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Tan pronto como acaba de apagar el despertador, el Doctor Ginecólogo mira el gran calendario colgado frente a su cama. Es su segundo automatismo; el tercero, sentir con la mano el cuerpo de su esposa, respirando tranquilamente a su lado: después de tantos años, el despertador ya no la saca del sueño tan fácilmente. Estos tres pequeños rituales lo hacen aferrarse definitivamente al día, aunque la noticia en el calendario hoy no es tan alentadora: veintidós de octubre, lunes. Hoy es el último día, piensa el Doctor Ginecólogo, y para complicar más las cosas, mañana será martes. De nada sirve preocuparse ahora, sólo se amargaría el desayuno.

Cuando el Doctor Ginecólogo llega a la Clínica de Maternidad, abriga la esperanza de que las labores de parto de la Señora Primeriza ya hayan empezado. En realidad, sabe que es una esperanza vana: si eso hubiera ocurrido, lo habrían llamado al celular.

—¿Nada? —le pregunta sin embargo a la Enfermera Joven y Bonita, que está en la recepción del ala de Maternidad. Ni siquiera tiene que especificar a qué paciente se refiere.

—M-m —le responde ella: la preocupación resquebraja la alegría de su rostro, agrega años a su expresión juvenil.

—No te preocupes —la tranquiliza el Doctor Ginecólogo—. Todavía quedan muchas horas.

Pero él también necesitaría alguien que lo tranquilice. ¡Qué grave error, haber quedado encinta a mediados de enero! Si sale bien de ésta, tendrá que reprocharle a la Señora Primeriza su descuido, su falta de planificación: si no lo ha hecho hasta ahora, es por no causarle más preocupaciones. Que todo salga bien, y el Doctor Ginecólogo se permitirá una licencia inusual: jalarle las orejas a la Señora Primeriza, pero despacito, un jalón acorde con su debilidad de parturienta reciente.

El Doctor Ginecólogo ocupa la mañana en visitar a sus otras pacientes distraídas, pero que, afortunadamente, ya han dado a luz. Todas acarician a sus pequeños, en todas brilla la felicidad por la precisión de los cálculos del Doctor Ginecólogo: ninguna ha dado a luz más allá del veinte de octubre, dos días completos de margen. ¡Si sólo la Señora Primeriza… !

En realidad, piensa el Doctor Ginecólogo, mientras toma un frugal almuerzo, no deberían estar en esta situación. Los medicamentos que inducen al parto, la gimnasia relajatoria, la mentalización positiva, la habitación de color verde: todo ha sido aplicado a su tiempo. Pero el Niño por Nacer no responde a los estímulos: es como si se resistiera a nacer hoy, como si quisiera nacer mañana veintitrés. Mañana Martes. Demasiado pronto empieza a dar signos de determinación; pero en este caso, es un impulso autodestructivo. Autodestrucción, piensa el Doctor Ginecólogo, con un estremecimiento. ¿No será que la proximidad del veintitrés ha influenciado ya irreversiblemente al Niño por Nacer, que el daño está ya hecho? Estamos perdiendo el tiempo, piensa el Doctor Ginecólogo, mientras recoge la charola con los restos de su almuerzo. La introduce en el receptáculo de desperdicios y se dirige a los lavabos. Vamos a salvarte de ti mismo, le habla en su mente al Niño por Nacer, mientras se lava las manos. Se dirige ahora, resueltamente, a la Sala de Enfermeras, y le dice a la Enfermera Jefe que preparen a la Señora Primeriza para cesárea, hacia el final de la tarde.

Los astros se confabulan a tu favor, le vuelve a hablar mentalmente el Doctor Ginecólogo al Niño por Nacer, atrapado en el tráfico a las siete y treinta, camino a la Clínica de Maternidad. Sólo avanza unas cuantas cuadras, y nuevamente una luz roja lo detiene. Rojo, rojo, piensa el Doctor Ginecólogo, con un estremecimiento. ¿Quieres más indicios?, se pregunta, mientras hace sonar impacientemente la bocina de su auto, para apurar a un conductor demasiado precavido.

