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A TRAVÉS DE LA VENTANA del autobús, la mujer aparece ante mis ojos, caminando apurada, levantando sus zapatos desgastados, agitando sus brazos como si intentara una marcha triunfal. No mira a nadie, camina en una sola dirección, paralela a la carretera y a las vías del tren. Lleva puesta una chompa delgada de color plomo que no es de su talla. Al pasar por su lado observo que su espalda está ligeramente descubierta.
La temperatura desciende sin misericordia. El frío me adormece y me obliga a acurrucar mis manos en medio de los de Francesca. Antes de perdernos por la curva que da a un bosque donde se esconde un castillo la vemos por última vez: se ha parado cerca a una pilón de agua, tratando de sacarse los zapatos.
Francesca tiene los ojos cerrados desde hace un buen rato, como si intentara escaparse de este mundo. "Ya te acostumbrarás", me comenta en voz baja. Luego se acomoda entre mi hombro y pellizca mis manos.
Milano no termina de despertarse. Las ocho de la mañana y el invierno no permite que el día se introduzca con la velocidad que yo quisiera. Me cuesta acostumbrarme a este trajín: Levantarme cuando aún mi cuerpo siente que está en medianoche.
Francesca es una muchacha que conocí gracias a mi hermano. Ella se ofreció ayudarme en conseguir un empleo. Íbamos de acá para allá, buscando pasar el momento. Me presentó a un grupo de amigos que gustaban de la poesía y la narrativa Latinoamericana. Me fue introduciendo en su mundo hasta que terminamos enamorándonos. De eso hace como seis meses. Pero ayer se quedó conmigo en el cuarto para asegurarse que pudiera levantarme temprano porque había conseguido que una empresa de reparaciones viales me contratara como obrero por un período de prueba que estaba seguro pasaría.
Ella está feliz.
-¿Te costó levantarte?
-Por ahora me lastima el invierno.
-Esta es una ciudad que no descansa. El jefe es un sujeto que sabe algo de español, así que no te será difícil comprenderlo. Sigue sus instrucciones. No permitas que se enoje. Él no va a tener ningún problema en despedirte. No me hagas quedar mal. Cuando regreses te estaré esperando con un café a mi estilo
-¿No vendrás a recogerme?
-¿Tienes miedo de perderte?
-Tengo un plano de la ciudad.
-Estaré en la universidad toda la mañana y luego iré al trabajo. Si me queda tiempo iré a visitar a mis padres. Ellos me extrañan. Ya deben pensar que estoy viviendo contigo.
-Me estoy enamorando de ti, Francesca.
-No seas tonto. Vamos, levántate, ya llegamos. Fíjate bien.
Cuando descendemos del autobús, un sol que no hace daño busca abrirse paso. Un hombre que trae una bolsa de pan grita a voz en cuello: "Oh, sole mío"... y va gritando por el resto de la cuadra.
Esperamos unos minutos antes de presentarnos a un señor ligeramente gordo que al verme cogido de la mano de Francesca, sonríe y le saluda con un beso en cada mejilla. Dice algunas palabras en italiano y ella, antes de despedirse, me murmura que le he caído bien.
-Chao, bambino, compórtate. Si estoy libre antes de las cinco vendré a buscarte, sino, coges el mismo autobús pero en sentido contrario y te bajas donde ya sabes. No me preocupes. Chao.
-Espera...
-Dime todo lo que tienes que decirme.
-Te voy a esperar aquí.
-No. Tienes que entender. Yo puedo demorarme. Sales y te embarcas en el autobús. Todos llegan a la hora que está indicado en el paradero.
Se arregla el abrigo verde olivo, se levanta la solapera y, haciéndome un guiño, cruza la calle para esperar el autobús.
Mi labor consistía en limpiar y lijar con arena, a una presión determinada, unos bloques que servían como separadores viales. Esta labor lo cumplía junto con un negrito llegado de Túnez que no sabía hablar ni una palabra de español y apenas algo de italiano. Tampoco sonreía. Se moría de frío, y cuando el tiempo lo permitía se acurrucaba en medio de unos cartones, a pesar de los enojos del jefe.
