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El viejecillo era nervioso. Se movía de una forma temblequeante (condenada artritis, pensaba) y suspiraba de tanto en tanto. Sus raídas ropas le sentaban francamente mal, y las lentes de sus quevedos clamaban por los servicios de un óptico. Pero a él no le importaba. Su profesión no le daba para más, y el cuartucho que ocupaba en su pensión era un nido de ratas y cucarachas (todas muy sociables, por cierto); pero eso no le importaba al anciano. Le gustaba su trabajo. Le gustaba mucho.

Era nuevamente invierno. Pronto los cristianos celebrarían el advenimiento de su Redentor, y conmemorarían tan señalada fecha con fiestas y agasajos, con suculentas viandas y regalos, con luces que alegraban el alma y calentaban el corazón, mientras otros no tan afortunados se calentaban con sueños y tenían por todo alimento la desesperanza de cada día. Extraña raza, filosofaba el viejo. Pero le gustaba la Navidad. Sí, le gustaba mucho. En Navidad siempre tenía trabajo.

El viejo cerró cuidadosamente la puerta de su habitación, y se guardó la llave en su raído abrigo, ante la mirada indiferente de la patrona (que hubiera cambiado su expresión si hubiera sabido lo que su inquilino atesoraba en su cuarto). El anciano bajó las escaleras del vetusto edificio y salió a la calle. Una vez en la acera aspiró profundamente el frío aire de diciembre, que le revolvió los blancos cabellos, y sorbió ruidosamente su nariz goteante. Los ojillos le brillaban, jubilosos, pues la gente se afanaba en sus compras navideñas, y las calles estaban muy concurridas. Sí, presentía que sería un buen día. Y salió a trabajar.

El viejo era un coleccionista. Coleccionaba Historias.

Hace mucho, cuando la Gran Biblioteca todavía tenía lámparas doradas en la ciudad de Alejandro, y el templo de Diana convertía a Efeso en una urbe de preternatural belleza, cuando los ruiseñores cantaban en el bosquecillo de Dafne, en aquellos tiempos se creían muchas cosas maravillosas, que tiempo ha que desaparecieron bajo el polvo de los siglos, arrastradas como las hojas de otoño en vientos de suspiros y ríos de lágrimas. Entre los hombres doctos se creía, por ejemplo, que existía una Biblioteca. Pero no una biblioteca normal, sino la Biblioteca. Un lugar más allá del tiempo y del espacio, con Reglas propias, donde se atesoraba todo el saber humano. Muchos pretendieron haber estado en tal lugar, gracias a los favores de algún dios poderoso. Pero los dioses se marcharon hace mucho, y las puertas de la Biblioteca están cerradas, y sus goznes enmohecidos por el desuso. Salvo un pequeño anexo.

En la Biblioteca había una sección para las Historias Perdidas. Para todos aquellos sueños que jamás vieron la luz. Para todos los afanes que jamás se realizaron. Para las fantasías que murieron antes de nacer. Para las Historias que todos llevamos en el corazón, en embrión, y que no suelen dar fruto. Pero en el anexo de la Gran Biblioteca florecen. Vaya que si lo hacen. Y nuestro anciano es el bibliotecario de ese pequeño anexo.

O... o eso pensaba él.

Porque nuestro anciano era precisamente eso, un anciano. Un homo sapiens sapiens de setenta y nueve años. Y un anciano solo. Sin parientes, sin amigos. Solo. Y la amargura de la soledad tiempo ha que moraba en su garganta, como perenne compañera, y la soledad no es buena compañera, como muy bien saben todos aquellos que la han tratado de tú. Así que nuestro anciano, solo y pobre, desesperado, escuchó un día cómo llamaban a la puerta de su misérrima habitación. Y cuando abrió se encontró cara a cara con la Locura, que le sonreía amistosamente. El viejo miró a la Locura, que le devolvió una mirada compasiva, y las lágrimas rodaron por las ancianas mejillas, y la Locura lo abrazó, y el hombrecillo desahogó su tristeza en el mullido pecho de la Locura.

Después, cuando se hubo calmado, la Locura le habló al viejo con palabras suaves, y le recordó sus lecturas de cuando era aficionado a los textos antiguos, y le propuso que trabajara para ella. Pero le advirtió que el sueldo sería bajo. Muy bajo. Pero eso no le importó a nuestro buen anciano, que estaba acostumbrado a charlar con sus gruñonas tripas. Y aceptó encantado el empleo. Y la Locura volvió a sonreir.