Son ya pasadas las ocho treinta cuando el Doctor Ginecólogo llega por fin, y se dirige presuroso al cuarto de la Señora Primeriza, pintado de un reconfortante verde. Pero el color de su habitación no sirve para tranquilizar a la Señora Primeriza, que llorando pide por favor a la Enfermera Joven y Bonita y a la Enfermera Jefe, que tratan de calmarla, que ya venga el Doctor Ginecólogo, que ya la operen. El Doctor Ginecólogo la toma de la mano, le dice que no se preocupe, que las cesáreas no demoran mucho tiempo, y que todavía falta mucho para la medianoche, un siglo para mañana. Un poco más tranquila, la Señora Primeriza se deja llevar a la Sala de Labor por el Doctor Anestesiólogo y dos Camilleros sin Importancia, que la van a preparar para la cesárea. El Doctor Ginecólogo les hace un gesto a las enfermeras, y juntos entran en la Estación de Esterilización. A ellas no las va a engañar: hay que trabajar sin demoras, les dice, mientras se lavan las manos, rápido, pero sin descuidar la seguridad de la Señora Primeriza, les dice, mientras se ponen los guantes quirúrgicos, el futuro del Niño por Nacer todavía está en la balanza. La Enfermera Joven y Bonita no entiende la alusión; la Enfermera Jefe sí, aunque su rostro refleja que no está para agudezas.

Las agujas del reloj sobre la Mesa de Partos indican las diez y veinte, cuando los efectos de la anestesia son completos y puede empezar la cesárea. La destreza del Doctor Ginecólogo hace que todo se realice muy rápidamente. El rostro de la Enfermera Jefe muestra Decisión; el de la Enfermera Joven y Bonita, Esperanza: bajo los auspicios de estas dos musas, la mano el Doctor Ginecólogo trabaja segura.

Las agujas del reloj sobre la Mesa de Partos indican las diez y cuarenta cuando el Doctor Ginecólogo hace la primera incisión. Esta es la primera de las marcas con las que controla el progreso de una cesárea. Desde aquí, son cuarenta minutos hasta ver por primera vez al Niño por Nacer.

La cesárea está transcurriendo sin complicaciones. Las agujas del reloj sobre la Mesa de Partos indican las once y veinte, cuando el Doctor Ginecólogo ve por primera vez al Niño por Nacer. Siempre es éste un momento de alegría para él: sentir que ayuda a una vida nueva a salir al mundo, darle la bienvenida. Hola, le dice mentalmente al Niño por Nacer, ya casi naces. Y lo que dice tiene un sentido literal: el Niño por Nacer sólo habrá nacido, sólo será una vida independiente de la Señora Primeriza, cuando el Doctor Ginecólogo corte el cordón umbilical. No antes. Instintivamente, el Doctor Ginecólogo levanta los ojos hacia el reloj sobre la mesa de Partos, y sonríe al saberse en itinerario. Queda poco del veintidós, pero lo suficiente como para cortar el cordón antes del día martes, antes de mañana veintitrés.

Las agujas del reloj sobre la Mesa de Partos indican las once y cuarenta cuando el Doctor Ginecólogo empieza a sacar el Niño por Nacer, a través de la incisión en el vientre de la Señora Primeriza. Caracho, vamos con las justas, piensa el Doctor Ginecólogo, mirando con ansiedad el reloj sobre la Mesa de Partos. Ya está, el Niño por Nacer ha salido al mundo. Con toda su experiencia, un simple vistazo le permite darse cuenta de que está sanito. Es un niño, les dice a las enfermeras, guiñando el ojo derecho: una clave de médicos.

Las agujas del reloj sobre la Mesa de Partos indican las once y cincuenta cuando el Doctor Ginecólogo le alcanza el Niño por Nacer a la Enfermera Joven y Bonita, en cuyos ojos, una vez más, el Doctor Ginecólogo ve su gran deseo de ser madre. El Doctor Ginecólogo no es su ginecólogo —a la Enfermera Joven y Bonita le da vergüenza que él la examine—, pero de todas maneras, él le ha dado un consejo: nunca se te ocurra embarazarte en enero. Mientras el Doctor Ginecólogo piensa esto, la Enfermera Jefe limpia al Niño por Nacer: es un bello Niño por nacer. El Doctor Ginecólogo está satisfecho por la rapidez de su trabajo: generalmente, se demora veinte minutos en sacar a un Niño por Nacer.

