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EVOCACIÓN
( Sugonal)

Nueve de la mañana, Domingo 02 de Enero de 2011.

Miro hacia el mar desde la ventana de mi cuarto en el segundo piso de un Hostal en Las Cruces, un pequeño balneario 10 kilómetros al norte de Cartagena, la playa más popular y concurrida de la zona central de Chile en el verano.

Una brisa suave que viene del océano levanta olas pequeñas que producen un ruido apagado. La playa, a no ser por un pescador de orilla que manipula la caña a la espera de su premio, está desierta.

Siento nostalgia y tristeza mezclándose en mi corazón. Nostalgia por el recuerdo de épocas felices sin otra preocupación que la que pudiera tener un niño de diez años al que su abuela paterna llevaba a “veranear” cada temporada a una enorme casa que arrendaba en Cartagena donde se reunía con su numerosa familia de hijas, hijos y nietos.

Tristeza al evocar épocas y personas con las cuales me sentía vinculado afectivamente, muchas de las cuales ya no están.

Recuerdo que mi madre, que trabajaba en Santiago durante la semana, venía a verme los sábados de esos largos veranos y regresaba los domingos por la tarde.

Me llevaba a la terraza sobre la Playa Chica donde yo aprovechaba de pedirle, entre otras cosas, que me comprara galletas japonesas (nunca supe porqué las llamaban así) que eran del tamaño de la ostia con que comulga el sacerdote que celebra la Santa Misa, pero más gruesas, de color café claro y muy dulces.

Luego íbamos a los juegos donde tratábamos de botar los “gatos” parados sobre unas tablas, con pelotas de trapo hechas con un calcetín relleno con más calcetines. O al “trencito” que consistía en una locomotora en miniatura que recorría un circuito en el cual había divisiones pintadas de colores azul, rojo, blanco y verde, algunos con premio si la locomotora se detenía sobre ellos.

O a mirar, y no pocas veces quedar empapados, las olas reventando contra las rompientes de rocas con tremenda fuerza, el agua llegando hasta la misma terraza mojando a los transeúntes desprevenidos.

Esa parte del paseo la conocíamos como la Virgen de los Suspiros por un icono de la Virgen María empotrado en la roca y al cual los fieles veneraban encendiéndole velas y a veces colocando pequeñas placas con leyendas tal como “Gracias Virgen Santa por favor concedido”.

Los domingos por la tarde íbamos con mi abuela a dejar a mi madre a la estación del ferrocarril. Siempre me dejaba un billete de cinco pesos, suponía que me alcanzarían para comprar las galletas japonesas y los juegos de la terraza.

Regresaba a casa un poco apenado; pero la pena se desvanecía rápidamente al encontrarme con mis primos y primas de mi edad con los cuales jugábamos todo el día.

Mis primos de más edad, que también veraneaban con mi abuela, por las tardes y luego de volver de las playa y tomar “once”, se acicalaban para bajar cerca de las siete a la terraza con sus padres al Hotel Francia ubicado al centro de la terraza, lugar obligado de reunión de la juventud, donde los mayores disfrutaban de algún aperitivo y la pista de baile y los más jóvenes paseaban en grupos aprovechando de conocerse.

Dos de mis primas formaron sus hogares con enamorados que conocieron en esas tarde de Cartagena.

Por las mañanas bajábamos temprano a la Playa Chica a cargo de alguna tía, y nos acomodábamos en dos carpas arrendadas por la temporada. Cerca de la una subíamos a la casa donde almorzábamos por turnos. Primero los menores en lo que se conocía como “la mesa del pellejo” y luego, más tarde, los mayores.

Reposar por lo menos una hora era mandatario para los más chicos después del almuerzo. Era una regla de la casa, y se cumplía.

Mi abuela era una experta cocinera y armaba algunos platos especiales que causaban estragos entre los menores. Tenía un fórmula para preparar el caldillo de congrio en salsa de tomates y, según ella, estando a la orilla del mar, un guiso de cochayuyo con papas cocidas era saludable y necesario, Igual que el pescado frito y algunos mariscos que teníamos que comer bajo la amenaza de “si no comes, no bajas a la playa…”

Otro guiso detestado por los chicos era lo que en Chile llamamos “guatitas a la jardinera” y cuyo equivalente en la capital de España son los “callos a la madrileña”.