Empiezo la jornada removiendo unos bloques de fierro que parecen adoquines por lo helado que están. Los guantes con que me protejo no sirve de nada. Me muevo de un lado a otro para entrar en calor. Luego, juntamente con el tunecino, nos adentramos en una especie de cabina donde hay un pequeño contenedor de arena conectada a una manguera que funciona a presión. Esta cabina está separada por un vidrio que tiene dos agujeros por donde introducimos las manos para coger los bloques, y con la manguera lo estallamos con arena fina hasta dejarla reluciente y apta para el pintado. Si hacemos cuatro en todo el día es suficiente.
Termino agotado y con el cuerpo cubierto de arena. Apenas tengo tiempo de limpiarme. No quiero encontrarme lejos por el temor a no coger el autobús a la hora.
Por la noche, cuando llego al cuarto que había alquilado en compañía de Francesca, escupo arena. No sé cuánto tiempo sigo escupiendo. Me tiendo sobre la tina y mi cuerpo queda completamente aislado de este mundo.
Llamo a mi hermano y le manifiesto que no me gusta el trabajo. Dice que debo aguantarme un tiempo. Que él verá la forma de conseguirme otro.
Francesca llega como a las nueve. Trae pizza y unas gaseosas, y me cubre de besos, llamándome "bambino".
-¿Qué tal tu día?
-Soporto esto porque estoy enamorando de ti.
-Soportas esto porque tienes que vivir. Mañana, termino contigo, me voy con otro y tú no tendrás vida. Aprende a valorarte.
-Este trabajo es una porquería.
-Pero es trabajo al fin. Además te pagan bien, y el jefe es una bella persona.
-No me quejo de él. Pero, en fin. Me da pena el africano.
-Lo mismo dirá de ti.
-Al jefe no le gusta que descanse sobre las cajas, a pesar que lo hace en sus ratos libres.
-Ese es su problema. ¿Quieres ir al cine?
-Mañana tengo que levantarme temprano.
-Yo te voy a levantar. Voy a quedarme una noche más contigo. Después regresaré el sábado para irnos a una discoteca donde ponen música latina. ¿Te parece?
-¿No puedes quedarte todos los días? El sábado vendrá mi hermano a cenar con nosotros.
-Ya vez, estaremos con él.
-No es lo mismo.
-Ven, sírvete la pizza que está deliciosa. Pero, apúrate, bambino, que la noche se acaba.
La película me parece aburrida, pero ella disfruta de las escenas. Por el camino no deja de comentarme en detalle algunos pasajes. Habla muy bien el castellano porque sus amistades, la mayoría, son españoles o latinos como mi hermano.
Al día siguiente me despierta como a las seis y media. Esa noche soñé que asaltaban a un hombre y lo arrojaban por la carretera. Traté de ayudarle pero al acercarme a la víctima me daba cuenta que era yo el que lo había asaltado y en otro momento era la víctima.
Se lo cuento a Francesca mientras vamos camino al trabajo. Se ríe y comenta que la pizza y la película me habían caído mal. Coge mis manos y me recomienda que la primera compra que haga con mi paga debe ser un buen abrigo y unos guantes forrados con pluma de ganso.
De pronto antes de llegar a la curva veo a la mujer caminando, con los brazos levantados, tratando de cruzar el puente que separa a la ciudad. Las últimas luces dejan al descubierto su magro cuerpo encorvado. Y como si ella buscara integrarse a ese ejército de trabajadores que pululan en la urbe, como si las horas tuvieran el mismo valor que tiene para nosotros, empieza a correr. Sigue de frente, hasta perderse en una esquina gris y nubosa.
Me estoy acostumbrando a su presencia. Pero Francesca no hace caso de mi preocupación y sin tomarme en cuenta me pone un dedo sobre los labios.
El invierno no tiene clemencia y es común observar a los latinoamericanos y africanos buscando acomodarse en esta sociedad que no quiere darse el lujo de soportar migrantes. Por las noches los observamos, con los rostros totalmente cubiertos, ofertando cigarros en los paraderos, soportando el intenso frío y la indiferencia de los conductores.
El viernes se aparece mi hermano. Cenamos. Me dice que no puede el sábado porque ha quedado con Claudia asistir a un concierto. Trae una botella de vino y lo abre al instante. Mi hermano conversa de todo, de nuestro país, de la familia, de mi estadía en esta ciudad, si ya me acostumbré, de mi relación con Francesca y del trabajo. Le comento lo de la mujer que observo camino al trabajo.
