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Inicio / Cuenteros Locales / elhombredecera / Satíricas estrategias de la muerte.

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Poseída completamente por un miedo endemoniado se mordisqueaba las uñas frenéticamente, y una profunda sensación de vacio se alojaba en su estomago mientras la larga espera dentro de su habitación consumía lentamente todos sus sueños y sus esperanzas. Su rostro lividecía hasta un extremo cadavérico cada vez que la escena de imaginarse perpetrando el acto mas abyecto que realizaría en su vida, y que marcaria su cuerpo y su alma con una cicatriz imborrable y grotesca, se clavaba en su mente como un disparo entrando por entre sus ojos y alojándose en su cerebro con la fuerza devastadora de una bomba atómica.

A cada segundo trascurrido, sentía como se incrementaba la sensación de casi oler la sangre y los fluidos malditos que escaparían de su cuerpo, junto con los dos meses del sufrimiento mas insoportable que una adolecente de quince años puede padecer, y que, aunque le devolverían su vida antes menospreciada y desperdiciada en rebeldías y decisiones estúpidas, le clavarían también una lacerante daga en el fondo de su inerme corazón.

Era un bombardeo de emociones y de pensamientos que nunca antes experimentó, que la sacudían con la furia de un huracán, inundándole la mente con un temor agobiante y acorralador, retumbándole en la cabeza con feroces y estruendosas explosiones de arrepentimiento. Le resultaba extremadamente doloroso reconocer su completa responsabilidad por lo que le sucedía, pero a pesar de todo estaba consiente de que ella misma se había arrancado el corazón del pecho y lo había arrojado contra el piso para bailar una danza fúnebre sobre él.

Sabía también que aunque su madre, afligida y decepcionada hasta el alma, hubiera accedido a ayudarla en esto, jamás volvería a confiar en ella, y jamás de los jamases volvería a considerarla su pequeña princesita, su hermoso retoño inmaculado, su inspiración. Lejos de sentir un alivio al ayudarla, ella misma, su madre, se sentía responsable, y después de esto cómplice también, de un suceso que, al mirarla con sus tiernos y brillantes ojos azules, su vestidito rosa bordado por ella misma, y la inocencia incomparable que un rostro de tres años refleja, jamás imagino.

Con un miedo asfixiante que le carcomía el espíritu, observaba el reloj que colgaba en la pared sobre sus ahora insípidos posters de actores que admiraba e idolatraba, y que en ese momento ya sólo representaban un pasado en el presente, un puñado de papeles que le recordarían las épocas en que su vida se desquebrajo en sus manos, y en que su mente pueril e incauta se atiborro con grises pensamientos y angustias despiadadas.

De pronto, escuchó a su padre toser en el pasillo, acercándose hacia su recamara, inmediatamente se lanzo de bruces bajo la repisa donde ponía sus zapatos fingiendo buscar algo, y sin sacar la cabeza de ahí se despidió de él con un simple “hasta luego papá, que tengas buen viaje”. Él hizo una mueca de desconcierto y correspondió a la fría despedida mientras salía de la habitación con un “cuídate hija, nos vemos pronto”.

Con el cabello alborotado y los ojos vidriosos volvió a sentarse sobre la cama, y al percatarse de que su madre despedía a su padre frente su casa, a punto de tomar el taxi que lo llevaría al aeropuerto, se asomo por la ventana y acaricio el cristal con la yema de los dedos al ver partir el vehículo, como implorando un mudo perdón, como intentando rescatar la hermosa conexión de padre-hija que habían tenido hasta antes de que la culpa la hiciera aislarse de él. Dejó caer los brazos y permaneció unos segundos llorando con la frente pegada al vidrio, recordando nostálgicamente esa infancia tan maravillosa y llena de felicidad que sus padres le habían regalado.

Minutos después, y con un rostro endurecido por la preocupación, su madre entro a la habitación y con un tono tajante le dijo:

-Alístate, nos vamos en diez minutos.

Se puso una chamarra vieja y sujetó su cabello con una pinza de plástico, salió a la sala donde su madre la esperaba ya, y sin más, salieron en el auto rumbo a la clínica donde habían pactado llevar a cabo la acción. Ninguna de las dos dijo una sola palabra durante el trayecto. Ensimismadas, casi estatuas, incrustadas cada una en su respectivo asiento respirando lentamente, petrificadas en una expresión de preocupación terrible, preocupación que brotaba de entre los poros de su piel fría, y que llenaba el interior del vehículo con un melancólico olor a miedo hirviente.

Después de 20 minutos de recorrido, el auto se detuvo frente a lo que parecía un edificio de oficinas privadas, en un callejón situado en una zona tranquila de la cuidad. Estuvieron unos segundos sin decir nada, inmóviles, con la mirada perdida en el horizonte de la calle. Por fin, la madre suspiró y sin mirarla le dijo:

-Baja ya Elena, espero que de verdad esto sea lo mejor, quizá nunca nos perdonare esto, pero tu padre es el hombre más bueno que he conocido en toda mi vida y no se merece padecer lo que has hecho.

