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EL TÍO DEL MUGRE

Su nombre era Ciril, pero lo llamábamos Mugre o Mugre Chico. Éramos los puntas del equipo que el Centro Cívico Comisario Alfredo Franchiotti presentaba en los Campeonatos Juveniles Cívico Policiales. Jugábamos en las canchas de pasto artificial del complejo deportivo Despierta Argentina. Así lo disponía el Edicto 3178 del 9 de julio de 2040. Los uniformes de todos los participantes debían ser camisetas de sólo dos colores, unas azules y las otras blancas. Los arqueros debían vestir a la antigua, de amarillo. Eran cien canchas construidas en terrenos otrora de pasto verdadero, destinados a las carreras de caballos, con pistas circulares, tribunas de cemento, y una rotonda para la exhibición de los competidores. El edicto sugería que la población de jugadores también fuera uniforme, como las camisetas. En lo posible debíamos ser morochos retacones peinados a la gomina, y con raya al medio. Ello posibilitaría la reinstalación del estilo de vida que había hecho grande al país, y la recomposición de nuestros valores tradicionales.
Mugre Chico era la excepción: rubio y pálido, biznieto del Primer Mugre, el fundador de la dinastía. El misterioso apodo de la familia desconcertaba, porque todos sus miembros resaltaban por su pulcritud. También se distinguían los mugres por ser hinchas de Racing, en épocas de definido predominio azul y oro. Mi bisabuelo también era de Racing, no recuerdo a otros vecinos del barrio que lo fueran. Mugre Chico me acompañaba a veces a ver a Boca, pero iba sin entusiasmo al descampado grande enclavado en la periferia de los monobloques (edificados sobre los terrenos en los que antes de la Gran Inmigración funcionaba el Hipódromo de San Isidro), a ver el partido por holografía de alta generación, con sonido de multitud, aroma a pasto y sudor garantizados. Costaba cara la entrada, pero Boca era Boca, siempre salía campeón, una o dos veces por año.
Un día supe de la supuesta razón del origen del apodo. Fue un sábado de lluvia, las calles se habían inundado, y el agua tapaba los cordones de las veredas. Lo que me dijeron esa tarde es probable que haya sido sólo la apariencia de una visión deformada del pasado, una confusa historia de tradición oral, desfigurada por el primitivo castellano de la primera generación mugre. Por eso, nada de lo fue contado puede considerarse definitivamente cierto. Pero debo admitir que el relato acabó con la turbación que hasta entonces el mote me producía, teniendo en cuenta que a diferencia de mis compañeros de la infancia, que militaban gozosos en los vastos campos de la ignorancia, yo había sido instruido por mis padres – ya no existían los maestros de grado- a mejorar la pobre educación rudimentaria impartida por la escuela primaria informática, única y obligatoria, cotejando el idioma de la calle con el contenido en los diccionarios, coincidentes en este caso: mugre significa roña, suciedad grasienta, aunque para los que viven en el barrio peruano equivale a dar palizas, o lesionarse, acepción también receptada por la Real Academia Española, institución ecuménica que admite que los cholos usen de modismos autóctonos cuyo entendimiento sólo reservan para los miembros de su comunidad.