-No es frecuente, pero de vez en cuando se ven estas escenas. Milano es una ciudad que no perdona a los pobres. Si nadie la recoge, amanecerá muerta en cualquier banca de algún parque helado.
-Estamos cerca de la Navidad y no es bueno verla caminando en medio del intenso frío.
-Debemos acostumbrarnos al trabajo de la naturaleza. Ella se encarga de clasificarlos y dejar a los más fuertes y aptos en esta sociedad.
-Estás pensando como si fuéramos animales.
-Estoy pensando como un ser lógico y racional. Si no tiene espacio en esta sociedad indiferente, entonces, no tiene otra que seguir caminando hasta que sus pies sangren.
No quiero seguir conversando con mi hermano. Sus quince años viviendo en esta ciudad lo han transformado. Nos despedimos como a las once.
-Si te aburres el sábado, llámame, podemos ir juntos al concierto.
-Voy a salir con Francesca -argumento.
El sábado no salimos. Nos quedamos en la cama todo el día y toda la noche, sin ganas de encargar por un poco de comida o algo por el estilo.
-El próximo año me iré a Londres a estudiar una maestría -dice Francesca casi sin mirarme.
-¿El próximo año significa el próximo mes? -pregunto.
-Creo que me voy a fines de enero.
-Te voy a seguir.
-Creo que no has entendido. Voy a continuar estudiando. Tú te quedarás aquí, buscando trabajar en algo mejor y tratando de sorprenderme a mi regreso.
-¿Cuánto tiempo estarás ausente?
-Podrían ser dos años.
-Es mucho tiempo.
-¿No te has dado cuenta que podemos vernos cada fin de ciclo? Vaya que eres un tonto.
Afuera empieza a caer una pequeña lluvia. Ella jala la frazada y sonriendo me dice: acércate más y cúbreme con tu cuerpo.
Nos levantamos como a las once del día. Al abrir las ventanas descubro que llovió toda la noche. Prendo la cocina y preparo un poco de café.
-No me contaste qué tal te fue con tu hermano.
-Nada importante. Él tenía urgencia de salir con Claudia. Además me parece que van a formalizar su relación uno de estos días.
Por la tarde salimos a caminar por las afueras de Milano. Me pongo un abrigo de color azul oscuro, unos guantes gruesos y mi pantalón vaquero, para evitar que el frío llegue a entumecerme. Por supuesto que los brazos de Francesca son el mejor abrigo.
-¿Estás pensando en buscar otro trabajo?
-No me hables de trabajo en estos momentos. Estoy a tu lado y quiero disfrutarlo.
-Sin embargo, apenas llegues al cuarto te darás cuenta que mañana es un día de trabajo.
-Tienes razón,
-Oye, bambino, ¿quieres darme un beso?
-Sí. ¿No vas a reemplazarme?
-No, bambino.
-¿Ni siquiera estando en Londres?
-No me interesan los londinenses.
-Estuve pensando en esa mujer que camina cerca de las vías del tren. ¿Tú crees que esté buscando suicidarse?
-¿Por qué se te ocurre hablar de ella en estos momentos?
-Porque estamos cerca de las vías del tren. Y esa mujer que está al fondo, casi sin distinguirse, me parece que es ella.
-Te parece. No se puede ver nada. Hay neblina, y tú tienes fijada una imagen en tu mente.
-Pero camina de la misma manera. Observa bien.
-¿Quieres fijarte en mí? Vamos a tomarnos un café bien caliente en esa posada. Apúrate.
Toma mis manos y, regalándome trozos de su sonrisa, me jala con suavidad. Quiero voltear, pero al ver sus ojos tiernos, casi suplicantes, la abrazo y camino despacio hacia la posada. Cuando me siento, observo que la mujer que camina cerca de las vías del tren es sólo un punto perdiéndose en medio de la neblina.
Amanece radiante, aunque el sol no llega a quemar. Todavía no son las ocho, el negrito tunecino que no quiere decirme su nombre quizás porque no me entiende o siente cierta desconfianza, está echado sobre las cajas. Me mira con su rostro serio y después cierra sus ojos como tratando de decir que mi presencia le es indiferente.
