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Inicio / Cuenteros Locales / Markus_Krant / “El que no se avienta, no cruza el Río”

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Cuando era niño había un gran río que dividía el viejo “Valle Oscuro” de nuestro pequeño pueblo “Dulce Silencio”. Solíamos jugar siempre cerca de nuestro pueblo por miedo a las muchas historias que se contaban acerca de aquel oscuro lugar. Se hablaba de brujas que comían niños, se decía que te raptaban y te encerraban en sus sótanos, luego cuando te cansabas de gritar iban por ti, te quitaban la ropa y te ponían en una maquina que te quitaba los ojos para guárdalos como ingredientes para hechizos, te arrancaban los dientes para molerlos y hacerlos polvo de huesos para realizar magia negra, te quitaba las uñas una a una porque les gustaba coleccionarlas, eran como sus joyas, quien tenía más uñas de niños era una bruja mas malvada, en ocasiones te arrancaban el pelo a tirones porque con eso rellenaban sus camas y almohadas en las que dormían. Se hablaba mucho de ellas, las que vivían del otro lado del río, y sin embargo varios chicos de mayor edad sabían que la verdad era que bandidos poblaban esas tierras y se ocultaban en viejas casas abandonas, por eso no debíamos ir al otro lado. Sin embargo, no había que temer a viejas brujas y demonios danzantes, al menos eso decían.
Los mayores gustaban de ir a explorar y los pequeños sólo seguíamos con cautela, cuidándonos de las garras de las brujas que se estiraban por medio de las ramas y raíces de los arboles, de sus extrañas voces susurrando en el viento y de las extrañas visiones con dulces y juguetes, pues todos sabíamos que aquel que fuera atrapado nunca volvería a ser visto. Corroboramos esto como falso poco tiempo después cuando Carlos de 15 años fue de hecho encontrado en la piedra “Luna” en medio del bosque del “Valle Oscuro”. Su madre lloraba su pérdida con gran desesperación, solo podía bajar mi cabeza y orar porque me causaban escalofríos sus llantos, tan horribles como los de la bruja esa noche. Fuimos interrogados una y otra vez, pero nadie recordaba con claridad nada, sólo supimos que Carlos nos salvó a todos.
Esa noche como muchas otras no era distinta, un simple juego de exploración y vuelta a casa, pero todo cambió cuando el pequeño niño de los Arquet se perdió. Logramos seguir su llanto hasta la vieja casa Berdin, nunca nadie había entrado ahí.
Carlos me ordeno como el más grande en edad después de él que regresara a los demás al campamento y que él entraría por Miguelito y lo traería de vuelta. Yo con 10 años y siguiendo las órdenes de mi comandante los llevé de regreso al campamento y preparamos todo para el regreso a casa, dejamos el campamento y nos pusimos en marcha, a la mitad del camino paré y dejé a cargo a Tito de 9 años valiente como ninguno. .- “Sigan el camino, lleguen al trocopuente y crúcenlo con cuidado, llevas a cada uno a su casa, yo regresaré a ver si Carlos necesita ayuda”.- Sin preguntas Tito continuó de acuerdo a la orden. Mientras, yo regresé rápidamente. Primero topé con el campamento, pero no habían regresado aún. Seguí hacia la casa Berdin. El viento helaba y no se veía mucho al frente, la luz de la luna iluminaba tan solo medio metro adelante, pero seguí con paso firme. A mitad del camino oí el crujir de ramas, mi corazón casi se para en ese momento pero me incliné sobre una rodilla con el bastón al frente en forma de guardia. Algo se aproximaba de frente, algo venía corriendo hacia mí y sabía que estaba ahí, pero Carlos siempre me dijo, “Párate y enfrenta tus miedos si no estos te vencerán”. La luna iluminaba muy poco al frente, esperé. Pronto mi miedo se disipo al ver a Carlos corriendo con Miguelito en brazos, pero no duró lo suficiente al ver una sombra enorme corriendo tras de ellos. Al aproximarse a mi gritó. - “¡Corre! … ¡Corre! J~~~~~~! ¡La Bruja! ¡Ahí Viene!”