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HISTORIA DE UN ÍNTIMO ANONIMATO



I
El enviado especial está a punto de quedarse náufrago en su somnolencia, fugitivo de ese equilibrado cabeceo que pareciera llevar el ritmo de un armónico vals latino, sólo interrumpido cuando la autopista obliga al bus a despertarlo, sobre el duro asiento número diecinueve.
La encomienda, quizás hasta la ruta sea Santiago de Chile. A pesar de las dos horas que lleva el viaje, éste todavía será prolongado; hacia arriba, tomando en cuenta la posición que los cartógrafos de la antigüedad decidieron, de manera arbitraria, debía tener el Continente Americano por siempre; pero sin salir del gran sur.
Apenas comienza a intuir que el criterio, la interpretación de todo eso que sucediera, desde hace cuatro días, lo impregna de una paz que, poco a poco, terminará convenciéndolo de que la obra tiene el fin que merece, sin importar qué sea lo correcto; pésele a quien le reclame por los gastos del presupuesto para editar y producir la entrevista; y que se vaya a la mierda, también, cada patrocinador de la televisión. Si significa perder su empleo no le importa; más bien será problema de ellos. Hussein no logró hacerlo llorar en Irak, con esa cortina kilométrica de petróleo, convertido en espeso humo, que el dictador utilizó para confundir a los aviones de caza gringos; mucho menos le preocupa la letal consecuencia de esta nueva historia rescatada del vacío, que por ser humana resulta menos escandalosa. –Lo que sí lo sumerge en una clara contradicción es si su pareja, la Jeanny, debería saber la verdad… y no estaría mal que le cortara las uñas cuando llegue a casa; quizás así recobre ese aire quijotesco que tanto le gusta a ella; y que, según le dijo antes de partir, está perdiendo.
Sus párpados se le inundan de una sangre espesa en el arrullo del trajín nocturno; pero él interpreta esto al revés, los siente abstractos a su cuerpo apestoso, por la falta de baño; escurrido sobre el asiento, enlazándose a un sentir profundo, hasta que el sueño, contradictorio, se asoma postergable. Cada vez más los ojos se le van de la página que se obstina en terminar de leer –desde hace años le nació la costumbre de concluir la lectura diaria al inicio del primer punto y aparte, de la siguiente página izquierda-. Como añadidura a lo que le tocó vivir en los cuatro últimos días, ahora Francisco Coloane quiere jalarle la corta cabellera, esta vez, desde el sillón de atrás, al releer, medio dormido, una cita del autor; interpretándolo a éste escéptico, a la sombra de una araucaria que le triplica los años; la barba de hilo blanco tensado, al igual que su alma, en forja de la Tierra del Fuego:

… A la gente pareja, no le cae uno por el nombre
y lo lindo, sino por la manera y los hechos…


¿Cuáles fueron los hechos?
El encuentro que el enviado especial tuvo con JP, y que finalizara en compañía de la sobremesa del almuerzo de hoy, a cien pasos del rompeolas de Talcahuano -muy cerca del proyecto de fósil acerero en un submarino de Chile-, lo tiene tan fresco en la mente que podría recitarlo casi completo, ensayando tres maneras de empezar de nuevo y hasta darle un espacio opcional a JP, para que lo culmine como mejor le plazca. Es la única persona en el mundo que la posee; la grabación se la negó al satélite, al farandulismo televisivo. Fue una orden-camuflaje del propio JP, sugiriéndole al reportero, entre parábolas, que no la hiciera pública; y como “a la gente pareja no le cae uno por el nombre o lo lindo, sino por la manera y los hechos”, una gota más de adrenalina se sigue exprimiendo en el interior del periodista; le propone la manera en que, llegando a la capital, comenzará a redactar, sin edición, el largo diálogo que tiene en la cabeza, con una que otra nota aclaratoria –lo que el audio se niegue a revelar nítido; pero sin salirse del parámetro profesional; como un Platón ante el Sócrates que sólo responde al auto-cuestionamiento interesante, en disfraz de pregunta.




… Cuando me intrigó la que, yo pensé, era la cocinera, que sólo se pintaba una ceja, JP me dijo:
-Ella nació así, con una ceja; en la otra, ni vello. Y no es que se la pinte, la tiene muy tupida, al estilo de la mexicana Frida Kahlo –JP disfrutaba de un relajo que nadie le podía arrebatar a su cuerpo de más de doce lustros, porque se lo había ganado y porque lo necesitaba; en plausible, escondida vocación de foro salvador-. No le faltó nada a la muchacha, más que esa ceja, seguramente por algún error genético. Lampiña facial izquierda, sería una comprensible definición; ¡y además es zurda! –afirmándolo como si hubieran coincidido los últimos dos dígitos de su Kino semanal-. Ella dice que la mano derecha sólo le sirve para subirse a la micro que la trae a la casa; y si te fijas, su verdadera mano diestra es la izquierda, ya que lo diestro representa lo hábil, independientemente de que el diccionario se contradiga al respecto.
-Permítame decirle, maestro –me atreví a intervenir, por segunda o tercera vez, al percatarme que lo mejor que podía hacer era sentir el gusto por su mundo-. Eh… observo que usted la ve a ella con cierta suspicacia –a JP se le escabulló una pícara risita, de esas que en su espontaneidad contienen la verdad-; como hace rato que vino a traernos la chicha de manzana; que por cierto, yo no había probado en mi vida.
-No te confundas –respondió JP, mientras servía de nuevo, con pulso diminuto, los vasos al ras; sin el mínimo desliz en su emoción por haber sido descubierto-. Nunca puedes ver los dos ojos de alguien al mismo tiempo –la charla se iba por otro lado, porque le placía al viejo; como quien acaba de recordar el detalle más importante de una falsa declaración ante un juez-; o te concentras en uno o enfocas el otro, o ninguno. Eso de “sostener la mirada” no es posible, ¿comprendes? –sus retinas ya se habían dilatado-; toda mirada se va al abismo, aun cuando intentas clavarla en lo que crees necesitar; pero si no sabes lo que esto es, resulta doble error: una búsqueda sin sustento ni sentido.
-¿Y qué sería lo que, en mi caso, necesito? –inquirí; no tanto de la respuesta, sino para averiguar el grado de dependencia sicológica que yo llevaba dentro; y que tal vez JP ya advertía en este punto de la entrevista- ¿Lo sabe usted?
Reconozco que por un momento me ganó una especie de euforia del citadino, al estilo de quien se deja adivinar la suerte por una gitana, en la calle Bandera, de Santiago.
(El enviado especial respeta, en su recuerdo, dentro del bus en marcha, el prolongado mutismo original de JP, antes de su respuesta; hasta el jadeo de ese perro cercano que no dejaba de ladrar nervioso).
-Te conozco desde hace un buen puñado de minutos –JP, con el timbre lúcido de su voz, que tantas mutaciones sufrió en más de seis revueltas nacionales-. ¿Has visto la cinta de Buñuel, Un Perro Andaluz?
-Eh… ¿se refiere a la escena del ojo cortado? –pregunté, dudoso.
Al instante, JP maquinó el gesto del tío en decepción de su alumno, al obtener de él una respuesta inapropiada. El Don me sacó de dudas:
-Es paradójico. A pesar de que casi nadie ha visto esa película, siempre me responden la misma cantaleta: “¿la escena del ojo cortado?” –en tono de burla bonachona, regaloneándose a sí mismo en su sarcasmo-. ¡Hay otra!, de más profundidad, significado e interpretación que aquélla, al menos a mi entender: cuando al actor le brotan, en la palma de la mano, hormigas, muy grandes, como esas que hay en Centroamérica; dando a entender que dentro de él existe todo un mundo miserable. ¿Has visto un hormiguero de verdad?
-Puede ser –respuesta forzada, tratando de recordar algún episodio infantil de mi vida. O quizás aquel despoblado, antes de la bomba, en Sarajevo. ¡Seguro que ahí! ¡Eran rojas!
-¡Es! –JP había sido contrariado; pero supo responder con categoría:-. Bueno, concéntrate en tu escena, la del ojo cortado, desde el momento en que el personaje afila, calmo, la navaja; cigarrillo en su boca, ¿recuerdas? –asentí-. Un hilo de nube bajo la luna, ¿cierto?
-Tal y como la describe –al instante, en mudo blanco y negro de terrible sopor, se complementó en mi mente el pasaje.
-Y el ojo –siguió JP-. ¡El ojo, señor! Como si fuera un huevo a punto de ser expulsado; que ve, al mismo tiempo, no sólo cada polo de tu mirada cómplice. ¡Te atraviesa, estupefacto, maravilloso! ¿Por qué? Porque Buñuel sabía que ya estabas deseando a la mujer víctima; porque se adivina lo que viene. Lo que no sabes tú es si serás capaz de ver el acto, y de aceptar su destino.
“Ahora, te pido que trates de prescindir de la música original de “Un Perro Andaluz”; sustitúyelo con algo del grupo King Krimson, la pieza de rock progresivo El Hombre Esquizofrénico del Siglo Veintiuno; sé que la conoces; aunque yo no tenga la menor idea de cómo se escriba el título en inglés –la canción me sonaba en la mente; recordé Epitaph, esa que ponen en Radio Futuro. Pero ¿cómo supo JP que me gusta King Crimson?-; la última parte, la instrumental, poderosa en angustia, como tu escena. Eso es lo que, en tu caso, respondiendo a tu pregunta, creo que necesitas buscar: –parecía examinarme con tres de sus cinco sentidos, a punto de ser aceptado- ¡tu propio gusto!, con el condimento que sólo tú conoces; desecha lo que te sugieran. El mejor estímulo para dar con la originalidad, es la agudeza.
-Trataré de asimilar lo que me ha aconsejado –apenas ordenaba las ideas en mí.
-Te voy a dar otra clave: El Discreto Encanto de la Burguesía, también de Luis Buñuel. Hazme caso, sin preguntar por qué: vela un catorce de junio, antes de tener sexo con tu pareja. Terminada la película, la hayan entendido o no, háganlo, con la radio de Santiago prendida donde mejor te plazca, sea la hora que fuera. Te aseguro que cuando la estés abarcando a ella, post-sexum, escucharás por azar a King Krimson.
-Lo haré como me lo indica –creo que a esta altura yo parecía un sacristán en dudoso ateísmo, que sigue las reglas del gran sacerdote, infiel al dogma.
-En la parte final de esta otra cinta –acometía JP en su particular pasión socrática-, si no mal recuerdo, los actores principales caminan, a paso rápido, viendo hacia un nebuloso horizonte, sobre lo que parece un pavimentado, una pista de aterrizaje solitaria, sin aeropuerto ni nada que se le parezca. A su alrededor, un llano inerte; pero cuando ves la escena cinco veces surge la duda: previo a ser pista de aterrizaje, eso fue camino pedregoso; y antes, un siglo o dos, angosto sendero, en subida que también bajaba; en una época en que volar era un sueño por manifestarse.
“Finalmente, aquel sendero, frenético en su ir y venir, llegó, sin prisa, donde vivía la querida de alguien, tan terco o tan enamorado que, de tanto caminar, abríase paso hasta el ojo de agua de ella, entre maleza y espinas sin perdón.
“Luego, otro tenaz, tozudo creyente de la nada, que era su todo, por la razón que fuera, hizo el milagro: el agua del río cercano alimentó a la descendencia de la querida y el amante, y a los caballos, y a la siembra bendita.
“Pero después, alguien lo pavimentó todo. Los potrillos, hasta las moras, el bosque, el camino pedregoso y las huellas en el húmedo sendero, en un horizonte de follaje; la regla que se basa en que para existir no hacía falta volar; el ojo de agua donde se maquillaba la maleza con ayuda de su corte de miles de espinas, todo se modificará a manera de aeropuerto, donde elevarse será sólo un medio para ese discreto encanto de la burguesía chilena.
“Que te quede claro, por si lo intentas (porque ahora resulta que cualquier mocoso con dinero puede hacer, al menos, cortometrajes): para hacer buen cine se necesita, sobre todo, una gran historia; para lograr ésta, una mejor idea. Un chispazo muy brillante. Pero la idea no siempre salva a la historia; y mucho menos ésta al cine. Goethe nos reveló a todos que hay buenos cuentos, novelas, narraciones, que se escribieron para ser leídos; pero cuando se llevaban al teatro, aquello era un soberano fracaso.
-Interesante –atiné a decir; a intentar que esa sapiencia penetrara en mí, me buscara; sugiriéndome el camino que, en ese momento, me hacía dudar sobre el giro que yo le había dado a mi vocación hasta ese momento.
JP tenía, como siempre, otro rompecabezas:
-Entre lo interesante y el no entendí, pulula por ahí un cuasi-sinónimo para ambos: aburrido.
Tuve que reír, al fin, abierto pero un tanto contenido, como es mi costumbre –con cierta timidez ante la mujer de una sola ceja que estaba en la cocina, en total sigilo; pero no sé, nunca pasó por mi mente que ella estuviera escuchando nuestra conversación-; en compañía agradable de una sonrisa que, a poca distancia de mí, en ese cuarto de penumbra austral, intuía me otorgaba la aceptación definitiva.
Dicha sea la verdad, mi buen ojo por todo el mundo me hizo suponer que estaba a un paso de intimar; y así fue. Eché mano de la artimaña más cercana para lograrlo:
-Maestro, ¿usted cree que, gracias a ese antiquísimo ojo de agua, del que luego brotara el sendero, anterior a la pista de aterrizaje, logré llegar hasta su casa?
Ingenuidad mía. A él no se le habían agotado los acertijos; nunca se le acabaron:
-Vamos a dejar de lado las solemnidades –ahora entiendo que, al afirmar esto, no me esquivaba-. Háblame de tú, dime JP; pero por favor, nunca menciones mi nombre, no hace falta. Lo necesario es lo que yo diga, lo que tú complementes, ¿tamos? Lo que menos importancia tiene en una obra de arte es el título. Los griegos helénicos jamás bautizaron sus poesías, ni siquiera se les ocurrió que fuera imperioso. Si te es posible, dado el caso que esto salga al aire, no lo dudes, evita también tu nombre. Te lo aconsejo.




El informador de la Buena Nueva se acurruca como puede, amodorrándose el dolor de su espalda por el viaje, en la cuarta hora; con el libro abierto de Coloane sobre su pecho, donde se enrolla, tibia, una bufanda negra hasta su barba. El aire acondicionado le provoca algún bochorno soportable; mientras le siguen llegando a la cabeza, sin orden premeditado, fragmentos de la larga charla. Siente una especie de gracia concedida por la investigación que lo puede vestir con el próximo premio nacional de periodismo, que él colgaría en lo alto del faro humano de JP, y que le da de pleno en el rostro abotagado por la falta de descanso; esa luz insoportable que lo conforta tanto en su interior; sublime ante la osadía: nadie sabrá nada, nunca.
Todo sería perfecto, de no ser por los chillidos que un chancho de mierda ha estado vociferando, desde hace más de cuarenta minutos, allá abajo, en el maletero del bus. Ese cuadrúpedo –piensa el pasajero diecinueve- debe sufrir un calvario por mantener en equilibrio sus pezuñas, entre el suelo de metal, los equipajes y uno que otro bulto sui-géneris, propio de estos buses de segunda clase; en esa helada oscuridad que lo debe tener aterrado. Pero no es para tanto; el entrevistador oscila, mentalmente, de Coloane a JP, al aplicar la sapiencia del primero –que comenzó a leer una semana antes de su viaje-; ¡y otro grito desgarrador en el maletero no le da tregua a su descanso!
El editorialista de The Clinic hace un esfuerzo mental por aislarse de la piedad que exige aquel porcino, recordando que apenas ayer le dijo JP que, si Cristóbal Colón hubiera sido una mente superior, no le habría revelado a nadie el secreto de la Nueva Ruta; no por egoísmo o intereses mezquinos: simplemente guardar el secreto en sí; y el asunto de haber tenido un chancho gritón, viajando de contrabando en la bodega de una de sus carabelas, sería algo que el buen Cristóbal aceptase como anécdota colorida.
Prefiere retomar el hilo de JP en cualquier punto, en el primero que recuerde; acomodándose en el ensayo de tres posiciones, con reemplazo cada quince minutos; sin esperanza de salvar su columna vertebral sobre el asiento más duro, cada vez.