Mi tarea la acabo antes de las once. Dejo al tunecino en la faena y pregunto al jefe si puedo observar al pintor. Me dice que no hay ningún problema. Al día siguiente no llega el tunecino. Durante los días que siguen noto que su ausencia no es tomada en cuenta por el jefe. Extraño al tunecino, especialmente cuando observo las cajas donde solía tomar descanso. Normalmente poco después de las cinco terminaba mis labores y me entretenía hasta completar el turno, limpiándome el polvillo que se impregnaba en mi cuerpo. Pero a partir de ese día no tengo descanso. El jefe me acumula las tareas del tunecino. Me siento agotado. Llegan las seis y todavía sigo lijando y limpiando los separadores viales. Pero no tiene importancia. Yo quiero trabajar.
Francesca, al enterarse de la ausencia del tunecino me dice que seguramente lo han despedido y cualquier día de estos se aparece para cobrar su liquidación.
Efectivamente, el sábado antes del mediodía, entra al taller. Lo primero que hace es mirarme de los pies a la cabeza, luego se dirige al jefe y le pregunta
-¿Y lui per que labora?
El jefe desvía su mirada y se fija en mí. Luego se para y hablándome en un perfecto castellano, pregunta:
-¿Tienes tus papeles en orden?
Veo al tunecino y éste se muerde los labios. Veo al jefe y éste frunce el ceño.
-Si los tienes, puedo despedir al moreno, porque no me gusta como trabaja; pero de lo contrario, te vas, no quiero tener problemas con el sindicato. Él hombre los tiene en regla. ¿Qué dices?
Recuerdo a Francesca y sus ganas de ir a Londres. Podría acompañarla. ¿Qué haría yo, en esta ciudad, si apenas sé hablar algo de italiano? Vuelvo a mirar al tunecino y éste ha bajado la cabeza. Escucho el silbido del tren que pasa cerca.
-No los tengo en regla -miento.
Al día siguiente me quedo en cama más de la cuenta. Escucho que el teléfono timbra hasta el cansancio. Seguramente debe ser Francesca: habrá llamado al trabajo, pienso. Me levanto y me entretengo en la ducha tratando de despejarme de algo que no entiendo: la indiferencia. A las seis de la tarde se aparece Francesca y lo primero que hace es renegar agitando sus manos. La escucho hablar y hablar hasta que cansada me jala de los hombros y me regala el más dulce de los besos.
Esa noche hacemos el amor como nunca. Nos quedamos toda la semana, disfrutando de una "luna de miel" no prevista. Ella viaja a fines de enero y me dice que a pesar de no ser un período largo siente tristeza, porque yo soy un bambino que le agrado.
Dos días antes de partir me dice que le acompañe porque había conseguido que un taller de mecánico me contratara. El único problema es que está situada en Motta, pasando por el cementerio, un lugar bastante alejado de Milano.
-No tendrás problemas con él. No tiene ayudantes que te hagan la competencia. Además sólo tienes que seguirle la corriente.
-Lo mismo dijiste del anterior.
Cogemos el autobús antes de las siete porque calculamos que el viaje demoraría cerca de una hora o tal vez más.
-Siento mucho frío -le digo.
Ella me abraza como sabe hacerlo: Pone sus dos manos entre las mías y, cerrando los ojos, acurruca su cabeza en mi hombro. Dice algunas palabritas que me gusta: bambino, eres un bebé, engreído...
De pronto, como varias semanas atrás, vuelvo a contemplar a la mujer. Se lo hago notar a Francesca y ella, después de echar un vistazo, se detiene en mí.
-Está en todas partes -le comento-. Creo que mi hermano tiene razón: Milán no perdona a los pobres.
Francesca vuelve a acurrucarse y finge dormir.
Ahora la mujer camina descalza y el frío que sufren sus pies empieza a dolerme...

Texto agregado el 14-11-2010, y leído por 107 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
15-11-2010 Muy buena historia .ese rostro de la pobreza lo tenemos en todos los pueblos solo que aca en el desierto la imagen es a la inversa. Rocxy
14-11-2010 Muy bueno. Cuando leo un texto así, me quedo sin palabras. Creo que ninguna ciudad perdona a los pobres. Imaginé que esa mujer sencillamente es "la pobreza". Mis estrellas. Magda gmmagdalena
 
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