Recuerdo que esa tarde vinieron los mugres a casa, y en tanto compartíamos el mate con bizcochos, el más viejo de ellos contó una historia extraña, despedazada, inconexa. Todos los que la escuchamos supimos que sus deficiencias no tenían remedio, porque quien narraba aclaró desde el principio que no estaba seguro de que fuera cierta por completo, que escapaba a su conocimiento cuánta fantasía alucinada había sido agregada por los diferentes cuentistas sucesivos según se fueron muriendo. Dijo que el bisabuelo del Mugre Chico había venido a la Argentina con su familia un siglo atrás, allá por 1948, no podía ser preciso con referencia a tiempos tan remotos. El abuelo del Mugre Chico fue el primer hijo argentino de la familia, quinto en la línea sucesoria, aunque en definitiva fueron siete, contando las dos hijas menores. Había boyado por Europa durante años, escapando a las garras bolcheviques de la desaparecida Yugoslavia, país disidente del bloque soviético que también desapareció después. Branko, el abuelo de mi amigo, llegó en el vientre de su madre bajo la celosa custodia del padre quien, para alejarse para siempre de su tierra eslovena, hubo de poner en práctica un ingenioso plan de marchas y contramarchas que evitase que lo tomasen prisionero, y lo acusaran de crímenes de guerra. Primero fingió de judío errante, mintiendo identidades. Hizo breves anclajes en una aldea de Austria primero, y en la Liguria italiana después, hasta que partió para Sudamérica, un lugar adecuado para reencauzar su vida. Había andado dándose tiros con los ingleses y los partisanos durante la Segunda Guerra Mundial, no fuera que los Aliados, que habían ganado la guerra, lo tomaran por nazi, y lo terminaran juzgando. Éste era el destino ideal. Había una plétora de nazis refugiados, no debía temer a las confusiones, ni seguir escondiéndose. Incluso en estas tierras se habían amontonado tantos eslovenos, montenegrinos, serbios y croatas, que se le antojaba que era como la madre patria, aunque los mugres sospecharon siempre que en realidad no existía una madre patria, que el género yugoslavo era un embuste comunista que mezclaba a gente fina (la eslovena), con otras ordinarias como los serbios, montenegrinos y croatas. Disgrego que poco antes de su muerte le pregunté a mi propio bisabuelo acerca del significado de esa referencia, cuando ya en la senectud no se movía del comedor donde mezclaba sus recuerdos con el té de las meriendas. Pero no contestó. Se limitó a poner su canción preferida (Bandiera rossa), grabada en un disco de plástico rosado, que guardaba junto a otro celeste con la marcha de Racing, acompañando la música con lamentos referidos a lo atolondrado de su descendencia.
Volviendo al relato, el bisabuelo Mugre supuso que esa acuarela política yugoslava de mezclas artificiales no se reproduciría aquí, donde podría aprender el idioma, y esperar que las costumbres locales terminaran alcanzándolo. Cuando lo permitieron sus ahorros, compró una casa sencilla situada frente a la pista auxiliar del hipódromo, y alternó como buen vecino con los cuidadores y los peones de los studs. Los miembros de su familia eran prolijos, respetuosos y cuerdos, excepto uno de sus hermanos que tenía la mente desequilibrada, afirmaba que lo habían matado en la guerra, y que penaba sus escarmientos en el Purgatorio. En verdad, los bolcheviques lo habían fusilado y arrojado a una trinchera convertida en osario común, pero no había muerto, se había quedado quieto amontonado con los muertos verdaderos, y como no se movía lo dieron por difunto. Después había vagado de dacha en dacha hasta que lo encontró el bisabuelo Mugre, quien le prometió que una vez establecido lo mandaría a llamar. Y cumplió.
