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[Este es un mal cuento;
que jamás sea leído.]

No sé si alguna vez a alguien más le ha pasado, que lleva bastante tiempo sin pensar en algo o, como en este caso, en una persona, digamos años, y justo el día en que vuelve a pensar en aquello o aquél se le presenta. O bien el día después. La última vez que pensé en Elena habrá sido hace unos tres años, tres y medio, y la última vez que la mencioné o la oí decir a alguien debió de haber sido en una de esas juntas con Gonzalo, claro que antes de que se fuera a Italia, por lo que serían unos cuatro años y algo. Quizás por lo mismo volví a pensar en ella. Justo hoy vuelve Gonzalo a Chile, o más bien acá a Valdivia, que ya llegó hace tres días a Santiago, donde se quedó con su familia. Y hoy volveríamos a vernos, tan amigos como siempre. Salí un poco prematuramente de mi casa –me encontraría con él a eso de las siete y eran las cinco– para caminar un poco y sentir el aire fresco del verano, el viento en mi pelo, las gaviotas, bandurrias y otros pajarracos volando por ahí. Y alguna que otra nube entrometida que no amenaza a nadie con su diminuta humedad, que no alcanza a amenazar. ¿Tú y qué ejército, eh?
La torre de agua se veía un poco más al norte, pero al caminar incluso acercándose hacia ella, ésta se hacía más pequeña y además hacia otro lado. No es que posea pésima inteligencia espacial. Tal vez son estas enredadas calles valdivianas, que para ir al oeste debes dirigirte al norte. O hacia el sur, incluso. Al llegar bajo la torre, sentí una voz familiar que me preguntaba si no pareciese que a veces ésta se moviera. Dije que sí y volteé hacia él, pronunciando apenas la letra ge, pero no alcancé a continuar. La voz era lo único familiar en él. Y también el olor a cigarro.
–Como una pieza de ajedrez –dije por decir algo. Seguí caminando un poco con miedo, un poco más rápido. Él también siguió su camino, bifurcando en la siguiente esquina.

