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El suelo de Chipyfulka tenía una extraña consistencia. Una especie de barro gelatinoso que se escurría entre los dedos de sus pies emitiendo desagradables chasquidos tras cada movimiento. El brillo de las lunas rebotaba en la superficie resistiéndose inútilmente a la oscuridad que amenazaba con cubrirlo todo.

Su respiración entrecortada rasgaba el silencio nocturno. Escondido tras una clarnika esperaba la oportunidad para huir y esconderse en la selva espesa.

La Clarnika, extraña mezcla de planta y animal, era un espécimen de hojas grandes provistas de filamentos que punzaban sutilmente la piel para alimentarse de sangre. La picada era imperceptible,
pero luego de algunas horas entre sus ramas comenzaba a sentir un hormigueo en el cuerpo. Debía ser cuidadoso al desprenderse de los filamentos.
De romperse alguno, la planta emitiría un chillido ensordecedor que alertaría a los Chipyfulkanos que le buscaban.

Se limpió el sudor con su camisa roída de insignias curtidas que sugerían una bandera patria desteñida. La vestimenta rota no le abrigaba, pero representaba un símbolo, su conexión con
la tierra de donde partió en marzo del 3010, once meses atrás según sus cálculos terrestres.

Llevaba como única defensa una honda rudimentaria y una bolsa con rocas. Debía atinar a la papada de estos horribles seres, un tiro certero en esta zona le permitiría matar al menos a uno. Mientras aguardaba, contó los Chipyfulkanos del perímetro. Tomo una roca y la arrojó lejos. Dos criaturas se alejaron entre saltos persiguiendo el sonido, pero uno pequeño permaneció inmóvil, levantó su aurícula en dirección al soldado y caminó lentamente hacia la clarnika.

Trató de respirar suavemente, pero el corazón acelerado quería escapársele por la nariz. Sin bajar la mirada tomó la honda y tanteó una roca. Cargó el arma y estiró su brazo al máximo. Tenía la carne cubierta de filamentos que succionaban sin parar. La criatura se aproximó a pocos metros de él… -

“Acércate más…” pensó
mientras se alistaba a disparar, pero un filamento se atoró en la honda.

Seguido del traquear de la rama un ruido punzante y chorritos de sangre inundaron el lugar.

La roca pasó silbando a milímetros de la papada tornasol. Un rugido de alerta hizo que los otros seres se acercaran rápidamente
Cerró los ojos y de un salto emprendió la carrera bosque adentro. Corriendo en cualquier dirección mientras sentía el barro frío en sus pies.

Entonces la vio de nuevo. La maldita vara luminosa pasó sobre él girando hasta caer al fango. La luz azul parpadeó hasta volverse roja… había fallado otra vez.

Una descarga eléctrica inició desde su collar y se
extendió a su columna hasta dejarlo rígido como un tronco.

Cayó al piso adolorido, se arrastró hasta la vara
colocándola entre sus dientes. Desplazándose torpemente entre pies y manos llegó hasta el Chipyfulkano, que la recibió resoplando la trompa. Sólo entonces sintió el frío recorriéndole la espalda y disipando el dolor.

Se escondió nuevamente para intentar escapar, pero ya el pequeño alistaba la vara, feliz de jugar con su linda mascota.

Texto agregado el 04-08-2010, y leído por 125 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
27-05-2011 No sé si habrá vida "inteligente" en otras galaxias, pero tú das razón para afirmar que aquí sí la hay. NeweN
04-08-2010 Brillante prosa. Mis***** girouette
 
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