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Desafortunadamente, esta es una historia intrínsecamente incompletable. Su inicio está determinado por mi decisión —fruto de lo que entonces pensé que era mi libre albedrío— de convertirme en escritor. Ese había sido mi sueño de largos años, dilatado por el oscuro trabajo como docente que me permitía, tenuemente, sobrevivir. Un cambio en mis circunstancias me permitió abandonar el ominoso empleo y me dio la libertad de dedicarme a la tarea pseudodivina de crear universos.

Pero, a pesar de que había engendrado innumerables ficciones mientras el sueño de escribir me estaba vedado, descubrí que, una vez libre para tangibilizarlas, ninguna me satisfacía. Hasta que al fin, tras buscar compulsivamente en mi memoria algún argumento impactante, di con uno bastante sencillo, pero que permitía un desenlace efectista. Un hombre está viajando en un bus por un camino labrado en las montañas; durante el viaje, se da cuenta de que sabe los nombres de “todas” las cosas a su alrededor; un temor inaudito lo invade, mientras una masiva sucesión de nombres llena su mente; finalmente, obtiene la respuesta al fenómeno: en el momento de la muerte, los hombres lo saben “todo”; este es el último hecho que le falta por saber, y lo sabe en el momento mismo en que muere, ya que, durante los últimos segundos, el bus ha estado cayendo al fondo de un precipicio, donde se destroza. Animado por mi hallazgo, me dediqué a escribir un primer borrador.

Terminé el relato unas tres semanas después. Pero lo que al principio me pareció una historia completa, reveló, tras muchas lecturas, serios defectos formales, que agrupé en dos grandes categorías: la primera estaba relacionada con las circunstancias que llevaron al protagonista a emprender un viaje por las montañas; la segunda, con la inexistencia de un Conocimiento Absoluto.

Los problemas derivados de la inexistencia de un Conocimiento Absoluto destruyeron mi argumento. Por ejemplo, yo había escrito que, durante los últimos minutos del viaje, mi protagonista ve un árbol por su ventana y se da cuenta de que sabe su nombre. Pero el nombre no es un atributo del árbol, es sólo la forma en que los hombres han “acordado” llamarlo. Incluso, el mismo árbol se llama distinto en distintos lugares, pues algunos lo han nominado ponderando la belleza de sus flores y otros reconociendo la nobleza de su madera. Todas las cosas a nuestro alrededor, todas las ideas y conceptos son producto de la observación del hombre, y muchas de ellas sólo “existen” en nuestra mente. Cuando nos ha convenido ponernos de acuerdo, hemos creado un patrón, como el metro o el segundo, pero ellos son tan arbitrarios —y válidos— como si hubiésemos elegido medir las distancias comparándolas con la longitud que, de la nariz a la punta de la cola, tiene un perro siberiano de dos años; y el tiempo, como el lapso que demora en caer una moneda al suelo, soltada desde el borde de una mesa. No existe el Conocimiento Absoluto, lo que existe es la Cultura; y ésta, como acumulación de tradiciones, convenciones y comportamientos, sí es perceptible. Decidí entonces que mi protagonista se vería perturbado por los murmullos de la milenaria tradición arraigada en esas montañas. Y como la Cultura es una falacia, este ataque sería tan terrorífico como el de una multitud de fantasmas.

Para resolver los motivos de mi protagonista, decidí crearle unos antecedentes. En consecuencia, debía relatar las circunstancias que determinaron su viaje a las montañas; pero más importante, debía dar una aproximación hacia lo que lo diferenciaba del resto de pasajeros, y que le permitió, sólo a él, “captar” el murmullo de la Cultura; porque si él no fuera especial, “todos” los pasajeros hubieran captado lo mismo. Y con este nuevo enfoque, empecé a reescribir mi relato.

