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“Tantos recuerdos y tanto amor
alrededor de la mamá
tantos suspiros, tanto dolor
alrededor de la mamá
que jamás, jamás, jamás
jamás nos dejará”

Charles Aznavour (Adiós a la mamá-Canción)


Nuestra madre agoniza. Los médicos a pesar de haber intentado toda clase de tratamientos la han desahuciado sin darnos una mínima o, al menos, remota esperanza de vida. "Es cuestión de horas su deceso", dicen impotentes. Con evidente pesar reflejado en sus demudados rostros, la familia reunida se agolpa al lado de su lecho para despedirse y recibir de ella su postrer y santa bendición.

Mis hermanos y hermanas menores ya han pasado a saludarla. Sólo falto yo, pero nadie repara en ello. Somos muchos hijos, primos, tíos, nietos, yernos y nueras, y saber si uno de los 11 hijos ya entró o salió con su respectiva prole, no es siquiera posible; además, Don Rafael, su esposo, no posee cabeza para pensar en nada ni para disponer de la cotidianidad de la casa como le correspondería. Es en tanto, nuestra tía Chela, hermana mayor de mamá, quien se ha hecho cargo de la situación y atiende hasta los más pequeños detalles del acomodamiento de la tribu procedente de distintos lugares del país. Nunca comprendí por qué mi tía no se casó siendo una mujer bella e inteligente. De seguro cualquier hombre hubiera compartido orgulloso su vida con ella; mas la misma tía Chela lo explicó escuetamente cuando alguna vez a mamá le dijo: “Con sus hijos me basta y sobra a mí también”.

Desde donde estoy lo contemplo todo y únicamente aguardo el instante oportuno (cuando la dejen sola) para saludarla sin incómodas interrupciones. No deseo a nadie cerca, pues lo nuestro es muy personal y exclusivamente nos incumbe a las dos. Hace años anhelo hablar sinceramente con mi madre y lamento haber esperado demasiado tiempo para ello.

Apenas llegué subí a esta vieja buhardilla ubicada sobre la habitación donde nuestra madre reposa. Esta fue la alcoba de mis primeros años, pero luego del inexplicable viaje a Europa adonde mi abuela paterna, mamá la canceló y no se la dio a ninguno de mis hermanitos a pesar de sus insistentes ruegos. Ella –supongo- siempre abrigó en su corazón la ilusión de verme de nuevo algún día. Lástima sea en estas dolorosas circunstancias.

Apenas me enteré de su enfermedad terminal regresé de inmediato sin avisar de mi viaje. Mi madre aún no lo sabe. Ni mi familia -podría jurarlo- me ha reconocido. Mis propios hermanos no me distinguen sino por viejas y olvidadas fotos de mi infancia y hasta -imagino- me han confundido con alguna pariente o amiga lejana de mamá. Eso poco importa; de igual forma siempre fui una extraña para los míos, así como algunos de ellos lo son para mí. Sin embargo, me da cierta nostalgia volver a casa (otrora magnífica mansión), pues ya no es la misma de aquellas épocas, ni mi memoria la más viva. Todos –a excepción de los chicos- la pasamos callados y ensimismados en nuestras oraciones y estamos como ausentes sin querernos buscar para conversar íntimamente entre nosotros. De alguna manera, esta actitud nos mantiene enajenados de una realidad inminente y sólo esperamos un milagro o la ineluctable hora del adiós para darle paso a la desgarradora sucesión de recuerdos, lágrimas y remordimientos, los cuales jamás –mientras vivamos o, incluso, más allá de la muerte-, jamás, nos abandonarán.

Son cerca las doce de la noche y a esta hora la casa se encuentra sobrecogida por el silencio. La luz parpadeante de cuatro grandes cirios alumbran la alcoba de mamá, dibujando un luctuoso marco para su inminente tránsito a un mundo ignoto. Don Rafael, a quien en un comienzo consideré como mi verdadero padre, solitario vela al lado de ella, pero, ya se ha quedado profundamente dormido. El viejo está muy cansado. Lleva varios días acompañándola con apego y devoción, sin querer desprenderse un segundo de ella. No quiero pensar en la suerte del pobre padre de mis hermanos al faltarle su “chinita”, como cariñosamente él la llama. Espero posea fuerzas suficientes para soportarlo, pues 50 años de feliz matrimonio es una vida entera construyendo lazos imposibles de desatar de golpe, ni aun con la llegada anunciada de la muerte.

Por fin ingreso al cuarto de mamá sin ser vista o escuchada. Ansiosa me acerco a su lecho de enferma y la miro con pesar, pero a su vez con inmenso amor. Siento un inefable gozo al mirar su rostro y contemplar su belleza otoñal. Me recuesto ahora con delicadeza a su lado y toco sus manos frías. Siento aquí -muy de cerca- el espíritu de la muerte, rondándonos. Tal vez no tengamos sino este único momento. Yo, personalmente, se lo había implorado a Dios. Me inclino sobre su frente y la beso con la ternura contenida de un alma todavía presa de callados remordimientos. Sus ojos grises se entreabren pesados y me ve. Trata de hablar, mas las palabras se le atragantan entre su reseca garganta y, de pronto, nerviosa, convulsiona sin aparente control. Soy yo quien, entonces, pausadamente habla para calmarla:

- Tranquila, mamá, soy yo, Clara, tu querida hija mayor. He venido a saludarte.
- ¡Hija, hija mía...! -balbucea mi madre con sorpresa y angustia contenidas.
- Estás por dejar este mundo, madre, y sólo seré feliz viéndote partir en paz. En cuanto a mí, despreocúpate, pues no te guardo rencor alguno y nunca fuiste culpable de nada...
- Perdóname, hija, perdóname por abandonarte... -alcanza a decir mi madre, interrumpiéndome, mientras sus ojos moribundos se llenan con lágrimas de arrepentimiento.
- No soy quien para condenarte o perdonarte, madre. Dios, nuestro Señor, es el único con el poder y autoridad supremas para hacerlo. Entrégale a él tu corazón, tu vida y tus cargas, dejando a tu espíritu descansar confiado en sus sagradas promesas.
- Pero, hija -logra con dificultad pronunciar mi madre-: ¿Eres en verdad tú? Hasta hoy te creía muerta o desaparecida.
- Eso ya no importa, mamá. Vine a pedir tu bendición, y a llevarte conmigo para siempre...



Bogotá, junio 28 de 2004

Texto agregado el 28-06-2004, y leído por 113 visitantes. (0 votos)


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