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Hubiese deseado no estar ahí. La Thelma entró sin saludar a nadie y esa fue la primera señal. Las ollas y el alboroto tras el mesón disimularon en algo su mal ánimo. Tanto humo y mezcla de olores me recordaron las películas chinas de plenos años 80. Yo mientras tanto comía mi cazuela mirando de soslayo entre las personas de la mesa contigua y la ‘Sole’ que ordenaba las facturas taciturna y como ida. De sorbete en sorbete me las arreglaba para verle las piernas a las funcionarias municipales que solían ocupar la mesa grande del fondo justo frente a la mesa de los empleados del correo; que eran unos cinco más o menos. Había una bien ‘piernuda’ que me gustaba harto. Cuando no oteaba muslos, hojeaba el diario (La estrella del Loa).
La ‘Sole’ era la hermana del medio y la encargada de llevar el orden en la cocinería. Tenía una hija de tres años que casi siempre solía sentar como adorno al lado de la caja donde las hermanas guardaban el dinero. Era feíta la niña, harto poco agraciada la pobrecita: tenía cara de muñeca de plástico de los años 70, pero sin ojos o con ojos flojos para no caer en excesos. Frente y pómulos prominentes apuntando al centro del rostro. El mismo pelo desprolijo; la misma cera en las mejillas; caries desparramadas; voz chillona; empeines en la piel como tela estampada en flores de sillón antiguo. Verla caminar entre las sillas del local semejando el paseo de una modelo era francamente lamentable. Las hermanas en cambio celebraban todo lo que la niña hacía. Todas oriundas de Punitaqui, en pleno valle de parrones metidos entre los cerros; valle culebreando entre villorrios y un río de aguas claras.
Yo siempre pedí más ají pero esa vez no fui culo: no quería incomodar. Acababa de terminar mi caldo y ya empezaba a darle el bajo al charquicán cuando la Thelma comenzó a lanzar la losa en el lavaplatos como queriendo hacer notar de a poco su malestar. “¡Ya empezó con sus weás esta weona enferma!” –susurró la Carmen que era la mayor de las tres hermanas y que tejía a crochet en otra mesa oteando de cuando en cuando la pantalla de la televisión que colgaba de la pared. Era mandada a hacer para pararse en la hilacha las veces que la Thelma andaba ‘con los monos’. “¡Y voh que te metís conchaetumare!”- replicó la otra también con un gesto medido y un odio supino de ojos inyectados en sangre; esforzándose en no llamar mucho la atención del resto de los presentes que a esa hora almorzaban como todos los días. Por supuesto que yo era el único que hasta ahí me daba cuenta de lo tenso del ambiente; llevaba años dejándole mi vale de restorán a ese local, así que en algo (sino en mucho) conocía el genio de las hermanitas.
Mientras tanto en la calle una nación completa de perros dormía la mona bajo las sombras y cada cierto tiempo los colectiveros se estacionaban para recoger pasajeros en la parada. Algunos parroquianos que todavía engullían algo alcanzaron a percatarse del entuerto pero eso fue mucho rato después cuando la ‘Sole’ no aguantó más el ‘toreo’ de su hermana: “¿¡a ver qué weá te pasa a voh yegua e’ mierda, te levantaste con el culo ajuera acaso?!”.
Otros que también cayeron en cuenta con el asunto familiar no quisieron quedarse y simplemente se pararon y se fueron arrastrando nervios y ansiedad.
Así pasaba siempre: bastaba que una de ellas encendiera la mecha para que la pira ardiera majestuosa de insultos y maldiciones por doquier. El colesterol alto las ponía eléctricas, soeces e idiotas como a las perras más chicas de la leva. Así fue siempre según lo que la misma ‘Sole’ me decía cuando nos poníamos a tomar piscolas en la disco Postoina de calle Vargas. La ‘Sole’ pololeó conmigo antes de terminar casada con el faenero ese que se cree Jean Paul Belmondo; en tiempos en que trabajé de garzón en el Bavaria; de eso hace ya sus buenos años. Cuando joven la Soledad no era tan guatona eso sí; era más bien ‘guailoncita y harto piernuda’.
Que me queden grande, así me llenan el gusto las mujeres por decirlo de algún modo; y la ‘Sole’ estaba para echarla a los porotos.
