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Estas historias no merecen ser contadas solo en ocasiones como éstas pero ya sea la modestia o la hipocresía nos llevan a aprovechar las conmemoraciones como escusas para recurrir a verdades que parecen ya cubiertas completas por la pátina del cambio.
Hay un poco de lamentable en esta práctica pero cuando se llega a ella entendemos que de alguna manera nos redime, con nuestros “casi olvidados”; espero que en esta ocasión estas pocas y opacas palabras me hagan un poco menos reo de mis pecados, de mi reconocida humanidad. Dejo en claro eso sí que lo que aquí expreso no es más que una recopilación mucho más estéril de la que alguna vez con muchos más colores y bríos doña Marcia Gracia Sotomayor, que en paz descanse, madre de una única y hasta hoy preciosa hija (cuyo padre nunca dijo quien era excepto a ésta última) me profirió en nuestras muchas reuniones de mate y cháchara en las que reconozco yo no aporte con mucho más que mi compañía.

2
Había llegado de la capital recién titulado y contratado como corresponsal y subeditor en jefe del diario del pueblo, puesto que excedía por entonces en mucho tanto en ostentación como en funciones a las que me correspondían como segundo al mando de un medio que no sacaba más de quinientos ejemplares al día y mil los domingos; y que estaba compuesto por sólo cinco funcionarios entre los cuales me incluyo e incluyo también a don Jacinto Vertonni que compartía el tiempo de sus dedicaciones literarias, las de dueño del edificio donde funcionaba el humilde periódico y de columnista ad honorem del mismo.
Pero yo estaba feliz de ir de un lado para otro en este pueblo que geográficamente en esos años no me costó mucho conocer, distinto fue con la gente, en tiempos en que los vecinos y los vecindarios todavía significaban algo más que una delimitación urbana.
A mis veinticuatro años fue que converse por primera vez con el finado Osvaldo Esteban Opaso Müler, con el que debo reconocer solo mantuve una corta pero afable relación laboral. Eso y que causó una impresión profunda en mi, su figura siempre preocupada y al mismo tiempo perdida y la mucha gente que fue a su funeral es por lo pronto lo último que diré sobre nuestros encuentros.
El había desempeñado el cargo de editor general por cuarenta y tres años para su muerte, y sobre sus funciones debo decir que a él no le quedaba grande el titulo, pero no hablaré aquí de su vida profesional intachable sino sobre cierto aspecto de su “verdadera” vida.
El viejo era viudo, aunque hasta el día de hoy tengo mis dudas de si la que fue su mujer está muerta para todos los efectos legales o biológicos, pero para todos los aspectos importantes en la vida de don Osvaldo así era, y lo era para todos en el pueblo, con la sola excepción (quizás) de él mismo.

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El único bus que llegaba al pueblo en esa época que ahora parece tan extraña y resumida arribaba a las cinco de la tarde a veces a las seis y extraordinariamente podía aparecerse hasta las seis y media dependiendo de la habilidad del conductor de turno y de la demanda de pasajeros que casi nunca era mucha, esas coincidían con las únicas horas del día que don Osvaldo se ausentaba de sus labores editoriales, doña Marcia me contó más tarde la impecable razón de estas ausencias, ahí radica el “por qué” me atrevo a este inusitado relato.
Cuando yo llegué al periódico habían pasado casi exactamente veinte años desde que la mujer de don Osvaldo se había ido del pueblo, la pareja ya madura nunca había tenido hijos y muchos en el pueblo creen que esa fue la razón por la cual el editor general la había “despachado”, quizás para buscarse una mujer más joven, pero él no hubiera tenido ni corazón ni huevos como para hacer semejante atrocidad a una mujer que había amado por tanto tiempo y de forma tan sincera. La razón de la partida había sido en realidad una mucho mas franca cuanto más triste: Lo había alcanzado un desamor profundo y don Osvaldo no veía razón para seguir compartiendo vida marital, en cambió, sí le ofrecía la compañía de un buen, respetuoso y viejo amigo que era lo único que de sus entrañas podía ofrecerle. La mujer, como era de esperarse ante semejante revelación no vaciló y tomó el bus de la mañana siguiente (el único bus que salía del pueblo por esos años, siempre a las ocho en punto), pero no sin antes dedicarle unas palabras amargas y graves en las que dejaba claro que se llevaba todo lo que consideraba era suyo por derecho y que nunca más iba a saber de ella, ni de su felicidad.
Nadie supo hacia donde se fue aquella todavía atractiva mujer, de la cual nadie tenía indicios de familia, y a la cual solo se le conocía una amiga: doña Marcia.

