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Habitación de hotel



La habitación del hotel era confortable, luminosa y cálida, con una zona de estar amueblada con sobriedad y un amplio cuarto de baño sin ninguna ventana al exterior. Desde el ventanal del dormitorio, orientado al sur, se podían ver a algunas de las construcciones del pueblo y parte del campanario afilado de la torre de la iglesia. Un viento fuerte y racheado, unos 80 km. por hora pensó Carlos, movía las contraventanas. La mujer se puso de enseguida manos a la obra y abrió su maleta que había colocado encima de una de las camas. Él no se había quitado el abrigo y se sentó en la otra cama, junto al ventanal, con la maleta y una bolsa de mano en el suelo, a los pies de la cama y empezó a examinar la habitación con detenimiento. Fue entonces cuando reparó en el cuadro de una de las paredes. Le resultaba familiar, así que se levantó y leyó: “Habitación de hotel. Edward Hopper. 1931.” El año en que nació mi madre, dijo para sí.

Exactamente eran las 17 horas y 13 minutos cuando miró su reloj y el taxi los había dejado a las puertas del hotel. ¡Qué curioso! ambos números primos. En total 36 km. desde el aeropuerto, lo había comprobado en el contador, justo la edad de ella. Durante el trayecto se había acordado de su padre que emigró a Suiza en los años cincuenta y regresó cinco años después para casarse y montar su pequeño negocio. Seguro que nunca se alojó en un hotel.
El hotel era pequeño, casi familiar, pintada la fachada de un vivo color rojo que contrastaba con la blancura del paisaje circundante y la blancura azulada de las montañas que a lo lejos perfilaban el horizonte. El hotel estaba aislado, separado unos 1000 metros, calculó él, del pueblo que habían atravesado exactamente un minuto antes.
Un empleado del hotel, el mozo supuso, aunque pasaba de los cincuenta años, debía estarles esperando porque salió enseguida para coger las maletas e indicarles que les siguiera en un perfecto castellano con ligero acento del sur. Llevaba en la mano un llavero de madera con el nº de la habitación escrito en rojo. Aunque la casa, el hotel, contaba con sólo tres plantas, disponía de ascensor. Pararon en el primer piso y 10 metros a su izquierda el empleado soltó las dos maletas, abrió la habitación y extendiendo el brazo, con la mano abierta y una sonrisa muy profesional, les invitó a pasar, tomando a continuación las maletas que depositó entre las dos camas. Habitación 112 y Carlos pensó enseguida en el teléfono de emergencias. ¿Sería aquí ese mismo número? El hombre agradeció la propina y dijo: “si necesitan algo no tienen más que decirlo”.
Este no regresó a España, pensó Carlos y sin quitarse el abrigo se sentó en una cama.

Edward Hopper, “Habitación de hotel”, había leído. Volvió a sentarse sin dejar de mirar el cuadro, una reproducción en papel enmarcada con cristal. Más o menos 80 por 60 centímetros.
“Habitación de hotel” en habitación de hotel, pensó sin extrañeza como si fuera lo más lógico del mundo. Una mujer joven en ropa interior sentada en la cama de la habitación de un hotel, está concentrada en un libro que no lee abandonado en sus rodillas, callando alguna secreta historia. Podía ser una prostituta que espera a un cliente, una esposa infiel que espera a su amante, una viajera en tránsito que perdió un tren… Su equipaje está en el suelo, a los pies de la cama, sin deshacer. Sus ropas no se ven, sólo una especie de gabardina sobre un sillón y un sombrero encima de otro mueble. Un ventanal inmenso a su espalda, ilumina la escena. Hay soledad y silencio. Y una cierta tristeza.

La otra mujer, la suya, sigue deshaciendo su maleta con naturalidad, trajinando en silencio entre el dormitorio y el cuarto de baño. No han hablado desde que llegaron, ni una sola palabra.
Carlos se mira en el espejo del armario de la habitación. Se ve sentado en la cama, ve su maleta y su bolsa en un rincón y se vuelve para comprobar que también están sin abrir. Mira otra vez el cuadro y piensa: “Hombre en habitación de hotel, 2008”. Otra historia distinta, otro cuadro, pensó. ¿Qué hacía él allí, en ese hotel, en esa habitación donde seguramente nunca estuvo su padre?

Su mujer trabajaba como química en una multinacional suiza de productos farmacéuticos, allí gozaba de un buen estatus y de un buen sueldo. La empresa obsequiaba de vez en cuando a sus trabajadores con un viaje de unos días a Suiza. En esta ocasión él decidió acompañarla aunque a ella no le hiciera mucha gracia. Había pensado que podría entender mejor las historias que su padre contaba a veces, historias de miseria y humillación, de ambición y trabajo. Carlos sabía que ella llevaba tiempo poniéndole cuernos con un colega de la empresa, pero no le importaba demasiado siempre que lo llevara con discreción y hasta ahora había sido así. Como guarda de seguridad su solo sueldo no le permitiría el nivel de vida del que disfrutaba y además él también podía tener sus devaneos sin ningún remordimiento. Los celos le parecían un sentimiento inútil y una debilidad que no podía permitirse.

Ya estaba anocheciendo y ella, su mujer, estaba casi arreglada para salir, había quedado en reunirse en el pueblo con unos compañeros de trabajo. Sabía que su marido se quedaría en el hotel, bebiendo, mirando la tele o resolviendo crucigramas. Era aburrido, poco sociable y no le gustaba pasar las noches fuera de casa.
La mujer levantó el teléfono y dijo al recepcionista que le pidiera un taxi, “S’il vous plaît, merci”. No volveré tarde cariño, dijo sin mirarle y cerró la puerta.

Carlos pensó que todavía era pronto para acostarse, así que decidió que tomaría algo en la cafetería del hotel, hablaría con el hombre que no volvió a España y que seguramente le contaría su historia. Luego le pediría una botella de güisqui y volvería a la habitación 112 con la rubia de la “habitación de hotel” que le seguiría esperando con las maletas sin deshacer y que a lo mejor también, ya solos, le revelaba su historia.



Texto agregado el 28-05-2010, y leído por 72 visitantes. (2 votos)


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