Unos años más en la cara se notan un poco, aunque lo que dominaba en él era el aire europeo, así como los centímetros más de pelo. Aun así seguía siendo el amigable, sarcástico Gonzalo de siempre. Luego de unas horas en el café, hablando de la vida, de las amistades en común y las no tanto, de las aventuras que se han hecho, los amores por ahí, y de mi estúpido trabajo del cual tengo vacaciones indefinidas, fuimos a ver al resto del grupo, de quienes me había distanciado bastante por motivos casi sin importancia. Sin motivos, realmente. Pero el hecho de la llegada de mi amigo prevalecía sobre toda pequeña diferencia.
La Dana nos recibió, como siempre lo hacía en años más jóvenes, en su departamento, tan cariñosa ella, con sus abrazos y besos, sobre todo a Gonzalo. Cuando me miró, lo hizo directamente a mis ojos, imperativamente, exigiendo una respuesta sincera, la cual no le iba a dar independiente de la pregunta.
–¿Y tú, Amaro? –me preguntó con un aire reconciliador, el cual no esperaba, mientras me abrazaba y se cercioraba de mi calidad de humano en vida– Ya no das signos de existencia por aquí.
–He estado ocupado, meditando mucho –respondí–. Quiero cambiar de vida, ya sabes.
–¿Otra vez? Volverás a ser vegetariano y Zen, ¿no es así?
–Zen no. Vegetariano ya lo soy desde siempre –respondí con algo de vena hinchada.
Uno a uno fueron llegando los demás, excepto Ricardo y Leticia que llegaron juntos. Estaban de novios, fíjate. Sí que me había distanciado.
–¿Y qué estás haciendo de tu vida? –me preguntó Leticia.
–Escribo un libro.
–Ah, al igual que Gonzalo.
–¿En serio? No me ha dicho nada.
–Me lo mencionó en una carta –dijo dando por hecho la aversión que tenía Gonzalo por las nuevas tecnologías de comunicación. Chapado a la antigua como él, nada más. Me exasperaba aquello, pero aun así mantuve una tórrida correspondencia con él. Pero nunca me dijo.
Luego de un rato, el aire se volvió pesado y no pude resistir. Así como tampoco parecían hacerlo Gonzalo y Roberta, quienes charlaban en el balcón, con un vaso de whisky en la mano. Busqué mi abrigo en el closet, preparándome a salir a la fresca noche veraniega. Salí para caminar tranquilo, como hacía todos los días. La noche parecía traer una brisa de encuentros, reencuentros manifestados en nubes que no habían aparecido en el día. Pareciera que la inofensiva y tranquila nube había llamado a sus amigos, a todo su ejército, y amenazaban con hacer descargar todo su arsenal de humedad sobre la ciudad. Entré a un negocio que encontré abierto, que por suerte lo estaba, busqué en el escaparate un chocolate, lo más dulce posible. Ya frente a quien atendía, que debía ser el mismo dueño, escuché otra vez una voz familiar, pero de mujer, y seguro de que esta vez sí que era una voz familiar.
–¿Amaro? No lo puedo creer.
Di la vuelta para ver si no era mi mente jugando conmigo, como otras veces. No era así. Seis años de ausencia no habían hecho nada en ella, seguía haciendo latir mi corazón a (casi) la misma velocidad de siempre, de aquellos días de adolescencia.
–Elena, tanto tiempo –dije al abrazarla y besarla en la mejilla y movernos de un lado al otro y derecha e izquierda y derecha e izquierda…–. ¿Cómo has estado? Supe que estás estudiando otra vez.
–Lo que siempre quise, ya sin barreras, con toda libertad y autosuficiencia. Y tú, tan delgado y apuesto como siempre.
Me ruboricé y no supe qué responder ante su sonrisa y su primer ataque, continuando ella con la vocalización, volviendo a lo de los estudios de cine, que había grabado un cortometraje presentado en el festival de cine, pero que no había ganado –y que había visto, y no sabía, y cómo saber– y que había estado comprometida, pero ya no. Ya no. Ya no. Quedamos de vernos mañana, en aquel restaurant; mis amigos me esperaban, los suyos a ella.
–Nos vemos mañana, querido –se despidió tal cual, sin olvidar nuestra manera de hablar y hablarnos, tan literaria, tan elocuente y formal, y a la vez coloquial.
Subí al departamento de la Dana con un aura de tranquilidad y felicidad que todos notaron. No dije nada, no entenderían, excepto Gonzalo. Tan amigos nosotros, y él tan de vuelta ahora.
–Eso sí, volví sólo por las vacaciones. En unos cinco meses de vuelta a Italia.
–¿Y qué hay de tu libro, del que no me has dicho nada?
–No preguntaste –dijo, creyéndose tan gracioso como siempre–. Pero créeme, fue difícil conseguir o inventarme tanto tiempo de vacaciones. Sobre todo en invierno septentrional –él y sus conocimientos geográficos, lingüísticos y su estadía estival.

