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Teníamos diecinueve años cuando Sergio se fue para siempre. No fue fácil aceptar su partida ya que él formaba parte de nuestras vivencias, ocupando un lugar que hasta ahora no ha sido fácil de llenar. Nos conocimos camino al colegio, en que solíamos molestar a las chicas que venían en sentido contrario hacia el colegio Fe y Alegría, llamándolas por nombres diferentes y ellas llenándose de risa, y nosotros chocando nuestras manos si sentíamos que habíamos acertado. Llegamos a compenetrar de tal manera que cada recreo nos relatábamos nuestras aventuras. Me contaba lo fascinado que estaba al escuchar El antifaz de carne, una novela que propalaba radio La Crónica. Me parecía gracioso que en vez de hacer la tarea se pusiera a escuchar la bendita novela. Me imaginaba su rostro pegado a la radio, sintiendo ansiedad, haciendo competencia a sus hermanas.
Cuando pasó el tiempo y estábamos por terminar la secundaria nos confidenció que estaba enamorado de su tía Susana, una joven recién llegada de la sierra. Se le dio por intercambiar cartas con ella todas las tardes antes que sus padres llegaran del trabajo, y nosotros las leíamos entre bromas, sintiendo que a pesar de su vergüenza por hacernos partícipe de su secreto, se llenaba de entusiasmo y alegría
Solía contarnos los domingos que nos reuníamos para evaluar nuestra situación académica y sentimental, que ella era algo menor que él, que tenía bonitos ojos, labios carnosos, y sabía decirle hermosas palabras, le preparaba limonada cuando regresaba de practicar fútbol, y lo más importante: tenía una sonrisa llena de ternura que le alcanzaba de a poquitos.
Y así iba pasando el tiempo. Yo sentía que Sergio era el hermano que toda la vida había necesitado. Él fue quien me retó a entonarle una canción en mi guitarra azul.
Era la guitarra que dejó mi primo Mauricio. El había llegado de la selva, diciendo que estaba decidido a dedicarse íntegramente a los negocios de pantalones. Pero lo primero que hizo fue enamorarse de Cristina, la dulce Cristina que le robaba su sueño y que le hizo olvidar por completo de sus metas y, por el contrario, abrigó la esperanza de conquistarla entonando una hermosa canción. No hubo forma de quitarle la idea. Al contrario, se empecinó contra viento y marea, sin hacer caso de mis padres, que no cesaban de repetirle que Cristina no estaba para tener enamorados, que sus padres y sus hermanos jamás la iban a dejar que un selvático se entrometiera en su vida, y porque era hija única, engreída de todos. Una tarde que garuaba y la gente no se animaba a salir de sus casa, me rogó que lo acompañara donde el señor Gómez, viejo ebanista y fino fabricante de instrumentos musicales de cuerda, para encargar una guitarra, Así fue como llegó ese bendito instrumento a nuestra casa, La pintó de un azul eléctrico y en el reverso puso a una mujer dominando a una cobra, Se compró un cuaderno de acordes y cifrados, y todas las noches, sentada en la puerta de la casa, con público o sin ella, entonaba la bendita guitarra. Cantaba a todo pulmón a pesar que el acompañamiento no iba con su voz. Dulce Cristina de Leo Dan se hizo más popular que en su época, A veces salía a caminar por las calles, con la guitarra al hombro, llegando al barrio de Cristina, y se cuadraba en la esquina, rasgando, como a quien no le importa la cosa, para regresar cabizbajo, sin ganas de conversar con nadie, cerrando el cuarto con violencia. Hasta que un domingo, se levantó temprano, no quiso tomar desayuno con nosotros, alistó sus cosas y entre sollozos me encargó la guitarra, diciendo: primo, cuida a esta preciosura, no la hagas a un lado. Nunca más volvimos a saber de él, dice mi madre que está por el Ucayali, probando suerte como aprendiz de curandero.
Desde esa vez me dediqué pulsar la guitarra, aprendiendo las notas que leía en el cuaderno, a entonar esas canciones que mi viejo tarareaba y se acompañaba con dos cucharas, a escuchar la risa de mi madre cuando apretaba mal una cuerda, y, sobre todo, a cantar con mi amigo Sergio, quien se volvió un fanático de Leonardo Favio, aprendiendo de memoria todas sus canciones, porque le recordaban a su tía.
Al principio Sergio se reía, después lleno de entusiasmo cantaba Fuiste mía un verano. Y elevábamos la voz hasta llegar a pensar que nuestro futuro estaba en los escenarios. Nos sentábamos en el murito que dividía mi casa del resto de los vecinos y dale que dale con la guitarra, gritando el nombre de la mocosa que pasaba. La guitarra azul cumplía su cometido.
Un sábado, después de tanto ensayo, consideramos que estábamos preparados para cantar en un escenario. Para eso escogimos Esos ojitos negros del Dúo Dinámico y enrumbamos a probarnos en una emisora que estaba a la caza de talentos. Demás está decir que regresamos con el rabo entre piernas, sin ganas de cantar ni salir al murito de mi casa, por un buen tiempo.
Cuando llegó la época de postular, a Sergio se le dio por aprender una carrera técnica en la escuela de las Empresas Eléctricas. A partir de ahí sólo lo veíamos exclusivamente los domingos por las tardes a eso de las cuatro, en que nos ponía al día de sus avances con la tía. Una tarde nos contó que su madre había encontrado algunas cartas y les dio una reprimenda de padre y señor mío. Esto lo lastimó en demasía. Esa semana no lo vimos: no quiso salir. Su hermano menor nos contaría después que guardó la mayor parte de sus cartas y que hasta ahora los conserva como un bello recuerdo del amor que profesó su hermano Sergio.
Un martes por la mañana se marchó para siempre. Su hermana menor tocó a la puerta de mi casa y me dijo a boca de jarro que Sergio, mi buen amigo, había fallecido a las dos de la mañana.
La miré fijamente a los ojos y traté de entender. Pero ella me confirmó, con llanto en los ojos y balbuceando las palabras, que una neumonía fulminante había sido la encargada de alejarle de nuestro lado.
Nunca había llorado tanto como esa vez. Mi madre no dejaba de darme palmaditas sobre la cabeza, mi viejo me sobaba el hombro y los amigos me abrazaban.
Cuando me quedé solo con él, vi que lo vestían con su terno color plomo y recordé que alguna vez paseando por la avenida principal, llevaba puesto unas zapatillas que no hacían juego con el terno.
Durante buen tiempo no pude tocar mi guitarra azul, menos cantar Fuiste mía un verano, la dejé colgada, llenándose de polvo, sintiendo que parte de su alma estaba allí, adormecida entre las cuerdas.

Texto agregado el 12-11-2010, y leído por 237 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
12-11-2010 Espectacularmente bien narrado, terminé de leer con los ojos llenos de lágrimas. Le fuiste dando a la historia el ritmo necesario para hacerla amena e interesante hasta ese final que me desarmó por completo. Felicitaciones. Un abrazo y mis estrellas. Magda gmmagdalena
 
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