murmurado Juan José mientras apartaba de su plato lo que rogaba fuera apio. "Sí, sí claro" respondía su hermano casi idéntico mientras pensaba que si volvía a beber cerveza vomitaría.
Un bandejazo en la mesa los sacó de la conversación y con las bocas abiertas y los tenedores suspendidos en el aire vieron a un gigantesco alemán, de más de dos metros y doscientos kilos sentarse justo en la silla desocupada que había quedado en la mesa.
El energúmeno ni siquiera los miró, no pidió permiso ni se disculpó por la espantosa intromisión. Solo se sentó ahí, se arremangó el polerón celeste de sus brazos rechonchos y rubios, agachó su cabezota platinada y se dio a comer las mil y una cosas de su bandeja con los ojillos azules de cerdo fijos en la ventana.
Juan José abandonó su tenedor cuando por sobre el sonido rimbombante de un vals Vienés, pudo distinguir claramente el sonido de la carne al ser triturada por los dientes de la bestia y el sorbeteo incesante y viscoso dentro de su nariz gorda y brillante como un pimentón.
Juan Manuel dejó el suyo justo en el momento en que la tos del fenómeno, al parecer resfriado, mandó volando un pedazo de pollo a medio masticar al otro lado del comedor.
Y en un incontrolable ataque de chilenismo, amparados por el anonimato de la lengua castellana en ese resquicio vikingo, los hermanos se dieron gustosos a insultar al alemán de todas las formas que hallaron. Empezaron por llamarle "chancho" hasta que exprimieron sus diccionarios mentales para culminar, rojos y sudorosos como dos posesos, escupiendo cada adjetivo desagradable y grosero que pudieron recordar.
El cerdo alemán no se inmutó, siguió devorando sus platos de comida, medio perdido en un paraíso personal, casi en estado de hipnosis, mientras los hermanos al ver que nadie comprendía los epítetos, se reían a mandíbula batiente imitando y acallando casi con sus carcajadas los sonidos chanchescos que hacía la bestia al comer.
Tanto se rieron los mellizos que terminaron lánguidos y cansados apoyados uno en los brazos del otro observando con verdadera fascinación como el alemán terminaba su comida chupeteando los huesos, para finalmente verlo levantarse, mirarlos fijamente y decir "Perrrrrmiso, se va el chancho alemán" en un castellano tan bueno que de no ser por las marcadas erres, hubiera sonado casi perfecto.

Texto agregado el 04-12-2009, y leído por 282 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
30-03-2014 ***** vaerjuma
24-07-2011 Buen texto. Buen ritmo. Me gusta el uso de diminutivos como "avioncito" para degradar algo. Algunas cosa me hicieron doler las muelas como "al tiempo que". Lo demás está muy bien. bolche
11-11-2010 Me agradó leerte. Un texto muy, muy bueno. ZEPOL
19-12-2009 Muy bien. Un buen cuento. firpo
17-12-2009 Impertérrito el "ademán". Y luego los mellizos de regreso hablarían maravillas del país visitado. No siempre viajar fue bueno cuando a tu lado tienes lo mejor. Pero conviene salir, comparar y valorar. azulada
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