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La anciana se negaba a abandonar ciertas palabras que lucían para ella, tal si fuesen joyas engastadas. En realidad, tales verbos habían envejecido con la mujer y se encorvaban y empequeñecían ahora dentro del diccionario, del mismo modo que la mujer se amustiaba en su rutina diaria. Y, aunque los cambios brutales del idioma reinaban en cada lugar, con su acentuación entrecortada y difamada por el sonsonete espurio de los jóvenes, ella, enardecido su espíritu, extraía desde el fondo de su memoria aquellas palabras tan bien cauteladas y las pronunciaba quedamente, como si con ello, les asegurara una pizca de sobrevida.

Eran palabras tan extrañas, tan anacrónicas para el oído común, que parecían pertenecer a otro idioma. Quien las escuchara, juzgaría imposible que alguien las hubiese utilizado alguna vez en su lenguaje corriente. Pero, allí estaban, luciendo como oro viejo sobre el tinglado versallesco de la anciana mujer. Y recitaba con gestos ampulosos, paseándose de acá para allá y de allá para acá, mientras en sus labios ajados emergían aquellos vocablos que parecían estar revestidos por la misma pátina de moho que se deposita sobre los objetos antiguos.

De vez en cuando, la visitaba un nieto, jovenzuelo que aún no salía de la veintena y que la contemplaba con una curiosidad casi ofensiva. Él, por supuesto, hacía uso de un léxico abiertamente contemporáneo, palabras cruelmente mutiladas o con incrustaciones foráneas que las transformaban en aditamentos ridículos. Pero, entre los jóvenes, aquella jerga bastarda era absolutamente comprensible y cuando se reunían en grupos para parlotear y guitarrear, a cada una de esas metamorfoseadas palabras, proseguía un coro de carcajadas.

La vieja y el muchacho apenas cruzaban palabra, él no cejaba en su contemplación y ella continuaba musitando sus lustrosas palabras medioevales. Sólo compartían el almuerzo, luego, el muchacho se escapaba a sus lugares favoritos. Más tarde, regresaba, besaba a la vieja en la frente y se retiraba. Era el compromiso que se había juramentado a cumplir frente al lecho de muerte de su padre.

De tanto escuchar a la anciana, al muchacho se le quedaron en la mente algunas palabras que le parecieron graciosas. Y le fue difícil olvidarlas, ya sea porque tenía una memoria auditiva o porque las consideraba abiertamente ridículas. El tema es que comenzó a utilizarlas en sus grupos, siendo pasto de las risotadas de sus amigotes. A su vez, ellos las retuvieron en su memoria y las esgrimían de vez en cuando para definir cualquier situación divertida.

Y transcurrido un tiempo, dichos vocablos ya eran de uso común en las reuniones juveniles, lo que llegó a oídos de la anciana, quien agradeció a los cielos por permitir que tal riqueza léxica hubiese regresado al idioma de todos los días. Y como una manera de retribuir a su nieto, se propuso aprender algunos de esos términos retorcidos de uso común en el lenguaje juvenil. De este modo, abuela y nieto comenzaron a interesarse más el uno al otro, conversando animadamente en la mesa a la hora de almuerzo.

Y así, la comunicación floreció, engarzando las añejas palabras de la anciana con los bastardos muñones verbales del muchacho…











Texto agregado el 07-05-2010, y leído por 141 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
07-05-2010 Muy bien. Eso de la "brecha generacional" es un mito urbano muy promocionado por la mercadotecnia, pero con muy poca base real en lo sociológico. Las diferentes edades son calles de doble sentido: se da y se recibe. Felicito tu texto. ZEPOL
 
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