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¿Casualidad?

(Sugonal)

Un Lunes 09 de Noviembre de 2009 perdí a un gran amigo en un accidente de tránsito. Se llamaba Raúl Pizarro Espinosa, era piloto civil y tenía una empresa aérea que se dedicaba a labores aeronáuticas poco usuales: “sembraba” nubes para que dieran mayor cantidad de milímetros de agua, con una solución de yoduro de plata y acetona.

Teníamos muchas cosas en común. El amaba volar, era un enamorado de su profesión, y yo aún amo la mía. Mientras él volaba, yo lo dirigía a las nubes que más posibilidades tenían desde un radar meteorológico en tierra. Otra cosa: ambos éramos hijos únicos. Su madre, de 99 años, lo sobrevive en un asilo de ancianos. La mía descansa desde 1998.

Ese fatídico Lunes Raúl se desplazaba en una moto por el barrio alto con destino al aeródromo de Tobalaba en La Reina, cuando encontró su destino. Perdió el equilibrio y cayó sobre la calzada. Para su mala suerte, detrás de él corría un pesado camión que no alcanzó a esquivarlo y lo arrolló, prácticamente reventándolo. Murió instantáneamente.

Siempre me he preguntado cuales habrán sido sus últimos pensamientos. ¿Habrá visto llegar a la Muerte? O a lo mejor todo fue tan rápido que ni siquiera alcanzó a darse cuenta que la Gran Igualadora se lo estaba llevando de este mundo…muchas personas que han sobrevivido a grandes accidente ya sea en tierra, en el mar o en el aire, parecieran estar de acuerdo en sus testimonios en que sus vidas pasaron por sus mentes como películas con asombrosa rapidez y claridad…

Esto me ha hecho recordar tres situaciones en que pensé que perdería la vida.

La primera quizá tuvo que ver con mi juventud e inexperiencia. Navegábamos en un transporte de nuestra Armada por el Canal de Moraleda rumbo a Punta Arenas, cuando al comenzar la noche nos sorprendió un fuerte temporal que se desplazaba desde el Pacífico con fuertes vientos del noroeste y lluvia. Yo era un joven Guardiamarina que recién iniciaba su carrera en el mar, y jamás me había enfrentado con un temporal desatado. La lluvia no inquieta al marino; pero sí el viento que levanta olas de gran tamaño.

A las dos de la madrugada el viento era tan fuerte y las olas tan enormes que hacían que el buque escorara hasta 70 grados, con cabeceos tan marcados que caíamos por la pendiente de las olas y veíamos como la proa del navío desaparecía en el agua embravecida. Pensé que estábamos cerca de darnos vuelta de campana o irnos por ojo y que todos moriríamos ahogados y aún cuando permanecíamos en nuestros puestos, me asustaba ver la preocupación pintada en los rostros de los marinos más viejos y el terror en los rostros de los más jóvenes que obedecíamos órdenes como autómatas. A las cuatro de la madrugada perdimos dos botes salvavidas que cayeron al mar y desaparecieron tragados por las olas gigantes. El ruido de otros elementos que se soltaron con el movimiento cayendo al piso de la nave y de la carga que iba en cubierta y que al cortar las amarras de seguridad golpeaban en la cubierta antes de caer al agua, agregaba dramatismo a esos momentos.

Pensé que había llegado mi fin y que moriría ahogado para luego servir de alimento a la variada fauna marina de esas aguas. Me encomendé a Dios.

Con las primeras luces del alba el viento pareció calmar un poco y el temporal amainó. Guardo como recuerdo la imagen del marino que llevaba el timón en el puente de mando para tratar de conservar el rumbo. Se había amarrado a la rueda del timón para mantener el rumbo marcado en el compás que parecía haber enloquecido y a su lado, también amarrado, había un balde donde vomitaba por el mareo. Allí supe que eso de que el marino no se marea, es un mito. Quizás en mar calmo o poco picado…

Logramos entrar en una caleta de abrigo por la mañana y ver los daños que había causado el temporal para repararlos. Lo que no tenía remedio hasta llegar a puerto, fue que la losa, vasos, fuentes, etc., se habían quebrado en su totalidad…

La segunda vez fue precisamente volando con Raúl en su avión regalón, un bimotor de patente CKZ que el quería entrañablemente. Regresábamos de hacer una “siembra” en el sector cordillerano frente a Santiago al aeródromo de Los Cerrillos, hoy desaparecido. Raúl pidió la autorización a la Torre de Control para aterrizar y procedió a bajar el tren de aterrizaje automáticamente; pero el tren no bajó. Repitió la maniobra y volvió a aparecer la luz roja en el tablero de instrumentos. Hizo varios intentos más y se convenció que teníamos una falla grave y que deberíamos tratar de bajar las ruedas con el mecanismo manual del avión.

Informó a la Torre y recibió la orden de volar en círculos sobre el aeródromo para gastar el máximo de combustible posible antes de intentar el aterrizaje pero sin tren de aterrizaje…

Mientras el aeródromo ponía en funcionamiento el alerta usado para estos casos, Raúl y yo intentábamos desesperadamente bajar el tren a mano desde el avión; pero esto tampoco dio resultados. Vi la determinación en su rostro y confié en su dilatada experiencia como piloto. Por mientras, volábamos en círculo sobre el aeródromo para gastar combustible y evitar un incendio en caso que el aterrizaje sobre la “barriga” del fuselaje fallara. Vimos los carros-bomba del aeródromo echar espuma sobre parte de la pista y los preparativos que hacía el área del Servicio de Extinción de Incendios para actuar en caso que no resultara.

