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Inicio / Cuenteros Locales / gui / Nietzche, el insomne y el ratón

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Pasadas las seis de la madrugada, Claudio se había desvelado y para inducir ese sueño esquivo, había leído un tratado sobre el consumo de hachís, se había manducado dos películas y un foro sobre la sustentabilidad de la capa de ozono. Ahíto de ideas, pero mezquino de sueño, buscaba alguna otra actividad que lo dejara roncando. Contaba ovejas, respiraba profundo, pero sus ojos permanecían tan abiertos como la puerta de su dormitorio. Gracias a ello, pudo escuchar unos sonidos repetitivos que provenían de su cocina.

Por lo tanto, se acomodó las pantuflas en sus pies descomunales y se encaminó sigiloso por el pasillo. Parecía ser el carcomer de algo, un sonido monocorde y de muy baja intensidad. Sin siquiera respirar, asomó su rapada testa en el dintel de la puerta y atisbó en la penumbra. Un bulto pequeño se movía sobre una bolsa de pan añejo. Claudio encendió la luz de golpe y se encontró a boca de jarro con un diminuto ratoncillo gris. Êl animalito, lo miró espantado e intentó huir.

Saltó con destreza por sobre trastos, vasos y tazas –Claudio era la mar de desordenado- y cuando brincó al suelo, el insomne lo atrapó con uno de sus pies y le impidió la fuga. El ratoncito lo miró con sus ojillos aterrorizados y chilló:
-¡Yo también he leído a Nietzsche!

Claudio, no comprendiendo nada y creyendo que vivía una enrevesada pesadilla, se pellizcó una nalga. Como el apretón le dolió, agitó su cabezota, intentando desembarazarse de lo que suponía una trastada de su prolongado insomnio.

-¡No me mates! ¡Descartes repudiaría eso!
Ante esto, el hombre, asombradísimo, se hincó en el suelo y atrapando al pequeño roedor entre sus gruesos dedos, lo examinó cuidadosamente. Debía ser una broma. En alguna parte de su minúsculo pellejo se debía alojar un parlante y al descubrirlo, el tipo abortaría el embuste. El ratoncillo, adivinando las intenciones de Claudio, gesticuló de tal forma que de hociquillo salieron las siguientes palabras:
-¡No sólo se ataca para hacer daño a alguien, para vencerle, sino a veces por el mero deseo de adquirir conciencia de la propia fuerza!

-¡Nooooooo! Debo estar volviéndome loco –bramó Claudio, pensando que el insomnio le había terminado por averiar su seso. Era demasiado desquiciado todo aquello, él mismo, con un ratón en sus manos, escuchando frases filosóficas. Y como la razón busca siempre las vías que la dejen incólume, palpó el cuerpecillo del pobre animal, buscando encontrar la lógica en todo aquello que parecía tan descabellado. Contempló una vez más el rostro del roedor, su hocico puntiagudo, sus manitas cortas y debiluchas. Ese engendro no podía estar a una cuarta de la evolución ya que era demasiado rudimentario. ¿Por qué tenía la facultad de expresarse? Su pundonor herido, le impedía entablar una conversación con algo que le parecía más bien un engendro diabólico que un interlocutor válido.

-Pues bien- se dijo a sí mismo- en vista que soy tan ridículo que creo escuchar hablar a un miserable ratón y que tal ridiculez es tan humillante que no sé qué hacer, no me queda otra cosa que meter a este bicharraco en un frasco y que la ciencia sea la que dictamine.

-No, por favor. Piedad.-clamó el ratón, con tanto sentimiento, que Claudio creyó estar escuchando a un pobre tipo condenado al cadalso.
-¡Esto no puede ser real, no puede ser real!-dijo furioso Claudio y se disponía a masacrar al roedor, para aventar de una buena vez toda aquella locura, cuando este apeló a una cita del magistral Nietzsche: -Llamamos buena o mala a una cosa en relación con nosotros, no con la cosa misma.

Al escuchar esta frase tan llena de sentido y tan propia de la situación, Claudio sintió que el animal tenía raciocinio, y al tenerlo, asesinarlo era como aniquilar a un semejante. Por idiota que le resultara esta idea, desechó exterminar al bicho y aprovechó de hacerle una pregunta:

-¿Dónde aprendiste a hablar?
El animalejo, se distendió al comprender que tendría una oportunidad de conversar. De hecho, para algo servía que el hombre tuviese el don de la palabra, ya que su talento de nada serviría ante la presencia de un terrorífico gato. Este se lo manducaría sin entrar en mayores razonamientos.

-Es asunto de familia. Todos mis antepasados poseyeron el don de la palabra. Pero, sólo quedo yo. Los demás fueron devorados por diversos mininos que no se molestaban en dialogar con ellos.
-¡Que desperdicio, Dios mío!- se lamentó Claudio, pensando de inmediato en los réditos económicos que le significarían comercializar a este particular ratoncillo. De hecho, se le ocurrió que podría ofrecerlo a un circo. O bien, lo vendería a un científico en una suma millonaria.



¿En qué terminará esta descabellada historia? Lo sabremos mañana. Si le dan ganas de bostezar, hágalo con prudencia para no herir susceptibilidades…















Texto agregado el 31-03-2010, y leído por 193 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
01-04-2010 jaja,me paso algo insolito,leí el final sin ver esta primera parte de la historia.Me encanto***** shosha
31-03-2010 Vamos a esperar para ver como se resuelve esta relato intrigante.Mis******** almalen2005
31-03-2010 Estaré expectante. Lo visto me parece excelente. miradorlontano
31-03-2010 Espero a mañana, me intriga.Espero que no lo mates, como dice Nietzsche :-"La crueldad es uno de los placeres más antiguos de la humanidad." Saludos adriana73
 
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