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Hacía tiempo que escuchábamos ruido en el sótano. Tenía cerca de cinco días que se escuchaba trajinar un poco después de la una de la madrugada.
Ya había bajado varias veces, mientras Aubrey me ayudaba con la linterna.
En un momento sospeché que se trataba de ratas. Pusimos veneno en todos los rincones de la enorme y oscura bodega. No hubo, sin embargo, resultado alguno. Encontramos varios roedores muertos, pero el ruido no disminuyó ni un poco.
Lo que más nos preocupó, fue cuando empezamos a notar las herramientas en un orden diferente. Y es que una rata no haría tal cosa.
Le dije a Aubrey que me ayudara a reparar los respiraderos de la bodega. Era posible que entrara algún extraño durante la noche y pudiera estar tomando lo ajeno para algún misterioso fin. Sellamos como pudimos las ventanas, y compramos vidrio reforzado.
Nada, en nada cambió el ruido y el misterioso orden en el que volvían a quedar las cosas del almacén.
Por fin, le dije a Aubrey que permaneceríamos toda la noche en el sótano.
Aubrey llevó un viejo rifle que le había obsequiado papá cuando eran niños. Yo llevé algunas trampas y una pistola.
Después de las nueve de la noche y a la luz de una débil linterna, el frío empezó a calarnos los huesos. Aubrey me lanzaba una mirada de auxilio de vez en cuando, buscando que desistiera en mi intento por permanecer allí el resto de la noche. Pero no cedí, me mantuve en mi sitio, con firmeza, a pesar de que me congelaba.
Aubrey se levantó por fin, y caminó durante unos momentos, tratando de calentarse. Lanzaba vapor por la boca y se frotaba las manos sin cesar.
- ¡Ssssht!- le llamé -¡Métete en el rincón y guarda silencio!
- No puedo- me replicó Aubrey –o me muevo o me convertiré en un cadáver.
- Aún no es medianoche.
- ¡No vamos a atraparlo, Sean! Ya lo hemos intentado todo. Sugiero que nos larguemos al norte de la ciudad y dejemos esta maldita casa.
- Calla, quédate en tu puesto y no te muevas ¿Está claro?
No se fue al rincón que le correspondía. Se sentó junto a mí, con una vieja caja llena de rollos de películas. Le lancé una mirada de indignación, aunque sabía que no me haría ningún caso.
- Son las películas de papá- dijo Aubrey -¿Recuerdas?
- Claro- mascullé en voz baja –unas películas tan viejas sólo podrían pertenecer a papá.
- ¿Todavía funciona el viejo proyector donde podíamos verlas?
- ¡Ssssht! Aguarda…
Acababa de ver algo que llamó poderosamente mi atención. Una lata vieja de pintura rechinó en uno de los estantes, y se deslizó con dificultad hacia adelante.
Lo ví con mis propios ojos. Aquella enorme y herrumbrosa lata se había movido.
Me levanté inmediatamente y me aproximé hacia el estante, seguido de Aubrey. Nada había alrededor ni entre las latas de pintura. No escuchamos tampoco, el ruido de ningún animal huyendo.
Los recipientes estaban ordenados de cualquier manera, sin clasificación alguna. Movimos todos lo que pudimos , hasta que, agotados y vencidos, los volvimos a su lugar y nos sentamos.
- Creo que lo imaginaste- me dijo Aubrey.
- Lo vi tan claramente como te veo a ti- le reiteré –y a ti te consta que ese bote de pintura estaba desplazado.
- Quizá ya lo estaba.
- No me lo parece.
- ¿Qué hacemos?- dijo Aubrey –si se mueven las cosas sin razón aparente, entonces estamos en presencia de un fantasma.
- Por favor, Aubrey, no seas absurdo.
- Tiene lógica- comentó Aubrey –las cosas se mueven de lugar, pero nadie ha entrado aquí más que nosotros. La temperatura bajó muchísimo hace unos momentos ¿Acaso no notas que el frío ha disminuido?
- Eso se debe a que hemos pasado un buen rato moviendo pesadas latas oxidadas.
- Pero…
- Decidimos quedarnos aquí hasta que amanezca- le dije –y ya pasan de las dos de la madrugada. Nada perdemos con esperar.
Volvimos al rincón, y estuvimos en silencio casi por espacio de una hora, sumido cada cuál en sus reflexiones. Algo me intrigaba y era la observación de Aubrey hacía unos instantes: el frío se había marchado, efectivamente.
Nada pasó durante ese tiempo y empecé a distraerme en mis cavilaciones.
- ¡Allí! ¿Lo viste?- exclamó Aubrey de pronto y se levantó de improviso. Me despabilé de inmediato. Había visto como una de las guadañas era descolgada de su sitio y caía sobre un montón de cacharros.
Nos levantamos rápidamente y nos acercamos con cautela. La herramienta cayó ruidosamente sobre los utensilios.
Levantábamos la herramienta para examinarla, cuando un extraño silbido se escuchó a nuestras espaldas.
- ¿Qué es eso?
- Tal vez sea una serpiente- dijo Aubrey
- ¡Calla!- le dije –¿Escuchas eso ahora?
A través de las paredes de madera, se podía escuchar un tenue rechinido. Iba recorriendo a gran velocidad la pared interior.
Aubrey, sin pensarlo dos veces, tomó la guadaña y asestó un tremendo golpe a la pared.
- ¿Qué haces?- grité.
- Ahora nos vamos a deshacer de ese maldito de una vez por todas- dijo Aubrey volviendo a golpear la pared con la guadaña.
La casa entera se estremeció y un montón de escombros se vino abajo. Asustados, corrimos hacia las escaleras, temiendo acabar sepultados en el sótano.
La bombilla del foco estalló, y alumbrados por linternas, llegamos hasta la puerta para protegernos. Fue entonces que escuchamos extraños ruidos por todos los rincones del sótano. Los silbidos se volvieron ensordecedores y alcanzamos a percibir en la oscuridad cómo extrañas criaturas se movían a diestra y siniestra.
Volvimos la linterna a todas partes, pero no les dábamos alcance. Eran verdaderos enjambres, pequeños como ratas pero ágiles como malabaristas. Caminaban en dos patas, que al parecer eran largas y elásticas.
No pudimos ver más sobre ellos, las vigas se estremecieron y empezaron a caer con fuerte estrépito. Salimos de allí y nos resguardamos fuera de la casa, que de manera extraña y misteriosa, empezó a derrumbarse.
Nada quedó en pie. Una enorme nube de polvo, ocultó para siempre de nuestros ojos aquellos extraños seres.
FIN

Texto agregado el 24-11-2010, y leído por 119 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
18-01-2011 ¡escalofriante! Siemprelvira
14-01-2011 me gusto el cuento. muy bueno. te dejo mis eternas supernovas. el_mesiaz
 
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