-Bien… -acepté; no sin sentirme un poco incómodo por comenzar a tutear al maestro- le diré JP.
-Así estaremos mejor –respondió complacido-. Las distancias inútiles nunca me gustaron. Debemos darnos prisa; como dicen en Santiago: optimizar el tiempo. Ni tú ni yo contamos con mucho. Aunque no lo creas, acá en el sur tengo una agenda comprometida; y no precisamente con el alcalde. Permíteme sintetizarte todo lo que hasta este momento te he mencionado, de esta manera: cuanto más lógico interpretes tu instinto, poco absurdo serás; tu voz contendrá cierta normalidad; por lo tanto, menos auténtico eres.
“Toda persona que ha provocado lágrimas, lloró antes; pero si las lágrimas dejaran rastro claro, perenne, hasta palpable, cualquier camino, calle, calzada o avenida, hasta tu diario deambular en suburbios convergería en silencio, en una afonía estrecha, no propia para la vista pero sí a una sobrevivencia en paz. La bocina, la sirena, la alarma, ya se habrían prohibido por ley, entre innecesarias e insoportables; o tal vez nunca hubiesen sido inventadas. La mudez que interpretan nuestros oídos es el mejor eco; sobre todo al silbar cualquier maestría que aún no existe.
-¿Los timbres de las casas de igual forma? –intuí, tras extrema dosis de ironía que se iba a disipar, segundos después-. De ser así, apoyándome en tu incipiente sordera, y tu mujer de una sola ceja, que está en la cocina, me da por pensar que nunca me habrían abierto la puerta de tu casa; que de hecho está bastante escondida.
-¿Esperabas que te la abriera con pistola en mano, como lo hizo ese nazi en Concepción?
Me quedaba claro, con esta pregunta-sentencia, casi condena a muerte, que mi intento cáustico estaba en proceso de ser lavado, hasta que no quedara nada de él, más que un titubeo de mi parte, que me obligó a la vez a responder, desde mi callejón:
-¿Cómo sabe eso? –yo me subía en ese momento el zipper, al regreso del baño. El vino de Talcahuano, como la chicha, hacían un efecto casi instantáneo.
-Se dice, si se sabe, el apellido de la lujuria; no el de la puta –atinó a esquivar mi cuestión, con esta espléndida alegoría.
-Háblame más de él –refiriéndome al anciano nazi que entrevisté en vísperas; sumido en una profunda confusión. ¡Cómo demonios se había enterado!
-Por lo que veo, aquel bicho no te soltó nada…
-Apenas respondía monosílabos –le revelé, vencido sin remedio-. Fue hace dos días; pero…
-Lo que él quería era conocer tus intenciones –me interrumpió-, para adivinar el peligro potencial; mantener cerca al supuesto enemigo enviado por los gringos, en venganza de algún judío con dinero –lo dijo como quien saca a colación la jugada más importante del portero del Huachipato , en el último partido de la liga; reflejando conocerlo bien-. Tan simple como esto.
Me sentía avergonzado. No por haber ido a entrevistar un nazi; sino porque JP supo, desde un principio, vaya a saber usted cómo, de la prioridad que tuve, por simple ubicación geográfica, acomodándose a mis tiempos. No me atreví a preguntarle si así lo interpretaba.
-El nombre que mencionaste –prosiguió JP-, al preguntar por él, carece de la mínima importancia. Él tiene, al menos, tres seudónimos con distinto perfil, en Paraguay. Su verdadero apelativo creo que hasta él mismo ha logrado olvidarlo. Pero es solamente un quiltro, nada relevante en términos del nacionalsocialismo teutón, en la Segunda Guerra Mundial.
“Lo que debes saber –reanuda su afán, sin virar el timón desde la crujiente cabecera de su cama-, es que el nazismo chileno, por absurdo que te parezca, brotó antes que el de Europa. Salvador Allende estuvo ligado, en un inicio, al nacionalsocialismo local, pero no le funcionó como él hubiera querido, para sus fines; optando finalmente por un socialismo común.
“El uniforme actual de los carabineros viene de un modelo de origen irlandés, y casi no ha sufrido modificaciones desde que aquellos representaban a la temida policía de Ibáñez del Campo .
-¿Los carabineros de aquel entonces –me pareció que no era el momento de interrumpir; pero ya no podía dar marcha atrás- eran tan desgraciados como los de ahora? –ocurriéndoseme la pregunta de pronto, en una especie de puente generacional que yo conocía, pero que quise confirmar, al tener frente a mí a la historia no escrita-. Ya ves que recientemente han habido casos en la reserva mapuche, sobre todo, donde fueron baleados indígenas.
-“Desgraciados” no es la palabra exacta. Abuso, arbitrariedad –su gesto apenas, advertí, retractándose de todo lo no declarado, por carecer de importancia; hasta que halló una salida, cabal, al apuntar con su vista en la ventanita opaca de ese cuarto, a un paso del techo con óxido:- Ya sabes que el paco y el milico no pueden escapar nunca de sus seis limitantes.
-¿Cuáles son ésas?
Ante mi curiosidad, JP se animó en una mueca de desahogo; rascándose la nuca, en abierto ademán de desprecio:
-El cubo perfecto que tienen en la cabeza. Seis caras exactamente iguales. Por eso siempre lucen el quepi tan derechito…
(Creo que fue la única vez que nos reímos de esa manera, dejándome ver su expresión copuchenta que, al fin, entendí, era la marca registrada de su alma).
Insistía en el tema:
-¡Ojalá Vidal, como ministro de defensa, hubiera tenido, durante el absurdo reciente del espía peruano, la determinación que demostraron los mapuches, durante la Conquista!
-Estás equivocado –contundente, pero no sentencioso. Categórico, de nuevo me obligaba a poner toda mi atención en lo que vi venir como otra corta cátedra; independientemente de mi opinión oculta; que sé, él estudió antes de mi llegada-. Los mapuches nunca dieron gran resistencia a los españoles, como se cree. Lo que sucedió fue que cada grupo de éstos se encontraba muy disperso. Pero los españoles los fueron masacrando conforme se los topaban, por el poderío de armas, la pólvora, el caballo. Eso parecía una batalla sin fin, mas todos conocemos el desenlace. Ahora, si lo que te he referido fue una estrategia mapuche, si la hubo alguna vez, es inolvidable, como táctica astuta; sin saber lo que les venía.
-Capizco –hasta el uniforme del Colo-Colo me entraba en duda.
-Aún no asimilas nada. Adáptalo todo a Bosnia, por ejemplo, donde estuviste. Fue lo mismo después de la guerra: mataban a los homosexuales porque no servían para re-poblar el territorio. O en Paraguay, posterior a la disputa con sus vecinos en 1864: cada hombre tenía derecho a seis mujeres, con el mismo cometido.
“Los dos fueron grandes errores: para ser anarquista, hay que ser, primero, original; de lo contrario, la revolución propuesta carecerá de estilo. No es lo mismo tener fe en la esperanza, que esperanza en la fe. Sólo de la segunda opción brota el individuo.
“Pero esa dulcería nazi que conociste en Concepción, el domingo pasado, representa más de lo que te imaginas –JP la veía nítida en su mente, creo yo, en un chispazo de décadas, pocos años después de haber sido inaugurada; exactamente entre el mucho polvo, hecho nube, dentro de la alcoba, en el vaivén de escobazos que la mujer risueña, de una sola ceja, repartía entre nosotros de buen modo, y hasta más allá de la puerta de madera esquelética; sin pedir permiso para llenarnos la nariz de hueva muerta de ácaros que por ahí lograba centellear un austero sol esquivo.
La puerta, florida en sus recovecos de moldura exquisita, sin perder su sencillez, tenía la apariencia de cargar en el lomo de cada gritona bisagra un misterio fragmentable, antes de encerrarse en sí misma; el tiempo suficiente para que JP susurrara; perdiendo el hilo de lo que me revelaba:
-No desconfíes de ella –la mujer lozana y agraciada, su compañera-; sabe más que yo, incluso.
“Chile –ahí va de nuevo, en otra perspectiva-, por desgracia, se está convirtiendo, al ponderar nuestras particulares circunstancias, en un pueblo más racista que uno que otro país europeo actual; el mayor en Latinoamérica al respecto. Pero tampoco sea racista la palabra exacta, porque no llegamos al fanatismo, sino segregacionista, prejuicioso en su intolerancia. Dime tú mismo lo que ves, pero sobre todo lo que escuchas a un costado de la Catedral de Santiago, donde habita “la Pequeña Lima”, el Perutown; paseándose por ahí, lo mismo, neo-ibañezistas o civiles en disfraz que no se atreven a abrir la boca; pero que pecan igual, para conservar las buenas costumbres y hasta la correcta conciencia en “la Europa de América”. La exacerbación social, cuando germina, es el resultado de dos silencios, el del que no se atreve a gritar su prejuicio, y el del que sabe que, lo que le conviene, es seguir igual.
“Nadie se acuerda de los veinte mil chilenos que zarparon de Valparaíso, durante la fiebre del oro en California, en el siglo XIX. En su inmensa mayoría recibieron, allá, un trato semejante a como nosotros, hoy, despreciamos a los peruanos y bolivianos; pero ¿sabes por qué?
-¿Por qué? –fue mi lacónica contestación; ¡pero me moría de ganas por escuchar su respuesta!
-Porque aventajaban a los gringos en la sapiencia del proceso óptimo, y la manera de dar con el escondrijo necesario para obtener el aurífero en los ríos, al pie de las montañas. El californiano de aquel entonces comenzó a darse cuenta de esto; se hizo una encomienda el saqueo, el asalto, el crimen, la rapiña hacia los chilenos. Y ahora resulta que somos un poco de lo que se detesta del norteamericano; aun cuando hemos sido, casi siempre, por tradición, un país de izquierda. ¿O estás dispuesto a conseguirte un empleo donde tengas que asear los baños de la Estación Central?
“Nosotros fuimos primero; y no sólo a California. En una segunda entrevista, si obedeces nuestro código personal de ética -¡me estaba citando de nuevo!-, te contaré, aunque seguro sabes más que yo al respecto, sobre Jacques Antoine Moerenhout, un belga, oficial de los ejércitos de Napoleón, que terminó siendo más chileno que cualquiera de nosotros.
“La historia de Chile contiene más anchura que su territorio; pero imagina que hubieran llegado aquí los chinos, cuatro siglos antes de Cristo, en lugar de anclar en el occidente de México. ¿Los anales de cada ciudad nuestra, o peruana, o ecuatoriana, serían lo que son? Hasta el mapudungún tendría diferente estructura. Enrique Bunster , que por cierto, también fue chileno, dijo que “la filantropía póstuma no es una manera de generosidad”. Traduciéndolo, en perfecta adaptación al siglo XXI, trata de imaginar tu propio testamento, altruista, generoso, desinteresado, a nombre de una familia boliviana que desea salir adelante en esta nación, pero que no tiene la menor idea de lo que aquí le espera; aunque Violeta Parra te lo hubiera agradecido.
“Chile sufre una espacie de afectación de adolescente; “soy el más lindo, no te metas conmigo”. Lo mismo que padeció España cuando se repuso de la terrible época franquista. Y ahora velos, catalogando a los chilenos como personas de cuidado. ¿Vamos para allá? ¿Te das cuenta que en el fondo es una simple variante de la gringuez?
“Somos tan dependientes de Washington, todavía, en eso que llaman democracia, que el próximo domingo tendremos que elegir, para presidente, entre un momio de izquierda y un mercader. Todos sabemos que ganará el mercader, porque así le conviene a Obama.
-Pero en Chile el voto se respeta. ¿O me quiere dar a entender otra cosa?
-No he dicho lo contrario.
-¿Y Bachelet? –tres preguntas se me fueron (mi mujer se va a enfurecer conmigo) en el tornado de JP; pero ésta no la podía dejar fuera.
-Por cada tres pasos que el humano da hacia el frente, retrocede dos. Ojalá que el asunto Bachelet sea la excepción. Todavía falta el juicio objetivo que sólo el tiempo revelará; como nos propuso el perfil real de Lech Walesa, o de Fidel.




No le queda del todo claro al relator si estaba soñando con su niñez. Tal parece que un Hitler, vestido de paisano, le daba un beso paternal en la mejilla izquierda; a la vez que el Führer introducía un chicle pequeño, sabor menta, en su boca infantil, para luego hacer, el niño, un saludo nazi, con su bracito desnudo apuntando a un norte intuido.
Lo que ya parece desahucio, gruño expectorante allá abajo, en el maletero, ese chancho que no se anima a torcer sus pezuñas, rodar a su mejor fatalidad, olvidando la pesadilla de enclaustramiento, obliga al narrador a que retome por dos minutos a Coloane, hasta que él le demuestre que nada, fuera de lo normal, está sucediendo:

… El hombre se conoce por sus perros
y su caballo…


¡Y sus malditos chanchos! –se exaspera el enviado especial, más que embarrado en el asiento diecinueve.




-Ningún árbol, por sí mismo, crece chueco –con tal dominio en sí, JP sabía que, en esta imagen que estaba creando, y hasta el final, en la nutrida tertulia de dos, nada se iba a modificarse el objetivo de este encuentro-. Es quien lo transplanta, o alguna circunstancia fortuita, como un temblor, el culpable de que, en un momento dado, le falte la perfecta vertical; ésa que la semilla libre siempre sabe obedecer.
-¿Crees que yo soy un árbol torcido? –lo interrumpí por malsana inquisición, culpa del vino, que me estaba delatando en mi insegura conciencia; con una resaca que me hizo sentir dolor hasta al bostezar en esas horas de la mañana. La mujer de JP preparaba el desayuno. Nosotros sin bañarnos (nunca lo hicimos); salvo la cara y las manos, en el diminuto baño donde lo único que sobresalía era un espejo, tan opaco que no era posible verse los dos ojos al mismo tiempo.
-Todo el que se lo pregunta, no lo es –me recorría curioso hasta con el olfato, tratando de indagar más de mí; por supuesto que, no obstante nuestro código, no podía olvidarse que yo representaba a Televisión Nacional, en señal abierta.
Su juicio divagó apenas tres pulsaciones de su dedo, en un círculo imperfecto que podría haber firmado Picasso, y que deseaba pintar, con cierta ausencia, la muralla detrás de mí, desnudo de un cuadro o cualquier adorno armonioso para él y ella; a excepción de la línea quebradiza, transversal, producto de un terremoto, hace más de veinte años.
No le hacía falta más a JP.
Dijo, para mi sorpresa, remoliéndose todos los temas, hasta encontrar en un santiamén el buqué:
-Creo que en las escuelas de educación media, de nuestro Chile actual, y antes de que sea demasiado tarde, ahora que estamos en boga, porque somos ricos –se movió de lado, sobre la cama, para soplarse uno de tantos pedos que, para mi suerte, nunca olieron-, debería haber una materia obligatoria, llamada, con toda la intención, “The Wall” (¡y que se jodan los puristas del idioma ante este par de voces sajonas!; aunque ahora resulta más práctico aprender chino), donde se desmenuzara, con detalle en el lujo, en peculiar teoría histórica, para aplicarse mañana, la esencia del famoso Muro que nos colocaron frente a nuestra libertad, y que fabrica a tanto energúmeno silente, como en “la Pequeña Lima”; los más peligrosos por su inacción y conformismo.
“Las escuelas siempre me pusieron mal –su actitud, la discusión socrática, la voz, en contraste con el aislamiento, el auto-cautiverio, todo esto pudo ser patrimonio en audio, en un pleno de Harvard-, desde la básica hasta la universidad. Ahí nadie refleja, del todo, su propio sello; te lo extirpan sin que te des cuenta. Pero lo interesante es que, las más de las veces, no se trata, al menos, de un fingimiento ante tus compañeros, o lo que podría interpretarse como postura de imitación, sino de absoluta ausencia de identidad. Y quiero que sepas que, lo que sorprende, y mucho, es esto: las excepciones a lo que te estoy diciendo son bichos de extraña naturaleza, que por lo general sacan notas regulares, o declaradamente malas. De este puñado, uno que otro, en el mundo, será el que se decida a hacer algo realmente bueno. Los demás, incluyéndote a ti, tan sólo pastamos. Quizás por eso me gustaba saltar la muralla del Internado Nacional Barros Arana, en Santiago, para irme a comer un completo .
-Lo ideal sería al revés -¡me encantaba provocarlo!-, que fuera la masa la que se decidiera a vivir sin que nadie le sugiera u ordene cómo.
-El hecho intrínseco de vivir o morir no debería tener la menos importancia. La experiencia de vida, en esto se basa todo.
-Tienes razón –hasta este momento no entiendo por qué dije esto; pero creo que tenía razón.
Ahora yo ensayaba:
-De hecho, hay perros que gozan de una vida más intensa que la de muchos hombres; independientemente si es de casa, de caza o de la madre calle.
-Y si te fijas -¿groso error de mi parte o gran acierto, haber hecho mi anterior afirmación?-, si a todos los perros les gusta comer exactamente lo mismo, por ejemplo, la ceniza del cigarrillo, semillas de calabaza o girasol; o las uñas que te cortas, cuando caen al suelo; también desprecian, en idéntica actitud, la verdura cocida. Pero no a todos les agrada el ron, o el vermouth; los hay que prefieren la cerveza, diluida en su agua; y cualquiera que se exceda sufrirá resaca, como nosotros. Más que hablar, al perro sólo le falta fumarse un puchito; siempre y cuando sepas llevarle una buena educación, porque el perro también tiene derecho a lo sublime; y lo entiende, tal vez mejor que nosotros.
“Tuve uno que, cada lunes, si no fuera por la muralla del patio, en donde se arrastraba como un incurable, hubiera dejado su rastro de vómito en cada maceta de mi esposa. No olvidemos a Karenin, de Milan Kundera, en su Insoportable Levedad del Ser, hasta que un buen día se le ocurrió a la Karenin morirse como una virgen”.
Mi corta risa no lo distrae:
-Hay ocasiones en que nuestro perro nos reprende; cuando se nos olvida que una de las mejores cosas que nos ha pasado fue surgir de él.
-¿Tienes perro? –pregunté, esperando que me dijera que sí; pero también presagiaba su respuesta, al recordar que el único que me dio la bienvenida a su casa fue un ganso bastante desvergonzado, que hacía las veces de timbre.
-Tuve varios, desde muchacho. Sólo poseí uno –un escondrijo, en los ladrillos del muro, a mis espaldas, se convirtió en la distancia más corta entre dos puntos que se cayeron en su mirada, y hasta mis zapatillas-. Cuando tu perro más querido muera, enorgullécete de tu luto; haz un solo hoyo para él y para ti. Pero si con el tiempo llega a tus manos un cachorro, te recomiendo que lo aceptes, aunque sea “corriente cruzado con de la calle”; yo nunca lo hice.
“La cola del perro es un instrumento con el que el humano se ayuda a sanar sus catástrofes. Contiene el secreto del máximo perdón; por eso el perro se parece a las lagartijas: mátalo, y te seguirá moviendo la cola. Entienden todo lo que decimos; un discurso, si es necesario. Interpretan el motivo mejor que la gente; lo adivinan, al igual que nuestro estado de ánimo. El idioma entre nosotros y ellos es el tono, el énfasis, el volumen, la cadencia aprendida de nuestros movimientos, el olor del amo. Pero hay dos atajos para la plena comunicación: cada palabra razonada (la gente piensa que las asimilan solamente), y el silencio de la voz que obedecen, cuando se supone, según sus cánones, el amo debía hablar. Es en este último ejemplo donde el perro te sigue, y se echará a tus pies por horas, si es necesario. Son más prácticos que el siquiatra, porque adivinan nuestro mal de emociones a partir del fondo; para llevar luego el remedio en la forma perfecta en que te lame, o te vuelve a mover la cola.
“Me pregunto si un comunista, con verdadero amor en el sistema, tomaría como un lujo que hubiera, dentro del sueño más puro e ideal, un empleado público encargado de cepillar, mínimo, a veinte perros callejeros al día. ¡Con lo que les gusta! Estoy seguro de que bajaría el número de mordidas de canes en toda ciudad”.