Eran católicos de misa diaria. Su confesor se llamaba Janez, cura párroco de una iglesia donde todos los feligreses eran eslovenos. Janez había nacido en la Argentina antes de que se produjera la inmigración en masa de refugiados del Eje de finales de la Segunda Guerra Mundial, que precedió por más de medio siglo a la Gran Inmigración Evolutiva o Inmigración Tereré del siglo XXI. El tío del Mugre (en realidad era el hermano del bisabuelo) le reveló su condición de muerto durante una conversación que mantuvieron sentados una tarde de calor en el jardín cercano al Oratorio del Convento de las Catalinas, en la esquina de San Martín y Viamonte, del centro de la ciudad. En procura de sosegar su desvarío, Janez transformó el diálogo en una especie de sermón, en el que discurrió sobre los misterios de la vida y la muerte, y la trascendencia del espíritu sobre los placeres de la carne, disquisiciones que matizó con un paréntesis futbolístico, con el que supuso podría distraer al insano y mitigar sus sufrimientos. Convencido de que ambos eran hinchas de Racing, aseguró que el equipo no sería campeón ese año, a pesar de lo bien que jugaba, pues una mano negra se interpondría en su camino, como sucedía cada vez que gobernaban los radicales del pueblo o sus aliados gorilas. El tío del Mugre había guardado hasta entonces un respetuoso silencio, que en ese instante quebró con encono volcánico. Era un loco quieto, de ordinario sin enojos repentinos, pero cuando se ofendía, sus reacciones no podían preverse. Perdió la compostura y a punto estuvo de hundir la cabeza del clérigo dentro del aljibe original que aún lucía orgulloso su pozo -no había sido tapado con metal para proteger a los turistas que pueblan a diario el restaurante El Claustro y el negocio adjunto de santería- atiborrado de agua y barro. Tomándolo por la sotana, revoleándolo por el aire, le espetó con palabras atropelladas que no había venido a hablar de fútbol, sino del fenómeno que lo afectaba: haber muerto fusilado, y estar a la espera de algo que indefectiblemente que ocurriría, aunque no supiera qué. Allí pareció terminar la discusión. Sea porque quedara impresionado por los argumentos de insano, o porque sus agarrones le infundieran temor, el acalorado párroco decidió cambiar de tema, pero antes de abordar otras cuestiones, con la imprudente pretensión de ser bien educado, quiso disculparse por haberse quejado de la suerte de Racing. Esto encendió nuevamente la cólera del tío del Mugre, quien retomó sus babeos y frases incomprensibles, hasta que reparó que el cura ignoraba cuál era la causa de la alteración de su conducta, qué palabra de las que había pronunciado tenía el poder suficiente para sumirlo en una ira descontrolada. Tal circunstancia lo motivó a sincerarse, y explicarle que no era hincha de Racing, aunque pudiera suponerse lo contrario, porque al llegar al país en 1959 respondiendo al llamado de su hermano cuerdo, como la mayoría de los inmigrantes –si bien él era un caso atípico, era un inmigrante muerto- inclinó sus preferencias por el club que dominaba la escena de la época. Racing había ganado tres campeonatos seguidos hasta 1951, y también el de 1958. Por lo demás, se lo veía con frecuencia acompañando a un grupo selecto de simpatizantes académicos, conocido como Los Siete Locos. Pero esa fauna estaba compuesta apenas por amigos atareados en libaciones de alcoholes exquisitos, néctares que acompañaban con manjares oriundos del Olimpo, que él (de frágil debilidad por los placeres terrenales a pesar de estar muerto) era incapaz de resistir. Ninguno de los integrantes del grupo había inquirido acerca de las preferencias del yugoslavo loco, dando por supuesto -no sin arrogancia- que les pertenecía, viéndolo allí sentado, sonriente, callado y respetuoso, bromeando de vez en cuando; por lo general bebiendo, que a eso iba. Pero no era así. Cuando el corazón del tío del Mugre comenzaba a palpitar por la academiaracinclú, la heredera de Alumni con siete campeonatos consecutivos ganados en el amateurismo, y la primera que ganara tres torneos profesionales consecutivos, conoció la triste verdad de boca de uno de los comensales, un rufián melancólico, ex miembro de la Zwi Migdal, quien se había reformado abandonando para siempre la trata de blancas, y superado a base de terapia sus remordimientos por los cientos de polacas que arrojara al pecado. Al escucharlo, el amor primerizo del tío de Mugre trastabilló por un instante, y enseguida se desmoronó. Por cierto estaba loco, pero su demencia no era congénita, sino adquirida. Había compartido con los muertos una fosa común, pero conservaba cierta capacidad de razonamiento, por lo que privilegiaba la inteligencia sobre la estupidez. Y descubrió que la historia de Racing era el epítome de la irracionalidad.
