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Le encantaba comérselo, no perdía ocasión para ello y además ellas le comunicaban de una forma u otra que lo hacía muy bien. Algunas se lo hacían saber con incontrolables gemidos, otras con imperceptibles movimientos en las aletas de la nariz, alguna que otra con algún ronquido y otras apretando fuertemente su coño contra su cabeza, tómalo, tuyo es, mío no.

Una chica que le apretó de este modo, incluso le hizo saltar una muela que le bailaba. Y fue para no perderse la cara que puso ésta cuando un amigo común, ante tres tazas de café, preguntó cómo se le había caído la muela. Entonces, instintivamente él la miró y ella con los ojos muy abiertos y un silencio elocuente dijo el resto. El amigo no pudo menos que sonreír. Alguien cambió de tema y aquí Paz, después Gloria y mañana Carmen.

Otra chica, una ex en esta ocasión, le hizo saber que él se lo hacía estupendamente, de forma más delicada y suave que nadie y mejor que ningún otro hombre nunca se lo hizo. Eso sí no perdió ocasión para comentarle que sólo su ex que sí era mujer y era japonesa se lo había hecho igual de bien, pero con más técnica: ahora dedos, ahora lengua… Él comenzó a sospechar que todavía mantenía el contacto con aquella ex nipona cuando ella le dijo que se iba al sex-shop a comprarse un consolador con la japonesa. Vale, ya que vas tráeme unas golosinas con forma de polla, apostilló él.

En otra ocasión otra chica le decía cómeme la cosita cada vez que quería que nuestro héroe le relamiese su más preciado tesoro, mira mi cosita, te espera mi cosita y esto a él le hacía reír secretamente, más que nada porque aquello en lugar del diminutivo merecería el superlativo más radical: megacosazatona le vendría mejor, si existiese. Aquello tan abultado podía esconder perfectamente un elefante como el dibujo del principito. Cuando se acercaba a su monte de Venus que más parecía una cordillera no sabía por dónde empezar, aun así comenzaba con los labios mayores, después por los otros que eran mayores aún y luego siempre terminaba empuñando el clítoris a dos manos. La Rosita además gritaba mucho al manipular su cosita y las paredes del apartamento eran muy finas, por eso él de vez en cuando no dudaba en taparle la boca no siempre con su pene. Al final terminaban los dos extasiados, y muy contentos.

Texto agregado el 22-05-2010, y leído por 170 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
07-09-2010 Muy bien !! ***** pintorezco
 
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