. - pasó y me tomó con la mano derecha, tiré el bastón. Corría tan rápido como podía agarrado de Carlos, sus ropas estaban húmedas, … era una liquido negro y espeso…. No tenía zapatos y había perdido su sombrero, su camisa estaba abierta y tenía un dibujo en su pecho. - “recuerdo eso cuando lo vi a la luz de la luna mientras corríamos”. - les dije a los adultos en el pueblo, ahora es una foto de Carlos por siempre en mi mente. Miraba hacia atrás pero no veía nada, la cara de Carlos sin embargo era suficiente para convencerme de que había algo ahí, avanzamos mucho trecho, pasamos el campamento sin siquiera notarlo, yo seguía sin ver nada aun, pero cada vez que Carlos miraba atrás aceleraba el paso y gritaba. - “¡Ahí está! ¡Ahí viene!” mientras corrimos yo nunca vi nada, solo sombras.
La Madre de Carlos seguía llorando inconsolable, sus ojos estaban ya muy hinchados, pero no se quitaba del ataúd de su hijo. Todos sentían su dolor pues cuando encontraron a Carlos nadie pudo concebir lo sucedido. Los chicos y yo terminamos rio abajo esa noche, la corriente ya no tenía fuerza y salimos corriendo a nuestras casas a contar lo sucedido y como todos sabían de la existencia de bandidos en el bosque negro el pueblo entero fue en búsqueda del niño perdido, aunque no supieran realmente a quien buscaban. Pasaron tres días antes de dar con él. Según cuentan estaba sobre la Roca “Luna”, lo encontraron desnudo y sin ojos, sus dientes estaban quebrados como si hubieran querido removerlos con algún martillo o algo similar decían algunos, el pelo estaba arrancado a tirones, uno lo podía ver por las marcas de sangre que habían dejado sobre su cabeza decían otros, su cuerpo estaba golpeado, los huesos rotos e invertidos a su movimiento original, y no tenia uñas en pies y manos. La caja estaba cerrada por supuesto, todos lo recordábamos en una foto arriba de su ataúd, alegre, eufórico, valiente, amigable, respetuoso y esa noche, heroico. Más que todo recuerdo lo último que me dijo, aun al final siempre fue un gran amigo.
Después de correr a toda prisa aún seguía sin ver de qué huíamos, pero era seguro que un fuerte y amargo chillido surcaba los vientos, como una risa y un lamento al mismo tiempo. Volteaba a todos lados buscando a la bestia pero en vez juro haber visto pasar en el cielo cubriendo por un segundo la luna a un animal alado que se adelantaba a nuestro camino. Carlos no lo vio y un minuto después topamos con los niños. Esta vez yo fui el que gritó y todos corrieron rápidamente al troncopuente, cruzábamos de menor a mayor, pero con todos en cima del troncopuente éste se tambaleaba así que nuestra velocidad disminuyó mucho, Carlos tocó mi hombro y me dio a cargar a Miguelito y me dijo. - “cruza”, no vi qué pasaba hasta que estaba yo sobre el troncopuente. Entonces la vi, la bestia había descendido justo atrás de nosotros, no había nada entre nosotros y ella más que Carlos. Las sombras ocultaban su cara, la luz de luna atravesaba sus ojos, sus alas se extendieron en un fuerte golpe, nos tenía a todos atrapados en el puente, su imponencia nos asombró, pero Carlos golpeaba con su pie descalzo el borde del tronco, estaba sangrando. Caímos al río que nos arrastro con fuerza y en el último vistazo atrás vi a la bestia llevándose a Carlos por los aires. Terminamos río abajo, nunca solté a Miguelito. Corrimos a nuestras casas. Todo ahora es borroso y difícil de recordar, no sé si lo que vi fue real o no, pero sé que lo que haya sucedido Carlos nos salvó, dio su vida por nosotros y al final sólo recuerdo lo último que dijo mientras tiraba el troncopuente con su pie descalzo. - “El que no se avienta no, cruza el Río”


Markus Krant

Texto agregado el 27-10-2010, y leído por 142 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
27-10-2010 Bello cuento de misterio y trágica nostalgia. Felicitaciones. ZEPOL
 
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