Tantas remembranzas que desfilan por mi mente…Un golpe de viento me saca de mi ensimismamiento. Observo cuatro barcos que esperan entrar al puerto de San Antonio a descargar “containers”. Han apuntado sus proas hacia el norte. El viento ha cambiado de dirección y sopla con más de fuerza, las olas son más grandes.

Conversando con la dueña del Hostal sobre pescados y comidas de la Región, me dice que el mejor lugar para comer mariscos y pescados está en Cartagena, en la llamada Costanera del Mar, en un restaurante llamado El Kaleuche, y que la especialidad de la casa en el rubro pescado es la merluza frita.

Pasado el mediodía me fui a Cartagena. El tráfico estaba muy denso y avanzaba lento. Supuse que se trataba de personas que vinieron a ver los fuegos artificiales en Valparaíso y que este año también se extendieron a otros lugares del litoral central.

Llegué a la Playa Grande. Me sorprendió la cantidad de vehículos estacionados y los que andaban buscando un lugar. Después de dar algunas vueltas logré encontrar El Kaleuche donde tuve la suerte de estacionar mi vehículo con la ayuda de una buena propina.

El lugar, de corte netamente popular, estaba lleno de parroquianos. Pero una mesa junto a la arena se estaba desocupando y la tomé.

Mientras esperaba que me atendieran, me dediqué a observar. El plato que más abundaba en las mesas era la merluza frita con algún acompañamiento. Ordené merluza frita con una ensalada surtida, media botella de vino blanco de buena marca, muy helado, y un pisco “sour”. La garzona me advirtió que el pedido podía demorar un poco por la gran afluencia de público, que me armara de paciencia.

Mi mesa quedaba a un metro de la arena y pegada a una especia de vereda angosta de concreto que corría paralela a la línea de restaurantes en la Costanera del Mar. La playa, hasta donde alcanzaba mi campo visual desde la mesa, estaba colmada de personas. Pensé que era un lugar ideal para mirar la actividad de la gente, los bañistas que iban y venía, los vendedores ambulantes, los niños jugando con sus baldes con arena.

Dos cosas llamaron mi atención: no había ningún puesto elevado en la arena donde normalmente debiera estar instalado el salvavidas tradicional. En su lugar, cada diez o quince minutos pasaba una lancha tipo zodiac de alta velocidad de la Armada, patrullando y haciendo respetar el límite hasta donde podían nadar los bañistas. Además, un helicóptero sobrevolaba a baja altura atento a probables emergencias, con personal y elementos de rescate para sacar del agua a personas en peligro de ahogarse,

Lo segundo, personal de la Marina y de Carabineros patrullaban la playa controlando el comportamiento de la gente, que no se cocinara en la arena, los probables desórdenes y pendencias por el exceso de consumo de alcohol y, en general, manteniendo la sana convivencia.

En los tiempos que veraneé en Cartagena, recuerdo que los sábados por la mañana llegaban muy tempranos dos y hasta tres trenes llenos de gente que venía por el fin de semana. Eran los llamados “excursionistas” que se instalaban en la Playa Grande llevando lo necesario para cocinar y vivir por el fin de semana a la orilla del mar dejando la playa convertida en un basural. Tampoco olvido la cantidad de personas que perdieron la vida ahogándose por la imprudencia de bañarse inmediatamente después de comer y beber en exceso.

Mientras disfrutaba el pisco “sour” y miraba pasar al mundo a un metro mío, un sentimiento se hizo presente esta vez con mucha fuerza. La gran cantidad de hombres, mujeres y niños cargando con un evidente sobrepeso me golpeó. Particularmente los hombres, algunos de ellos luciendo descomunales panzas colgando sobre sus pantalones o shorts de baño. Las mujeres con numerosos rollos alineados sobre sus cinturas y abdómenes; celulitis avanzada en la piel, niños de diez a doce años cargando diez o más kilos extra…ya había notado esto caminando en el centro de Santiago. Pero se me hizo más patente en esta oportunidad.