Ese día el menú del lugar era el siguiente o más o menos este: de entrada ensalada surtida; de primer plato se podía optar entre cazuela de gallina, porotos y lentejas. Los fondos eran variados: pollo asado o arverjado; lasaña; bistec de hígado salteado; budín de acelga o tallarines con salsa. De acompañamiento arroz o tallarines. Finalmente el postre que solía ser una copita pichulera de helado. Yo elegí tallarines, ¡y cómo lo iba a olvidar por Dios! si cuando vi esos fideos de mierda retorciéndose satánicamente sobre el plato bajo mi mentón formando esas desquiciadas frases que hasta hoy no puedo olvidar, quise salir corriendo, sin embrago me fue imposible, simplemente no pude. Una fuerza demoniaca me impedía cualquier movimiento. Al principio llegué a pensar que se trataba de una fiesta de gusanos blancos moviéndose en un viscoso líquido repugnante; es decir en un breve delirio atribuible a mis años de consumidor de marihuana; eso hasta que vi formarse prístina y nítida ante mis ojos esa frase de fideos que hasta hoy no olvido: “HOY VERAS CORRER SANGRE MALDITO INFELIZ, SANGRE A BORBOTONES”. Eso sí ya eran palabras mayores; y yo que recuerde jamás inhalé Neoprén. Miré hacia los todos lados; por mi frente la sudadera era casi incontenible, tanto que parecía una pileta con la llave rodada. Al fondo la imagen de las hermanas y de los demás se me tornó borrosa; difusa; media gaseosa; parecida a un baño turco o sauna. Al principio intenté zafar fijando la mirada en la manzana verde dibujada justo en el centro del reloj de la pared. Conté cada segundo como si fuera el pulso irreductible de un ser moribundo que se ahoga para siempre, pero nada. Después pasé a la patente comercial enmarcada en vidrio mosqueado y perfiles de madera barnizada: pero tampoco. Luego clavé la vista en la enredadera verde de plástico que atravesaba todo el pilar del mesón de la cocina. Partía en un macetero también de plástico pero de color café y terminaba sobre el marco de la puerta del baño de mujeres. Allí estuve clavado casi unos diez minutos tratando de disolver el conjuro de los tallarines pero NADA. Al volver la vista al plato la cosa se puso peor aún, ahora la frase era en latín o al menos eso creí: -“ABYSSUS ABYSSUM VOCAT IN VOCE”- y luego los fideos otra vez tomaron su forma normal, pero sólo por un breve instante, porque de la nada y cuando creía haber recuperado la cordura, otra vez del fondo del plato emergió otra frasecita para el bronce: “AD ORBIS NON VERITAS”; y luego: ”SERÁS TESTIGO DEL ACTO IGNOMINIOSO QUE SATÁN TE OFRENDA HOY AQUÍ”; y después: “BONUM VINUM LAETIFICAT COR HOMINI”.
Hay virgen María, menos mal que la cosa se me calmó un poco después de beber el vaso de vino que aquella vez incluía el menú; si no me volvía loco. Fue entonces cuando la escena recién se me vino a rearmar. Todo estaba tal cual: la Thelma detrás del mesón refunfuñando mientras lavaba platos; la Carmen con el crochet y la ‘Sole’ limpiándole los mocos a la criatura. Como un esperanzado le atribuí la culpa de mi delirio y de la pérdida temporal de la razón, a las pastillas que para la presión me había recetado el cardiólogo hacía más o menos una semana. Por supuesto que devolví el maldito plato de fideos casi lleno (a los que por salud mental –claro está- no les volví a poner la vista) Sólo para guardar la compostura entonces pedí mi correspondiente copita de helado; después le pedí a la ‘Sole’ que me trajera un té de coca.
-“Tiene de cara de perro apestao usté oiga”- me dijo media inquieta. “¿No será que comió muy rápido hoy?” –su cara era de evidente preocupación. Yo para restarle dramatismo a la escena y para evitar caer en mayores explicaciones con relación a lo recientemente ocurrido, le comenté que eran sólo ideas suyas y que me sentía de maravillas. Aprovechó de preguntarme por mis cosas; mi vida; mi trabajo. Yo le respondí que de lo mejor; de perillas; de luxe; que mejor imposible. Aprovechó de inclinarse maliciosamente frente a mí para dejar expuestos sus senos y calentarme: “¿se sirve?”-me dijo en tono coqueto; yo con cara de agradecido le respondí que no. Intercambió conmigo saludos para mis hermanos; mis padres; los tíos que alguna vez le presenté; luego me dio la espalda y volvió a la cocina llevando consigo los platos que dejé a medio terminar.
