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Hice que cierto héroe griego, cuyo nombre no tuve tiempo de inventar, se enfrentara una vez a cierto monstruo que lo hice encontrar en su camino, con armas que lo hice recibir de los dioses, de uno de los cuales lo hice ser hijo natural. Así favorecido por sus lazos familiares, lo hice cortar limpiamente, de un solo tajo, la cabeza de la bestia pobrecita, en un flagrante acto de nepotismo; que por otra parte, es una cosa muy usual en el Perú, y supongo que también en Grecia (la antigua y la moderna). Lo del nepotismo, digo, no lo de andar cortando cabezas de monstruos. Pero, mientras hacía posar al héroe, muy orondo, para una constelación (que es lo más cercano a una fotografía que —según intuyo, pues mis conocimientos de helenística son bastante limitados— tenían los dioses griegos para retratarse), que luego iba a hacer colocar en la Vía Láctea, que es una especie de Paseo de la Fama que tienen los dioses; mientras lo hacía posar, decía, en una pose heroica, la bestia se me regeneró de su propia sangre. Un poco avergonzado por mi impericia para los desenlaces, hice que el héroe repitiera su hazaña, y para más seguridad, lo hice cortar en pedacitos a la bestia. Y la bestia se me regeneró, nuevamente, de su propia sangre. Hice que el héroe repitiera el monstruocidio, pero no había caso: la bestia se me regeneraba, una y otra vez, de su propia sangre. Y ahí los dejé, prisioneros en un ciclo infinito, porque mi imaginación ya sólo producía resultados inadmisibles: por ejemplo, de tanto cortarla en cuadraditos, el héroe y la bestia (que se me estaba tomando tanta cuchillada bastante deportivamente), se me estaban haciendo amigos; o sino, su relación se me convertía en una especie de amor serrano (y hubiera sido del todo inapropiado llamar serranos a los griegos); o sino, su relación se me entraba en la simbiosis del abusador y la víctima, y el héroe y la bestia se me volvían codependientes; los dejé, porque temía compartir el mismo destino del héroe griego que inventé, cuya vida —no puedo evitarlo— se le va a ir en matar, infinitamente, al mismo monstruo. Así que, la próxima vez que invente un héroe, griego o de cualquier otra nacionalidad, que se encuentra con un monstruo en su camino, lo haré pasar de largo.

Texto agregado el 12-03-2010, y leído por 115 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
12-03-2010 jajja, genial el resultado aunque no te agrade y te haya dado sólo incomodidad =D mis cariños dulce-quimera
 
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