Entonces el viejo se dedicó de lleno a su nuevo trabajo. Paseaba por las calles, deambulaba por los grandes almacenes. Durante horas contemplaba a los demás Mortales en sus ocupaciones diarias, y escuchaba. Escuchaba. Porque la Locura le había dado la capacidad de Escuchar.

Escuchaba a las jovencitas suspirar ante el jovenzuelo de turno, en su flamante moto, y asistía a sus viajes al extranjero, hacia algún país lejano, siendo ellas las protagonistas de fascinantes aventuras.

Escuchaba a los estudiantes, que a su juicio fanteseaban con particular virtuosismo. Más de una vez el viejo contempló fascinado el asesinato perfecto, el crimen sublime, que terminaba con algún odiado profesor cosido a puñaladas y sirviendo de alimento para su propia colonia de bacterias.

Atendió compadecido a los sueños de alguna infortunada mujer, que se ahogaba en un mar de penas mientras su marido la golpeaba con un remo. Y el viejo lloraba ante tales historias, porque era de corazón sensible.

Pero el viejo prestaba especial atención a las historias de los que, como él, cargaban ya nieve en sus ramas, esto es, envejecían. Porque casi todas esas historias estaban henchidas de pena y amargura. Y el viejo pensaba que era un deber casi religioso el tomar nota de todos esos pequeños dramas, y registrarlos, para que al menos tales vidas tuvieran un sentido (él no sabía que toda vida tiene un sentido, pero a fin de cuentas tan solo era un bibliotecario). Porque el viejo luego escribía todo lo que veía y oía.

Eso hacía el buen anciano en su cuarto. Por la noche, cuando llegaba a su pensión aterido de frío y rendido de cansancio, engullía a toda prisa sus aguadas lentejas y se encerraba en su sanctasanctórum y anotaba en unos polvorientos libros todo lo que había presenciado ese día. Y después colocaba los libros en un decrépito baúl de madera de haya que poseía. Y cuando un libro estaba completo desaparecía. Bueno, eso hubiera pensado un profano en la materia. El viejo, con un incontenible aire de suficiencia doctoral, le hubiera replicado que el libro era teleportado al anexo de la Gran Biblioteca. Y lejos, muy lejos, más allá de lo que nuestra razón abarca, la Locura sonreía satisfecha.

Veinticuatro de Diciembre. Natum Videtes.

El viejo paseaba por las frías calles. En estos navideños días la gente soñaba, y lo hacía con más vehemencia que de costumbre. Las madres recibían a sus hijos, que no habían podido venir de sus lejanos lugares de trabajo, y el viejo asistió con ojos emocionados a muchos reencuentros. Los amantes soñaban también, y los regalos eran en verdad suntuosos (demasiado suntuosos, como luego se vería), pero el amor era el más preciado don, como todos saben, o deberían saber. Y los niños... ah, los niños. En estos días el viejo bendecía a Dios, porque merecía la pena vivir mil centurias de penurias si uno podía ver la Navidad a traves de los sueños de un solo niño. Y al viejo se le encogía el corazón ante los sueños y esperanzas de los pequeños, y creía que le estallaría el pecho de alegría cuando esos mismos niños veían más tarde a los Reyes Magos y tenían entre sus manitas los regalos... y, ¿quién que haya sido niño puede contradecir a nuestro anciano?.

Por eso el viejo bendecía también a la Locura en estos días, y ella sonreía complacida, porque ambos estaban satisfechos. Pero el viejo no sabía que la Locura es una jefa exigente, y que pronto querría cobrar su diezmo. Y el diezmo de la Locura se llama Desesperación.

Por eso el viejo no podía saber que la dueña de la pensión había abierto su cuarto, con el pretexto de limpiar el cuchitril, pero con malicia en el corazón, y que había limpiado a fondo, muy a fondo en verdad. Por eso, cuando estaba bien entrada la noche y el viejo regresó a su morada se encontró a la patrona, rodeada de los otros inquilinos, ante sus libros amontonados delante de su cuarto. Y allí estaban todos los libros, del primero al último, y también estaban los sarcasmos y burlas de la patrona y de los demás inquilinos, que ayunos de afecto ajeno preferían alimentarse de maldad y veneno. Y cubrieron al anciano de injurias, y lo tildaron de viejo loco, y ante sus ojos espantados tiraron a la basura sus libros.

Entonces, lejos, muy lejos, la Locura sonrió mientras mordía suavemente el corazón del anciano, y el corazón sabía a hiel, y olía a Desesperación.

