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El padre era un hombre oscurecido, por el paso del tiempo, cuya psique rebotaba de un lado para otro, como las del resto de su familia. Quien no le respetaba, bajo su techo, merecía un buen castigo del peor calibre. No habían golpes, faltaría menos, pero sí amenazas, miradas acorralantes, cuando se enfurecía se acercaba a la cara de sus hijas y apretaba, nariz con nariz, hasta que las hacía temblar con sus gritos. Le temblaba hasta la boca, era el demonio quien se apoderaba de sus palabras. Estaba furioso casi todo el tiempo.
Pero cuando salía de casa, mostraba la mejor sonrisa a quienes le saludaban, "Mirad, por ahí va! Qué gran hombre y qué honrado". Regalaba la mejor carcajada a cualquier amigo. Tras un buen dia fuera, llegaba a casa y no hacía nada más. Se tumbaba en el sofá, sin hablar, a ver la televisión, para desconectar del trabajo que le iba a capturar pocas horas después. "¡Yo me mato a trabajar como un cabrón para que tú puedas comer, y es mi única obligación! !No debo responder de ninguna manera más ante tí!", le chillaba siempre, en cada bronca, en cada pelea, a sus hijas, con la cara al rojo vivo y ya dejando de vocalizar.
Rara era la vez que les ofrecía un gesto cariñoso, aunque cuando lo hacía, lo hacía de corazón. Pero eran más bien pocas las ocasiones (sí, "ocasiones", suena más exclusivo que decir "veces"); es más, se marcaba más gestos cordiales fuera que dentro de su casa. Era un hombre que estaba triste, enfadado con el mundo o consigo mismo, o con su familia, o con dios sabe qué o quién. Pero era el patriarca de la familia maldita.


La madre era una mujer alegre y sencilla, siempre capaz de seguir a su marido hasta en la mayor locura habida y por haber. Pero había algo que superaba el amor a su marido, y esas eran sus hijas. Se desvivía por ellas, aguantando las faltas de respeto, los gritos, los berrinches, las depresiones de una y las travesuras de la otra, y un largo etc que se expandía en los años como la sangre en el agua. Como la tinta en el papel.
Era una mujer activa en su casa, le gustaba tenerlo todo bien hecho y comenzaba a hacerlo todo bien pronto. No trabajaba fuera de casa; de hecho, comenzó a los catorce años, pero lo dejó cuando sus hijas nacieron, para cuidarlas.
Cuando se enfadaba, al poco tiempo se le pasaba, bastaba un "abrazame mamá" o un "lo siento" para que ella borrase las arrugas de la frente y pidiera que no volviese a ocurrir.
Estaba agotada, cansada de ver a su marido callado y distante, cansada de ver como una de sus hijas se iba hundiendo poco a poco en sí misma, apoyándola hasta la muerte mientras se apoyaba en la otra, en su hija pequeña.


La mayor era una chica solitaria, desde pequeña siempre lo había sido. Pocos eran los considerados amigos, nadie la aceptaba en el colegio. Y ella no lo comprendía. Porque en esos momentos, cuando todo comenzó, ¿qué había que comprender? No había ninguna lógica en que los niños, NIÑOS, la apartasen sin que ella hiciera nada.
Iba creciendo, se iba encerrando más en sí misma, convirtiéndose en alguien más exigente a la par que triste y deprimida. Todo le parecía una trampa, no avanzaba porque no veía ningún paso seguro. Y esa fue la historia de su vida, la inseguridad. Se agarraba a clavos ardientes por el simple hecho de que no se movían, porque no podían dejarla tirada; se agarraba a realidades que no existían y que ella se juraba y reafirmaba. Se sentía falta de cariño y no fue culpa suya, pues su padre siempre había estado serio, ella siempre intentó complacerle para lograr verle sonreir, para conseguir su aprobación. Como un logro, un trofeo, algo inusual. Pero pecaba de ciega, tenía a su madre al lado, dispuesta a compartir toda su miseria con ella. Pero ya era demasiado tarde, el daño estaba hecho, y la chica ya se había hecho mayor. Ya nada podía borrarse.
Se llevaba a morir con su hermana, era muy estricta y siempre la había manejado, al ser la hermana mayor, a su antojo. "Traeme esto; hazme lo otro; pon esto aquí; vete allá; dame tu juguete; no, tú no juegas; no, yo voy antes porque soy mayor que tú".


Y la pequeña agachaba la cabeza. Era un calco de su madre. Rara vez rechistaba y se cargaba a la espalda todo lo que podía. Siempre alegre, menos cuando su hermana o su padre le quitaban la sonrisa, iba de aquí para allá. Todo lo que hacía, a lo largo de los años, lo hacía a escondidas. Porque en su casa no estaba bien visto.
"Mamá, me voy a casa de Fulanita a dormir, que hay una fiesta y...". Y en realidad, las pocas veces que se lo permitían, dormía con su novio en vez de con su amiga, porque la hacía feliz.
"Papá, no me gusta el alcohol, me da demasiados mareos". Y en realidad, aprovechaba con sus amigos la mínima excusa para desenroscar el tapón del litro de cerveza. Solo para desconectar.
Y así se pasaba su vida, su juventud, fuera de casa, sin una sincera comunicación con los suyos, teniendo confianza con gente de la calle y no con quienes en realidad debería tenerla.
Pero era profunda, era un rayo de sol en la peor tormenta de los mares más alejados de la calidez del bienestar, era un prodigio entre las sombras, lo era todo y a la vez no era nada. Madre e hija, eran la máxima conexión, reían juntas y pensaban casi igual. Pero no era fácil.
Quisiera dar la vida por su familia, a pesar de lo que estaba sufriendo. Y ya no lo tenía claro, ¿de quién era la culpa? ¿Quién tenía que poner de su parte?


O, ¿no sería que el destino los habría maldecido? La familia triste, la familia complicada, la familia maldita al fin y al cabo.
¿Qué sería de ellos? ¿Qué pasaría, a pesar del dolor, si solo uno de ellos faltase?

Nos encontramos en el caos, y en el nos hemos asentado y acostumbrado, y ya no sabemos dónde está el límite. Hemos perdido la línea que separa lo bueno y lo malo. La felicidad y la tristeza.
El cariño y la soledad. La protección y la prohibición.

Y este es el fruto de los años. Sabe dulce. Sabe amargo.

Texto agregado el 29-12-2010, y leído por 122 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
06-06-2012 Magnifica narración, con un realismo que duele quizá por vivirse en todos lados. Mis 5 para ti. azuliz
30-12-2010 Mucha verdad y mucho dolor en este texto. La descripción de los personajes de esa familia es palpable, se comparte el sentir de la protagonista. Se dice que se eligen a los amigos, a la pareja, pero a la familia no hay manera. Nos viene impuesta. Pero una cosa es cierta: seremos lo que seremos gracias o a desgracias de ella. walas
 
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