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Inicio / Cuenteros Locales / caballeronegro / La soberania que viene del cielo I

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Los cardenales culpables aparentaban apenas con su indiferencia la incredulidad mirando desde sus orgullosas caras, a la joven y pecadora pequeña señorita, vestida con el máximo traje de esplendor.
El conclave responsable estaba hecho añicos, pues de los 183 cardenales se hallaban solo menos de un cuarto en la coronación, aun firmes y vestidos honorablemente, admirando la escena a pesar de haberla visto u observado manipular por otros años atrás.
El mero hecho, de que una mujer hubiera siquiera sido nombrada como candidata ya era una broma.
Pero definitivamente, este sería un secreto que se los tragaría al infierno.
Y les carcomería los nervios.
A pocas semanas de haberse llevado ya el secreto y santo voto, algunos manifestaban algunas molestias intelectuales.
¿Desde cuándo las hermosas flores se cubrían de alba, casulla blanca y mitra? ¡Y desde cuando se les permitiría gobernar a toda la catolicidad!
Un dulce rostro colgado de toda la majestad y suprema sabiduría.
El camarlengo tragó suficiente saliva, y dio a conocer al resto del mundo aquel juvenil rostro con un secreto grandísimo.
La joven sólo intento sonreír, pero recordó que no debía, cerró los ojos, y recibió en tremenda solemnidad la tiara pontificia, el anillo del pescador y su palio.
¡Hacia a donde van las mentiras, que solo una se incrementa más y más!
Su rostro se notaba delicado, muy femenino pero aun pudiéndole pasar por el de un joven muy guapo, ¡y vaya de que joven, de un papa!

La misa de inauguración continuó normalmente y a como se previó, un hermoso coro cantó en esa ocasión una canción muy pero muy dramática, mientras los rayos del atardecer del sol empezaban a dibujar en el suelo el reflejo de los espejos. Rayos violeta, morados, escarlatas y rojos proviniéndoos de distintos vitrales coloreaban el traje níveo de los Arzobispos.

La ceremonia que se llevaba a cabo mostraba al resto del mundo por cadena internacional, la primera coronación papal que se realizaba después de tantos años.
Más tarde este evento, continuaba de manera privada, en un banquete exclusivo, en un salón oculto del bello estado de la ciudad del vaticano.
Asustada, entro en su última recamara para estar sola.


Ella dio unos pasos hacia atrás, atemorizada, mas la recamara era hermosa, y el atardecer romano, con detalles arquitectónicos, y encantos en los jardines atiborrados de primavera lo volvían a convertir todo en un dulce sueño.

Ella quería llorar en su pecho como por una última vez, como las incontables veces en su infancia, solitario, solitario, pero amor o cariño, ella ya pertenecía a otra clase que la distanciaba de afecto.

Quiso aferrarse, pero con un movimiento leve de mano se contuvo lejos de él.
-No no Ángela, ahora eres el Papa.
Resignada, se cambio a su regio vestido blanco y se miro en el espejo; no, en definitiva no aparentaba majestad, tiritaba, ni siquiera comprendía aquella inconmensurable responsabilidad que le hacía temblar todo el pecho y retumbar el corazón.
Quería hacer las cosas correctamente y bien, aunque para empezar nunca debió ser mujer. Y no es que le interesara mucho en su condición, aquel suyo su inelegible pasado, y las voluntades de sus supremos que la habían llevado hacia allí.

Comió el resto de la comida, acompañado de interesantes, procurando hacer dulces pero no irrespetuosas sonrisas.
Hubo un debate, acerca de elección de libre albedrío.

Intentó hablar, pero no podía Le temblaba la boca.

Texto agregado el 06-05-2010, y leído por 568 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
23-10-2010 bella narracion. Me encanto. Y gracias por pasar por mi casita. 5* carolina52
22-09-2010 tu forma de narrar me mola, nada que ver con Juan en la montaña xD yash4
19-05-2010 Tuve la sensación de estar en la intimidad de la escena, excelente narración. Mis repetos a tu arte literario. Ricardo. cta
16-05-2010 Gracias, por haber leido "al Señor marques"Se trata ,de pasar un rato entretenido.Saludos***** JULOSAN
14-05-2010 Un relato muy peculiar que expone, sin ser irreverente, los detalles de un cónclave. Mis***** girouette
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