“¡Maten al maldito chancho o nos va a volver locos!” –se limita a pensar el descriptor, empachado del arsenal de terroríficos chillidos que casi discuten su particular injusticia; implorando (uno nunca sabe) un vaso de tinto para el frío, allá en el maletero, en su improvisado refrigerador, catacumba o camarote; ahora que el bus, de nuevo, se ha detenido; pero el chancho no le da tregua a nadie; mientras a su dueña, acomodada al fondo del bus, le importa esto una pura y dos con sal.
La tregua de ese movimiento mecánico, el mutismo del motor, el simulacro delicioso que llega a sus oídos, a manera de breve descanso, incita al reportero a bostezar, tan profundo que ataja una lágrima cuando ésta apenas se dirigía al trampolín. Coloane se abre paso sin esforzarse mucho, entre la maleza creada por la rica modorra del enviado especial –la insufrible película jolibudense que dan en el bus se hace humo, como un gas exageradamente explosivo, que necesitaba de un fósforo para largarse a la mierda:

… El que ha visto degollar desde un hombre
hasta una oveja, y conoce el último grito de terror,
el mujido, el postrer relincho, y hasta ha creído escuchar
la exclamación de una mariposa clavada, sabe
cómo son de iguales estas últimas voces de la vida
en todos los seres.
La muerte no sólo iguala a los hombres, sino que
a los hombres con las bestias y hasta con
los gusanos.
Si en la vida tuviéramos en cuenta esto, nuestra
conducta sería muy diferente con los animales…


Cuando voltea hacia el oscuro pasillo, en un abierto giro de su cuello endurecido y la columna que comienza a sentir de plomo-médula, el cronista de este empacho institucional recuerda, como relámpago, una frase más de JP, ante su parpadear que parece enfocarla, audible y hasta olorosa –presta atención, intrigado, a la silueta a media luz de la tragicómica posición parlante de un pasajero, pegado a la ventana contraria, entre su pesadilla y la cabeza desprendiéndosele en la tercera vértebra-. Lo de JP decía así: “Hay posturas físicas que expresan más que el estar sentado. Por ejemplo, el dormir plácido”.
Divaga su mira incierta hacia los tres o cuatro andenes desolados, en la fría oscuridad de la pequeña terminal de buses de Curicó. La hora permanece extraviada allá abajo, entre los harapos de un vago, bien arropado, al amparo de un pequeño luminoso de Pepsi, sobre su cama de piedra.
Una viejecita, salida de pronto desde otro fluorescente de palpitaciones, extrae la enjundia necesaria para encaminar su carretilla, con la gruesa rueda que malabarea en un céntrico inexistente, esperando que una de las ventanas se abra al flanco izquierdo del bus; domina su distraidez ante el buen hombre que pernocta andrajoso, que no hace ningún ruido, cerca de ella. Ofrece, sin voz ni reclamo por el peso que pasea, en línea casi recta, acostumbrada a perdonarlo todo, hasta su locura, algo que los latidos en color naranjo de las intermitentes del bus, como anuncio de que sigue viva, devela bajo un manto fantasmal que protege la tibieza de sus tortillas de rescoldo, apetitosas a los ojos del representante de Televisión Nacional; cuando la anciana le deja ver sus manjares como si se levantara la enagua; y ese gesto de ella: “¡Cómpramelo todo, como si fueras un león!” –cinco minutos son suficientes para que despierten los que tengan que despertar.
El enviado especial abre su ventanilla en un impulso de visceral, gran ayuno en madrugada; su voz áspera, más por la inactividad de sus cuerdas vocales en las últimas horas, que por su naturaleza:
-¿Qué vende, señora? –su pregunta es obvia; tomando en cuenta las seis décadas, casi ecuánimes, del interesado en saciar su hambre con lo que sea.
Lo consiente la vieja, al tratarse de un forastero que, en el tono, el énfasis, el volumen, la cadencia de movimientos, interpreta el motivo olvidado por él mismo; y hasta el ánimo, su extravío de emociones. Lo único que no puede hacer ella es moverle la cola como tan bien lo hacía antaño; cuando, una vez, se le ocurrió competir con la Negra Ester , en nombre y respeto de Roberto Parra.
El empleado de la televisora saca la cabeza en un aire tan gélido que bien podría esperar la guillotina de una pulmonía –ni en este momento cesa el asqueroso aire acondicionante en el bus-. El vientecillo helado, que se cuela, logra que el mal sueño del fulano de gran guata , al otro lado del pasillo, recorte de tajo su ronquido perplejo, en una pose que lo salva de morir desnucado.
Mezcla perfecta es el motor del bus que se prende de nuevo, satisfecho de su armisticio de diez minutos. Gruñe junto con el porcino que murmura suspenso lo que se le viene; se dan ambos una tregua en el capítulo que nunca escribió Edgar Allan Poe.
-¡Tortilla de rescoldo, caballero! –se consagra la vieja- ¡Recién hechecita! ¡No se va a arrepentir; lléveselo nomás! –si la primera cinta de Drácula, el espeluznante Nosferatu, hubiera tenido audio en voz, éste habría sido, en tono, énfasis y volumen.
Estampa desolada con ligero tinte en amor de abuela, de perdonarte todo como perra sin cola; en el interrumpido canto vendimio de la estropeada mujer, sin competencia, con su viudez bien puesta; erizada el alma que se le filtra en el susurro hasta perderse, en la voz de bajo tenor del bus, listo a partir; ¡y la tímida piedad se reinventa, suplicante, acumulada, en el chancho maduro!
Él alcanza al ver, con ayuda de las luces del bus, esa manta que apenas envuelve, como madre abnegada, las tortillas; por lo visto en desprecio de los demás viajeros, con ganas de que no le quede ni una sola de las cinco; como si cada una fuera una lápida de hambre sobre ella.
-Dígame, ¿son realmente de rescoldo? Mire que es tan difícil dar con ellas hoy día. Sobre todo en los alrededores de Santiago.
La gastada madre de un chileno más, desaparecido en los setenta, al igual que su esposo; legada hasta que entendiese que entre ser libre y ser sola habita apenas un suspiro, descansa su carretilla en el ajeno pavimento de su emoción. Parece pedirle permiso a alguien para transformar su mirada susceptible, cejas de pureza, en el realce de asombro de sus arrugas; coraje manifiesto.
-Sin grano no hay gramos, caballero –este aforismo podría haberse plasmado en granito, en el patio principal de la Escuela Militar de Santiago, donde velaron a Pinochet, el causante de su libre soledad; antes de que la viuda de éste tenga congruencia de votar por Sebastián Piñera , como presidente de la república-. Sin ceniza, a veces tampoco hay vida; pero mis tortillas la tienen, con fuego de encino –agrega la bruja; su osamenta de canas al aire que persiste, lujuriosa; y ese aire que nunca pierden las hechiceras de bien, al saberse ganadoras.
La ventanilla del entrevistador es la única que se ha dignado, durante la nueva pausa del viaje. Benevolente redentor en pos de su apetito:
-¡Prepáreme todas para llevar! ¿Tienen chicharrón?
-¡Chicharrón y hasta carne de Cristo! – la vieja se apresura, con la velocidad de una tortuga preñada, a preparar el pedido más grande que le han hecho en los últimos meses-. ¡Dios mío de mi vida, que Jesucristo Nuestro Señor lo acompañe donde quiera que usted vaya! –y bla bla bla. Si su rostro no tuviese esa máscara fija, por el luto que la obligaron a lucir, hubiera dejado ver la contundencia de su arrugaje en una maléfica risita, sin aeropuerto.
Envuelve cada tortilla con esas curtidas manos de cóndor que un día volaron. También sospecha que el cliente es un extraño ilustrado, en ese modito de hablar tan especial, definitivamente de alguna zona exclusiva en la gran ciudad; esto la invita a obsequiarle un consejo, por si las moscas, directo entre sus ojos, para que nunca lo olvide –se pregunta la anciana por qué tendrá él ese parche negro, tan llamativo, en el ojo izquierdo, sujeto a una cinta que se pierde en su nuca-; y a la vez, para que no lo pueda ver claro; abrigada con su poncho hasta los tobillos de yegua que, antaño, procuraba mantener limpios de las moscas que no estaban a su altura.
Pantorrillas que hoy sólo un perro flaco voltearía a ver, olfateando lo que la mugre esconde por ahí; se le estiran de manera que su bracito de mineral carbonizado alcanza, una y otra vez para completar casi media decena de tortillas de legítimo rescoldo, con olor a provincia, a VII Región.
-Son cinco luquitas , caballero –frente a frente, ella abajo, él arriba, como debe ser. Ella lo advierte al interpretar el presagio de su aroma, en el abuso de un vino joven que su cuerpo no puede, todavía, desechar del todo.
A manera de despedida –sin que haga falta algo semejante-, la fea, maga lechuza, saca al fin de su caldero invisible la advertencia –que momentos antes era consejo-. El comunicador no la entiende de momento; pero la acepta de buena gana, rendido por ese talante de complacida salerosa, quien parece querer arrodillarse ante el verdadero Cristo en la cruz. No se decide entre el parche y el único ojo de él. Frunce el ceño aún más, al espasmo de su mirar que casi no brota; se muerde el labio inferior. El entrecejo que al enviado especial también se le arruga, curioso, ante la momentánea pausa, casi secreto en redención de ella; cuando se escucha ese sello de hada añeja, a manera de voz; con el motor del bus en ascenso y el chancho preparándose para el siguiente interrogatorio:
-Tenga cuidado con el león –murmura la vieja-. Dicen que no puede hacer daño; pero sus garras pueden matarlo… -ni la patrulla de carabineros, allá afuera, imagina que la señora carga, desde hace treinta y dos años, con un arma de fuego, sin balas, bajo su falda; con intención vana, noche sin día, esperando la revancha ante un milico.
Reinstalado al volante, el chofer hace un par de movimientos, comprobando que el paquidermo de metal está listo para partir. La bufanda, tan oscura como su pequeño espacio, cubre de nuevo al entrevistador hasta la barbilla. El chancho no está dispuesto a confesar; si es necesario gritará tan fuerte que lo escucharán en Coquimbo esta misma noche, en un “oinc-oinc” mucho más que definido en la simple testarudez. El feliz comprador de tortillas convierte en maraña sus dedos -que tanto han tecleado máquinas de escribir o computadores, por todo el orbe; donde la noticia, más que ser de carácter mundial, siempre resulta el mejor pretexto para los anunciantes en la televisión- dentro del bolsillo, hasta que palpa lo que le parece, entre un pedazo doblado de papel higiénico, el billete que busca, también en dobleces para regalo. Así se lo da al aire a la vendedora, estirándose de nuevo hasta su ombligo, a través de la ventanilla; con ganas pero sin tiempo de pedirle una explicación a eso que quería ser consejo, pero luego derivó en advertencia; y que él resume en reparo, lección o aviso a tiempo.
La bruja buena intercepta el billete, como la primera golondrina de su último verano. Siente su suavizada textura a fuerza de tanto manoseo, en una especie de tela que bien valdría, además, cinco lucas en el lomo de una parvada de gorriones; cuando el bus, perezoso, como caballo veterano, negándose a seguir la migración, se deja cortejar en reversa. La anciana abuela se le pierde de vista al de Televisión Nacional, entre el humo espeso que el dinosaurio exhala en cortina de un adiós necesario. –La escena, sin ningún motivo para olvidarla.
De nuevo en marcha. El cansancio se le planta más profundo en la espalda alta –resaca, falta de sueño, prolongado regreso; la verdad declarada en esa cita, que nadie sabe que existe.
La vieja, deforme en su curvatura, deja de lado su carretilla al viento, además de que sabe que no llegarán más buses esta madrugada; comprende que es el segundo ideal, ni uno más ni uno posterior, para probar suerte con un pipeño bien concentrado, a la salud de su renovada tiniebla; y de aquel extraño tipo de un solo ojo, brillante como cristal de lata, entre su cabello negro que se evidenció sin ducha; la palidez del semblante demacrado en toda la geografía de facciones agudas. Y hasta el cabello de ella, cuando el enviado especial la observó tan viva como para soñar en que era toda castaña, candela y hasta fruta; como su hijo. –Al esposo muerto, le debe llegar el aroma que sube desde el asfalto, con presagio de chicharrón. Perspicacia en extremo con los andenes al fin vacíos; sus piernas chuecas no parecen tener problema de sortear cada piedra; la distancia más corta entre su pasado, sin juicio de por medio, y el corto futuro del vagabundo, a quien despierta de su cama-derroche, sin contemplaciones, para contarle la gran noticia; cuando el bus es sólo un lejano murmullo:
-¡Despierta! ¡Despierta, weón! –le clava su pie inerte a estribor-. ¡El león está vivo! ¡Está vivo!
Al enviado especial le queda dinero para llegar a su casa, en el sur de Santiago, gracias a la hospitalidad de JP. No está dispuesto a gastar ni un peso más de lo correspondiente al alojamiento o la comida; pero bueno, es bien sabido que, cuando el objetivo es primordial, el medio es lo de menos: el asunto del vino, JP aceptó que fuera patrocinado por él, a partir de la segunda velada.
El verdadero pasmo es para el pobre chancho, de sesenta kilos de peso. Colmillos al mejor postor que se hubiera atrevido, hace diez minutos, a ofrecerle un ron con coca-cola. Reanuda su danza de rebotes y quejas; preguntándose el editorialista, al tragarse el tercer bocado de tortilla, exquisito, indiferente a las novedosas magullaciones del cuadrúpedo, cuántos anónimos caminos habrá a lo largo de esta autopista, con un pozo seco o un caballo caliente –sobre todo por la extraña falta de lluvia, que le tocó durante todo su viaje-. Una vía de escape más noble que la de aquel gringo, aprendiz de apócrifo-neo-nazi, en Concepción. A este tipo le urgía encontrar un McDonalds para sobrevivir a su casi-vida, una hamburguesa plástica que no tuviera nada que ver con Hamburgo, ni con la mínima burguesía en costumbres de la ciudad, en el restaurante Fuente Alemana; donde su hambre tuvo que meterse a deglutir una ración natural, de esas que comen las personas normales.
Ese gringo, de afortunado anonimato, ni por sus sentidos en obsolescencia le pasó que Concepción es la única ciudad en el mundo donde la plaga de McDonald’s se fue por el mismo camino por donde llegó, sin caballo, pozo ni amante que le revelara que, en esa ciudad chilena, lo culinario puede reemplazar a un insípido hot-dog, a cambio de alimento comible, en interesante, hasta la fecha, sazón chileno-alemán.
“Reconozco que la coca-cola –decía JP- no sabe a nada la weona; pero la maldita se siente más que todo. Es una lástima que los lémures no la hayan probado. De haber sido así, hoy el humano estaría planeando vivir en Júpiter; pero parte de la cartografía de la Tierra ya se hubiera vuelto obsoleta, porque los satélites serían el laboratorio de producción de la Twenty Century Fox. El gringo aquél, del que me cuentas, nunca pudo haber sembrado su semilla en un sendero que luego se convirtiera en camino”.
El periodista coloca, dentro de la red ubicada en la parte posterior del asiento de adelante, la lata vacía de coca-cola light que compró en un almacén de Talcahuano. El último trago, apenas con gas, le ayuda a liberar el postrer bocado de un cuarto de tortilla –hace rato que subió las otras cuatro, bien envueltas en fugaz calidez, arriba de él, en el portamaletas; por encima de la pequeña valija que protege su escasa muda y media de ropa; y la grabación cómplice, bien sitiada la grabadora digital en una polera sucia, con innovadora decoración de gotitas de vino y chicha.
Se dispone su cuerpo a estirarse, feliz de que el asiento de al lado siga vacío; no obstante que en Curicó bajaron nueve o diez pasajeros, subiendo otro tanto. El sabor que le deja la tortilla incluye, seguro, un poco de ese Cristo que la vieja le exorcizara; lo ayuda a despedir la abstemia molestia de la resaca en huída. No entiende cómo a JP no se le subió nunca a la cabeza ninguno de los tres litros de tinto que entre los dos se tomaban a diario.
¿Cómo era ese párrafo de Coloane? Total, antes de dormirse, vale la pena releerlo. Por ahí debe estar.
Lo busca –encuentra el libro bajo sus nalgas-, pasando cada página con la soltura que da el conocer, sin llegar a la absurda perfección, el vecindario completo de una obra. Hasta el motor del bus, allá atrás, se reserva el derecho de ruido en sus oídos; y es que pide la palabra don Francisco Coloane; musicalizada la escena, por lo visto, con uno que otro jadeo y estertor suave; al parecer, patrocinio de la dueña del chancho.

