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Quiso el destino que un perrito blanco con pintas café se cruzara en el camino de una coqueta gatita blanca, que llevaba una cinta roja en su estilizado cuello. Por una extraña razón, el perro se sintió atraído por esa felinita pequeña y le hizo señas. La gatita no se inmutó y luego de cruzar frente suyo, pegó un brinco y se encaramó en el tejado.

Desde entonces, el perrito miraba tupido y parejo hacia arriba por si en una de esas reaparecía la gatita aquella. Otros perros, quiltros ordinarios de escasa sensibilidad, se mofaron de él, haciéndole notar que existían muchas perritas bellas en estado de merecer y con las cuales él podría entablar una bella relación. Pero no, el perrito se había seducido de la mininita aquella y nada ni nadie podría sacársela de su cabeza.

Al parecer, la gatita vivía en un barrio muy alejado al suyo, por lo que el perrito, haciendo uso de su gran olfato, siguió su huella y se internó por desconocidas calles. Fueron varias horas de incansable caminar, hasta que de pronto, en una imponente mansión, le pareció ver a su bella gatita. Se aproximó sigilosamente y asomando su hocico bajo unas tablas, atisbó ansioso. Allí estaba ella, dormitando sobre una esterilla.
El perro alcanzó a sofocar un guau de admiración y luego, satisfecho de haber dado con la preciosa gatita, se dio media vuelta y emprendió el regreso.

Al día siguiente, repitió la travesía, pero esta vez no tuvo suerte, ya que la gatita no apareció por ningún lado. Como buen pello, se tendió en las proximidades y aguardó que apareciera. Muy tarde en la noche, le pareció ver aproximarse una manchita blanca en medio de la oscuridad, y su corazón pareció detenerse: era la gatita, que llegó a la reja y encaramándose sobre unas enredaderas, saltó al interior de la mansión.

El perrito se alejó muy triste, ya que en su pecho desilusionado se comenzaba a desdibujar este amor imposible. Trotó y trotó, mientras de sus ojitos café comenzaban a brotar gruesas lágrimas de pena. Nunca sería capaz de abordar a la gatita y aunque lo hiciera, ella se reiría de él. Además, la minina pertenecía a la realeza, considerando que el rey de la selva era un descendiente directo de ella. Él, en cambio, era un perrito ordinario, sin linaje alguno y aunque así fuera, sus descendientes más próximos eran los lobos, animalejos sin Dios ni ley, que merodeaban en la oscuridad.

Resignado a su suerte, el perrito aquel, intentó comenzar alguna relación con alguna hembra bien encarada, pero todas se reían de su apariencia humilde y se alejaban de él lanzando perrunas carcajadas.

Pero, una tarde sucedió. Dormitaba bajo un frondoso árbol el perrito, cuando una voz suave lo despertó de un golpe. Era la gatita, que le preguntaba por una calle. Él, que las conocía todas, porque era recontra patiperro, le dijo que la acompañaría al lugar señalado y que la protegería de unos canes feroces que merodeaban el lugar. Ella, toda coqueta, asintió y ambos, perro y gatita, partieron a pasito lento por la vereda.

-Esta es la calle que usted busca, hermosa damisela. ¿Sería una impertinencia que le preguntara a quien busca?
La gatita, negó con la cabeza y le respondió con su maullidito elegante- busco a un gato que vive en esta calle.
El perrito se entristeció demasiado, ya que la minina seguramente buscaba al que pronto sería su novio. Pero, nada dijo y se despidió gentilmente de ella, alejándose con su corto rabito entre sus piernas.
Para olvidarse de la gatita, el pello se tendía en su jergón y esperaba que el sueño llegara para sumirlo en un reposo largo. Pero, ello no acontecía y, por el contrario, la imagen de la gatita se aparecía a cada rato, sonriéndole y haciéndole gestos amistosos.
-Si fuese un hombre, me olvidaría de todo, bebiendo hasta no saber ni mi nombre. Pero, soy sólo un perro y nada más me queda aullar sin consuelo, hasta que la vida así lo decida- pensaba resignado y dolorido.

Pero, los ancestros del pellito aquel debieron ser perros policiales, ya que no cejó en su intento de averiguar quien vivía en la casona que buscaba la gatita. Por lo que hacia allá se dirigió. En el camino se cruzó con tres perros ordinarios que sonrieron burlonamente al verle. Ellos ya se habían saciado con una perrita en celo y ahora iban a compartir un pedazo de carne.

Cuando llegó a la casa aquella, quiso que nunca se le hubiese ocurrido venir a atisbar a dicho hogar. En el patio, retozaban la bella gatita y un gato de albo pelaje y aspecto distinguido.
–Por supuesto, no podía ser de otro modo, ella no se iba a fijar en un perro ordinario como yo. Lo lógico es que busque a alguien de su estirpe.
Y de nuevo, y ya decidido a no sufrir más, el perrito se alejó con su rabito mocho entre sus escuálidas piernas. Tan obsesivo era su dolor y aún más grande su deseo de echarlo todo por la borda, que no reparó en un camión que venía a alta velocidad. El vehículo lo golpeó y luego lo arrojó con violencia hacia la acera.

Allí se quedó acezando el perrito, mientras la luz del día parecía esfumarse de sus pupilas. Después de todo, Dios no era tan cruel y ahora se lo llevaba a su diestra para compensarle todas las miserias de esta existencia. Y sonriendo suavemente, se fue sumiendo en una quietud de algodones…




Una blanca gatita le miraba con sus ojazos color esmeralda. Debía ser un ángel del cielo que le daba la bienvenida. Luego, vio muchos otros rostros, todos en círculo sobre él.
-¿Te sientes mejor?-le pareció escuchar al perrito, presunto difunto en las puertas del Paraíso.
Asintió con su cabeza dolorida y se preguntó en qué momento le comenzarían a crecer las alitas en su espalda.
-Tuviste mucha suerte. El golpe fue feroz y de otra no te salvas.
Quien decía esto, no era otra que la gatita, su adorada gatita, que, en compañía de su novio, le miraba con rostro preocupado.
-Deja que mi padre te ausculte las costillas. No sería raro que tuvieras alguna averiada. El perrito, adolorido y feliz al escuchar que el gato aquel no era novio de la gatita sino su progenitor, se dejó examinar.

Meses después, un perrito cojo y una airosa gatita paseaban por un hermoso parque. Ambos habían comenzado un poco después del accidente, un bello romance que todos terminaron por aceptar y bendecir…

























Texto agregado el 19-07-2010, y leído por 170 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
19-07-2010 Tiene la tibieza de un cuento infantil.Fábula bellamente escrita. emece
 
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