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Inicio / Cuenteros Locales / Pujalito / EL COSTO DE UN IDEAL.

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A eso de las tres menos cuarto Juan Martín Lozada sentía como su vientre comenzaba a soldarse a su espina dorsal. La hambruna era el causante de tan insólito suceso. La avidez lo había hecho olvidar el día de sus últimas comidas, pues se había visto en la necesidad de dar a su moribunda esposa y sus mórbidos hijos lo poco que había obtenido para comer.

Juan Martín Lozada tenía el cabello corto, lacio y negro como un azabache y una frente amplia como mampara. Tenía cejas pobladas como paca de paja, y ojos saltones y desorbitados. Era alto, de menuda complexión y con la piel trigueña. Ancho de Espaldas y con un cuello similar a los griegos. De aquella gran espalda ya se veían brotar dos grandes huesos, que más que huesos parecían alas. Aquella desorbitación de sus ojos se debía más a un estado de constante perdición que por excitación. Sus pómulos ya daban la impresión de que en cualquier momento rasgaría su piel con el fin de asomarse. La falta de alimentación había consumido aquel hombre - en su momento-, de condiciones físicas envidiables.

Eran los tiempos en que decir en latinoamericana soy de izquierda equivalía a ser tildado de hereje en los tiempos de la santa inquisición; en ambos casos el resultado era ser sometidos a indescriptibles jornadas de tortura y luego a la muerte.

El coloso del norte había dado instrucciones claras de hacer desaparecer todas las células rojas existentes; para el caso se encargó de colocar cuidadosamente una de sus aguilitas o cóndores en cada una de esas ``democracias`` emergentes.

Juan Martín Lozada, era el hijo de Pedro Lozada y Martina Agramonte y a su vez hermano menor de Manuel Joaquín Lozada. Había sido un fervoro activistas de las corrientes marxistas-leninistas y del comunismo naciente en gran parte de los países del Este fruto de la influencia ejercida por los países de la confederación de la unión soviética en el periodo que comprendió la guerra fría. Era un activista de mediano nivel, que fungía como enlace entre la alta dirigencia política de dicho movimiento y la base del mismo. Producto de la posición que desempeñó tuvo la oportunidad de formarse en diversas ciudades de la confederación de la unión soviética y en la cuba comunista de los castros; sin lugar a dudas era un individuo formado para las ideas, pero también para las acciones.

En uno de los años de la década de los sesenta fue apresado y cruelmente torturado. Sin embargo, pese desear en aquél momento morir a raíz de la macabra ola de torturas a la que fue sometido, tuvo la suerte de no ser ejecutado. Desde ese momento fue tildado de comunista y de enemigo de la patria, convirtiéndose en consecuencia en un muerto civil.

Por miedo a la vida de su esposa y sus hijos, se vio obligado a tener que abandonar sus antiguas andanzas. El gobierno lo tenía como enemigo de la nación y sus viejos colaboradores de izquierda lo veían como cobarde y traidor por haberse doblegado por el látigo del leviatán. Aquél sentir ideológico no le había servido para nada. Se encontraba física y psicológicamente desgarrado.

Habían transcurrido alrededor de once meses y Juan Martín Lozada, no había conseguido empleo en lugar alguno. El haber sido tachado de comunista por el gobierno, en un país meramente conservador y en consecuencia permeado por la derecha política y la opresión coetánea, era lo mismo que recibir por correspondencia un aviso de su muerte civil.

Ese casi año fueron momentos de total cilicio para Juan Martín Lozada y su familia. Los primeros 4 meses vivían de lo poco que había podido atesorar Juan Martín en la época de labor al movimiento socialista. Luego de haberse terminado aquellos ahorritos, la familia Lozada comenzó a vender todos los ajuares de su humilde hogar, a fin de obtener dinero para comprar que comer. 11 meses llegaron y ningún empleo apareció, pero si todo ajuar del hogar se esfumó.

Ese mismo día caluroso de julio, alrededor de las siete y media de la noche, Juan Martín Lozada regresaba caminando por el flanco de la carretera que lo conduciría hasta su hogar. Esto era parte de su trajín diario, caminar hasta la ciudad en busca de alguna oportunidad laboral o algo que comer. Vestía una camisa amarilla vieja y ligeramente manchada con desgarros en los bordes y unos pantalones negros en iguales condiciones. Se hacía acompañar de un maletín viejo de color marrón en donde guardaba papeles de todo tipo.

Ya era conocido por todos los moradores de aquella ruta, pues éste se caracterizaba por saludar a todos los habitantes de la pequeña comarca que se hallaban entre su hogar y la ciudad a donde se dirigía diariamente; al margen de que aquellos cordialmente saludados le respondían con desdén y recelo en virtud de los antecedentes del tipo.

-¡Carajo pero por que a mí!- expresó Juan Martín Lozada con resignación-

-Solo pido algo para que mí familia y yo podamos comer- insistió nuevamente con aire de desesperación-

Había sido un mal día para Juan Martín Lozada, pues no había conseguido ni dinero ni nada para comer. Su mujer y sus hijos le aguardan anhelantes de alimento en aquel humilde hogar, y sabía que no podía darse el lujo de llegar a su casa con las manos vacías.

