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Detrás del volante de un volvo de dieciocho metros cuarenta, la ciudad se ve entretenida, sorprendente y muchas veces cruel,
En cualquier esquina uno se puede topar con alguna historia, alguna lección de vida o con las bajezas más increíbles de los seres humanos
Los atochamientos en las horas punta, son especiales para a través del parabrisas, observar el comportamiento de los habitantes “civilizados” de esta urbe, en la que pulula por sus avenidas y callejones una fauna que agresiva se mira y se gruñe. A pesar de que la ciudad es bella, rodeada por la cordillera varios meses al año nevada, Los habitante, en su mayoría la miran sin ver, ensimismados en sus propios quehaceres no se dan un respiro para mirar y agradecer
Casi veinticinco años conduciendo buses a través de las congestionadas avenidas de Santiago, he visto y vivido las más raras situaciones, así y todo no me deja de sorprender cada día, Pero lo vivido la semana pasada me supero largamente.
Eran las seis y media de la mañana y conducía el bus por avenida Vitacura, de poniente a oriente. (Me encanta esa hora cuando el sol comienza a asomar por sobre la cordillera y poco a poco a iluminar, Como la naturaleza es sabia y justa, los barrios que primero tocan sus rayos son los del poniente, donde vive el obrero al que despierta, entibia, le da la bienvenida y el optimismo para enfrentar una nueva jornada) .La mayor parte del pasaje se había bajado. Me detuve en la parada de avenida Padre Hurtado y mientras esperaba que los dos últimos pasajeros descendieran me fijo que. En un basurero de la acera un hombre de edad indefinida hurgaba entre los desperdicios, comiendo con ansias lo que encontraba, El semáforo que es de tres tiempos ya había cambiado a rojo. Seguí pegado con la escena, y en un arranque de generosidad soné la bocina para llamar la atención de ese “príncipe de ciudad”, cuando levantó la cabeza y me miro, le hice señas para que se acercara, mientras venia hacia el bus, metí la mano al bolsillo, saque algunas monedas y se las quise dar, pero él, con un gesto de orgullo y con una sonrisa complaciente me respondió,
.-no amigo, no necesito dinero
Insistí
.- Pero, allí al frente venden pan y te puedes tomar un café
.- no amigo muchas gracias no necesito más que lo que tengo
El dinero no me sirve porque, a mí no me venden.
Una momentánea perplejidad me paralizo, un par de bocinazos me indicaron que el semáforo había cambiado a verde, reinicie la marcha tratando de comprender lo que había sucedido, con ese personaje mal vestido, con barba de meses y con una aparente necesidad dibujada en su aspecto, “no necesito más que lo que tengo” me había dicho, pero ¿que tenia?, según yo, nada y había rechazado lo poco que le estaba ofreciendo, no le interesó ni siquiera sabía cuánto, no era importante para él.
La avenida Vitacura se caracteriza por sus casas grandes con jardines bien cuidados, varias empresas dedicadas a la venta de automóviles caros y tiendas de artículos deportivos, era en ese paisaje en que aquel “príncipe” se alimentaba de los basureros. Sentí que había sido soberbio al querer cambiar su modo de vida, el era un hombre digno que procuraba su alimento de la manera que la ciudad cruel se lo permitía, el estaba agradecido de dios por lo que tenia; su independencia, y yo, porque llevaba un par de monedas en el bolsillo me quise inmiscuir en su vida dando órdenes “compra pan, toma café” en solo tres segundo dos órdenes, quien era yo para hacer eso.
“A mí no me venden”, no lo dijo con tristeza sino con la conformidad de haber asumido la indolencia de la ciudad. Allí entre esa feria de vanidades y competencia por quien luce el auto más caro y el jardín mejor cuidado, él encontraba la miseria de espíritu, la falta de solidaridad y la indiferencia cruel de los vasallos desclasados de los que creen que tiene el mundo a sus pies porque lleva dos monedas en la cartera. Para él el dinero no tenía ningún valor porque él era invisible para el sistema. Pero, dejo de serlo para mi, jamás olvidare la firmeza de su mirada, la solides de sus argumentos, “no necesito más que lo que tengo”.

La próxima ocasión que me encuentre uno de esos “príncipes” tal vez no abra mi cartera, sino mi corazón para entender que el hombre no es libre porque tiene un auto y dinero para ir donde quiera, sino, porque se sabe libre.
Como las aguas de un rio, que nunca es la misma, mi trabajo tras el volante del volvo de dieciocho metros cuarenta es cada día una sorpresa, una lección, un nuevo afán.
Santos Tobar

Texto agregado el 10-05-2010, y leído por 121 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
15-05-2010 La esquina de Vitacura con Padre Hurtado, qué bien insertas el escenario con el " Príncipe " de tu historia, la libertad del mendigo, el presidio perpetuo del acaudalado habitante de Vitacura, la libertad de elegir como vivir y su voluntad de aceptar todo lo que tiene, a mi parecer, mucho más que el mejor auto o la casa más ostentosa y sus jardines, aunque el bus del recorrido no es fácil de abordar en su dirección hacia el Oriente, ¿ será que todos viven como los demás imaginamos ? Excelente !!, mis 5*s Ignacia
10-05-2010 q buena!!!..saludos xxludoxx
10-05-2010 Un cuento lleno de significaciones. La gran contraposición Vitacura-prícipe es una imagen magnífica. Y es que, esos seres de vitacura, bañándose en sus dólares (porque ya ni deben ocupar el peso, ¿cierto?) tienen al alcance de la mano un Universidad de la cual aprender. No es la Católica o la de Los Andes, a las cuales acuden presurosos, sino la universidad que le otorga este príncipe de la ciudad. fafner
10-05-2010 aah, me gustan los textos que tienen en el a mi querido Santiago, cruel dices, cochino claro, pero me gusta mi santiago, con cordillera y subi bajas... Me gusta el final, el saberse libre, la integridad no se da ( no se quita vale decir) por tener o no tener bienes materiales, eso es independiente a la calidad humana. Eien-
 
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