... Cuando uno se despierta de una borrachera es como si
resucitara, y creo que los que no son viciosos beben a veces
para morir y renacer, variando así con estas etapas la monótona
continuidad de la vida.
Es realmente un volver de la tumba: los huesos y las uñas duelen
como si se hubiera escarbado la tierra, en los párpados se envuelven
telarañas de sueños y en los labios se siente un regusto a eternidad…


El templado desazón del pasajero del asiento número diecinueve se disipa un poco más al haber leído esto; pero ahora lo persuade el simple hecho de entregarse al sueño, a cambio de resucitar; permitir que se muera esa parte que ya no es él; renacerse esculpido de sí mismo. Los huesos y las uñas tendrán su tiempo, a partir de mañana, de cubrir más de una tumba; las telarañas harán el resto. Y si Televisión Nacional logra venderle a sus patrocinadores cada monosílabo del nazi aquél, su pellejo ya está medio salvado.
Apaga la quebradiza lucecita azul arriba de él; pero de nada le sirve porque el conductor, además de poner otra de sus cintas de espanto, en el par de pantallas miniatura –alejadas del periodista, por suerte-, no se le ha ocurrido todavía fundir en oscuridad el pasillo; luz amarillenta que recuerda alguna madrugada bochornosa, en la posta central. Triste esplendor en ocre brilloso que le permite al cronista –encogido en sí, con una estrujante trabazón de sus brazos sobre el pecho; el cierre bajado hasta la cintura, por el molesto y a la vez necesario aire acondicionado, convierte su bufanda en una especie de capullo abierto, vacío-, descubrir, en el grueso cristal de la ventanilla, esta adivinanza:

ESCAPE
Quiebre la protección
Saque la alza
Empuje la ventana

¿Se tratará de una confinada derivante de mapudungún-castellano, hasta con tintes de español antiguo? Está claro que la cosa tiene más que ver con una salida de emergencia que con una entrada a laberintos del idioma. Pero ¿por qué le piden que escape? ¿Tendrá más bien relación con eso de que tenga cuidado con el león?
El chancho es canto, arrullo frustrado, anarquía sometida.