Aquí el relato atraviesa por atajos complejos, difíciles de superar. Caminos incompletos, acontecidos los cuales la verdad se escabulle. Exterioriza una dificultosa y despenada descripción de los hechos por la inexistencia de archivos cibernéticos confiables, y la carencia de soportes escritos que comprueben las versiones orales de las tradiciones mugres. Analizado hoy, próximos los festejos del Tricentenario, como fue contado entonces, semeja un disparate, o quizás una perfidia política pergeñada por incorregibles falsificadores profesionales, siempre dispuestos a deformar la historia. Cualquiera fuera el caso, salteando infinidad de falsos laberintos, dudas y especulaciones, lo que pareciera haber sucedido es que cuando transcurrían sus primeras vivencias argentinas, el tío del Mugre conoció por el rufián una leyenda según la cual en estas tierras, donde todo parecía dislocado, había existido otrora un general dedicado a derrocar gobiernos, actividad que puso en hibernación cuando fue elegido presidente por el voto popular. Aunque no lo confesase en público, era fanático de Racing, circunstancia que lo precipitó a concebir (como siempre) una idea nacida de su tendencia natural, la hegemonía: entregaría en donación al club de sus amores un predio de la zona de Retiro, donde funcionaba el llamado Parque Japonés, destinado a la diversión y a la milonga (así denominaban los antiguos porteños a lo que se conoció después como bailanta, nombre impuesto definitivamente con la llegada de la Gran Inmigración Evolutiva o Inmigración Tereré), para que construyese un complejo deportivo y un estadio de fútbol.
“Salute, pibe –decía el Primer Trabajador a su Eva- con esto adiós a los demás. Que se pudran. Racing va a ser más grande que los Yankees de New York. Que bailen la rumba las rubias Mary, Peggy, Betty y Julie. Cuando píen los giles, va a ser tarde”.
Encomendó a un ministro suyo, que a su vez dirigía a Racing a través de testaferros, la aceptación de la donación. Para disfrazar la arbitrariedad manifiesta del regalo, construyó la fachada de una opción imposible por lo desparejo de los ofrecimientos, pero formalmente democrática. Instruyó al Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, (cargo para el cual – la especie puede ser sólo una rústica patraña- había designado a un caballo, como reemplazo institucional de su compañero de armas y revoluciones, el Marino Mercante) para que con un relincho ofreciese a su vez “a los mismos fines y efectos” un predio de la Ciudad de Avellaneda, cercano a un mercado de papas, en el cual ya existía un estadio vetusto de madera donde jugaba Racing, construido de manera inverosímil a trescientos metros de uno más antiguo, perteneciente a su eterno rival, Independiente. Racing habría de elegir, ¿pero qué, sino el corazón de Buenos Aires, el verde de Retiro? Es probable que la manda fuera impartida por el propio Marino Mercante, tal vez el equino aún masticara avena en los studs, preparándose para su carrera política. Pero se trata de un detalle sin importancia, porque para infortunio de los simpatizantes inteligentes de la Academia –no constituían la mayoría, apenas un puñado-, el ministro era miembro de una pequeña logia que agrupaba a los escasos hombres de honor partidarios del oficialismo (según el lenguaje de su jefe, unos papanatas). Incapaz de quebrar su línea de conducta, contrariando la arquitectura tramposa urdida por su jefe, sometió sin alecciones previas la decisión acerca de cuál de las donaciones aceptar a la Asamblea de Representantes de Socios, en su mayoría habitantes de la vieja Barracas al Sur, como antaño se conocía a Avellaneda, quienes con irracionalidad votaron levantar el nuevo estadio donde ya estaba el otro, “por razones de conveniencia, comodidad y vecindad”. A la par existió la sospecha que una cadena de hoteles los hubiese sobornado porque codiciaba las tierras de Retiro para erigir allí una inmensa casa de hospedaje, lo que más adelante efectivamente sucedió. Cualquiera haya sido la verdad al respecto, el plan se desbarató: no se levantó un complejo deportivo en los terrenos vecinos a la estación de trenes, subterráneos y colectivos más grande de la Argentina, en pleno centro de Buenos Aires. Apenas un estadio de cemento dudoso con forma de cilindro en una ciudad gris allende el riachuelo, proclive a las inundaciones, lo que le incluso impidió posteriormente ser sede del campeonato mundial. Para peor, un lugar de dominio hegemónico de Independiente, club infestado de contreras y radicales, enemigos del régimen, gallegos en su mayoría. “Racing nació y morirá en Avellaneda” fue el fundamento del voto. Y así sucedió. A la decisión le siguió un continuo derrotero de absurdas decisiones que llevaron al club a una gradual y dolorosa agonía.