- Perdóname mamá, soy una estúpida- dijo la joven mientras se llevaba las manos al rostro húmedo de lágrimas.

-Ahora lo importante es arreglar esto, y que todo esté como antes. Según el doctor, es un procedimiento seguro pero un tanto doloroso. Algo se me ocurrirá para que tu padre no se de cuenta de que estás mal, mientras te recuperas por completo. ¡Vamos, baja ya!.

Descendieron del vehículo y caminaron hacia una puerta blanca que era alumbrada de manera inestable por una lámpara en forma de almeja. La madre tocó el interfono colocado a un costado de la puerta mientras veía a su hija con un sentimiento entre rencor y compasión, entre lastima y asco, un sentimiento tan profundo como indescriptible, tan cruel y tan poderoso que le rebanaba el corazón en mil pedazos.

-¿Quién es?- contestó una voz grave y rígida en el interfono.

-Soy la señora García, tenemos una cita.

- Ah, si, claro, voy enseguida -profirió la misma voz con un tono ya menos áspero.

Esperaron unos segundos afuera bajo el frío invernal que envolvía sus temblorosos cuerpos, una frente a la otra mirándose tristemente, sintiendo cómo un metro de distancia podía convertirse en kilómetros, experimentando la vulnerabilidad que presentamos ante los problemas, percatándose del espantoso poder que tiene el miedo, y de lo indefensos que nos hemos vuelto ante él.

La puerta se abrió y fue apareciendo lentamente la silueta de un hombre regordete y de apariencia desaliñada, cuya figura se iba clarificando mientras salía de entre las penumbras del pasillo. .."Buenas noches", pronunció al mismo tiempo que terminaba de acomodarse el cuello de la percudida bata blanca que parecía haber sido de un hombre mucho más esbelto que él. Extendió el brazo derecho para saludar a la señora García y miró hacia ambos lados de la calle inclinando el cuerpo hacia afuera, asomando un poco la cabeza, como verificando que nadie estuviera viéndolos, volvió a echar el cuerpo para atrás y les indico que pasaran. Elena y su madre se observaron por un segundo, mientras a su vez el doctor escrutaba con una mirada lastimera a la joven sin que ella se diera cuenta. Abrió por completo la puerta pegándose a la pared para dejarlas pasar. Cerró la puerta cuando ya estaban dentro.

Caminaron unos cinco metros por un pasillo oscuro hasta llegar a unas escaleras, que a su vez conducían hasta una puerta entreabierta por la cual se escapaba una tenue luz blancuzca. El medico se adelanto y les indico que lo siguieran, subieron las escaleras y entraron a un consultorio sencillo y no muy grande, donde un escritorio lleno de papeles y envolturas de galletas y otros alimentos era lo mas atractivo a las miradas nerviosas y expectantes de Elena y su madre. Un estetoscopio tirado en el piso cerca del escritorio hizo trastabillar al medico, enredándose entre los torpes movimientos de sus pies, y que de no haber sido por un oportuno anclamiento de su mano izquierda en el borde del escritorio, lo habría precipitado hasta el piso. Situación que en cualquier otro momento hubiera resultado sumamente graciosa, por lo menos para Elena y su madre, pero que dadas la circunstancias desemboco en un incremento descontrolado del nerviosismo que sentían.

Reincorporándose rápidamente, como para pretender disimular el incidente, el doctor dio un par de pasos hasta una gaveta de la cual saco un par de guantes, y empezaba a colocárselos entre estirones de látex y flexiones de dedos a la vez que profería frases tranquilizadoras del tipo: “todo saldrá bien señora”, “he hecho esto muchas veces”, “en un par de semanas ni se van a acordar de esto”.

Elena permanecía parada junto a su madre sin atreverse todavía a mirar a los ojos al medico, sabiendo que había llegado el momento y que no había vuelta atrás, tratando de convencerse que eso realmente era lo mejor y que como decía el doctor, quizás en un par de semanas ya ni se acordarían de lo acontecido, aunque en el fondo ella sabía bien que era sólo una mentira, una tremenda mentira que de nada le serviría creerse.

-Bueno, pues, ha llegado la hora. Señora, creo que seria preferible que esperara aquí, no es una experiencia muy recomendable, de cualquier manera ya tengo todo listo y espero que todo salga bien, tardaré menos de lo que se imagina y podrá irse con su hija a su casa a descansar.

Aunque un poco desconfiada, la madre accedió a esperar en el consultorio mientras el doctor conducía a la chica hasta una pequeña habitación alterna, la señora García acompaño a su hija hasta la puerta de lo que parecía una pequeña sala de operaciones y observo rápidamente como para corroborar que todo estuviera bien.

Entraron, Elena y el medico se vieron por fin a los ojos, la tranquilizo un poco el ver que el tipo parecía ser una buena persona, a pesar de no ser tan estéticamente agradable y de tener una apariencia mas como de carnicero o de taquero insalubre.