Desperté en el sillón de la Dana, con el gato lamiéndome la cara. Extrañaba en parte eso, sólo que sin el maldito dolor de cabeza. Me sentía fatal y eran apenas las ocho de la mañana. Me vestí, me despedí de todos, siendo todos la dueña de casa, su hermano Claudio y Roberta, quien dormía en el sillón de en frente, con un brazo en el suelo que al despedirse apenas se levantó y volvió a caer. Sin embargo eso era suficiente para nosotros. O lo era cuando la distancia personal no era tan vasta.
Al llegar a casa preparé todo para ella; si bien nos íbamos a juntar fuera, vaya Dios a saber dónde nos lleva la noche. Ya son unos diez años esperando alguna oportunidad como ésta, como jamás aproveché los momentos que tuvimos, esa amistad disfrazada de amistad, que no era amistad. No es que no crea en la amistad entre hombre y mujer, Roberta testimonio vivo (hasta hace un tiempo, claro está), sólo que amistad Amaro-Elena imposible. Llamé a Gonzalo para contarle, debía sacarlo de mi organismo, debía expresarlo hacia alguien y quién mejor. Sobre todo ahora que está de vuelta. Qué importa que no me haya dicho.
–Y recién ahora harás algo.
–No la había visto hace años.
–Igual hubiese sido. Viejo, tienes un problema. Desde que te conozco que lo creo así, pero no me mal entiendas, lo digo porque te quiero, como mi mejor amigo. Aunque no es un problema grave, debes seguir adelante, debes poder vencer las adversidades que se te presenten y conquistar tus deseos. Te lo digo por experiencia, aunque esté ahora solo. Sin pareja, me entiendes. Un consejo, no te metas con italianas.
Reí tratando de llegar al mismo volumen que él y dije “vale”. Después de hablar otro sinfín de cosas que no vienen al caso, de escuchar que ya es tarde y que debe salir, me percato de que también es tarde para mí. Me volví a perfumar pero sólo un poco, no sea que sea insoportable, como muchas veces me pasa al sentir a otras personas por la calle demasiado perfumadas, tanto que tratan de ocultar sus propios olores, o tantas otras veces en esas citas con esas mujeres. No es que no haya salido con nadie en todo este tiempo, es más, creo que he perdido la cuenta. Pero no he llegado a sentir nada bueno, nada que me haga volver a creer en el amor. Hasta ayer.
La cita fue, diría yo perfecta, y al fin logré besarla. Al principio no era una cita, ni lo parecía, pero conforme se fue dando sentía todos esos años de deseo acumulados, y ella, hasta que ella pudo ver en mí lo que yo siempre vi en ella. Quedamos de una segunda cita luego de acompañarla hasta su casa, pobre Elena que tiene miedo de caminar tan sola tan tarde tan a oscuras. El hecho que haya llegado hasta ahí no más me tenía sin cuidado; no quería arruinar nada. Y qué bueno que haya sido ella quien me besó, bajo la luz de su porche, ella ahí y yo que… Me fui casi saltando, contando casa segundo, cada hora hasta el día siguiente. Ella dijo que iría por mí a mi casa, así que sentí el imperativo de no ir, dejar mi casa tal cual como estaba, no contaminarla con mi presencia. Fui a lo de Gonzalo a pasar la noche y a pedirle algo de ropa, no vaya a ser que me viera tal como hoy. Me aceptó inmediatamente en su casa y se limitó a preguntarme por qué a mi extraña autoexigencia, como siempre hacía ante mis extrañas ocurrencias. Según él bastaba preguntar una sola vez por qué. Insistir sería inútil y pervertiría la más profunda de mis razones. Así decía él.

No lo podía creer. No creía que tanto tiempo sin vernos, después de vernos tanto, y de repente, así de la nada surja una chispa, un pequeño indicio de deseo que encendiera mi corazón. Y siempre lo había visto como un amigo. ¿Por qué, siendo que es el hombre perfecto para mí? Una parte de mí, eso segura, siempre lo supo. Vaya sí lo supo y se burló de mí, haciendo enamorarme de idiotas, de imbéciles que sólo me humillaban y desedificaban. Pero, ¿por qué ahora y no antes? Incluso dormimos en la misma cama un par de veces. Y nada, ni un “te quiero” o “te deseo”. Menos mal él tomó la iniciativa ahora, que yo no hubiera podido. Hubiera sido fatal, un suicidio lento, una recolección de rosas sin la debida protección y ahí el dedo sangrante. Pero el destino es así, Dios moviendo cables por ahí o por allá, qué sé yo. Incluso la boda, claro, la boda, todo parte de un plan, la escapada de ese idiota de Ricardo con la perra de Leticia. Pero ambos son amigos de Amaro. O ya no, no lo sé.
Me fue difícil conciliar el sueño aquella noche, apenas pude dormir al apretar el peluche, de nombre Nico. Pero claro, también el peluche. Fue Amaro quien me lo regaló para mi cumpleaños. Recuerdo que vino hacia mí con un paquete envuelto con una bella cinta rosa, me abrazó y besó (en la mejilla, ¿por qué?) y apenas dijo “toma”. Tan tímido, de tan pocas palabras a veces, de tantas otras. Tan gestual en demostrar su cariño, o sólo una pequeña parte de él.
No fue difícil despertar, en cambio. Estaba acostumbrada y claro, cómo no, después de diez meses despertando a las seis y media de la mañana. Incluso se accionó el despertador del celular. Siempre olvido desactivar las cosas, como aquel interruptor de la luz del refrigerador, que ya no enciende. Debería cambiar la luz mejor.
Los vecinos jugaban fuera con su perro, a tan temprana hora. Nos saludamos, hablamos un poco (Charlie se acercó y me saludó a su manera, subiéndose a mis pantalones y buscando mi cara para lamerla o, a su ausencia, alguna caricia mía) y fui a comprar lo del desayuno. Todavía quedaban algunas nubes del día antes, pero ya se retiraban como si hubieran sido derrotadas en batalla.
Leí un par de poesías de un libro que compré la última vez que fui a Santiago, mi padre me llamó luego y vino Estefanía a almorzar y las copuchas, como siempre, que R se metió con H, pobre D que renunció a J cuando R los descubrió juntos y ahora, pero ahora no, J estaba ahora con C, definitivamente. Y pobre C, que aún no se entera de lo de D, pero no entiendo cómo, siendo tan amiga D de Estefanía.

