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Una paloma horrorizada, le había contado al oído de la muerte horrorosa de Corsario. Y Trueno, el brioso animal que ya correteaba tras los jovenzuelos que les hacían musarañas, comprendió que a su padre lo habían matado los hombres y que pronto sería su turno.

Las corridas de toros concitan la atención de miles de aficionados, quizás tanto como el fútbol. Un alto porcentaje de ese público enfervorizado, acude en masa a presenciar el martirologio del animal, pero no son menos, aunque nunca lo reconocerían, los que van al ruedo con la secreta esperanza de ver el destripamiento del torero.

Pero Trueno nada de esto había intuido mientras su padre, un toro robusto y gallardo, se mantenía vigilante y de cuando en vez, le enviaba miradas protectoras. Muchos otros gallardos ejemplares habían sido conducidos sabe dios hacia donde y salvo Montonero, había regresado con un brillo de triunfo en sus pupilas. Aunque, poco después, también partió y jamás regresó.

Cuando Corsario fue conducido, como los demás, alcanzó a mirar a su retoño, quien le respondió con un gesto que sólo los toros saben que significa hasta pronto. Aún aguardaba el regreso del poderoso padre, cuando la paloma aquella le llegó con la mala nueva.

No mucho tardó en comprender Trueno que a su padre lo habían matado los hombres, pero también había sido ultimado, con estocada mortal, por esa rutina vampiresca que exigía sangre fresca y loores para el vencedor. Tal como en la época de los romanos, cuando eran los cristianos los martirizados, ante los vítores del público.

Como el toro discurría tanto como acometía, se dio cuenta que tras todo eso, existía una poderosísima empresa, dirigida por magnates, que día a día se hacían más ricos a costa de una costumbre tan cruel como tribal. Pensó en aquellas mareas de gente que acudía a refocilarse con la sangre de los toros, pensó también en los activistas que denostaban por esta malsana práctica y, sin embargo, en su mesa cenaban carne de res. Pensó el toro en todo eso y cuando se asomó al ruedo y vio las tribunas atiborradas, sintió que en su pecho algo se alborotaba y ya ciego de ira y resentimiento, sin proclamas de tono intelectual, embistió con valentía suprema y fue una saeta oscura cruzando la arena. Todo el odio acumulado, le dio ímpetu para saltar la primera valla y también la segunda y ya en medio de la gente, acometió a los aterrorizados espectadores, tal si les estuviese pidiendo explicaciones.

Trueno fue sacrificado, del mismo modo que lo fue Espartaco y otros valerosos guerreros. No hubo crucifixión para él, pero sí un promontorio que sólo los toros y más de algún animalillo curioso conocen. Pero ninguno acude allí para jurar venganza, porque los toros no han sabido procesar el odio tal y como lo procesan sus ajusticiadores…









Texto agregado el 06-10-2010, y leído por 141 visitantes. (0 votos)


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