No que yo tenga el peso perfecto para mi estatura, edad, marco óseo. No soy quién para criticar pues también cargo con mis kilos de más, pero aun fuera del rango crítico. ¿Mala alimentación? ¿Sedentarismo? ¿Consumo excesivo de grasas, harinas, azúcar? Lo que sea. El pronóstico a mediano plazo, si no se hace una fuerte campaña al respecto, es desalentador.

Mientras miraba este singular desfile recordé que en 1996, hice un viaje de capacitación a los E.U.A. mandado por la empresa. Partimos en Miami, Florida y nos detuvimos un día en Orlando para visitar Disneyland.

Allí me tocó ver, creo, a los campeones y campeonas mundiales del sobrepeso disfrutando sin tener la más mínima preocupación desde el punto de vista estético que ofrecen, circulando con atuendos propios del clima de esas latitudes con mucho calor, humedad,chubascos, relámpagos y truenos, pero sólo preocupados de pasarlo bien, divertirse, y entre medio consumiendo toneladas de comida chatarra, tan de moda en estos días en nuestro país.

Pensaba en todas estas cosas cuando llegó la merluza en un plato ovalado con la cola saliendo del plato acompañada de una generosa porción de ensaladas diversas, pan amasado y trozos de limón para aliñar.

Qué puedo decir, una delicia. Poco batido en la fritura, sólo dos espinas pequeñas que detecté a tiempo antes de tragar, el vino muy helado y de buena cepa. El aire marino, el sol y el mar y la seguridad de tener todo el tiempo del mundo disponible para disfrutar de un día perfecto.

El Kaleuche ofreció el bajativo: una copa de menta verde y olorosa sobre hielo molido. Una cuenta por el consumo muy razonable. En fin, una tarde magnífica, llena de evocaciones. Estuve cerca de una hora más disfrutando del aire marino antes de volver a Las Cruces, El Tabo, Algarrobo, Isla Negra el refugio de nuestro vate y Premio Nobel Pablo Neruda y El Quisco.

En una semana más, toda la costa central estará llena de turistas y veraneantes ansiosos de encontrar la diversidad y el cambio que necesitan para enfrentar 2011, que ojalá sea un año mejor que el bicentenario.











Texto agregado el 15-01-2011, y leído por 137 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
19-01-2011 Siempre supe que Cartagena fue un balneario de gente muy adinerada.Sus construcciones son bellas,sin embargo,desde hace muchos años,se convirtió en un balneario popular. Encuentro mucha belleza en el paseo, en sus playas. De pequeña iba con mamá a casa de una tia,en la calle Las lilas. Recuerdo se veía completamente el mar cuando me subía en la reja del antejardín.En realidad la casa estaba rodeada sin ser exagerada por una selva de árboles y flores. Unos pocos años después construyeron delante de la casa y ya no podía extasiarme mirando el mar. Mi tia nos llevaba a la Terraza donde había una virgen y el agua llegaba hasta arriba.Eso se convirtió en el juego de la juventud,que se colocaba cerca y luego corrian escapando de la minmensa ola. Me lo trajiste a la memoria. No recordaba cual era la playa de veraneantes,sólo recordaba que había una que lucía hermosa llena de colores con las carpas. Ahora desgraciadamente,cuando fuí hace unos años,ya el ambiente era demasiado malo,no había lugar para pasearse en la terraza y me daba mucho miedo. Añoro lo que viví de pequeña hasta más o menos los quince años. Gocé andando a caballo,contemplando la belleza del mar. Me gustó mucho lo que cuentas,sobre todo ese gran almuerzo,que se siente exquisito. Bueno Gus,me alargo en los comentarios,contando de mí;pero quiero decirte que escribes y describes de maravillas y me inspiras y retrotraes a una felicidad lejana******** Un besito Victoria 6236013
 
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