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Como todo aquel que se siente en el lote de los perdedores, Felipe inició la retirada cabizbaja del sueño. Se sentó sobre la cama con la angustia aun mellándolo invisiblemente con un leve dolor abdominal.
Se olvidó, o nunca pudo acordarse de la pesadilla que lo despertó esa mañana. Quizás por esta falta de exactitud en el recuerdo o porque los sucesos siguientes le restaron importancia a todo lo pasado y sobre todo a lo inmediatamente anterior a ese 5 de junio, Felipe no pudo nunca señalar a ese mal sueño como el prefacio de un capitulo al menos oscuro (si no quiere llamárselo negro) de su vida.
Y es que no hubiera sido justo llamar a esos momentos de flaqueza en el viaje como un momento negro.
Después de todo, replantearse algunas cosas a mitad de camino no es algo que nunca se le hubiese pasado por la cabeza a alguien tan reflexivo y tan orgulloso de la profundidad de sus propios pensamientos.
Desde pequeño, pupilo en un colegio, Felipe había encontrado en la soledad la mejor y mas cálida compañía. Sabiendo en el fondo quizás que era la única que podía poseer y el único refugio de la envidia, de las malas ideas, de la más amarga tristeza y la indómita angustia de saber certeramente que no se tiene a nadie en el mundo.
Así sobrevivió los años en los que, por alguna razón que a su joven mente se le antojaba indescifrable, su vida era manejada por gente que no podía ser mas ajena a él mismo, que quizás no supiera su nombre. Que asociara su rostro con un vago recuerdo, con un pasar fugaz dentro del viejo edificio, con un cruce imperceptible de miradas tan cotidiano que no tenía importancia alguna, para ninguna de las dos partes.
Después de todo, no existe optimismo mayor que el alcanzado por aquellos que han aguantado cachetazos toda su vida. Cuando las cosas no pueden empeorar uno solo puede esperar que el futuro traiga alguna buena entre tantas pálidas.
Felipe imaginaba llegar a ese casillero del futuro en que todo sale bien y donde es todo felicidad, llevado por la fama. Tirado por caballos que el mismo habría de procurarse, se había inclinado por la actuación con esa idea fija. Y quien no se saca el objetivo de las pupilas, es quien alcanza el éxito finalmente. Este era el rezo tácito con el que alcanzaba el autoconvencimiento Felipe. Porque algo tenía claro: no era cuestión de abalanzarse sobre un sueño sin el más mínimo uso de la razón, pero mientras más pasión se pusiera en ir al encuentro de la felicidad futura, más posiblemente se lograría.
De cualquier manera, la vida lo fue tornando en una de esas personas que, por llenarse de razones, debió deshacerse de las pasiones.
Con su conjunto deportivo gris y los ojos aún entreabiertos, salió a correr esa mañana para hacer una parada en algún lugar del camino hacia el teatro y después si, llegar al ensayo media hora o veinte minutos antes como acostumbraba a permitirse, casi como un lujo para su ansiedad, Felipe Sarría.



Continuará.

Texto agregado el 17-03-2010, y leído por 132 visitantes. (0 votos)


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