-No te explicare las cosas, porque no es necesario, se cual es mi trabajo, simplemente sigue mis instrucciones y en un rato regresaras a tu casa, me imagino que estas nerviosa y que esta situación te hace sentir muy mal, pero ya veras que todo saldrá bien-. Elena simplemente asintió con la cabeza y se limito a seguir instrucciones.

Transcurrió poco más de una hora, la joven recostada en una camilla, la cánula, succiones, sonidos raros, quejidos, dolor, sangre, desmembramientos, lágrimas, frases tranquilizadoras, legrado, mas succión, pensamientos trágicos, más dolor, más sangre. Muerte, vuelta a la vida.

El médico entró al consultorio y dijo a la señora García que había terminado, y que ya podía llevarse a su hija para que durmiera y se recuperara en su casa. Le hizo una receta con nombres de algunos analgésicos y un par de medicamentos más que le ayudarían a sentirse mejor.

Tomó a la chica entre sus brazos y ayudo a la señora García a subirla al vehículo. Elena se veía muy rara, tranquila, pero con la mirada perdida, como si su mente estuviera en otro lado, como si se hubiera quedado en el pequeño quirófano hurgando en la bolsa donde fueron depositados los restos de eso que tantos problemas y sufrimiento le habían causado.

Se despidieron y la señora García agradeció al medico su ayuda y la discreción que prometió guardar. Recostó a Elena en el asiento trasero del auto y se dirigieron a una farmacia para comprar los medicamentos, acto seguido volvieron a casa.

Llevada en brazos por su madre, Elena llego hasta a su habitación, y después de tomar sus medicamentos, fue recostada en su cama. Ambas se veían un poco inquietas, como si tuvieran ganas de decirse muchas cosas, pero después de todo lo que había sucedido la pequeña estaba muy cansada y débil, por lo tanto prefirieron dejar las palabras para después.

-Tienes que descansar, hija, ha sido un día muy pesado, espero que hayamos tomado una buena decisión y que algún día podamos superar esto, a pesar de todo te amo mucho, duerme, si necesitas algo me llamas, hasta mañana -le dio un beso en la frente y salió de la habitación.

Un par de horas después un dolor caliente y agudo la despertó, sentía como si estuviera soñando, completamente mareada, casi no sentía el cuerpo, apenas tuvo fuerza para llevarse la mano al vientre, donde el dolor la torturaba vilmente. Sólo pudo sentir una tibia humedad que la asusto de una manera horrible, intento gritar, pero no pudo conseguirlo, las fuerzas la habian abandonado. En ese preciso momento una densa calma se apodero de ella, y sin se pretender hacer nada más se dejo llevar por esa tranquila agonía.

Al día siguiente su madre entró a la habitación para llevarle su medicamento, la encontró sin vida sobre un charco de sangre que cubría completamente las sabanas. Tomó su pequeña mano ensangrentada y la apretó contra su rostro mientras lloraba desconsolada sobre el borde de la cama, derramando el llanto mas profundo que jamás derramó, lamentando ese cruel suceso que no imaginó y que termino justamente de la peor manera que podía haber terminado.

-¡Excelente, demonios, esta si que estuvo buena! -sentada en la butaca de Elena, parloteaba emocionada la muerte a la vez que aplaudía eufóricamente y giraba su rostro osificado para observar la reacción de los jóvenes que estaban sentados a su alrededor, quienes, para su descontento, no mostraban el mismo interés en la historia.

-Vaya, estos si que no saben apreciar -dijo ofendida la muerte, sin que, obviamente, nadie notara su presencia.
-¡Pero que diantres, que buena me quedo esta vez!, no importa que estos bastardos no sepan apreciar mi talento, estoy complacido, es una lastima que esa joven vaya a morir, y aun peor, que no haya estado para escuchar su futuro -vociferó entre ensordecedoras carcajadas.

-Como pueden darse cuenta jóvenes, el tomar decisiones equivocadas, el no hacernos responsables de nuestras vidas y llevar a cabo acciones inconscientes, puede tener consecuencias muy graves, consecuencias que pueden llevarnos incluso hasta a la muerte, como le sucedió a la joven de la historia que acabo de leerles. Ayer me llego un correo electrónico con esta historia y se me hizo un ejemplo perfecto para que puedan darse cuenta de lo peligroso que puede ser el dejarse llevar por las emociones sin pensar en las consecuencias -dijo la maestra en la clase de educación sexual, frente a los alumnos que se mostraban apáticos y distraídos, indiferentes ante la reflexión que la maestra pretendía infundirles.

Mientras tanto, en un pequeño jardín detrás de los laboratorios de química, Elena y su amiga Karina planeaban junto con sus respectivos novios la reunión donde, sin saberlo, comenzaría la cruel pesadilla que acababa de ser contada en su salón de clases, donde esa tarde de embriaguez y desenfreno sexual concebiría al ser que la arrastraría junto con él hacia los aposentos de la muerte.

Texto agregado el 28-05-2010, y leído por 39 visitantes. (0 votos)


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