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Inicio / Cuenteros Locales / semantex / Elegido esta semana\"la niña de la casa de madera\" de Shapplin

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A lo largo de todo un día triste y silencioso de otoño, cuando las nubes se cernían pesadas, Vicencio cruzó con su motocicleta, una zona especialmente lúgubre del país, y, a medida que crecían las sombras de la noche, se encontró frente a la abandonada casona que iba a visitar luego de veinte años.

La espesa niebla inundaba el bosque con un ceniciento efluvio, anunciando la proximidad de la noche. El boscaje se encontraba dividido por un serpenteante camino de tierra, hollado por carretas y caballos, ya ausentes a esa hora de la tarde.

Vicencio observaba al fondo del patio, rodeado por corroídas alambradas y postes caídos, la vetusta casa de madera que alguna vez fuera su hogar. Prestaba especial atención al viejo sauce que parecía amenazar a la casona con sus puntiagudas ramas deshojadas por el otoño, como una bestia de grandes garras.

Las ventanas del edificio parecían dos ojos vacíos. La puerta, que sin dudas fue robada, dejaba ver la oscuridad que imperaba en su interior. El portón yacía en la tierra, con sus leños podridos.

El terrible panorama le hizo dudar por un instante, creyó ver en el paisaje un gran rostro de cabellos alborotados. Cerró los ojos sólo para luego volver a observar la curiosa forma que tenía la casa con el sauce seco de fondo.

El joven sonrió por un instante, bajó de la motocicleta, tiró el cigarrillo, soltó su pesada mochila al suelo y tomo de ella solamente una linterna; caminó hasta pasar por sobre el portón y una vez más se detuvo frente a la casa de madera. Se cruzó los brazos y pensativo la miró de arriba a abajo. Su mirada cayó entre los marcos vacíos de la puerta. De pronto, una sombra más oscura que la noche que empezaba a cubrir a la casa, pareció moverse dentro, desplazándose de un lado a otro. Vicencio observó un instante más, sin moverse, y nuevamente vio a la sombra que se movía dentro de la casa. Sin dudas, había alguien habitando el lugar. Poco después, de nuevo la sombra hizo su aparición, Vicencio contuvo la respiración, su corazón parecía haber dejado de latir para poder escuchar si la misteriosa figura emitía algún sonido.

El espectro amorfo se detuvo entre los marcos de la puerta, en la oscuridad del interior de la casa. Vicencio se sintió observado, aterrado por un indecible temor a lo desconocido, erizado de pies a cabeza, pero finalmente, se aferró a su linterna y a la poca valentía que tenía. Al fin, disparó un haz de luz hacía la profunda oscuridad y, quizá por destreza o desgracia, iluminó directo el rostro de una niña, con ojos de buitre y cabellos desordenados, de mirada penetrante y sonrisa perversa, propias del mismo diablo.

Vicencio no pudo moverse por varios segundos, lo ahogaba un grito que no podía escapar de su garganta. En una lucha por no morir en ese instante, llevó hacía atrás el brazo y con una fuerza que solo la ira podría espolear, lazó su linterna contra la sombría figura que acababa de descubrir. Corrió hacia su motocicleta, la montó y partió camino de regreso. Durante todo el viaje no pudo apartar de su mente el rostro infame de aquella niña, que hacia ya mucho tiempo, estaba muerta.



II


—El mismo demonio habita esa casa —agregó Vicencio, terminando la narración de la amarga experiencia a su amigo Horacio.

Horacio, alzó un pitillo y luego de succionar el humo un par de veces, sonrió y posteriormente sentenció.

—Las hierbas y el cansancio provocado por un viaje largo, hacen mala combinación mi amigo —se detuvo para fumar nuevamente y continuó con voz apagada—, hace años que vives fumando marihuana e inhalando cualquier bazofia y, además, nunca superaste el suicidio de tu hermana.

Vicencio miró fijamente a los ojos de Horacio, y sin parpadear replicó:

—Era su rostro Horacio, yo lo vi, llevaba el mismo vestido que aquella tarde cuando se pego un tiro en el cuello con la escopeta de mi padre.

Horacio sorprendido por la mirada de Vicencio, tomó con seriedad sus palabras.

—Me habías dicho que, por esa razón, tu familia había dejado aquella casa y se mudó a esta ciudad pero, ya pasaron veinte años. ¿No crees que sea buen momento para superarlo?

—Lo es —dijo Vicencio, hizo una pausa, miró fijamente los ojos de Horacio y aseguró—, voy a viajar nuevamente hasta la casa y voy a derrotar al mismo demonio si es necesario.

—Deja de fumar hierbas, estás bien loco —dijo Horacio antes de sonreír burlonamente.

—¿Y qué crees tu que traes entre los dedos?—Apuntó Vicencio.

Ambos amigos se rompieron en carcajadas, perdiéndose en el humo de los cigarros.