Ojalá no tuviera que contar estas cosas tan tristes. Pero peor aun sería que permanecieran en el olvido, porque entonces todo sería vano e insensato. Pero aun así se me encoge el alma al narrar cómo el anciano, de albos cabellos, de espíritu generoso, lloraba desconsolado en la acera. Y sus manos arrugadas recuperaban sus libros de entre la basura, y sus amargas lágrimas los limpiaban amorosamente de inmundicias, porque no todas las lágrimas son malas, como ya dijo alguien.

Pero son lágrimas, y todas son saladas.

Por eso el viejo no escuchó al hombre que se acercaba, porque la Pena cantaba demasiado fuerte y no podía oir nada más. Pero el desconocido le tocó suavemente en el hombro, y el viejo levantó su cabecita. Y el hombre le sonrió. Pero no como la Locura. El hombre le sonrió de otra manera. Le sonrió como sonríe la Aurora, cuando el día nace y todo es bello y hermoso. Le sonrió como el Crepúsculo, con una luz que es como una promesa de fuerza inquebrantable. Le sonrió como el Amor, que... bueno, aquel que alguna vez haya amado me entiende. Y el viejo sonrió también, porque aquel hombre le había dicho con su sonrisa todo aquello que una madre hubiera podido decirle a un hijo bienamado durante muchos años de amor y ternura.

Lejos, muy lejos, la Locura frunció el ceño, y escupió un pedazo de corazón, demasiado dulce para su gusto.

El hombre ayudó al viejo a incorporarse, y le sacudió el polvo de sus ropas. Le tomó del codo y le llevó a un banco cercano para que reposara, pero el viejo echó una mirada anhelante a sus libros. Y grande fue su sorpresa al no verlos por ninguna parte. Pero el desconocido le tranquilizó, y le ofreció un cucurucho de castañas calentitas... y si alguien puede hacer algo más agradable por ti en una fría noche de diciembre, que venga alguien y me lo explique.

Ambos se sentaron en el banco y comieron un rato en silencio. De repente el viejo no pudo más y empezó a hablar. Y habló. Vaya que si habló. Lo contó todo, y fue como si su vida fluyera cual agua de un arroyo, y el desconocido le escuchó amablemente, sin interrumpirle ni mostrar ningún asombro. Pero al cabo el pobre anciano empezó a lamentarse, y la Desesperación volvió a estrujar su pecho como tan solo ella sabe hacerlo. Pero el desconocido posó una mano en el pecho del viejo, como dándole unas palmadas cariñosas, y la Desesperación huyó espantada, porque en la mano del hombre moraba el Consuelo, y en sus ojos la Esperanza brillaba fieramente... y a título personal diré que jamás en toda mi existencia he encontrado nada más tenaz que la Esperanza.

Entonces el desconocido habló suavemente. Y su voz era como el perfume de los jazmines en una clara noche de verano. Y con palabras cálidas le dijo al anciano que no se preocupara. Que precisamente él estaba allí por eso. El era el Bibliotecario Jefe de la Gran Biblioteca, y allí estaban todos extrañados porque repentinamente habían cesado los envíos del viejo, y él en persona había viajado a la Tierra Mortal para averiguar qué pasaba. Y, dicho sea de paso, para conocer a su subalterno, del cual llevaba un completo diario, a modo de hobby. Y que esperaban que el viejo volviera al día siguiente a su trabajo.

Lejos, muy lejos, la Locura escuchaba atentamente. Y cuando llegó a este punto irguió la cabeza, irritada y asustada. Y se dispuso a levantarse... pero tan solo pudo mirar la Luz de unos ojos, que la conminaron a sentarse de nuevo en su Trono de engaños y añagazas. Y Alguien sonrió.

El viejo, atónito, escuchó al desconocido. Y cuando éste terminó de hablar el viejo mostró su sorpresa y desconfianza. Y se levantó a medias, dispuesto a marcharse, pues ya había soportado bastantes burlas por un día. Pero el desconocido le sonrió de nuevo, y tomándole del brazo le conminó amablemente a sentarse. Y entonces el desconocido sacó un libro de tapas de platino, y de hojas de oro. Y en letras de diamante estaba allí contada la historia del viejo. El anciano tomó el preciado volumen en sus manos, y pasó las páginas maravillado. Y en las últimas anotaciones estaban descritos los acontecimientos de la posada en esta fatídica noche, e incluso la conversación que había mantenido con el desconocido, ahora ya Bibliotecario Jefe. Y el viejo levantó la mirada hacia el hombre, que se excusaba por la pobre factura del libro, y lo miró con ojos dilatados por el asombro y la gratitud.