II
Dar con el domicilio de uno de los mejores periodistas que Chile ha dado, en toda su historia; entre la espesura verde, potente, aguda, vigorosa; de la parada de buses al camino, al sendero y luego al atajo, fue algo semejante, valga la comparación, a lo que contuvo el largo viaje que el capitán Willard emprendió, por orden superior, para asesinar al general Kurtz, en la cinta Apocalypse Now; con la diferencia de que la “misión secreta” se la ha auto-impuesto el enviado especial.
Al fin cerca, como el gato contando los segundos para dar la primera pirueta, lo siguiente que le sale al paso es un custodio que no pertenece a ningún ejército, en camuflaje de paisano; a quien los vecinos países de Chile le tienen sin cuidado; tranquilo, sobre una roca desnuda, al pie del matorral sin salida, bien sabe su encomienda: “Desconfía de todos, que nadie pase sin decirte qué weá quiere aquí. Si las cosas se ponen difíciles, silba fuerte, como te enseñé” –fue la orden de JP, dada más de diez ocasiones a otro tanto de tipos que, por el aburrimiento de su función y el escaso sueldo, han desertado desde hace dos años.
Esta vez el mandato es diferente. Inaugural oportunidad en que al fin un ser humano podrá entrar al límite invisible; pero el hecho de ser bienvenido no es cosa clara, todavía. La primera entrevista que otorga JP en lustro y un tercio. Tres son los elegidos; pero cuando un solo hombre comienza a murmurar la cercanía con sus pies, entre el fango y el roce de las ramas, el vigilante en turno, un tipo recio, de baja estatura, mapuche que sabe manejar su revólver, y que silba más fuerte que la conchesumadre, se pone en guardia, exigiendo el alto sin contemplaciones.
Por suerte el periodista atina a recordar la contraseña:
-“Los poemas no deberían titularse…” –dice, con voz firme; sus latidos a mil. Sabe que está en el lugar justo para ganar o perder.
-¿Y los otros dos? El lonko dijo que eran tres – satisfecho de la contraseña, volteándose en seguida su gorro de la Universidad de Chile, observa la fatiga del caminante, con su pequeña maleta a la espalda; las zapatillas repletas de tierra húmeda que le dan un toque de abandono a su expresión; pero el parche en su ojo le sugiere al guardia cierto respeto, que aumenta al escuchar la voz firme del recién llegado:
-Vengo solo. Lo puede comprobar si quiere.
-¡No compruebo nada! Si alguien más viene –apuntándole con el arma-, o si desembarcan, los escucharé. Mejor sin trampas, porque el lonko se va a enojar. Tengo orden de matarte, si es preciso. Camina agachado –frente a ambos se perfila un estrecho camino en subida; más allá, embarcaciones en sosiego del ejército chileno-. No debe verte nadie; aunque más de uno sabe aquí que iban a llegar. ¡Dónde están los otros! –repite nervioso el guardia.
-¡Por la chucha que vengo solo! ¡Llévame con él! – entre la patente en trámite de su miedo y las ganas de llegar al fin a su objetivo, la frase del corresponsal suena con tal calidad de caos, en cada sílaba fusionada, que el tipo, pistola en mano, parece adivinar algo familiar, mostrándole al viajero el perfil de su intacta dentadura de indígena.
-¡Anda! –ordena-. ¡Vamos arriba! –sin faltar, en el tono de sus palabras, la sentencia de que el ascenso será por propio riesgo del visitante.
El supuesto engaño medroso se le fue resbalando de su ímpetu al centinela; acunado entre esa pacífica penumbra que, a menos de cien metros, envuelve en húmedo desierto la pequeña casa; y dentro de ella a JP, al mimo de un poético mapudungún que parece recitar, sin memoria, una joven mujer, morena oscura, tanto que brilla cada facción de su rostro en belleza resguardada por sus ojos precavidos. De pronto su transparente voz en crisis, al ver llegar al par de hombres; vestida de buzo, como humilde muñequita, un poco en malgaste por las circunstancias normales; levantándose, en perfecto pretexto para evadirlo todo, a avivar el fuego en la cocina -más allá del rústico living que el enviado especial apenas atisba-; pero una voz espaciosa se lo impide. Astuta por risueña; cuando la silueta sin sombra de JP figura en hibernación cautelosa; éste dobla una rodilla, indicándole a la chica, con sólo un ademán y cada arruga de su rostro, aún cosmopolita, que más tarde proseguirían con el corte de uñas –sólo le falta un pulgar.
JP está entero, en lo que cabe, dentro de su normal cansancio. Desde un principio llama la atención del bienvenido su respirar sonoro, profundo, dándole a su figura mayor distintivo.
Parece todo aquello un socavón miniatura, por la resonancia de la voz pausada del viejo. El hogar huele a lo que huele un baúl que se abre por fin, después de años, revelando el caudal. No hay una sola cortina en las ventanas, ni adorno en los muros.
El jefe de esa casa habla:
-Espero que no te arrepientas de haber venido a este sub-mundo terrícola.
Desde la puerta, el vigilante de allá abajo le hace un guiño a su lonko, indicándole que nadie más ha osado subir. El invitado advierte el pestañeo que se le hunde a JP. Por su parte, el guardián se retira en trote manso, satisfecho de la situación, para regresar a su puesto.
El enviado especial, con su único ojo habilitado, trata de impregnarse, de inmediato, de todo lo que le rodea.
JP vuelve a hablar:
-Hay ocasiones en que un accidente, en el transcurso del tiempo, logra crear la verdadera vocación de una persona. Aptitud no innata en ella desde un principio; pero esto no garantiza que dicho don lo disfrute o lo sufra. Estás aquí para entrevistarme. ¿Conoces el riesgo? –la niña bonita regresa para colocarle, ágil, a JP, el otro escurrido calcetín inodoro, de color negro, en el pie izquierdo; pero JP se niega a ponerse las botas. Se siente una tibieza que acoge a toda la pequeña casa.
-Aunque sea una de las máximas luminarias de Chile, si pocos lo reconocen a usted, creo que el riesgo es relativo; pero lo asumo –respuesta con entereza, pero en cierta dosis de ingenuidad, debido a lo impresionable que aún domina al editorialista de The Clinic.
-No seas presuntuoso; esto no va a ser tan fácil como piensas. Yo no soy un payaso de moda –¿finge JP en un pincelazo de molestia?-. Me encanta que sólo tú hayas venido; porque no viene nadie detrás de ti, ¿cierto?
-Nadie, le doy mi palabra.
-Tu palabra vale en la mirada. Te creo. No me importa la razón. Por algo elegí tu nombre; los demás eran accesorios, reemplazables.
“Éste es el primer día desde que mi familia aceptó que, lo mejor para mí y para ellos, era retirarme (entiéndelo como hacerme a un lado, mas no olvidarse del oficio), en que alguien se digna recortar las uñas de mis pies y de mis manos –alusión a la mujer joven que acaba de salir del cuarto-. A Miguel Enríquez le gustaba comérselas. Pero no por recelo o aprensiones externas, sino por esa manía que tuvo siempre de proteger, con toda razón, a los suyos.
“A quien le gusta hacer esto, o remoler los padrastros con sus dientes, practica cierta clase de canibalismo, en su más elemental concepto. Es más, todos somos auto-caníbales al tragar nuestra saliva, ¿no crees?
El periodista, recién apeado de su travesía por tierra, jugosa, salpicada y chorreante de un enigma, tiene que hacer esto último: refrescar su garganta con un trago más de saliva, acumulada desde que se encontró con el aspirante de recluta, allá abajo; poco antes de consultar el plano del sitio exacto que alguien le enviara por internet, antes de su viaje; inquieto, comenzando a acostumbrarse al estrecho espacio, a algún murmullo de la marina en el muelle, y hasta un perro de ladrido nervioso por ahí.
JP reposa su cuerpo regordete sobre el colchón, en esa cama de madera; advierte que su huésped al fin recupera el aliento:
-¿Te piensas quedar de pie todo el día? –JP se cubre los hombros con una gruesa frazada, serpenteante desde los muslos. Lo invita a sentarse, sin protocolo. No obstante la hora, la mujer de una sola ceja debe estar preparando la cena. Su canto persiste, se les filtra a los dos en murmuración alerta.
Todo se siente mejor dentro, a partir de que el informador descanse su agotamiento –del avión al bus y del bus a la micro-; pero a JP le da la gana comenzar su sinfonía de trampa; para empezar, en relación a las zapatillas con barro del recién llegado. Le dice:
-Hay dos clases de personas, según la postura que, en determinado momento, deciden tomar en la vida. Los que dicen: “yo he pasado por eso”; y los que callan, al saber que ellos le han enseñado a alguien “sobre eso”; aunque tengas los pies repletos de barro –aquí también se le ocurrió aquello de: hay posturas físicas que reflejan más que el estar simplemente sentado: por ejemplo, el dormir profundo-; y qué mejor ejemplo que la mujer embarazada, que no puede enamorarse de otro hombre durante su embarazo, cuando éste ha sido por amor.
En un parco ritual sin colorido, a lo largo de cada resorte de su amplio colchón, apenas cubierto de una sábana con sabor a aceitunas de Rancagua; confundida otra en el suelo, entre frazadas, acariciantes en un frío abrazo al final de la cama sugerente, JP se acomoda melindroso, pero acostumbrado a ese mimo de meses acumulados; animándose a revelar lo que ya se adivinaba en cada resquicio de esa morada:
-La muchacha que viste salir de aquí, me dijo anoche: “¿Sabes lo que es el amor? El amor es decirte quiero tener un hijo tuyo. Sé que ya no estoy en edad, pero sigo haciendo mi mejor esfuerzo. ¡Imagina!, ¡mi hijo mapuche!
“Hubieras visto sus párpados cuando dormía, hace dos horas. Se impregnaban de su vista en sueño, moviéndose de arriba abajo, sin pausa, por largo rato; y así nomás, la ceja que se le sube, murmurante, como si hubiera dado con nuestra hija en visión pertrecha; al tiempo que se arrullaba toda ella.
“De haber llegado antes, verías que le daba la luz del sol en sus ojos cerrados, sin maquillaje. Hace rato los cubrí de sombra con mi mano, olorosa a su sexo. Los movía con tanta agitación... Me pregunto si lo hizo porque se va a preñar o porque llegabas tú”.
Respirándose a sí mismo en un segundo ineficaz para el caso, el enviado especial no entiende del todo la intención de lo que JP dice. Dándose cuenta de que la idea que expone no ha terminado. Lo deja seguir:
-… Pude ver su sueño; perseguía un volantín en vista extrema. Las nubes aferradas al resplandor naranjo entre el sube y baja del endeble volantín, que créeme, estaba en peligro de incendiarse entre ellas. Vibraba completo el papel cada vez que jalaban de él, liberándolo de lo que iba a ser, al rato, un chubasco prendido de arco-iris en carmesí potente; pero no me quedó claro si era ella la que esperaba en tierra. Llegó el momento en que la explanada del sol se concentró en una especie de túnel, en el horizonte lejano; cuando el volantín, intacto todavía, bajaba definitivo; pero por poco se mete en una acolchonada nube de fuego. Los ojos de ella, esta mujer que quiero tanto, se seguían moviendo bajo sus párpados, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda; a ratos subían, sin bajar”.
JP, dentro de esa burbuja en que de pronto de convirtió el cuarto, se recoge en su inclinación pensante, con una gota más de meditabundo que de ausencia. Ve nítido el sueño que acaba de contar. El reportero, en espera respetuosa, cauta, respirable, para no perturbarlo en el silencio en ebullición.
-¿Te satisface el cine de Luis Buñuel? –le pregunta JP; sintiéndose, el cronista, sorprendido por el giro que la mente del viejo da a luz de pronto; pero JP simplemente se pasa a la habitación contigua de su cerebro.
-Eh… a pesar de ser cinéfilo no conozco mucho a Buñuel; pero…
-Pero seguro que recuerdas lo que sigue dictando, sobre Buñuel, el manual de malas costumbres del intelectualoide –mofa abierta, declarada de JP-. Más tarde hablaremos de esto. Mi muchachita pudo haberle confiado a él dos o tres historias para un guión sub-surrealista.
Un nuevo trastorno de mudez; el no saber qué decir de inmediato les va enredando la lengua; pero al mismo tiempo sienten que se entrelazan. Pesado mutismo instantáneo que amenaza con expanderse una docena de veces, cada una de ellas menor a la siguiente; donde JP inclinará su cabeza sobre el oloroso aire de su morada, por cualquier motivo aceptado; como ahora lo hace, pidiendo permiso para orar, justas sus manos a la altura de su mentón plagado de canas:
-Santo ángel de mi cama, dulce compañía, no me desampares en la noche, vida vía… ¡Deja de mirarme de esa manera –se refiere al huésped; quien apenas se mueve sobre un pedazo redondo de tronco mutilado; el cual tiene, desde hace más de un siglo, la mejor intención de hacer las veces de cómoda silla, dentro de esa casa vetusta, pero cómoda; a dos metros de JP-. Si no eres experto en lo fácil –agrega a su regaño el anfitrión, blandiéndosele un poco su rostro-, es porque te aterra, o no sabes hacer lo difícil.
“La última vez que fui a Santiago era verano. Exclusivamente para escuchar música de Piazolla. Adiós Nonino era la pieza que yo necesitaba, la que más me gusta de él. Fue en el teatro Baquedano. Guardé todo el concierto en una grabadora digital, parecida a la que aún no te atreves a sacar de tu maleta, para tener registro de mi voz destrozada –JP se fabrica un gesto de caricatura que hace sonreír al enviando especial; parecido al que a diario ha de practicar, frente al espejo, un cantante de moda-, por culpa del cigarrillo, que ya dejé –agrega-; y del vino, que no pienso abandonar; al igual que el viagra, a pesar del terrible dolor de cabeza que me provoca esa pastillita.
“Aquél día llegué a Santiago solo, en bus. Tuve que pagar un taxi porque ya se me olvidó usar el metro. Fue maravilloso, sobre todo el violín solista. Con el espacio en el tiempo necesario para hacerlo disfrutable, hubiera dicho el mismo Astor Piazolla”.
-¿Lo conoció? –por primera vez aparece el convidado; pero todo resulta en una omisión sin mucho éxito:
-En la madrugada del día siguiente –lo elude, sin intención deliberada, JP- ya estaba de regreso aquí. Pero de retorno a la Estación Central me vine del brazo de un buen uruguayo que se dirigía a Mendoza, y que también asistió al concierto. Éste se sabía mejor que cualquier guachaca todo el metro de Santiago. Ahí nos pasó algo interesante que sigo recordando como anécdota fuera de lo común. Íbamos de pie, en hora pico, y así, de pronto, imagina esto: escucho el reproche, en carne abierta, de un fulano que gritaba con voz aguda y su rostro temible: “¡Qué me ignoran! ¡Conchesumadre, qué me ignoran!”. Lo fue repitiendo una y otra vez, hasta que se bajó en una estación, reclamándole a todos su infortunio; cuando éste, reflexioné, era un camino de regreso en su mente, sin haberse dado cuenta del camino de ida. Un tipo de lo más común; pero también fue para mí un Quijote con cruz al hombro.
-Usted, en la capital –el enviado especial sabe que esta vez su pregunta no pasará anónima. Necesita orientar la entrevista, según el cuestionario; basándose del mismo modo en la versión alternativa, que sabe de memoria-, podría aparecer en la primera plana de los diarios, si quisiera –se trata de una vertiente que es necesario explotar al máximo, para que el auditorio de la tele no cambie de canal; sumergido hasta el cuello en la confianza que le está demostrando JP.
Pero el veterano héroe-periodista tiene el cuerpo agotado por la diabetes; más de una dolencia heredada de esa reclusión nocturna que, por más de un año, Pinochet le obsequió en los ochenta; sin contar el drama, traducido en incendio, de su propia casa en maniobra de atentado; o el proyecto de cuasi-exilio en México; las constantes persecuciones en su automóvil, en Santiago. Sobre todo la suerte despavorida que lo acompañó cuando la BBC de Londres se puso a filmar el lapso en que la rapiña del dictador chileno lo raptó, sin más para desaparecerlo, a las seis de la mañana de un día que todos desearíamos olvidar, en una de tantas salidas de su reclusión nocturna; y con él, a su histórico-heroica revista Análisis, en la que se jugaban la vida, cada edición, más de los que podrías contar con los dedos de tus manos que sostienen ahora este escrito.
Al recordar a sus amigos muertos, en aquel tiempo, JP decide no responder; evita el tema, tan chocante para él; aun cuando, por conocer la trayectoria, la línea, la mano que más sabe apretar el reportero, sin amarras de por medio, entrevé que la intención de éste es que las generaciones, desde el año noventa y uno hasta la fecha, conozcan la historia del último héroe en vida de éste país –no hace falta repasar los títulos honorarios que a duras penas carga algún ex presidente sin méritos, o un político enfermo de protagonismo, desde antes de 1973-; pero JP es tan experto en lo fácil que logra lo difícil con la mano en la cintura. La respuesta que da, a la pregunta del glamour de los diarios en primera plana, es, pero no es:
-Si Colón hubiera sido una mente superior –sus ojos, que parecen adormecerse en lasitud de cada párpado bajo, estudia, palabra tras palabra que dice, la reacción de su escucha-, no le habría revelado a nadie el secreto de la Nueva Ruta. Lo dijo Luis Pawells, en su libro El Retorno de los Brujos. Déjame así –es lo que pide su amable evasiva, con el deseo trenzado, topografiando el suelo que huele a rústico. Las almendras sin cáscara, un manjar medicinal para él, comienzan a desfilar hacia su boca, aventándolas con su mano derecha hasta el fondo de la garganta; que la izquierda se encarga de almacenar el puñado. Junto a su almohada la bolsita llena de semillas. Ese mastiqueo le gusta al inquilino gratuito; quien termina de escucharlo-. Lo único que no hay que eludir es el derrotero, el itinerario que es preciso mantener abierto y alerta; y si te secan el alma, procura que cuando esté bien seca, se te incendie.
Su gesticulación, que a veces es boceto, contiene un cariño expresado en presente; retrayéndose a veces sin que él se de cuenta. Lo que le tenía harto de Santiago era que le reconocieran de vez en cuando; pero lo lograba uno que otro, con su barba recortada desde antes del tiempo de la nueva Independencia. O en la voz, cuando se daba el libertinaje de ir a cosechar un poco de marraquetas del día.
-No vuelvas a preguntarme algo que, cuando tengas mi edad, trates de olvidarlo –esto se ha convertido en reclamo, por parte de JP-. Los detalles son siempre una especie de morbo, cuando se le dan a las masas.
El enviado de TVN manifiesta, en dinámica cortesía; ennobleciéndose a sí mismo:
-No olvidaré nunca este encuentro, caballero –su vista parece seguir la ruta de un carrusel desbocado, por no decidirse entre enfocar el ojo izquierdo o el derecho de JP, a través de su parche negro.
-En ese caso –la leyenda sentencia, irónico-, no creo que haga falta dar a conocer a todos esta amena charla; que por poco, se convierte en desencuentro fortuito, para mi desgracia. Está siendo un verdadero placer esta conversación. No tiremos esto a la basura. Yo soy el paciente; tú el siquiatra; eso es todo. Habla.
-Usted sabe que estoy aquí porque me envió la televisora. En Santiago esperan mi regreso; le dedicarán un programa completo. El video lo podemos sustituir con imágenes de archivo. Creo que es justo que los jóvenes chilenos, que no saben más allá de los que les sucedió ayer; pero entre éstos, los que de verdad se interesan en asuntos como el que nos compete, sepan quién fue el protagonista principal más anónimo del Chile contemporáneo.
Sin contar ese acento, afectado por todo lo que envuelve a la metrópoli, tan mundano como engañoso, JP rescata, en las palabras del comunicador, vehemencia en la intención. Sabe que no hay motivo que le preocupe; pero sigue siendo cauto:
-A ver –no se perturba ni modifica la faz de un lunar de su rostro-, ¿pretendes convertirme en otro payasito de la tele?
La buena fe del periodista dobla las manos, al reconocer la razón de JP:
-Usted gana; pero déjeme grabarlo en audio –treinta y cinco minutos han sido pasados por alto.
El lobo juega con una oveja que tiene disfraz de lobo:
-¿Me voy a transformar en fetiche, que en un mes más circulará en el mercado negro, entre los libreros de San Diego ? ¿Por qué tanto premio, si hay tan poco talento? Si quieres bajar de peso, siéntate a ver tu maldito canal de televisión; o el que sea, que para el caso es lo mismo. Si algo aburre –cambia la idea de nuevo-, hizo falta que al principio tuviese cierto interés; para que sea en verdad vulgar, necesitó cierta dosis de gracia. El punto medio podría consistir en ver la tele hoy día.
-Le doy mi palabra que jamás se transformará usted en un amuleto. Y mire que se la he empeñado a soldados en Oriente Medio; usted lo sabe. ¡Usted lo sabe! ¿O no? –el visitante exige, en grito y encomienda de su currículum, un poco de fe.
-Lo sé –JP asiente; es ahora él quien se descubre demasiado exigente, inflexible.
-Interprételo como un talismán personal que, sabe bien, guardaré con todo celo en un cajón de mi escritorio. Tome en cuenta que usted –añade el enviado especial-, al aceptar la entrevista, dio por un hecho que, aparte de mí, estaría un iluminador y un camarógrafo.
-Te creo –JP necesitaba comprobar estas cosas; verlo todo de frente, tener evidencia manifiesta. En una subjetiva oportunidad de egoísmo desinteresado, pero latente en su obra hacia el pueblo, es hasta lógico para él que debe trascender en alguien, ojalá en muchos, lo que él mismo vivió para que no se repita.
Como apuesta millonaria sin ganador, el enviado especial revuelve su maleta, color verde opaco, hasta que palpa, en el fondo, la grabadora digital y dos hojas con corchete; una legión de arrugas en cada hoja. Las desdobla sobre su muslo; el pulgar presiona “play”.
(No es que JP pase por alto la mediana incomodidad de su huésped; lo que pasa es que nunca se fija en detalles de esta índole; sin considerar que éste último se ha reacomodado un par de veces sobre su pedazo de tronco, angosto, lo suficiente para que el filo le lastime un glúteo, y luego el otro. Así se turna esa molestia a la que se ha ido acostumbrando; hasta que inquiere a JP el experimentado reportero, eligiendo al azar cualquier pregunta, excepto la primera:)
-Dígame, ¿es verdad que Roger Hudson, el vocalista del famoso grupo de rock, Supertramp, estuvo alguna vez en Concepción?
-Tan verdad como que yo me llamo Juan Pablo. Y qué mejor nombre para Concepción -¿está de nuevo tratando de evadir el tema?-; buen mote para una ciudad donde casi todo ha sucedido en la vida política y militar chilena; hasta la visita de artistas como Roger.
-Se refiere a él como “Roger” –intercepta el corresponsal el mensaje inverso; a la vez que se sale del script, como buen husmeador del detalle, para beneplácito de la Jeanny, su pareja-. ¿Sigue en contacto con él?
-No –aparece un gesto de nostalgia en JP-. Desde que se fue no lo volví a ver ni supe nada del buen Roger. No hacen falta esta clase de cosas cuando te identificas realmente con alguien. Respecto a él te puedo decir que prefiero a la gente sencilla que a la interesante; pero más a la que es interesante por su seductora sencillez. Él era el pasmo de lo natural; cuando a alguien le da por demostrar su rebeldía, exteriorizándola, de la manera que sea, en ese momento duda de sí mismo como rebelde. Nunca falla esta sentencia. Los tatuajes reflejan solamente miedos.
JP aspira lento, como costándole trabajo jalar el aire, lo que parece un suspiro camuflado; con los ojos en el techo blanquecino del cuarto. Quiere adaptarse al recuerdo que le surge:
-Roger se preguntaba por qué, un vuelo, por ejemplo, de Nueva York a Londres, duraba el mismo tiempo de ida que de regreso. Si razonas, la Tierra gira sobre su derecha; basándose en esto, se supone que un vuelo de Europa hacia América debería tener un menor recorrido, por el movimiento de rotación del planeta, en relación a uno de América a Europa.
Otro puñado de almendras que el viejo remuele en esfinge de rezongo-bisbiseo, por debajo de su voz bien marcada en la grabación que prosigue perfecta. Cierto ruido allá afuera lo distrae; pero vuelve al grano:
-Recuerdo que a mí se me ocurrió esa misma velada que la próxima guerra mundial resultará algo parecido a un sorteo de la FIFA: darle forma, desde el Pentágono (o tal vez desde Beijín, uno nunca sabe), a seis u ocho grupos de naciones clasificadas; echando mano del peor cinismo al extraer una esfera de cada ánfora, cada una con el nombre de estos países, según el poderío militar y económico de ellos, tal y como lo hace la FIFA cuando va a haber mundial de fútbol.
“Comenzarían por las cabezas de serie; luego los pueblos emergentes; al final, la escoria, pero no cualquier escoria. En esta ánfora solamente serán dignos de entrar las patrias soberanas que poseyeran algo que codiciasen las cabezas de serie. En octavos, cuartos, semifinales y la final, las sorpresas se reducirían, lógico, a cero; el fair play sería un error fundamental, una grave falta al reglamento, que protegería, sobre todo, a la escasa reserva petrolera en el mundo, a favor de las cabezas de serie. El título a refrendar, sin pretexto, cada determinado número de años; a diferencia del reparto que se hicieron Stalin, Churchill y Roosevelt, al término de la Segunda Guerra Mundial.
“Lo del fair play se interpretaría desde otro punto de vista, para velar el bienestar de las potencias mundiales: no se permitirá el uso de armas que pudiesen poner en peligro a éstas. La misma mierda que hace la FIFA: producir dinero. Una guerra obligatoria, por decirlo así, que incluso se llevase a cabo en El Salvador o en Sudáfrica, para hacer más democrático el asunto”.
-¿Dónde cree usted que sería el primer mundial pendenciero? –pregunta el enviado especial, interesado.
Pendenciero! ¡Me gustó!... Ésta es una pregunta que le hice a Roger, y al puñado de bohemios esa madrugada; y que ahora te hago a ti.
La sensual mujer de una ceja pide permiso, muda, sin poema murmurante, para entrar a la habitación acompañada de un par de platos de loquitos con limón. Las glándulas salivales del reportero se ponen duras, tanto que tiene que pasarse un trago de su propia canibalez; para luego decir –se escapa de la pregunta de JP:
-Suena interesante lo que dice –la mujer se ha ido, como liebre cantadora a otro lado-. Supongo que los misiles trasatlánticos, convencionales, que salieran de Europa hasta América, para el Mundial, llegarían más rápido que los enviados por Estados Unidos a las islas griegas.
-¡No se me había ocurrido! –JP descubre que el enviado especial, además de una mente ágil, tiene buen nivel de sentido del humor-. Además es sutil tu observación: “transportación de misiles para el Mundial”, ¡ja! Creo que te hubiera gustado conocer a Roger –agrega JP-. Fue una lástima que haya sido puesto en subasta, en su más vasta expresión.
Al editorialista le ha gustado el juego de palabras de JP. Escudriña:
-¿A qué se refiere con esta última frase?
-Resumiendo, creo que la música ya no existe. A eso me refiero. Música nueva. El arte es muy celoso, le exige tiempo completo a quien quiera hacer algo grande de él; un compromiso de dedicación exclusiva; porque el arte, para que germine, primero debe explotar con la mejor fórmula alquimista que poseas en tu mente. No ha habido ninguna opción musical nueva que valga la pena en las últimas tres décadas.
-¿No le parece que está siendo muy drástico en su dictamen?
-Tienes razón –se resigna JP. El enviado especial adivina que el entrecejo del anciano se va a relajar. Está casi seguro de que dirá algo gracioso-. Debemos tener paciencia –sigue JP-, hasta que a un músico de pacotilla le encomien componer el tema para la primera “FIFA Stars War”.
Por poco se cae de su tronco el corresponsal; ríe con la soltura que lo ayuda a sacudirse lo que le quedaba de ansiedad.
JP encuentra una vertiente para proporcionarle volumen a la charla; dibujándosele una mueca que ahora sí es sonora:
-La historia, en general, se seguirá repitiendo, a pesar de que los pueblos la conozcan, mientras quede un solo manipulador en mezquina conciencia. Éste siempre encuentra el camino para hacerle creer a la gente que “ahora sí lo lograremos, sin cometer los errores del pasado”.
El periodista tiene que morderse la lengua para no preguntar: “¿Mezquinos como Pinochet?”. Se supone que por ahí iba la tónica de la audiencia; la estrategia de ventas de la televisora; pero entiende que lo mejor es dejar libre al personaje; quien, una vez más, le pone otro ingrediente al encuentro:
-Hace unos meses se puso en contacto conmigo, sin tener idea de cómo demonios lo hizo, una estudiante de historia, de no sé qué universidad en Santiago. Su intención era parecida a la tuya: “visitarme, para consultar ciertas cosas”, me dijo; sin un apoyo detrás, en nombre de una tesis. Reconozco que me gustó su arrojo; pero primero tenía que ponerlo a prueba: a su voz joven, sugestiva y tintineante respondí, como primera estrategia, con cortantes “sí, no, quizás”; hasta que ella me dijo al teléfono: “¡Eres muy fome !”, y colgó.
“Ella era la fome, como dicen ahora. Pero no por su dulce voz seductora que producía quinientas palabras por minuto. Era fastidiosa porque intuí más allá. Por ejemplo, su concepto y manera de divertirse (que estoy seguro, predomina en ella sobre su afición al trabajo riguroso): debía ser inmediato, sonoro, multicolor, oloroso y con vano gusto a la vez; instantáneo, reciclable.
“El mundo masivo, que es el que termina siempre por impregnarlo todo, se ha vuelto, como nunca antes, aburrido, sin ningún chiste, en el gran resplandor que le ha comprado, ingenuo, al Poder. ¡Es una falta de respeto hacia la vida no convertir a ésta en osadía!
-Retomemos a Roger Hudson. Me interesa.
-Sé que te interesa a ti, no a Televisión Nacional. Pero primero dime, ¿llegaste aquí por ti o por ellos? –último proyectil, por si acaso.
-Hablo yo –satisfecho de sí mismo, el visitante avienta el cuestionario, con el logotipo de TVN en la esquina superior izquierda, hacia cualquier parte donde, mañana, esa niña delicada y áspera a la vez, tan sutil que parece sombra de colores, lo usará como magistral estimulante para su cocina invernal.
-No hay nada más que decir de Roger –hubiera sido la misma respuesta para aquella estudiante de historia-. Una persona interesante se recuerda en los matices del blanco y negro, sin estruendo, con sabor a palabra oliente, imperecedera en su punto ideal.
“¿Imaginas los grabados de más hermosura que representan pasajes del Quijote, con una gota o trazo en rojo? Ni siquiera aquél donde unos pastores lo apedrean, sangrándolo, hasta que lo derriban de su Rocinante”.
El invitado se roba para sí esa expresión tan rugosa, relajada, que muestra el gusto de JP por estar consigo mismo y con él, con un igual en circunstancia o promesa; imagen de certera inmolación por todo lo que vendrá, seguro, también mañana; ahora que el veterano se digna cortar con otra caída de párpados el alambre de púas que él se impuso hace tanto tiempo, en este optativo aislamiento del sur.
Se salta su propia tranca, recostándose un rato sobre la cama que lo reconoce, al crujir el liberado purgatorio de sus tormentas. Sus calcetines negros le dan un no sé qué de ingenuidad a la figura completa cuando resopla.
-Se me ocurre algo –habla el don. Sus ojos sujetan el techo blancuzco-. Así como hay pocas canciones populares que se visten de inmortalidad, cuando las interpretan en segunda versión; valga un Joe Cocker, en Something, de los Beatles, o la Whit a Little Help from my Friends; también las hay que nunca nadie debería hacer supletoria adaptación de ellas, porque fueron magia en un intento; es cuando el arte explota antes de germinar: La Penélope, de Serrat; What a Wonderfull World, de Lou Armstrong; Cu-cu-rru-cu-cu Paloma, de Lola Beltrán; recuerdo éstas, de pronto.
“Mejor suerte, en el mismo nivel de excelencia, tuvieron canciones sin alcanzar la fuga de su idioma original, como las catalanas de los años setenta; o tanta búlgara, rusa; o las antiguas gitanas de Buda y Pest, que luego hicieron lo mejor, cuando se unieron las dos ciudades y se formó Budapest. ¡En fin!, tanta cosa que nadie conoce ni recuerda; sólo uno que otro loco como yo.
“El célebre Supertramp, que logró lo que muy pocos: exquisitez dentro de la fama mundial, creo que es de éstos. No sé de ninguna segunda versión del trabajo de Roger Hudson; y acaso peco de ignorante, porque sabes que el jazz se presta para jugar delicioso con cualquier obra, en imágenes sonoras que sorprenden… … … Está bien, lo reconozco; pequé de soberbio al decirte que la música ya no existe.
-¿Escucha música ahora? –el enviado especial apuesta a que JP abra otro abanico. Las rodillas se le empiezan a enfriar un poco; pero es algo absolutamente postergable. Seguro la mujer no tarda en avivar el fuego en su cocina.
-Depende de la estación del año. Sobre todo en esta temporada fría. Mis huesos se han convertido en bóveda de bichos. ¡Brahms! –esta palabra le brota de la boca como el niño que indica con su dedo una marioneta que comienza a moverse.
-¿Es su preferido?
-Pensándolo bien –ahora van una por una las almendras a su boca de dientes sanos-, no tiene que ver tanto con el clima, ni con el estado de ánimo. Es algo así, en mi caso, como un capricho improvisado. Lo mismo disfruto una cinta de Raúl Ruiz , que él convertía en musicalidad; aunque eso de ver dos veces la misma película no me gusta; salvo rara excepción; como esa de Taxi para Tres , no sé por qué me encantó. En cambio La Nana, aunque la nominaron en los Globos de Oro, se me hizo de lo más insípida. Mi esposa, allá en Santiago, te podría explicar mejor a lo que me refiero.
“31 Minutos me entretiene más que un noticiero, es demasiado ingenioso. Me río en cada capítulo, aunque ya lo haya visto. Mi esposa sabe bien que, aunque yo esté acá, sigo siendo su Calcetín con Rombos Man .
“Y bueno, nunca me he podido arrancar una especial predilección por Led Zeppelin. En rock sólo ellos; con el debido permiso de Supertramp. Si el mundo se acabara, Led Zeppelin seguiría sonando. Los Jaivas también se me metieron en la sangre; creo que ningún grupo como ellos logró fusionar el sonido básico del rock con instrumentos locales”.
-¿Se declara usted un roquero?
JP no duda respecto al adjetivo, sino a la interpretación del concepto que le acaba de colgar del cuello el editorialista de The Clinic.
-Eh, digamos que demasiado selecto. En el rock, confirmo que, hace tres décadas, no hay nada nuevo; una simple casa de espejos es lo que entretiene a los jóvenes hoy.
-¿Qué le seduce con Led Zeppelín?
-Es el límite máximo que nos ha dado y nos dará el rock. Se desgarran a sí mismos en su fortaleza; pero también confluyen suaves al oído idóneo. Lo nunca antes escuchado; lo que más provoca influencia o inclusive imitación.
“Hace mucho, cuando le mostré a mi esposa, que en ese tiempo era mi polola , la película The Song Remains the Same, que es Zeppelin en concierto, en el Madison Square Garden, ella quedó prendada de la genialidad de Jimmy Page. Decía: “Me gusta su estilo sin protagonismo, concentrado en su guitarra”. No sé si lo creas pero, a pesar de esto que te digo, yo nunca pude sentir ninguna clase de celos en Page.
-¿Por qué? –en este lapsus, el entrevistador distingue lo que puede ser presentimiento, en cada siguiente respuesta de su visitado; no imagina que es otra fullería del Don.
-Porque yo también adivino a Page, renovándose cada vez que lo escucho. Por eso. Fue la compenetración de una sola causa; lo impar, entre dos que se separaron de una masa que, sola, se retiró, por estar de más. Dos son más que una turba, cuando hay real entendimiento. “Lo demás es lo de menos”, hubiera dicho Cantinflas.
-¿Rock chileno?
-Ya te dije, Los Jaivas. Sol y Lluvia también. ¡El Viaje, de Schwenke y Nilo! Creo que esta canción, su letra, es de las mejores que se han escrito en Hispanoamérica; es una lástima que sólo en Chile se conozca, y por una minoría.
“Hablar de música chilena nos llevaría toda una tarde. La Exiliada del Sur. Roberto Parra y sus décimas de excepción, en bar escondido por una escalinata oscura, en San Antonio; con la mezcla que les obsequiaba Francia, sobre todo, en los muelles; el tango y hasta el fox-trot. La manera en que la arquitectura, al compás alemán del siglo XIX se amalgamó de Valdivia hacia abajo; y de abajo hasta donde le alcance al chileno esa bendita manía de protesta en sus canciones”.
-¿Por qué nosotros nos pasamos la vida renegando de todo?
-Es verdad. El argentino también tiene lo suyo; pero nosotros somos los mejores en el reproche y la crítica. Es por esto que el compatriota nunca ha podido, no aprende a ser feliz. La espuela que siempre hay que estar apuñalando en nuestro ánimo; aun hoy, como el país latinoamericano de mayor ingreso per-cápita. Nos quejamos del calor estival, cuando en Brasil la temperatura alcanza los cincuenta Celsius; de un taco de diez minutos, sin tener idea de los interminables, con dos horas de retraso, en la ciudad de México; de la mala enseñanza, a pesar de que, un chileno, en educación media, ya ha leído, por orden del Ministerio de Educación, más libros que, en promedio, leerá cada habitante en Latinoamérica y hasta en Estados Unidos, de por vida.
“La singularidad de lo corrupto y la delincuencia chilena tapizando las noticias de tu canal y de todos los demás, como provecho de un visceral interés partidista de Piñera: el poder, la necesidad de masturbarse; cuando deberían decirte lo que sucede al respecto en Medellín, o en Tijuana, o en un barrio de Taiwán; o de Somalia, donde la gente, estoy seguro, se come a uno que otro de sus muertos.
“Cosas que aquí son excepción. Desde Constantinopla existe, existirá la podredumbre pública y la fechoría; pero el chileno se traga, una a una, las noticias que le empotra a diario, en el cogote, la tele, con el apellido que sea; creyendo que son inmunes a lo que ha sucedido siempre. ¿Cabe tanta ingenuidad en un pueblo de dieciocho millones de habitantes? Claro, primero te subes a Machu-Pichu que al Huáscar .
“Ni siquiera nuestro ají es de calidad, respecto a su picor; además, no proporciona aliño a la comida, como hay más de cuatrocientos en el mundo que sí lo logran.
“Seguimos sufriendo la terrible resaca de la dictadura; como el hombre que no logra superar sus traumas infantiles; pero lo que es peor, se la heredamos a la siguiente generación al enseñarles a protestar por protestar. No ha sido superado Pinochet, esto es realmente patético. Chile es digno de orgullo, hoy día, con sus cosas mínimas por corregir; pero no existe el atrevimiento para gozar nuestra realidad”.
-Creo que siempre será bueno que el pueblo proteste. De lo contrario, está más que demostrado: el gobierno no sólo lo domina, sino que lo subyuga –el huésped acaba de convertir todo esto en polémica, debate.
-Te doy toda la razón –JP está conmovido-; pero necesitamos hacer un acuerdo en una sola cosa: compenetrar la identidad; sin caer en tradicionalismos ni mucho menos en un barato patrioterismo. Esto último no lleva más que a ejercer una singular autodefensa ante nuestro propio fantasma, enamorados del pasado en un nivel crítico de su real interpretación; hasta que al final se llega al punto de partida: compararnos para ser; en lugar de distinguir para percatarse. ¡A eso me refiero! Un pueblo es grande cuando la gente cree en sí misma, antes de creer en su patria. Chile podría ser todavía más grande, como derivación de lo individual; el conjunto es simple consecuencia. Pero insisto en que hay que hacer un acuerdo.
-¿Cuál? –más que preguntar, el enviado especial le exige la respuesta.
-Llena hasta la mitad un botellón con nieve de la cordillera. Luego, vacía un litro de tinto en ella. No mezcles, deja que repose. Al poco rato, simplemente revuelve aquello y dale un trago. Pásasela a quien tengas cerca, y que la sigan pasando, ya sea en Farellones o en San José de Maipo, o en la Antártida, hasta que el botellón quede vacío. Entonces se darán cuenta de que el vino, tomado a la temperatura ambiente, tiene más de un significado.
“Interprétalo como gustes, como puedas. Me da lo mismo”…