Esa tarde quedó develada la razón del apodo mugre endilgado en su origen al tío de mi amigo, y extendido después a toda la familia. Un mote derivado de un episodio tan tonto como continuado. Sucedió que cuando escuchó de boca del rufián la historia académica, el tío del Mugre, pasada una primera fase de sorpresa y desconcierto, fue presa de un ataque de ira incontrolado, que duró varias horas hasta que le dio un pasmo, cayó desmayado al piso, a punto estuvo de tragarse la lengua, y de morir ahogado en sus propias babas. Alcanzó a socorrerlo una ambulancia llamada por el rufián, y los paramédicos salvaron finalmente su vida. Cuando despertó apenas musitó unas pocas palabras que no comprendieron al principio siquiera los miembros de su familia, ni los vecinos que rodeaban su cama hospitalaria (algunos creyeron que era una lengua diabólica que ameritaba un exorcismo, otros que hablaba en esloveno), pero que cuando finalmente fueron entendidas, dieron origen al apodo, y provocaron la ruptura de la saga familiar. Porque cada vez que le hablaban de Racing, el loco perdía la serenidad, y sólo atinaba a farfullar con indignación mugre, mugre, mugre, utilizando el significado inapropiado pero usual de la palabra que daban en el barrio para describir situaciones incalificables (esto es una mugre, viejo). Esos eran los sentimientos que le provocaba la historia, los que provocaron los eventos de aquella tarde en el Convento, cuando discurría con Janez junto al aljibe; y también esas fueron las últimas palabras que escuchó su hermano, el bisabuelo del Mugre Chico, antes que el orate amenazara con hacerse de Boca, y – aturdido- regresara a su patria para entregarse al poder soviético disidente yugoslavo (en realidad jamás se supo a ciencia cierta qué sucedió en aquella última conversación fraternal, ni cuál fue el destino final del tío del Mugre).
Quizás este cuento sea sólo un embuste salido de la imaginación del primer mugre, y reinventado una y otra vez por las siguientes generaciones mugres. No lo sé, ni me importa. De lo que sí tengo certeza (y me interesa) es que cuando la imagen del Mugre Chico invade mis sueños a la hora de la siesta, o en las duermevelas del atardecer, consigo transportarme a la época en la que era estúpidamente feliz honrando un paisaje inalterado de canchas de pasto artificial, Campeonatos Juveniles Cívico Policiales, y el reiterado Boca-River de la holografía, que River alguna vez ganaba, provocando extraordinarias celebraciones en el barrio de los peruanos, creídos que Dios atendía sus plegarias, confundiendo -en su evocación de la patria perdida- sus colores con los de la selección. En cambio, de la Academia sólo he retenido los llantos y sufrimientos de los mugres, y la nostalgia melancólica de mi bisabuelo, de quien no recuerdo siquiera sus facciones, pero sí que era hincha de Racing, y lucía reflejos democráticos de los que yo carecía por entonces, que lo impulsaron a ser uno de los pocos vecinos de la cuadra que nacía en la esquina de las calles La Habana y Dardo Rocha, enfrentada a la pista auxiliar del hipódromo de San Isidro, que se opuso (cuando los liceístas emitieron su primer bando revolucionario), al infausto Proceso Cívico Policial, instaurado por el golpe de estado del año 2040.

Texto agregado el 14-05-2010, y leído por 84 visitantes. (0 votos)


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