De repente un automóvil que venía detrás de él iluminó un sendero el cual no había visto anteriormente. Decidió cruzar la carretera para apreciar lo que aquella luz le había mostrado. Era un camino boscoso, lúgubre y fangoso y propio de un monte. De inmediato resolvió ingresar por aquél sendero desconocido. A medida que ingresaba por aquel inhóspito lugar, comenzó apreciar una casucha vieja. Al llegar a su entrada observó con detenimiento la estructura de la misma y buscó alguna colindancia. Se percató que dicha choza lindaba con la propiedad de Doña Herminda Rosales, una de las habitantes de aquélla zona la cual el regularmente saludaba todas las mañanas cuando pasaba, la cual le restituía la cortesía con desaire y reconcomio, y que tenía fama de anticomunista, racista, chivata, y de que estaba congraciada con el régimen de esos días.

Juan Martín Lozada, se percató de que la puerta de la casucha estaba entreabierta. Asomó su cabeza por la rendija, posó su mano en el viejo picaporte de la puerta al tiempo que decía:

-¡Saludos!, ¡buenas noches!, ¿hay alguien en casa?- Preguntó con cobardía

Enseguida entró, advirtió que aquella choza tenía un solo ambiente y que en ella no se había nadie.

Fisgoneó rápidamente la casa, y observó justo del lado de un pequeño fogón negro por efecto del fuego y del carbón, unas bolsitas de arroz crudo, las cuales tomó sagazmente entre tanto decía en voz tenue:

-Para algo serviste jodio maletín-

De súbito, sintió fuera de la casa un cascareo. Indagó un poco más en la casa y no encontró más nada que le resultase de valor. Acto seguido, salió avivadamente de allí, en busca de aquel sonido.

Caminó hacía la parte trasera de la choza, donde efectivamente se encontró con el creador de aquel sonido. Era una gallina india joca que se encontraba dando calor a sus huevos.

Juan Martín Lozada, puso su maletín en el piso, alternó unos cuantos pasos, la rodeó sigilosamente con intención de colocarse detrás para agarrarla por el pescuezo. La maniobra salió limpia, pero no pudo ser peor para él, pues en dicha ejecución provocó que la gallina cascareara desesperadamente colocando en son de alarma a Doña Herminda Rosales, la cual al escuchar dicho sonido se asomó de inmediato por una ventana para observar todo cuanto acontecía en aquella propiedad vecina.

Acto seguido, Juan Martín Lozada, sin saber que era observado, procedió hacer un torniquete en el cuello como cuando se exprime una prenda de vestir acabada de lavar, el cual le provocó casi de inmediato la muerte al animal.

Observó que en el nido donde reposaba la gallina había alrededor de cinco huevos, los cuales también tomó y metió en su maletín. Después tomó su gallina se la puso debajo del brazo y emprendió la marcha de regreso hacía su casa.

La felicidad que embargaba a Juan Martín Lozada era tan grande que ya ni el cansancio sentía. Tan pronto salió de aquel sendero, emprendió la carrera afanoso de llegar a su hogar para llevar tan suculento festín. Estaba urgido en sentimientos de gratitud al señor por aquello que el creía le había dado. Pero esa felicidad y agradecimiento no duraría mucho.

Esa noche la felicidad fue la única expresión en los rostros de la familia Lozada. Habían comido como reyes. Entre risas y bromas se la pasaron hasta que llegó la hora de dormir.

A eso de las seis y media de la mañana, Juan Martín Lozada se encontraba rasurándose algunos tocones de bellos que tenía en el rostro. Al cabo de quince minutos escuchó un estrépito terrible, seguido del grito de su esposa.

De inmediato, tiró una toalla que tenia en la mano al piso, y corrió hacía el frente. Cuando llegó a la sala de la casa fue recibido con un culatazo de fusil en la barbilla, provocándole una inesperada caída al piso. Aturdido por el golpe y tirado en el piso con la cabeza hacía el piso preguntó lleno de ira:

-¿Coño que paso? ¿Emilia donde estas?

Inmediatamente escuchó una voz grave y dictatorial que le preguntó:

-¿Usted es Juan Martín Lozada?- Preguntó con rigidez-

-Si soy yo coño- gritó con amargura Juan Martín Lozada, entretanto recibía una patada en las costillas.

-Ah! ¿Es usted? Pues va preso maldito comunista ladrón- Le dijo con burla aquella voz.

-Pero, ¿Por qué? ¿Qué hecho?- Preguntó con angustia Juan Martín entretanto volteaba su cabeza hacía el lugar de donde provenía la voz que lo maltrataba.

En ese momento advirtió de inmediato que se trataba de un miembro del ejército. Otorgó una mirada panorámica al lugar buscando de donde provenía el grito de Emilia, observando la presencia de varios efectivos de la armada.