(El periodista no entiende si lo han despertado, o el que surge de su propio sueño es Coloane:

… He aprendido a conocer el mar y sé que la cercanía del naufragio
es menos penosa cuando uno está sobre la cubierta, a la intemperie.
Además, la espera de la muerte no es tan molesta en un barco pequeño,
como en un barco de gran tonelaje. En el pequeño uno está a unos
cuantos centímetros del mar; las olas mismas, empapándonos,
nos dejan ya el sabor salobre de unos pocos minutos que durará nuestra
agonía; estamos en la frontera misma, oscilando; un breve paso
y nos encontramos en el otro lado…)





-¿Visitaste Lota? –si Coloane surgió de su sueño de ida, ahora es el gran escapista, JP, el que lo sorprende en otro motivo. Una botella de vino al frente de la entrevista.
-Antes de irme quiero pasar por ahí. No puedo perdérmelo; hace veinte años que caminé por sus calles. Pero sí vi la película Subterra .
-¡Qué Subterra ni que nada! ¡Hay que ir al Chiflón del Diablo!, la mina de carbón debajo del mar. Setenta y ocho kilómetros de purgatorio; cuando los santiaguinos se quejan de la contaminación, al deslizarse en una autopista pavimentada.
“Matías Cousiño fue un valiente al atreverse a perforar, como dueño del fundo El Chiflón, y con el océano sobre su lúcida cabeza.
-Revélame algo de él que nadie sepa –le convida el visitante; JP está en otro lado:
-Cuántas veces habrás entrado a un Banco Edwards, allá en tu realidad lisa, sin tomar en cuenta su trayectoria que bien conoces; o la de William Weelright, ese gringo loco que trajo a Chile el ferrocarril y el telégrafo, desinteresadamente. Cuando pasas por la calle Domeiko, o por la Philliphi, ¿reflexionas un poco en lo que hicieron estos extranjeros aquí?
-Tú sabes que nadie lo hace.
-Yo sé que nadie se acuerda de alguien que no tuvo oportunidad de saltar al barco enemigo… También hay personas tan malogradas, que cuando pasan un día sin trabajar, en semana laboral, se sienten inútiles. Es fácil ver magia donde no la hay.




(Una vez más el corresponsal se despierta sobre su reclinatorio diecinueve; que parece tormento sin cifra, con áspera dureza bajo el forro que alguna vez cubrió el acolchonado. Alcanza a escuchar el balbuceo de su propia voz que gemía, sin sentido, a un tal Edwards.
Coloane finge que duerme por ahí:

… Las olas venían como elefantes ágiles y blandos,
y se dejaban caer con grandes manos de agua
que abofeteaban mi rostro…)





Se arrulla de nuevo en otro subterfugio, con ingreso restringido al diálogo:
-Esa noche –reaparece JP-, entre el bufar del océano, en Magallanes, donde se le puede ver el perfil a las estrellas, comprendí que el único pecado consiste en pensar que la luna, los planetas, las constelaciones, cada galaxia, sin olvidarme de un solo asteroide, son producto de una evolución fortuita; de un error que nadie cometió; y la vida que seguro hay, pensante, en muchas partes, allá afuera.
“Imaginar que una semana después… no recuerdo si fue con Roger. Sí, esto sucedió en la Octava Región, en Cañete. Pero antes de contar esta anécdota, debes saber que el valor puede convertirse en su contrario, cuando se basa en una idea errónea”.
-Dale con ese cuento nomás, que yo encantado escucho –al reportero le duelen las posaderas; no tanto como se le sigue hinchando el espíritu, en una anestesia general que lo adrenalina, con sabor a tinto.
-Pasaba la una de la madrugada –JP se adueña de su casa, de los sucios pastizales que rodean a ésta, de las olas que aún no existen allá abajo; del envolvente aire tibio en su habitación cerrada, que le sigue dando ese toque de retumbo o rimbombancia a su respiración. Es un secreto que solamente Roger Hudson, quizás, recuerde, en alguna parte del mundo-. Roger y yo terminamos tan ebrios que, sin saber cómo, aceptaron nuestra penosa situación en una residencial, contigua a donde se había instalado un circo; de esos de provincia, de pueblo, con un par de trapecistas flacos, que osaban prenderle fuego a sus piruetas a tres metros de altura; y un payaso triste, que nunca puede faltar; pero créeme que se esforzaba en lo contrario. El circo estaba cerca del lago Lanalhue.
“Fue una noche fantasmagórica; no únicamente por el frío de mierda que hace allá (la dueña de esa cueva, viuda cuarentona, neurótica y fastidiosa, nos dio una frazada gruesa a cada uno, en estrecha cama de fierro estridente para los dos). Parecía que tenía vida la maldita cama, con el simple temblor de nuestro cuerpo; pero sobre todo, ese rugido…”
-¿Qué rugido? –palabra clave para que el enviado especial se olvide de sus rodillas.
-Te equivocas si te estás imaginando un bramar, o un gruñir salvaje con instinto de dominio, que refleje poderío y soberanía. Eso lindaba en aullido barítono, doliente, como si su garganta, bravía natural, en lo más profundo indómita en un hilillo, le crujía como dolor insoportable, agónico; al poco rato potenciado por su carácter. Estaba claro que algo, lacerante, devoraba, paso a paso, a una temible bestia.
“Pero ¿cuál era esa temible bestia, real, casi arañando nuestro cuarto? ¿Qué dolor le hacía llorar la garganta, como si le estuviera carcomiendo por debajo de la piel, atormentándolo en una crucificante herida?
“Roger se me abrazaba como niño, porque era cierto que esto acontecía a menos de un metro de la muralla entumecida de nuestro aposento hediondo. Segundos posteriores al reclamo de eso, yo también estaba aterrado; era asfixiante lo que parecían palabras de auxilio. Procuré mantenerme a distancia de Roger para estar con cierta calma; aunque él se me volvía a pegar, con la consternación sin salida. Creímos, en breve conferencia, altisonante y tartamuda, que el monstruo, un dragón o no sé qué, entraría de un momento y… La ventana, en lo alto, espejeaba esa única oscuridad que se puede ver en Cañete, la apta para tal situación. Hasta la borrachera se me estaba cortando; sentía horror en los huesos (ahora entiendo que es mejor sentir esto que un bicho en ellos).
“Pero bien. ¿Qué sucedía? –al enviado especial se le ocurre que fue grave error prescindir del camarógrafo, ante la elocuencia sugestiva de JP en esta intriga, donde no puede más perder la palabra-. Roger de nuevo abrazado a mí, con un grito que se ahogó: “Oh my God! Oh my God!” –risilla pícara de JP-; hasta que aquello, al fin, pareció quedarse dormido, en espinoso ritual.
“Nosotros también, por fatiga en la jornada de trabajo y la noche de exceso, nos rendimos sin importar lo gélido de la habitación ni ese hablantino camastro de fierro flojo, con una sola almohada de trapo duro.
“Por la mañana, muy temprano (el vino fue misericorde conmigo, al acordarme, antes de rendir cuentas a mis pesadillas, que debía pedirle a la dueña, desconfiada, al nivel de una pistola bajo su enagua, que nos despertara, de preferencia, sin disparos), la fatal resaca que apenas doblaba la esquina, por no haber cenado, nos vio salir con premura; había que regresar los más pronto posible a Talcahuano. Era necesario confundirse por entre medio del circo hacia la parada del bus; fritos glaciales que no recordábamos qué diantres hacíamos ahí. Nuestra media juventud nos ayudaba; parecíamos un par de supertramps, vagabundos en huída.
“Hasta el hombre más recio; ¡Hemingway se hubiera puesto a llorar! ¡Créemelo!: Dentro de una gran jaula de gruesos barrotes, con inmundicia en su interior, ya no podía quejarse más la causa de una de mis peores noches en la vida. Ni siquiera había podido morir estirando al máximo su cuerpo, como lo hacen los felinos, en completo confort cuando, al fin, terminan su fatigosa lucha en el mundo, como rey supremo. No me he podido arrancar la imagen de Roger y yo, estupefactos, al presenciar esa única estatua de hielo. Un flaco león, muy lejos de la idea que de ellos tiene Isabel II, con la melena tan triste que parecían trenzas de reggaetonero. Los ojos, el punto fijo a vistas de algo que no fue; como atisbo-contemplación-miramiento en una ojeada que se le iba al olfato escurrido, entre cada barrote.
“ Pero no pudo más. Se fue sufriendo.
“Había un caballo, atado a la misma jaula, famélico, deseoso de que los neo-nazis de Santiago lo metieran en una innovadora cámara de gases, sin patria; encantado de morir. Dos camionetas y un remolque, donde una gitana fungía el centro monetario del negocio, era el resto. Recuerdo también un aroma a tortilla de rescoldo, exquisito, con chicharrón, que la vieja de la residencial preparaba; pero no nos quiso convidar ni siquiera un pedazo. Quería que nos fuéramos lo más pronto posible.
“Intrusa a nosotros, se escuchó allá atrás, tan poderosa como aguda, la voz de la dueña de la residencial. Lloraba gritando un infierno que no comprendíamos. Al voltear, sin querer hacerlo, a poca distancia todavía, ella pegándole al león muerto con un escobajo, en la pata que libraba la gran jaula. ‘¡Jesucristo! ¡Devuélveme a mi hijo! ¡Devuélveme a mi hijo!’, era su reclamo lloroso, inolvidable”.