Yo pensaba que un pequeño error, descuido o inseguridad de su parte podría inclinar una ala más que la otra, golpear el suelo y luego el desastre, el incendio a pesar que nos quedaba muy poco combustible y moriríamos golpeados y calcinados.

Topamos la pista y luego la Torre nos contó que el fuselaje al rodar por el cemento era un verdadero esmeril con millones de chispas ocasionadas por el roce saliendo hacia la cola del avión…hasta que nos detuvimos. Aterrorizados. Pero ilesos, gracias a Dios que le permitió a Raúl demostrar su pericia como piloto.

Y la tercera vez es la que motiva este relato.

Me sucedió el Martes 09 de Noviembre de 2010, hoy hace nueve días, a un año de la muerte de Raúl y justo a la misma hora: las seis de la tarde. Me ha dado que pensar. Lo más probable es que sea una casualidad, una coincidencia, no se. Pero me queda una duda, creo que hay algo que va más allá. ¿Un aviso? ¿Un mensaje? ¿Una manera de comunicarse? No lo se.

Este 09 de Noviembre recién pasado estuve todo el día con el recuerdo de Raúl muy vivo en mi corazón. Cerca de la 17:45 horas terminó mi día laboral y salí de la oficina rumbo al paradero del medio de transporte de superficie que me deja a tres cuadras de mi hogar. Llegué al cruce de Avenida Portales con Matucana, un nudo de tráfico muy activo para tomar el bus. Recuerdo haber mirado mi reloj, eran las seis de la tarde. Comencé a cruzar Matucana, con la luz verde, como siempre lo hago. En la mitad de la calzada, con el rabo del ojo me percaté que un enorme bus de la empresa de transporte público Gran Santiago venía virando y, aún cuando lentamente, se me venía encima. Aparentemente, e increíblemente, el chofer no se percató de mi presencia y siguió virando y me impactó. Alcancé a darme vuelta y me golpeó en la cadera, el muslo y la pierna derecha mandándome al suelo. El terror que experimenté fue mayúsculo al ver que la rueda derecha delantera del bus frenó a escasos centímetros de mi cabeza. El chofer por fortuna frenó violentamente al percatarse del atropello.

En pocos segundos me vi rodeado de gente. Traté de pararme pero me lo impidieron. Comencé a reconocer compañeros de mi oficina que seguramente caminaban atrás mío para ir a sus casas y me socorrieron. Trajeron una camilla de la oficina y me inmovilizaron mientras llamaban a la ambulancia del hospital de Fuerza Aérea que demoró casi una hora en llegar por lo denso del tráfico, y otra hora en llegar al Hospital donde me hicieron una serie de radiografías para ver si había alguna fractura ú otro problema. No me encontraron nada, sólo la contusión en el lado derecho de mi cuerpo.

Hoy día, a un poco más de una semana del accidente, tengo un enorme moretón desde la cintura hasta la pierna derecha que comienza a expandirse y cambiar de color con cremas y pastillas. Aún tengo dolores para caminar pero son soportables. Le he dado gracias a Dios por la levedad del accidente y sigo pensando en las similitudes que tuvo con algunas partes del accidente que le costó la vida a Raúl.

¿Casualidad? ¿Coincidencia? Quizá una advertencia. No lo sé. Sólo le doy gracias a Dios por su infinita misericordia de sacarme con vida de un accidente que pudo costarme, al igual que a Raúl, la vida.

Quizá si deba cuidarme mucho más este verano cuando, si Dios no dispone otra cosa, esté en mi carpa pescando en las playas del norte. Con todo esto del calentamiento global y el cambio climático que ocasiona, ocurra, Dios no lo permita, otro tsunami producto de un movimiento telúrico ahora tan comunes en Chile y me lleve mar adentro para siempre…
















Texto agregado el 18-11-2010, y leído por 315 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
18-05-2013 Me dieron ganas de leer tus textos mas antiguos y me has emocionado con tu narración Carmen-Valdes
27-04-2013 Tus textos son siempre buenos. Aquí exhibes dominio de las técnicas narrativas, sobre todo aquellas que nos hacen pensar que la historia sucedió o puede suceder... lindero
13-10-2012 Amistad, hermosa amistad, que nos ayuda a ser fuertes, nos acompaña por la vida, y mira quizá hasta en la muerte, quien puede saberlo. Magnifico relato que nos pone a pensar en las coincidencias o casualidades AZULIZ
19-02-2011 Tu relato es impecable y no pude menos que sustraerme unos instantes y recordar cuántas veces la muerte me rozó de cerca. Has ta el momento llevo contabilizadas unas cuatro bien firmes y una más que podría haber sido en alguien menos fuerte, pero no fue. Respecto a la pregunta que te hacés desde el principio, estoy convencida que la casualidad no existe. Manejamos consciente o inconscientemente, muchas de las cosas que nos suceden. Claro que hay otras fuerzas que se mueven. Pero aprendí, que ni los accidentes son fortuitos. Un abrazo apretado de corazón!***** MujerDiosa
19-11-2010 Me gustó tu texto Gus. Es verdad que a veces suceden cosas que nos hacen creer en las casualidades. Cuando no las hemos tenido tal vez dudamos;pero tu historia,no merece dudas y gusta mucho deslizarse por tus letras. La muerte muchas veces está cerca,sin ni siquiera evidenciarse en un accidente. Creo podrás ir a acampar este verano sin temores,como dicen muchos, hay que vivir,sólo eso. Van miles de estrellas y un beso Victoria**************** 6236013
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