El Doctor Ginecólogo ya no se fija en las agujas del reloj sobre la Mesa de Partos cuando toma las tijeras quirúrgicas y corta el cordón umbilical: el Niño por Nacer acaba de nacer. Te salvamos, le dice en voz alta el Doctor Ginecólogo, has nacido el veintidós de octubre, eres Libra. Las enfermeras sonríen aliviadas. Mientras el Doctor Ginecólogo sutura la incisión en la Señora Primeriza, le sigue hablando al Niño Recién Nacido, tienes ante ti una vida de Equilibrio y Armonía, serás admirado por tu amor por la Justicia y la Erudición, destacarás en las Artes o en la Diplomacia, porque la Belleza y la Ponderación están en la Simetría, y tu signo es simétrico: la Balanza. El Niño Recién Nacido es tan precioso, que la Enfermera Jefe se olvida de llenar el Certificado de Neonato, mientras el Doctor Ginecólogo sigue cosiendo a la Señora Primeriza y hablándole al Niño Recién Nacido, serás un esposo fiel y un gran padre, y aunque tendrás una tendencia natural a la Indecisión, eso se puede arreglar con una severa educación militar. Ante esta última sugerencia, la Enfermera Joven y Bonita protesta: los Libras no son guerreros, son artistas. Anudamos, tijera, listo, dice el Doctor Ginecólogo: la Señora Primeriza está a salvo.

¿Qué futuro te habría esperado, le pregunta mentalmente el Doctor Ginecólogo al Niño Recién Nacido, mientras se quita los guantes quirúrgicos, de haber nacido veintitrés de octubre como querías, de haber nacido Escorpio? Hubieras sido intuitivo y determinado, pero también terco y contradictorio; pero lo que es peor, inflexible e impulsivo, tus emociones te habrían perdido, y tu impulso autodestructivo te habría hecho ir por la vida traicionándote a ti mismo. En cambio, le sigue diciendo mentalmente el Doctor Ginecólogo al Niño Recién Nacido, ahora tienes ante ti un bonito futuro. Tu día ya no será el Martes, día de Marte, Dios de la Guerra, sino el Viernes, día de Venus, la Diosa de la Belleza; tu perfume ya no será el del nardo, sino el de las rosas; y tus colores no serán el Rojo y el Negro, de la Sangre y la Muerte, sino el Verde, de la Esperanza. Lógicamente, le sigue diciendo mentalmente el Doctor Ginecólogo al Niño Recién Nacido, está la proximidad al veintitrés, ese ascendiente Escorpio que puede haberte influenciado nocivamente, pero no es nada que no se pueda solucionar con una terapia sicológica temprana.

Señoritas, les dice el Doctor Ginecólogo a las enfermeras, llenemos los papeles. ¿Hora de nacimiento?, pregunta el Doctor Ginecólogo, mientras levanta la vista hacia el reloj sobre la Mesa de Partos. Las agujas indican las once y cincuenta. El color abandona tan violentamente el rostro del Doctor Ginecólogo, que las enfermeras no pueden evitar levantar también la vista. Un grito ahogado escapa de los labios de la Enfermera Joven y Bonita, mientras que la Enfermera Jefe siente un mareo que la obliga a sentarse en el suelo, al comprender que el reloj sobre la Mesa de Partos se ha detenido. Pero, ¿hace cuánto? Recuerda, se dice el Doctor Ginecólogo, ¿a qué hora viste por primera vez al Niño por Nacer? Once y cuarenta. Más veinte, más lo que, más… suma el Doctor Ginecólogo, tratando de que la cuenta se aclare en la confusión de su mente. Pero no salen los números como él quisiera, porque desde que vio por primera vez al Niño por Nacer hasta que cortó el cordón umbilical, han pasado más de veinte minutos. El Doctor Ginecólogo no ha podido evitarlo: el Niño Recién Nacido ha nacido el martes veintitrés de octubre. Es Escorpio.

El Doctor Ginecólogo oculta la cara en las manos, para no ver el rostro apesadumbrado de la Enfermera Joven y Bonita, que abraza al Niño Recién Nacido, incapaz ya para siempre de protegerlo de sí mismo. ¿Quién se lo va a decir a la Señora Primeriza?, piensa el Doctor Ginecólogo. ¿Cómo se lo voy a decir?, piensa de nuevo, resignado a cumplir su deber. De pronto, el Niño Recién Nacido rompe a llorar: es un llanto convulsivo y violento, desproporcionado. ¿Será que por fin comprende la vida a la que su instinto autodestructivo lo ha condenado? ¿Será que por fin comprende lo que se ha hecho a sí mismo? Más bien, piensa el Doctor Ginecólogo, llora como si lo acabara de picar un escorpión.

Texto agregado el 14-08-2010, y leído por 281 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
15-08-2010 Creativo tu texto, a mi entender, fue gustosa su lectura! achachila
 
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