(A Coloane no le importa si la grabadora digital se mantiene virgen, o si contempla la revelación completa. Después de todo, él nunca brincó de un barco a otro; pero sí se atrevía a saltar a la deriva, sin salvavidas ni espada.
El que ya no danza su pataleta es el chancho, que de tan pesado ha de estar ahogándose en su grasa moribunda.
El periodista, menos hambriento, se anima a masticar la segunda mitad de la tortilla de rescoldo, un poco endurecida; entre ensoñación y congoja coloanezca:

… A veces, uno sin quererlo, mira a los animales, y a la
naturaleza misma, como preguntándoles algo, y ellos, al parecer,
nos devuelven la mirada inexpresivamente; pero una corriente
se establece, algo ocurre en nuestras mentes, una luz
se mueve más que la paz de nuestra propia inquietud…)





-Ya que lo citas –se le aparece a alguien el duende de JP-, creo que uno de los méritos de Coloane fue que nunca tuvo que derramar sangre en nombre de una nación, sino en defensa propia. No olvides que un pueblo es grande cuando la gente cree en sí misma, antes de creer en su patria. Chile podría ser todavía más grande –repite JP- con personalidades como él. La derivación de lo individual daría el conjunto en simple consecuencia. Atreverse a hacer; más que a ser. Haz lo que tengas en mente y que se pudran los políticos, los economistas y los productores de televisión; o los que hacen edificios inmensos, dejando en la sombra perpetua al hermoso Santiago del pasado. Mi Santiago.
Vehemente por el vino, JP encuentra la cabecera de su cama, donde se abalanza, pausado pero sin de aquí para allá; gime un poco el escaso aire hasta que se congratula de hallar, entre muchos, un libro muy grueso. Lo toma, resurgiendo su figura semi-vertical sobre el colchón silente a fuerza de práctica. No tarda un minuto en hallar la cita necesaria para el momento: “Si en un asunto tan vasto –comienza a decir, en exigente encomienda de su voz- no se ha conseguido dominar la materia en todas sus partes, resulta defectuoso a trozos, y uno es vapuleado… -su brazo no se puede estirar más, sosteniendo el libro; cada párpado se le abre como carpa de circo que se retira, en aguda retrospectiva de un Buñuel sin méritos- En cambio, si el poeta recoge cotidianamente y trata, con frescura e impresión, lo que se le ofrece, seguramente hará siempre algo bueno; y si alguna vez no lo consigue, no se ha perdido nada: Goethe.
-Creo que Goethe dio en el clavo –dilucida el enviado especial-; analiza bien lo que yo interpreto en Coloane como un literato superior a alguna vaca sagrada –quisiera que JP se profundizase en el tema.
-Primero –es el fallo de JP-. La literatura mundial tiene cien Coloanes por un Goethe. Esto es racional. Lo que no es fundamento es que un tal por cual venga a decirnos que un lobo marino nada como excursionista, cuando lo hace como lobo marino. Aquí alabo a Coloane.
“Segundo. ¡Superar! ¡Llegar más lejos! ¡Trascender a tu medio, si no eres más que un disfraz estimulado! ¡Ganar el maldito premio! ¡Poner las nalgas para que te asignen el número y sello de la casa! -se acaba de llenar la boca con sus almendras”.
El regaño, cortesía de JP, se prolonga tanto que entre el segundo 2,269, y el 2,273 de la grabación, para salir del embrollo en que el viejo quiere meterlo, sin proponérselo, provoca que el enviado especial atine a la salida inmediata:
-Haga de cuenta que no dije nada –el reportero quiere pasar de un extremo a otro. Tiene tres segundos más para enfocarlo todo diferente; olvidarse de Coloane, analizar otro aspecto; pero JP le gana la apuesta:
-A Magallanes no le interesaba ser mejor que nadie. A los fundadores de El Mercurio, en Valparaíso, les tenía sin cuidado, en el siglo XIX, que antes de ellos ya habían existido decenas de diarios. A Diego Portales le importó muy poco que supiéramos de sus tantos amores.
“Al que sí le hubiera gustado que te enteraras de sus andanzas, es del incansable alumno de Napoleón, Antoine Moerenhout, belga que tanto hizo, igualmente, por nuestro país. ¡Y qué quieres que te diga de las centenas de chilenos que se fueron a rasparle el culo a California, durante la fiebre del oro, en Norteamérica! Los gringos mataban a nuestros paisanos, con envidia, por ser el chileno más experto, al haber lavado, previamente, cada río de Los Andes.
“Misma maestría, coraje, pero sobre todo creencia en sí mismo de Cousiño, en el Chiflón del Diablo, perforando bajo el mar; Urmeneta y su esposa en el cobre y la ayuda social sin parangón; y hasta el mismo Arturo Pratt con su obstinada, increíble chilenidad en el barco enemigo; que, dicho sea, viene siendo una anécdota de segundo nivel; comparándola con las hazañas europeas o la defensa de México ante los franceses, en 1862. Hablemos de otra cosa, por favor”.
El periodista, en otro invisible pacto, repasa en la mente las preguntas de su original cuestionario. Elige una de las pocas que en verdad le interesan; además que, por sí misma, no se sale del todo de la línea aceptada:
-Dígame –empieza; entiende que el tema se va a ir por el plano contrario-, ¿le gusta el mural que está en la Casa de Arte, de la Universidad de Concepción?
-Ese mural se llama Presencia de América Latina. Inusitado. Uno de los más famosos de Sudamérica. Cada verano necesito recurrir a él. Es un puente entre yo y México, donde viví, como sabes, seis años, con la función de agregado de prensa, en la embajada. Si mis reumas me lo permiten quisiera volver a verlo, aunque fuese en primavera.
“Encierra tanta musicalidad anímica de Latinoamérica. Exquisita idea de los nopales dando por fruto copihue ; la tierra germinada de lo nativo; identificación en la idiosincrasia de estos pueblos tan parecidos en la forma; pero tan diferentes en el fondo. Cada vez que voy a él, me dan ganas de cruzar la barrera de protección para escribir un garabato , uno solo, minúsculo, y que nunca nadie lo advierta –el enviado especial desprende una carcajada de segundo y medio, contenida, como momentánea caja de resonancia; con el pecho bien abrigado, a pesar de la cocina que allá afuera procura a todo el hogar-. Con un poco de suerte, ni los restauradores del mural, algún día, se darían cuenta de esto. No sé lo que su creador, González Camarena, pensarse sobre mi loca idea; pero me tiene sin cuidado; es como si le borráramos una palabra, una coma a un aforismo de Cioran; ¿cambiaría algo?”
Sapiente JP. Es el momento clave para recordarle al periodista lo que no debe olvidar:
-… Ojalá nunca salga al aire todo esto. Es lo que deseo. Tú sabrás lo que haces con la grabación. Sé que pido mucho, y los líos en que te puedo meter; pero sé asimismo que entiendes que, muchas veces, la verdad está inversamente relacionada con la historia; ésta tiende a sufrir siempre un manejo mezquino. Además, la historia no es de Montt, ni de O’Higgins, sino de la gente que aguarda el bus allá afuera, en infructuosa búsqueda de su propia anécdota.
El representante de TVN asiente con la cabeza, como lo hubiera hecho el Papa al perdonar los pecados de una tribu de ascetas. Ahora sí, JP está listo para seguir donde se quedó:
-El evitar que nuestros niños piensen, escriban o digan garabatos, condiciona su desarrollo mental. Si de adultos nunca los expresan, ni en una situación extrema, será porque los enseñaron a vivir en un mundo paralelo, aislado de la realidad.
“Una obra de arte debe ser una explosión silenciosa, reconocida más allá de esa falsa salida que consiste en negarlo todo, cuando se opta por encasillar algo, lo que sea. Un chiquillo sin, al menos, un pincelazo de maldad infantil, será una persona adulta condenada a una catacumba donde, aunque no haya cometido un delito, no podrá nunca bosquejar la diferencia entre el regalado bien y el verdadero mal. Y fíjate en esto que te voy a decir: no es lo mismo, no lleva a análogo sitio de emociones, leer que vivir; pero los dos son recomendables en exceso; mas, lectura sin vida equivale a optimizar las neuronas sin saber para qué demonios; al contrario, la conciencia, por diabluras que hayas hecho, sólo aspira a obtener esa paz vacilante, que tanto te sugiere la literatura religiosa. Lo mismo buscaba Nietzsche que el Corán; Wagner, en la música, que un salmo vocalizado. Un librepensador es la mejor decisión para, al menos, evadir la contradicción a donde se llega siempre. Hay personas que nacieron para hacer un servicio a la humanidad; otros han muerto, tratando de salvarla”.




(Coloane, orgulloso de ser parte al fin de este documento histórico, no se mueve un ápice, cuando comienza a envolverse para regalo el episodio completo. Todo lo que el enviado especial leyó de él, antes y después de su viaje a la región del Bío-Bío, encuentra la guinda en la torta , que coloca él mismo al abrir el libro sobre el asiento diecinueve; rodeado de la negritud noctámbula, con rumbo norte. La lucecita azul le es suficiente para verse reflejado, con su recortada barba ceniza en el cristal:

… Estábamos a mediados de diciembre, y en esta latitud,
las noches casi no existen en la época; los días
se muerden la cola, pues el crepúsculo vespertino sólo
comienza a tender su pintado de sombras
cuando ya la lechosa claridad de la aurora
comienza a borrarlas…


¿Y el chancho en el guarda-equipaje? ¿Le habrá dado un síncope de budismo? ¿Reencarnará en sus iguales, ahora que la derecha parece regresar al poder?
El entrevistador, observando el alba por la ventana, reflexiona sobre todo lo que le habría contado JP, de haber ido ambos a Lota.
Es algo que ya no tiene la menor importancia).




III
Lo que más enfadó al periodista, por la mañana, no fue el hecho de haberse acostado hacía un par de horas, sino tener que darse una rápida ducha de orejas, cara y barba, con apenas diez cuadritos de confort para limpiarse los poros de la nariz.
No podía perder el vuelo; aunque Ratzinger hubiera muerto por indultar a los homosexuales que no usaron preservativo en la última semana. Al secarse los pies con la misma toalla de años, enredándosele entre los dedos una que otra hilacha verde, roja y hasta amarilla –no se imaginaba que en el viaje de regreso su cuerpo iba a oler a leña y su aliento a chicha y a vino-, el penar es por el Feña y el Rodrigo; un mensaje a sus celulares, la noche anterior, era el audaz aviso, cautivante en esa especie de mentira piadosa; llevándose de por medio su prestigio como corresponsal. “Se cancela la entrevista. Mañana nos vemos en la oficina”.
A las cinco de la AM su posición sobre la cama le propuso morderse una rodilla, esa que Muammar al-Gaddafi le convirtiera en alcancía, década y media atrás.
Anoche, bien precavido, sabedor de su olvidadez, sujetó con cinta scotch a su muñeca derecha el reloj con la alarma activada; lo justo maduro y cuerdo al entender que hay trabajos en que se le paga a la persona con la condición de que aguante; también los hay para resolver problemas; muchos donde la consigna es permanecer sentado, en simple acto de presencia. Asimismo en que te siguen pagando con tal que no te vuelvas a aparecer nunca; donde siempre serás el primero en la nómina, independientemente de tu nombre.
Su despertar fue un sobresalto como primera muestra de vida. Por fortuna recordó una de su máximas mejores: no es lo mismo rascarse a que lo rasquen a uno, sobre todo en la espalda y los brazos; como herramienta las uñas de la mujer que nos quiere, que activa la intensidad exacta, sin repetir más de una vez en el mismo punto.
“Se renace”, diría Coloane.
Antes de recogerse, él y la Jeanny –quien se pasó un mes reprochándole la mayor parte de preguntas tontas de los cuestionarios originales: el del nazi y el de JP, hechos por TVN; por ejemplo, cuestionar a éste por su familia en Santiago, como si fuera una cita cómica (ella no imaginaba que él viajaría solo)- se jugaron la suerte en un cachipún con los pies, para decidir quién era el que tenía que levantarse a meter el libro de Coloane en la valija y apagar al fin la luz. Ella fue la víctima.
Él se acordó de guardar la bufanda negra y el computador que nunca sacó de su maleta, durante el viaje.
El periodista se defendía diciéndole a ella que, gracias a internet, averiguó aspectos poco conocidos en la vida de JP, allá por la página cuarenta y siete de Google; pero el equipo de producción de TVN nunca los quiso aceptar. –De paso terminaba la columna que el próximo jueves le publicarán en The Clinic (se muere de ganas por conocer la portada anterior, en relación a Piñera y Frei ¿Le hicieron caso con la frase que se le ocurrió?: “Piñera quiere el cambio y también el vuelto”).
Lo siente por el entrañable desconocido de Moscú, con el que no podrá jugar su cotidiana partida de bridge durante los próximos seis días; pero a su pareja nunca le falta el argumento clave:
-Si prescindieras un poco de la maquinita, quizás lograrías hacer amistades en el edificio. Tu estampa está perdiendo ese no sé qué quijotesco, que me encanta…