De repente, aquel guardia volvió y le repitió la dosis en la costilla, pero ahora con el fusil, mientras otros dos efectivos más lo agarraban de los brazos con miras a incorporarlo. Luego de propinarles unos cuantos golpes, lo arrastraron fuera, donde observó como dos guardias ultrajaban con salvajismo en la intemperie a su esposa, y escuchaba el alarido de sus hijos que observaban el suceso y que eran contenidos por otros guardias.

Intentó gritar al ver tan amargo acontecimiento pero fue silenciado por otro culatazo en plena boca que provocó que se tragase uno de sus dientes y lo dejó inconciente. Lo metieron en la parte trasera de una camioneta, lo encapucharon y emprendieron la marcha.

Al cabo de unas cinco horas Juan Martín Lozada, volvió a saber de sí. Estaba encapuchado, atado de manos y piernas y ahogándose en su propia sangre la cual al parecer no había dejado de brotar de sus heridas. Sentía un hedor a sangre seca, vomito, sudor e inmundicia que provenía de la capucha que tenía puesta y que al parecer eran de victimas anteriores. La combinación de estos olores pestilentes le causó que se descompusiera y que vomitara en consecuencia. Transcurrieron alrededor de tres horas para que Juan Martín Lozada tuviese contacto nuevamente con el mundo exterior.

De pronto escuchó una puerta que se abría seguida de aquella voz que lo había golpeado en la mañana.

-Saquen a ese maldito comunista ladrón de ahí y llévenlo para el patio que lo van a fusilar- expresó con beneplácito aquel guardia.-

Al escuchar esto Juan Martín Lozada, colocó su cuerpo en peso muerto en señal de reticencia, al tiempo que se le escuchaba decir:

-Fue solo una gallina y un poco de arroz, yo lo pago, yo lo pago, pero no me mate por favor que yo tengo familia- Dijo con desesperanza entretanto recibía otro culatazo en la cara-

Tres guardias tuvieron que entrar aquella habitación para poder sacarlo. Luego de una buena tunda Juan Martín Lozada se vio en la necesidad de ceder ante el flagelo de sus detractores. Luego, estos lo cargaron y lo trasladaron al área del patio, lugar en donde lo arrojaron bruscamente.

A eso de las doce y media del mediodía, minutos más, minutos menos, unos guardias vinieron y regaron con agua a Juan Martín Lozada con intenciones de sacarlo de su estado de inconciencia. Lo levantaron de aquel piso arenoso. Lo reposaron en un poste y lo ataron a la altura del pecho y las rodillas.

Juan Martín Lozada, sentía como el sudor provocado por el maltrato inclemente del sol de ese día, se mezclaba con su propio vomito y sangre y se le metía entre las pupilas, así como por sus demás orificios. Al término de diez minutos Juan Martín Lozada, escuchó una voz lejana que decía:

-Manuel Joaquín mata de una vez a los dos comunistas esos que están ahí- Dijo una voz burlona.

-Coño si, déjame matar a los dos cabrones estos de una vez- Dijo Manuel Joaquín con determinación, mientras caminaba hacía a un cajón lleno de fusiles.

Tomó un fusil automático, lo cargó y marchó hasta el frente de aquellos moribundos sentenciados. Una vez en frente de ellos, disparó algunas balas al aire para desesperar aún más aquellos hombres.

De inmediato, observó como el pantalón del individuo que estaba justo al lado de Juan Martín Lozada se mojaba por su orine.

-Ja ja, mira ese pendejo como se mió arriba- expresó urgido en una carcajada.

Juan Martín Lozada sabía que su verdugo no iba a echar para atrás y que ha juzgar por ese acto que acababa de presenciar estaba acostumbrado a labores de ese tipo. Por otro lado, una nube de dudas lo embargaba en ese momento pues aquel nombre y voz le parecían familiares, sin embargo fruto de la cantidad de golpes que había recibido no podía ya ni tan siquiera hablar.

Veintidós disparos salieron de aquel fusil; catorce de ellos atravesaron el cuerpo de Juan Martín Lozada ese día provocándole la muerte.

Tan pronto desfallecieron, su verdugo arrojó el arma en el piso, y en compañía de dos efectivos más caminaron rumbo a los cadáveres.

-Desamárralos y quítale las capuchas esas- Dijo el verdugo de los occisos.-

-Si teniente Lozada de inmediato- expresaron con reverencia los dos guardias.

-Coño Juanma te maté- Gritó con amargura y desesperación el Teniente Lozada al tiempo que se tiraba sobre el cuerpo de Juan Martín.

-Teniente usted conoce a ese maldito comunista- preguntaron con sorpresa los guardias.-

-Este comunista es mí hermano, malditos cabrones- vociferó con ira, entretanto desvainó su pistola, le propinó dos tiros en la cabeza a los guardias y grito:

-Maldito gobierno, me cagó en ti- gritó a todo pulmón, justo antes de pegarse un tiro en la cabeza.

El teniente Manuel Joaquín Lozada, mató y torturó a Juan Martín Lozada, al hijo de su padre y de su madre, y a su vez su hermano.


…FIN…

Texto agregado el 11-05-2010, y leído por 87 visitantes. (1 voto)


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