Un señor muy amable me recibió a la entrada del departamento y subí al ascensor. Presioné el número cinco (habitación 503, ahí es donde voy, aunque no habitación, departamento, pero qué más da). Los últimos toques del labial, el rímel y un pequeño ajuste de los senos frente al espejo-puerta del ascensor, cuando éste se abrió de par en par y vi fuera de la puerta del departamento a Gonzalo. Tanto tiempo, Chalín, qué te has hecho, increíble, así que en Italia, oye, que no se te notan los años, oh, muchas gracias, oye, disculpa, que no sabía que te juntarías con Amaro.
–Y no lo haré. En realidad debe de estar por llegar, pero necesitaba ver su departamento. Dijo algo anoche, y como no quiso venir a dormir acá en la noche…
–Y te pasó las llaves así como así, sin más.
–No he dicho que me las pasó, tuve que tomarlas. Ya sabes, la curiosidad…
–La curiosidad mató al Chalo, clásico –dije, riendo condescendientemente. Claro, igual lo extrañaba, me caía bastante bien, aunque me dolía el no saber nada de él, incluso el no saber algo tan importante como el que se haya ido a Italia, pero claro, la distancia había empezado antes, había comenzado acá en Chile.
Cuando abrió la puerta, creí verme en un espejo. Y en otro, y en otro, yenotro, pero en distintas posiciones, con diversos fondos y paisajes, distintos peinados y actitudes, ya sea el pelo amarrado, suelto, o con esa chasquilla que había probado un tiempo y no me había agradado. Aunque al verme ahora lo reconsideraría. Pero era otro el asunto, otro el problema, si se pudiera llamar asunto o problema. Tanto Gonzalo como yo estábamos boquiabiertos de la sorpresa, sin decirnos ni una palabra. Admirando (si se puede decir admirar) lo que teníamos en frente, en silencio. ¿Qué se podía decir, si todo lo decían esas paredes que gritaban mi cara y mi nombre por todas partes, con tantos estilos de letra, en tantos colores y con tantos corazones? Casi al final noté que las fotos unidas formaban mi cara tal cual aparecía en la foto del centro, la más bonita de todas, había oído decir a Amaro la vez que me la tomó. Creo que Gonzalo se fijó primero. Todo en silencio, hasta que me atreví a preguntar, increíble, pero lo único que una alcanza a decir en un momento como ese.
–¿Y cuándo es que llega Amaro?
–No lo sé, debería estar llegando –dijo, después de pensarlo un poco, sin mirarme, mirándome atrás en el tiempo–. Le gusta caminar, quizás por eso la demora.

Ahí estaba la torre otra vez. Y de veras parecía moverse, pero por su propia cuenta, no guiada por nada ni nadie, así que no como una pieza de ajedrez. Nunca como una. Aun así no era confiable caminar directo hacia ella, sino que había que tomar recodos y atajos, los más inverosímiles atajos para llegar temprano al departamento. Ojalá ella no haya llegado temprano, quisiera esperarla y abrirle la puerta. Ojalá no note que arreglé un poco la casa para ella, vale decir, que haya corrido el sillón y ocultado la horrible alfombra de mamá. ¿Eso no más? Al parecer sí. Que recuerde eso ha sido todo lo que debía hacer. Y limpiar, claro está. ¿Habré limpiado todo? Detrás de los cuadros, sí. Detrás del refrigerador, sí. Bajo la cama… sí. La cocina…
–Disculpe –oí decir a una voz femenina desde un automóvil. Me preguntó cómo debía hacer ella para llegar al supermercado ese. Pensé un poco, tratando de ordenar mis pensamientos geográficos, pensé como un idiota, debí de haber parecido un idiota.
–Doble allí en Bueras, y ya –dije como un idiota.
Dijo algo más, que no entendí, y puso en marcha el vehículo, mientras yo seguía mi camino donde esperaría a Elena. Soy pésimo dando indicaciones y direcciones.

Texto agregado el 08-05-2010, y leído por 243 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
17-10-2010 Te odio! por qué tú escribes tan bien y....? ahhhhhh te odio (no, no te odio) adasinh
 
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