-La mayor aspiración de un playboy, de un gigoló, debería ser, si en su pequeña cabeza hubiera algo más que un afán distractor, convertirse en gentleman de atribulada, llorosa figura. Siempre he pensado que Cervantes fue así, afligido y penoso; que su limitado vocabulario, cacofónico y con repetición de palabras, aunado esto a la imagen que ensueño de él, su personalidad resulta quebradiza; y en contrapeso, ¡esa exquisita retórica!
-Es la primera vez que citas a Cervantes, JP; y ya en dos lo hiciste del Quijote. ¿Quién de los dos te dejó más huella? –este tema habita más lejos del hecho de que por ahí paguen para resolver problemas en un trabajo; se acerca más a la opción basada en que no se tenga que presentar nunca, sin goce de sueldo.
-La historia del Quijote es como el mismo Cervantes la titula: ingeniosa; demasiado, diría yo, para su época. Unamuno acertó al afirmar que lo mejor que hizo Cervantes, en su vida, fue idear al personaje, concebir al loco más atrevido; ese maldito buen hombre que todos envidiamos, de una u otra manera; sobre todo por haberse arrancado la soledad “del que está loco”, e imponerse otra, la del que “sólo lo intentó”. Pero que le quede bien claro a quien algún día escuche esta entrevista –el rostro de JP se enaltece-: El Quijote no es el mejor libro jamás escrito, como se empeñan muchos en decirlo. Y para responder a tu pregunta, me quedo con el loco, en lugar del autor.
“Dicen que en el mundo actual hacen falta quijotes. No lo creo. Han existido, existen y existirán antes y después de Miguel de Cervantes. Lo que sí faltan ahora son escritores de verdad; que aspiren, para empezar, a que el Opus Dei los encasille en su absurda, medieval lista de lecturas prohibidas.
“Cuando quieras averiguar si un escritor vale la pena, investiga cuántas veces se equivoca al hacer uso de un cajero automático; o si sabe cuánto dura, a lo largo del año, cada signo zodiacal; o si recuerda lo que tiene que hacer mañana; o si acostumbra bajarse del metro antes de tiempo, o lo ha tomado al revés; o si olvida darle de comer a su perro; o por qué se levantó de su cama un sábado, a las siete de la mañana. Si tu elegido aprueba este examen, apenas cabe la posibilidad de que puedas confiar en él, como artista. Creo que Cervantes, de haber vivido en nuestra época, a pesar de todo, sacaría un siete .
“Los que con sucio deseo, producto de un falso anhelo, se ufanan de que ya no hay quijotes, no se atreven a salir de sus bibliotecas, universidades, oficinas, super-carreteras y pubs. Los quijotes viven, por decisión propia, en el techo de un ascensor, en la cocina de un suburbio, en la escalera que da a la azotea, o al sótano, o al piso trece; en el último asiento de un bus, que es su cama. Pero no es suficiente; de mil que conozcas, uno soñará con diez cuadritos de confort, comiendo cada vez que caga; y el amor por ahí cuando se le muere todo. Ése será un quijote, gozador de lo adverso en arranque impredecible, igual que el Caballero de La Mancha. Rocinante, Sancho y hasta la mujer amada le son tan prescindibles como a ti la cordillera, el smog o tu presencia aquí. ¿O me equivoco?”
-No –nunca el enviado especial había hecho una negación tan acertadamente afirmativa.
-Goethe también decía que a la fe no puede volverse, una vez perdida. Pero hay muchas fes; como hubo muchas opciones en la historia del Quijote, que sólo conoció Cervantes.
-¿Un día de tu vida dejaste de ser un quijote? –intercepta de nuevo el corresponsal la clave; pero a JP no se le acaba el ingenio:
-Podría decirse que la primera noche que fui caballero, y sin mancha, al menos en mi ropa, fue un veinticuatro de diciembre, en Santiago. Era otra ciudad. San Pablo. La abuela materna llevó a la tropa de nietos a cenar en la cafetería de San Camilo. Supongo que ya no existe; en su lugar debe haber un rectángulo de treinta pisos.
-Existe –esta palabra del huésped conforta la remembranza de JP.
-Me da gusto saberlo. Fue el único año nuevo –sigue el anciano- en que los niños salimos de casa, todo un acontecimiento –el perfil de JP es cosa aparte de su rostro. Vidrioso y sin matiz es el reflejo de su vieja y la abuela. Tan cercano ese correr de chiquillo; manchado más que manchego por las cien y una anécdotas que posteriormente vivió en Matucana-. Pero la abuela se quedó con apetito, porque los señores de San Camilo cerraban a las once de la noche para irse a celebrar; dejándonos a la suerte de un mesero que le pidió a ella retirarse, con media docena de cabros felices por lo que representaba aquello: conocer la capital de noche. ¡No sabes la impresión de eso en mí!, ni te la podría expresar; al igual que la imagen de un viejo pascuero, tan triste, en una esquina, con el rostro repleto en sudor seco del día, dentro de su abominable traje rojo, en el verano que comenzaba… -entre almendras, JP se concentra para que sus ojos se cierren el mismo instante en que se abre su memoria en la estrofa deseada:- “Si el tal Pascuero / es un gran consumista / ¿por qué su atuendo / memora al comunista?”
-Esto último que dijiste –afirma el enviado especial, regocijándose del fragmento- hubiera sido un excelente epigrama en la revista Análisis, durante la dictadura. Te recuerdo que ha sido la publicación más importante que se ha hecho en Chile.
A JP se le hinchan las ganas de seguir un mes más con la charla; sobre esa dura cama que nunca pareció incomodarlo descalzo. Cada hora o dos se hacía de lado para soplarse otro pedo, aprovechando de amoldar su vieja osamenta. Curioso sonido que a veces se confundía con la voz de algún buque de la armada, allá afuera, en el muelle. El asunto de la chicha podría ser patrocinio de un crédito en el almacén más próximo a aquel esqueleto de submarino, propiedad de la marina chilena; pero él mismo comienza a desvanecerse. Dos días de reposo en cansancio es mucho para él; y para su invitado, que lleva una jornada acumulada. La estrategia final es dar gracias a su reminiscencia, al ideal sabio; y hasta al reportero, por el favor concedido.
-Me gusta que te acuerdes de Análisis. Grandes cosas sucedieron ahí. Los milicos nos decían “¡Cuatro debe ser dos más dos!”. ¿Y en tres más uno?, ¿y el cero más cuatro? ¡ja ja ja ja ja!...
“De existir hoy Análisis, en el siguiente número escribiría una editorial más o menos así –emocionado, saca debajo de su almohada, la izquierda en la cama, un papel rugoso pero perfectamente doblado, de cuyo interior escapa al suelo un lápiz mina, de medio uso. El enviado especial se encomienda a recogerlo; siente que la cintura se le rompe-: ‘En tiempos pusilánimes –reza la hoja de papel-, hay que tener más cuidado con lo que las mayorías dicen; respecto con lo que hacen. Su moral no puede ser otra que sobreprotección ñoña, entre el falaz desprestigio que sienten de ellos mismos. Sus principios sociales se convierten en un retroceso total de la armonía; disfrazados, como pasa ahora, de una libertad sin parangón; maquillada ésta del gran avance tecnológico y del culto a la imagen personal; pero sobre todo de una superflua tolerancia, que no es más que sentimiento de culpa ante la profunda ningunidad que padecen como grupo y como personas’.
“¿Otra de Goethe? –parece reír de sí mismo, culpando de esto a su sabiduría exacta. Retoma el libro del alemán en la página ciento noventa y tres. Brazo extendido para no confundir alguna letra con una mancha de vino-: ‘Si los hombres, una vez que han hallado lo recto no volviesen a retorcerlo, me daría por contento. La humanidad necesita de algo positivo que se vaya transmitiendo de generación en generación, y sería de desear que lo positivo fuese al mismo tiempo lo recto y verdadero. En ese sentido me agradaría que las ciencias naturales entrasen por la buena senda y que persistiesen y no tratasen de comprender lo trascendente, sino después de resuelto lo que está a su alcance. Pero los hombres no pueden quedarse tranquilos, y antes de que uno se haya dado cuenta, ya volvemos a tener encima la confusión’.
-Velo de esta manera –se anima el visitante, al advertir la inesperada pesadumbre que sufragia a favor de JP-. La ventaja es que hoy no existe el peligro de que te lleven detenido.
-No estés tan seguro.
-Bueno, sin ir más lejos, no pasarían de lavarte la boca con jabón.
-Si me lavaran la boca –pícaro JP-, estoy seguro que sería con uno de esos cepillos disfrazados de modernidad, que sirven además para limpiarse la lengua; como si no fuera suficiente que nos eviten, o nos estropeen el oído, el tacto, el olfato y hasta la vista –jocoso, JP hace un ademán con su mano izquierda, todavía sucia de carbón, como despidiéndose. (Al mediodía preparó la parrilla para festejar este encuentro, digno de encomio en todo Chile)-. Se me estaba olvidando –agrega-, también se mofan del maltrato que hacen de nuestro buen gusto, del que siempre han adolecido los militares en Latinoamérica, y en todo el mundo.
“Hay algo peor que tomarse el medio como fin: hacer de aquél un pasatiempo –JP estornuda estrepitoso, dos veces, en fugitivo grito de volumen leonino, con los ojos tan apretados que se le nota el placer de hacerlo; se mancha un poco la manga del polerón . Sonríe divertido; hacía tiempo que esto no le pasaba-. Cuando estornudo así, invariablemente es porque he dicho una gran verdad, que me duele, que me cuesta decir. Creo que la última vez que lo hice fue cuando afirmé, al aire, en Radio Universidad de Chile, que el libro que más le gusta a Sebastián Piñera es el de su contabilidad oculta.
Las carcajadas de ambos logran fundirse con ese gesto de bienestar en la mujer joven, que prosigue sus labores en la cocina, preparándolo todo para el asado con el que despedirán al reportero; encantada de que JP converse tanto y esté tan alegre. El vino sigue haciendo de las suyas; ahora profundiza la sátira del periodista:
-El día que te secuestró la gente de Pinochet, ¿cuántas veces estornudaste así? –brillante en su chispazo.
-Ninguna. No me dieron tiempo. Esto de estornudar requiere aire suficiente. ¿Cambiemos el tema?
-Fue una suerte inmensa que la BBC estuviera filmando el momento del rapto –insta el enviado especial-. Gracias a esta fortuna sigues vivo.
JP sabe que, de seguir por la misma senda, terminará hablando de Pepe Carrasco . Trata de zafarse, de llevar a su nuevo amigo por otro camino, sin salirse del argumento:
-Sigue siendo un buen negocio abrir, en los alrededores de un hospital, una funeraria; y cerca de ambos, un lugar de arreglos florales; ya sea para levantarle el ánimo a la víctima o dignificar su velorio.
-¿A qué te refieres en concreto? –el corresponsal cree haber adivinado la intención de lo dicho por JP; pero también se da cuenta de que la entrevista se está acabando.
-No me hagas caso. Lo único que debe importarte es que, cuando algo alcanza, día tras meses, año en lustro, y si es necesario más de una vida, decidido a lo excelso hasta lograr el exquisito pasaje, la venia del punto y aparte, podría decirse que al fin eres tú mismo. De lo contrario, mutarás en interrogación no traducida, uno más en esa mayoría de meticulosos con complejo de timorato, que no pierden oportunidad para fingirse.
“La clave es llegar a la autenticidad, pero sin ser modelo a seguir; ni siquiera planteártelo, tal y como me lo has demostrado aquí. Un revólver no se arrepentirá nunca; la bala tampoco.
Entre la importunada escopeta que por ahí debe andar, con un solitario proyectil mohoso, en algún nido-escondrijo de la casa de JP, y la nobleza que huele en esas paredes de alerce , al enviado especial se le acaba de ocurrir, por pura defensa propia, regresar a Santiago en un bus de segunda clase; aunque se tarde más en llegar. Con el excedente de viáticos, la directiva de Televisión Nacional podría darle un anticipo de sueldo a algún productor que logre, en corto plazo, un parlamento interesante y un litro de sangre menos al día, en cada noticiero.
Se sigue sintiendo culpable por los que iban a ser sus compañeros, el Feña y Rodrigo, que nada tenían que ver en esto; mucho menos imagina cómo reaccionarán el próximo lunes.
Necesitaba hacerlo a su manera; y pudo haberlo hecho tiempo atrás, años antes; pero era menester permitir que el tiempo pusiese a cada quien en su lugar; que cada uno llegara a su exquisito pasaje, esa sutil venia del punto y aparte. La recompensa que se logra en el cómplice anonimato.
La Jeanny fue quien lo catapultó sin formulárselo en sí; pero ni ella imaginaba lo que sucedería.

La mujer preñada frunce su única ceja, como si supiera de qué lado se le sube el orgullo de un volantín, presagiando la larga tertulia que le espera hoy. Al abrir la puerta, con la cautela justa para estar segura que no interrumpirá nada de importancia, le cubre de sombra el rostro a su amado; esa abundante canosidad rebelde que comienza a entibiarse en su frente blanca.
-¿Cuántos litros llevamos? –pregunta el viejo.
-No lo sé –visiblemente apenado por la presencia de ella. Sí lo sabe, pero olvidó contarlos. Su estómago le da la respuesta que adivina JP:
-Anda, ve al baño de nuevo. Te guardo el último vaso de chicha. ¿Apagaste tu celular, como te lo pedí?, ¿o no has recibido llamadas en estos dos días? –si hubiese sonado una sola vez, el exorcismo habría dejado entrar a uno que otro demonio.
Ella es maternal cuando recoge entre sus senos el perfil izquierdo que alguna vez la CIA quiso transformar en conveniente rectitud. Le regala una risita cariñosa a su comensal, resignada y satisfecha de lo que vendrá como colofón. Les dice, en grito cantarino, con todo el acento del sur que nunca ha tenido necesidad de perder, en su incansable rutina por cumplir:
-El asao’ está listo. Hay sandía. Faltan los huevos; estarán en lo que dure esta canción…
La orden de la ama, con sus facciones de fecunda utopía, es obedecida por alguien allá afuera, que nunca nadie sabrá quién es; pero que sube al máximo el volumen de un destartalado toca-cintas, en el momento en que el casete inicia el desliz de su gastada hilacha, liberando de su condena de casi tres décadas, para quien le plazca y para quien no, La Internacional , en una versión de los años setenta; coro fastuoso de Bulgaria que suena a arco-iris, a suspiro de fe, en sorpresa del mismo Sócrates-brujo-mitológico y el mismo Platón-corresponsal, quien no se esperaba almorzar un par de huevos cocidos, un pedazo bien seco de chancho silencioso, en exacto aliño de orégano.
La música y la mujer son una sola cosa, con capacidad para el punto y aparte; tan exacto que le quitan al huésped todo afán por seguir sintiendo remordimiento. Al fin entiende que está en el lugar justo, en el linde del desenlace de toda su trayectoria. –El perro nervioso al fin se ha callado, allá lejos. Se pasó más de un día en el olfateo de ese extraño con aroma a capitalino. Aquel ganso estridente, que le diera la bienvenida a la casa de JP, también está dentro de la grabación, cuando de vez en cuando afinaba su silbato; sobre todo en las tardes.
JP habla. No se olvida de la situación del enviado especial, allá en Santiago:
-Mira, hay dos maneras de buscarse problemas en la pega : siendo conflictivo o brillante. Tú sufres ambas, desde hoy.
La mueca del reportero lo dice todo. Acepta el dictamen y lo que venga; que por mucho que sea, superará con creces al buen Cristóbal Colón. JP le sonríe, paternal más que considerado. Se levanta, jadeante en su exhalación descalza; invita al enviado especial a un abrazo que huele a leña. El viejo aguanta el dolor de una rodilla; su colega hace como que no le duele la columna.

-Salvo pocas excepciones, el humano ha sido incapaz de crear, hacer algo que trascienda un siglo. En cambio, esta sandía sabe igual que hace millones de años.
“Bienvenido al conflicto sin fin, hombre brillante –JP modula el preludio-. Te respeto –sentados a la mesa, le ofrece un puñado de sus almendras sin cáscara; él ya remuele otro-. Ojalá que pronto pueda presentarte a don Juan Segundo Huenupil, que es el lonko de la comunidad de Comillahue, Tirúa Sur, voz autorizada para acusar la explotación de paisajes naturales, debido a la extracción de fierro en minas del Lleu-Lleu, que desde hace dos años llevan a cabo. Es un mapuche que afirma –JP lee la edición de agosto del 2007, del diario “La Voz del Arauco”, que también dormía plácido sueño al fondo de su cabecera; alargando como siempre su brazo, para leer nítido-: ‘Todo lo que está encima es del dueño –habla don Juan Segundo Huenupil-; de abajo no, nos dice el hiunca . Él no ve el valor sagrado de la tierra y la naturaleza y sólo se dedica a extraer sus riquezas… En ella [la tierra] hay una energía y espíritu que cuida a todos… Además, toda esta invasión afectará nuestros lugares ceremoniales, como la cancha de palín , y con esto nuestra cultura se perdería, y nuestra continuidad como pueblo queda pendiendo de un hilo’.
“Huenupil vive aquí, en una especie de exilio, igual que yo; pero creo que no hace falta decirte que el mío es, más bien, una auto-expulsión, sin llegar a confinamiento. Desde entonces y a partir de que Farkas se metamorfosea de chancho a león, este asunto de Comillahue tiene gran importancia para nosotros.
“También debes entrevistar a un tataranieto de alguien que conoció a Darwin, aquí; pero primero hay que hacer tu maleta. Todo esto queda para un segundo encuentro.
“No sé por qué, pero tal parece que aquí, en el sur, venimos a dar, generación tras otra, los santiaguinos que no somos del todo buenos; pero tampoco mediocres.
“No me creas todo lo que te diga de aquí en adelante; mas ten cuidado, a veces uno pregunta cosas que no logra olvidar nunca.
“Cuéntame, antes de que nos sirvan, ¿cómo lograste sobrevivir en medio de esa gigantesca cortina de petróleo, en Irak?”

Texto agregado el 17-05-2010, y leído por 1061 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
20-05-2010 Te estás chilenizando cada vez más querido amigo. Enhorabuena. Algo escribí yo también. Nos vemos. Campeador
 
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