Más allá Carmen, la más entradita en años, había dejado de hacer sus cosas y ahora dormitaba con un bamboleo de cabeza que hacía salir la saliva de su boca. El penduleo iba de atrás hacia adelante y de izquierda a derecha como mono porfiado. Cuando las moscas se lo permitían, se le escapaban algunos ronquidos huachos.
Más allá vi que la Thelma no dejaba de contar la plata de la caja; llevaba un buen rato haciendo lo mismo. Una y otra vez prestidigitaba con los billetes dejando escapar injurias y al unísono se afanaba en sacar cuentas con la calculadora. Aún se le notaba molesta, inclusive más que antes.
Fue extraño porque sentí un vacío de tiempo entre las puteadas y mi desvarío con la comida. Algo así como un bolsón del olvido. Fue como que el tiempo se detuvo. Por más que traté de recordar los garabatos de fideos en latín, no pude ni un carajo. Hice varios intentos de escribirlos en una servilleta, pero fue inútil. Al final me reí de mí mismo, de lo estúpido que era dar crédito a semejante tontera. Pensé en pedir unos días de vacaciones; quizás todo se debía al estrés laboral que desde hacía unos días venía aquejándome; o el azúcar; o la sal; o tanto shop; no lo sabía.
Mi efímero sosiego duró poco eso sí.
No pasó mucho entre el instante en que trajeron mi té de coca y el minuto exacto en que la Thelma rompió de manera definitiva la calma del lugar. Yo llegué a saltar de la impresión, como si con el último delirio sufrido ese día no hubiese bastado: su cara estaba roja de ira y una mata de venas henchidas le atravesaba frente y cuello. No le importó que aún quedara gente ni que la niña dormitara como un angelito en los brazos de su madre. Con la mirada turbia se puso a proferir injurias y acusaciones:
“¡Faltan diez lucas y si no aparecen de aquí al cierre de esta weá juro por la virgencita de Andacollo que dejo la cagá y media!”-gritó la ante el asombro de quiénes nos encontrábamos en el local a esa hora-. “¿Fuiste voh weona mañosa?” – inquirió colérica dirigiendo la mirada hasta donde se hallaba la ‘Sole’; “¡te apuesto que voh fuiste!” –apuntó con su dedo acusatorio. Entonces como sirena de las doce el llanto de la niña se desparramó con sordino escándalo por todo el salón; y ya no hubo quién la callara.
Fue horrendo darme cuenta que al desear con todas mis ganas volver a incorporarme para salir de una vez por todas de ese maldito lugar (porque evidentemente ya era mucho), DE NUEVO NO PUDE. Así tal cual: DE NUEVO NO PUDE MOVER UN PUTO PELO. Algo oscuro y siniestro me obligaba a permanecer allí sentado. Otra vez esa fuerza invisible me mantenía pegado a la silla plástica azul de PEPSI de modo irreductible. Peor aún fue cuando la enloquecida Thelma vertió el agua hirviendo de la tetera en la cara de la pobre niña. “¡Cállate conchaetumadre, ya deja de llorar cabra culiá, me tenís chata con tu cagá de llanto!” –le grito a la criatura casi transformada en Odín. La niña sonó como animalito. El vapor tardó más de lo normal en difuminarse. Obviamente que (de inmediato) la ‘Sole’ saltó sobre la agresora transformada en una mona. Hubieran visto la cara de ese pobre ser humano, mezcla de pitbull con rothweiller. Después (más encima) y como de la nada salió a relucir el Tramontina que las hermanas tenían para cortar los churrascos (por su tamaño más que cuchillo parecía sable); seguidamente brotó la sangre de la ‘Sole’, así nada más, caliente y explosiva como botella de gaseosa que se agita y se abre abruptamente. La imagen de los fideos se me vino otra vez a la mente. Ni los gritos desconsolados de la Carmen; ni las rogatorias de los tres pelagatos que aún permanecíamos en la cocinería; ni mucho menos los alaridos de la guagua; pudieron evitar las treinta y tantas puñaladas que la Thelma le asestó a su hermana, ahí mismo y delante de todos aquella vez; mientras hurgaba entre sus sanguinolentos harapos en busca de las diez lucas que jamás aparecieron. Como perro kiltro herido después un atropello atribuible a un camión con rampla, la ‘Sole’ gimoteó sus últimos estertores en esta infausta vida. Los ojos de su agresora al verla derrumbarse se tornaron como el aceite frío: turbios y grises por unos segundos. Luego se repuso y continuó con su carnicería.
