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Te escucho- dijo.
Lo miré. Sentado frente a mi con sus suspicaces ojillos negros, ratoniles. Tan absolutamente cómodo con sus cuarenta y tantos. Y lo odié un poco.
-En que quedamos la semana pasada?-dijo distraídamente, buscando algo con la mirada a nuestro alrededor.
- No lo recuerdo- mentí.Lo recordaba claramente. Habíamos quedado en mi manía de excusar siempre cada cosa mala que hacía y también cada cosa buena.
-Bueno y como ha estado esta semana? Has hablado con tu madre?- Me mordí el labio.
-No he hablado con ella. Es decir he hablado- expliqué-Pero no de lo que me dijiste que hablara.
-Como te hace sentir eso?-preguntó él con cara de rutina.
-Uf! Sabes bien como me hace sentir eso-dije irritada-Me hace sentir como un cliché eso de solucionar "traumas infantiles" con mis padres. Todo el mundo se escuda en lo mismo!-bufé.
A él no pareció importarle mi reacción acalorada. Me miró condescendientemente, casi con lástima.
-Que es lo que quieres al venir aquí cada semana? Que buscas con esto? Sanarte de algo?- preguntó con seriedad-Porque no puedes sanarte de algo si no admites estar enferma.
Inmediatamente me arrepentí de mi pequeño ataque de ira.
Dios mío...Y así era. Tenía problemas no resueltos con mi madre, con mi padre, casi con todas las personas con las que compartía todos los días. Incluso con este hombre que cada semana se sentaba solícitamente a oír mis estupidos problemillas pueriles, con la mirada concentrada y ademanes de buen conversador.
-Yo me resisto a muchas cosas- dije cansadamente- Entiendes? Incluso al venir aquí por ayuda me estoy resistiendo.Hablo todo el día de mil cosas diferentes para no tener que decir nada sobre mí.Para no tener que decir que me afecta maquinar una sonrisa, luchando contra el caos de mi cabeza. Que me afecta esta necesidad de ser normal, cuando lo intento tanto y no me resulta-concluí agotada y casi sin aliento.
La expresión de su rostro no había cambiado en lo absoluto.Mantuvimos un silencio livianito por un par de segundos. A lo lejos se oían las risas de niños que jugaban.La tarde veraniega vibraba de zumbidos.
Fue él quien rompió el silencio y su voz sonó extraña. Irreal.Como si fuera la primera vez que la oía.
-Quizás debas aceptar de una vez que no eres y no vas a ser nunca "normal"- dijo, como restandole la importancia a la palabra.-Que hay gente complicada pues el mundo necesita que la haya. Como nos necesita también a los que fingimos ser buenos escuchando-sonreí sin querer.-La madre de Alba Edison debe haber sido una mujer simple-continuó él- No se imaginó nunca que tendría un hijo que cambiaría al mundo con sus ideas. Y aún así,alimentó sus excentricidades. Con ayuda de ella, Edison pasó muchos minutos de su vida pensando en la forma de encerrar la luz en una burbuja de vidrio-Y con ayuda de su normal madre lo consiguió.Mantuvo encendida durante trece horas la primera ampolleta, sabías eso?- me preguntó y súbitamente me sentí como en clases de historia.
El punto era entonces que yo no iba a ser normal, pensé. Incluso aún. Nadie debería esperar que lo fuera ni yo debería tratar de agradar a nadie fingiendo serlo. Según mi terapeuta,la gente normal del mundo debería armarme un sótano-laboratorio para que mis ideas locas puediesen convertirse en cosas que no me atormentaran. Era su deber ser normales para que yo no me destruyera no siéndolo.
-Me recetas simbiosis entonces- dictaminé y ahora era él quien reía.
-Habla con la gente a la que le guardas rencor- me aconsejó-Empieza por reconocerles lo duro que debe haber sido para ellos el lidiar contigo. Empieza por darles ese mérito.
Me hice pequeñita en el asiento. Asumir mi poco "normal" estado mental, nunca me habría parecido admisible, sin este hombre de ojitos negros y suspicaces. Este mismo hombre que me decía que estaba bien hacer siempre las cosas a mi manera. Por muy excentrica que fuera.
El seguía mirándome con esa expresión orgullosa. Atenta. Yo era Edison y el era mi bombillo. Fingido su orgullo o no...no importaba.
La proxima semana háblame de tu ampolleta de Edison. Te parece?- dijo haciendo un mohín- Escribe algo sobre eso y me lo traes.
-Ya acabó nuestra hora?- pregunté desilusionada. Justo cuando me parecía que mis callejones sin salida terminaban en un camino.
- Ah claro- dijo festivamente- Aún me queda la mitad del parque por barrer.
Miré a nuestro alrededor. Unos niños jugaban en el pasto, otros se refrescaban bajo un árbol de aspecto imponente. Era un día bonito, sin duda. Los otros barrenderos públicos que quedaban por ahí, sólo permanecían de pie apoyados en sus escobas, aspirando el aire tibio de la tarde. A esa hora casi ninguno tenía pacientes.

Texto agregado el 20-12-2009, y leído por 254 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
13-08-2010 cierto. de talento, abundante. wein
28-01-2010 creo que tienes un talento vasto, me quito el sombrero y beso tu mano con respetuoso silencio. caronte600
22-12-2009 Excelente. Muy bien narrado. firpo
21-12-2009 bien... lo he leido de nuevo y me sigue gustando! leon_discipulo
20-12-2009 muy,muy hermoso lo que plasmas aqui preciosa,me encanto leer este texto. casanova08
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