III


Se oía el monótono cantar de los grillos orquestando la noche y la casa de madera se presentaba tenebrosa.

Mientras el viento lloraba en las ramas secas del gran sauce, un rayo de luz dividió la oscuridad por un momento en el camino de arena, frente a la vieja casa.

Vicencio detuvo su biciclo y se introdujo en el patio del edificio. Llevaba en su espalda un colchón, en el hombro un pequeño bolso de cuero y en su mano una lámpara, armas con las que enfrentaría, según él, al demonio.

Se introdujo a la casa sin encender luz alguna, recordaba perfectamente todo el recinto y podía recorrerlo a ciegas.

Tiró el colchón al suelo, en la sala principal y se echó. Cruzó ambas manos bajo su cabeza y meditando en la profunda oscuridad, se dejó atrapar por el sueño. De pronto, un ruido proveniente del techo lo despertó del letargo.

—Ratas, sin dudas son ratas trepadoras —dijo y no encendió la luz.

Vicencio volvió a caer en un frágil adormecimiento que pronto fue perturbado por un ruido metálico en lo alto de la sala.

—¡Fuera! ¡Fuera! —Gritó el joven en medio de la oscuridad, incorporándose en su colchoneta— ¡Malditas aves! Hacen sus nidos en los alambres de las vigas de mi casa…

Poco después, el silencio volvió a reinar y Vicencio se entregó nuevamente al descanso.

Pasaron varios minutos antes de que el joven volviera a despertar. Vicencio se juró a sí mismo que había escuchado una voz que lo llamaba.

El silencio era casi total, interrumpido de tanto en tanto por extraños ruidos que provenían del techo. Y, de pronto escuchó:

—Vicencio… Vicencio, despierta —dijo nuevamente una dulce vocecita en la oscuridad.

Vicencio saltó de su lecho y observó a todos lados, buscando ver a alguien en las penumbras.

—Aquí, arriba, enciende la luz y mírame —Vicencio tomó con rapidez su lámpara y la encendió.

—¿Me ves ahora? —Preguntó la espectral figura de una niña que colgaba entre el techo y la pared—.

Vicencio, observaba la escena con la lámpara en su mano y soportando un indecible terror que torturaba su alma.

—¿Y ves esto? —Inquirió nuevamente el espectro, indicando un alambre que, cuyo extremo ligado a la viga principal de la casa, ataba a su cuello—. Obsérvame, lo haré nuevamente —dijo y soltó una risilla dejando ver sus encías.

La niña se soltó de la pared y a continuación le siguió el sonido seco de un hueso descoyuntándose.

La figura quedó colgada, moviéndose de un lado a otro, como el péndulo de un reloj. La sombra provocada por el cuerpo frente a la lámpara, dibujaba horribles sombras en la habitación.

Cuando la escena parecía ya acabada, el rechinar del alambre en la viga fue interrumpido por un balbuceo.

—¿Te gusta así? —Los ojos de la ahorcada miraban fijamente al joven—. O ¿prefieres que tome la escopeta de papá? —Volvió a enseñar las encías.

Vicencio bajó la mirada, consumido por una profunda tristeza.

—Maldito demonio, te daré fin de una vez, para eso vine esta noche —expresó entre dientes el joven sacando un revólver de su bolso de cuero.

El estruendo de un tiro destrozó la tranquilidad de la noche, algunas aves nocturnas huyeron graznando y los grillos callaron por un instante.

Sólo el viento seguía llorando en las ramas del sauce.



IV


Pasaron varios días, antes que un vagabundo encontrase el cuerpo sin vida de Vicencio en la casa de madera. Tenía una herida en el cuello. Horacio encontró una escueta nota de suicido en el bolso de cuero de su amigo:

“Una tarde salí con unos amigos. Y, cuando volví a casa, sorprendí a un extraño en la sala, y creí que era un ladrón y le pegué un tiro con la escopeta de mi padre. Sólo cuando desperté de la quimera supe que era mi hermana, todos creyeron que ella misma se había quitado la vida… Desde entonces me prometí dejar el vicio, pero no lo pude hacer, no soportaba vivir de otra forma… Sólo la muerte acaba con la conciencia”.

Horacio observó por última vez la tumba de Vicencio, tiró su último cigarrillo contra la grisácea lápida y se marchó.

De lejos, el viento traía el rugir de pesadas maquinas. Estaban demoliendo una casa de madera.

Texto agregado el 03-03-2010, y leído por 214 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
04-03-2010 Es interesante y atrapa para terminarlo de leer, es un cuento de terror, pero te insentiva a continuar leyéndolo. Excelente historia. Felicitaciones. aliciacometa
04-03-2010 Una excelente elección este cuento de terror narrado de manera que atrapa desde el comienzo.Mis******** almalen2005
04-03-2010 Muy bueno! Capo! ElnegroHinojo
03-03-2010 Relato de terror que se lee de un tirón...! galadrielle
03-03-2010 buena elección sendero
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