-“¡Devuelve la diez lucas maraca reculiá, si no las tiene esta weona con cara de fiambre, entonces voh las tenís!”- gritó como un fuelle rezongando amarguras-. La Carmen no pudo más del miedo y dando rebotes en las paredes se abrió paso hasta el baño de las mujeres. Allí se encerró hasta que la Thelma derribó la puerta y la mató. “¡Estas sinvergüenzas juran de guata que pueden venir a robarme la plata de mi propio bolsillo; sí, cómo no, las conchaesumare, seguro que les voy a regalar mi trabajo!” –continuó profetando como una impenitente lenguarada dándole golpes a la hoja afilada con su mano inquieta. Y todo por diez lucas. A nosotros nos retuvo hasta que terminó de cocinar y nos dio de probar esos porotos con los restos de la niña, a quién minutos antes acalló de un certero golpe. Según ella las extremidades hervidas de la pequeña criatura eran patitas de chancho para darle sabor a las legumbres. Así de enferma la pobre. Primero obligó a comer al único cartero que quedaba. Para ser franco el muslo de la bebé semejaba harto una pata de cerdo. Qué se yo, la piel era muy similar a la original, la verdad es que en nada se diferenciaba de un pequeño pernil bien cocido. Pobre cartero, lloraba como niñita, pero tuvo que comer igual no más, si no el cuchillazo de la Thelma no se lo sacaba ni el Papa. Afuera del local la gente se agolpó en masa. Por precaución los carabineros cercaron las dos esquinas, mientras la presión aumentaba.
Lo mío fue más repugnante aún. A mí la Thelma me sirvió los porotos hasta colmar el plato y acompañado más encima del brazo de la guagua. Lo trágico fue que el brazo venía con la mano y para peor con la mano rígida y empuñada. En cada extremo sobresalía el hueso blanco como recién clorado. Más encima mi plato chorreaba sangre coagulada, la verdad: era una mierda sin precedentes. “¡Come maricón”! –me dijo y a mí no quedó más que acceder a su petitorio, si no de seguro que terminaba mal. Cuando su desquiciamiento llegó a su máximo nivel, me hundió la cara en el plato. Como una maldición vi que los porotos incluían fideos, así que ya pueden imaginarse la cantidad de frases herejes que me tocó releer. Allí me tuvo harto rato hasta cuando ya casi no quedaba más que la mano para engullir; todo lo demás ya era puro huesito y algo de venas deshilachadas. Entonces presioné fuerte para aflojar de una vez la rígida empuñadura. Como a una jaiva, uno a uno le fui sacando los dedos. Detrás del horizonte de mi mesa la risa burlona de la Thelma se dejaba sentir como un tábano. Me recordó a Jack Nicholson en ‘El Resplandor’. De seguro terminaría ensartándome el cuchillo, pensaba una y otra vez. De esta no me salvo; cooperé; cagué; me funé; sería todo, no dejaba de repetirme una y otra vez. Fue entonces cuando al desprender el último metatarso de la mano, de la flor de la diminuta palma emergió el billete de diez lucas todo doblado y mucoso. Fue por eso que la Thelma me perdonó la vida; de otro modo no me salvo. “¡Te salvaste weón rajudo; te gastai la media suerte!”-me dijo con la cara sonriente- “¡Ya ahora te podís ir no más; esta no la contai dos veces!”…yo ni corto ni perezoso me demoré medio segundo en salir corriendo de ese lugar endemoniado. Ni que fuera tonto; mejor ser Vivaldi que Pavarotti, ¿o no me dice usted?

Texto agregado el 23-09-2010, y leído por 256 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
31-01-2013 Me gustó por su contenido y la forma de narrarlo, con detalles y atracción. elpinero
22-09-2011 Esa Thelma... carelo
26-08-2011 Vaya con su prosa , oiga. Usted no se anda con cosas, se las escribe todas , de corrido, sin respiro y uno ahí pegada a las letras igual que su protagonista leyendo en el plato. Bien terrible la cosa, qué quiere que le diga, impactante. Bien llevado su hilo conductor, crece la tensión y la sorpresa en su relato. Magnífico, bien ordenadito, todo en su lugar al momento justo. Tremendo drama por diez lucas que vienen a representar toda una historia familiar...Estrellas vienen volando. FaTaMoRgAnA
23-06-2011 repito: escribes como niña el-cronopio-maldito
04-03-2011 glups libelula
03-03-2011 Caballero: ¿por donde queda ese Restaurante?. Sin palabras.***** MujerDiosa
 
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