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Por esa época doña Marcia administraba una bella y acogedora pensión en la cual yo me hospedé como único huésped muchos años después, cuando al parecer ya no era tan bella, pero donde me sentí realmente acogido principalmente por los cariños de la hija de la dueña, Clara, mi actual esposa, cariños que en gran medida me disuadieron a quedarme definitivamente en este pueblo.
Así las cosas el asunto era que don Osvaldo santamente esperaba todos los días en el único paradero el bus de las cinco y se quedaba a veces largamente hasta que llegaba el bus y él se iba siempre sin chistar. Esta práctica empezó no mucho después que la mujer se le había ido, todos pensaban que el Señor aquel de pelo algo cano se había arrepentido de echarla y que la única forma que tenía de recuperarla era esa, pero de todas formas no faltaba el curioso, generalmente la curiosa vecina que se acercaba y le preguntaba en que andaba, a lo que él siempre respondía: “esperando que regrese mi otra mitad” y esto bastaba generalmente para dejar sin más replicas a los preguntones, que se iban a sus ocupaciones un poco más tristes, enternecidos, o consternados no faltando eso si los que ofrecían concertarle citas con las respetables solteras algo maduras que podían aun darle un hijo (o varios si se ponía en campaña), cosa que no debía ser de broma sobre todo para un personaje tan “connotado” del pueblo.
Se había corrido la voz, y no era difícil de comprobar los dichos: todos los días clavado a las cinco estaba en el paradero don Osvaldo que se había deschavetado, don Osvaldo que era un verdadero romántico, don Osvaldo que parecía el hombre más triste del pueblo… don Osvaldo que se resignaba a dar por perdida “su otra mitad”.

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Habían pasado pocos años de que comenzara este ejercicio, hasta que una tarde esperando a unos visitantes que no llegaron nunca se encontró doña Marcia (toda gracia) a don Osvaldo revisando su reloj de bolsillo, y lo saludó como adelantando un recibimiento que esa tarde no daría, a la que él gentil respondió con una ensayada sonrisa bajo esos ojos ojerosos que lo caracterizaban.
Las esperas, grande la de él, algo insignificante la de ella, redundaron en una larga conversación que duró hasta unos tragos nocturnos, donde el hombre le contó a la improvisada confidente sobre la mujer que era entonces lo único que los unía realmente a esas alturas en historia, sobre lo que había pasado en esa maldita noche en que él confesó que la había dejado de amar.
No tengo muchos detalles sobre esa noche y menos me corresponde, pero tengo los que considero importantes y de ellos rescato uno. Esto es lo que dijo don Osvaldo a doña Marcia de su atípico comportamiento del paradero:
“Querida, nunca pensé que sus palabras fueran de verdad tan categóricas, una mujer despechada es cosa de cuidado… mi miedo más grande es que cuando llegue mi muerte no estarán velando al que conocieron los más viejos, lo que pasa es que no es que yo espere todas las tardes a tu amiga, como todo el mundo cree, espero todas las tardes lo que ella se llevó consigo, es decir, “mi otra mitad”, la mitad que contenía mi alegría”.

JOSE DOSANTO, A LOS 25 AÑOS DE LA MUERTE DE DON OSVALDO OPASO Y EN MIS 25 AÑOS COMO EDITOR GENERAL.
J. U.

Texto agregado el 04-11-2010, y leído por 167 visitantes. (1 voto)


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