Una inesperada inspiración acudió en mi ayuda y me permitió avanzar fluidamente. Resolví las trabas iniciales en la construcción de mi personaje ficcionando hechos de mi propia existencia, y mis propios motivos. Me sentí tan cómodo describiendo mi propia experiencia que, poco a poco, mi relato se convirtió en una especie de autobiografía: mi personaje era un escritor que, en busca de datos para un relato, viaja a las montañas, a las que desde pequeño se ha sentido inexplicablemente atraído. En esta fascinación por lo telúrico el personaje se parecía mucho a mí, y pude entonces construir una personalidad coherente. Sólo algo me inquietaba: estar escribiendo una historia donde el personaje moría al final; personaje que “casi” era yo.

Para validar el clímax del relato (el momento en que la acumulación de nombres hace sospechar a mi personaje que algo malo está por ocurrir), pero sobre todo, para disfrazar mi falta de conocimientos filosóficos, desarrollé una serie de curiosas teorías sobre el Conocimiento y la Cultura. No diré que mis ideas eran revolucionarias, pero sí inquietantes, y muchas de ellas me parecían “demasiado” lógicas. Como sea, terminé un segundo borrador de mi obra, que ahora tenía la considerable extensión de una novela.

Al empezar las tareas de corrección de la lógica interna de la novela —las de Ortografía y Gramática no eran, en este punto, urgentes— descubrí dos fenómenos curiosos. El primero tenía que ver con los antecedentes de mi personaje. Ya he dicho que utilicé, modificándolos ligeramente, hechos de mi propia existencia; pero, al leer lo que había escrito, tuve la sinuosa sensación de que los detalles que yo había “inventado” para subsanar los lugares que mi memoria no alcanzaba eran “ciertos”. En una larga conversación, mi madre certificó la exactitud de todos ellos, asombrándose ella de que yo pudiera recordar tan nítidamente hechos a veces banales y siempre remotos. Pero el segundo fenómeno era aún más sorprendente. Una búsqueda en Internet sobre teorías del conocimiento me llevó a descubrir que las teorías que yo había “inventado” ya habían sido enunciadas. Al principio con una sensación de asombro por la extraordinaria coincidencia, y luego con un pánico creciente y difuso, pude verificar la existencia de “todas” mis teorías, que, como respuestas a interrogantes que aún no había formulado, habían estado esperando, inconmovibles en el pretérito tiempo, por mis preguntas. Casi sin poder caminar a causa del temblor de mis piernas, regresé a casa.

En la oscuridad de mi habitación, medité en el significado de ambos portentos. Las oscuras regiones del subconsciente, que guardan el registro de todos nuestros actos, podían ser la causa de que yo hubiera “recordado” hechos recónditos de mi existencia; pero ¿qué tanto hacia atrás? ¿Era posible que mi subconsciente hubiera almacenado incluso hechos muy cercanos a mi nacimiento? Y lo otro, ¿de dónde podía haber “deducido”, dada mi casi nula preparación filosófica, teorías que hombres muy sabios demoraron casi toda su vida en enunciar y demostrar? La “razón” me llevo a una terrible conclusión: yo me estaba volviendo sabio, porque se acercaba el momento de mi muerte.

Eso fue anoche; no he podido dormir. Hoy emprendo el viaje a las montañas, que me atraen más irresistiblemente que nunca. Cuando termine de escribir este relato, lo imprimiré y lo guardaré bajo llave en un cajón de mi escritorio. Si regreso, lo destruiré y terminaré mi novela; si no, quien lo encuentre —porque, previsiblemente, revisarán mis papeles— podrá leer un relato interesante.

Texto agregado el 26-12-2009, y leído por 135 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
27-12-2009 Interesante juego. Hubiera preferido la novela obviamente. NeweN
26-12-2009 No es un texto que merezca muchos aplausos, pero tampoco es para catalogarlo (casi infantilmente) con una "estrella" como el pobre diablo que ya lo ha hecho. Es interesante, aunque pierde credibilidad por el constante uso de palabras cotidianas envueltas entre tanta elocuencia y labia del personaje principal. Y, ahora personalmente hablando, creo que si hubieses escrito la historia de la que el personaje habla (sólo la del hombre en el autobús atormentado por un repentino saber inconmensurable), hubieses sido merecedor de mayores elogios. Es una idea bastante inquietante que resultaría apetecible poder experimentar. Saludos. elpablo
 
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