Lejos, muy lejos, la Locura escupió violentamente un corazón que le sabía a cenizas. Pero de las cenizas brotaban flores, y estas flores eran Dicha y Bienaventuranza. Y Alguien rió divertido.

Entonces el Bibliotecario Jefe le dijo al viejo que esperaba que volviera con ellos al trabajo, pues su labor era necesaria. Y que confiaba en que las próximas palabras que se grabaran en el libro (lo agitó ante las rojas narices del anciano) fueran las de su consentimiento. Y el viejo aceptó encantado. Pero todavía dudaba. Y el Bibliotecario Jefe vió la duda en su corazón.

Entonces el Bibliotecario Jefe le dió la Llave. Era en realidad una de las Llaves. Cuántas son nadie lo sabe, salvo el Bibliotecario Jefe, y Pocos más. Esta en particular era la Llave de los Secretos Inconfesables. Y aquel que la tuviera podía escudriñar en los corazones, y ver el secreto allá donde se ocultara, y todos los velos y engaños eran inútiles. Y el viejo se colocó la Llave en la boca, y la Llave fue como su sonrisa. Y con este presente el viejo y el Bibliotecario Jefe se despidieron, abrazándose ambos con cariño y respeto, mientras las gentes conmemoraban el nacimiento de un pobre judío crucificado.

El viejo volvió a la posada, y en el rellano se cruzó con la patrona, que abrió la boca para burlarse de él, pero entonces el viejo la miró, la miró y sonrió, sonrió... y la mujer cerró la boca asustada. Porque tuvo la sensación de que este viejecillo enclenque y medio loco había visto, y había visto demasiado, demasiado...

Y no fue la única. Varios inquilinos se acercaron a increpar al viejo, y no pudieron. Por contra lo que hicieron fue irse a la cama con el recuerdo de una sonrisa inquietante en el corazón, una sonrisa que hablaba de secretos oscuros, de conocimiento, de verdades demasiado pesadas para ser afrontadas... sobre todo por gentes que hace mucho que no miran el cielo azul respirando con fuerza.

Ya no tengo nada más que contar sobre este asunto. Es un cuento de Navidad, lleno de esperanza, pero lleno también de verdad, que a veces es más amarga que el ajenjo. Pero el Uno nos hizo así, humanos, y la medida debe ser colmada, sea de miel o de vinagre. Y, por encima de todo, las estrellas siguen brillando por la noche, gracias a Dios...

POST SCRIPTUM: Por cierto, el viejo continúa trabajando en lo suyo. Según mis últimas noticias ha conseguido un aumento de sueldo del Bibliotecario Jefe, tras duros regateos. Ahora vive en una acogedora casita unifamiliar, feliz y contento... no así los del Monte de Piedad, que no saben de dónde diablos saca el anciano los carísimos libros antiguos que vende regularmente. ¿Tendrá alguna fabulosa biblioteca a su disposición?. Quién sabe.

Texto agregado el 13-07-2004, y leído por 509 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
30-05-2005 Engancha desde el primer párrafo. Es un texto repleto de magia que escribes a la perfección. No podría ponerle ningún "pero". Mis mas sinceras felicitaciones y estrellas. Efecto_Placebo
20-11-2004 Debo ser claro y sincero, naturalmente es una opinión de lector pero, apreciando tu fértil imaginación, como el fluir y la levedad de tu escritura, la historia me pareció excesivamente larga, innecesariamente larga. Esto porque el núcleo, la esencia es muy interesante, y aferra el interés desde el inicio, pero esa extensión, esa ausencia de una sintesis rigurosa, ese no golpear el mármol con cinceles más precisos le quita, en mi opinión, esa tensión y presencia al objeto último. a la historia. Creo, también, que esa voz omnisciente que aparece desde los parentesis esté demás. El lector no necesita que le digan: atención que ahí hay una piedra y allá un crepúsculo, o descubre solo las cosas, o no lo descubre. Termino diciéndote que la historia de este viejo bibliotecario, como tus logradas metáforas, me regalaron una buena lectura. Saludos. mandrugo
06-10-2004 En primer lugar, tenía una deuda contigo...y conmigo misma. Leer tu cuento ha sido para mí no sólo un placer, sino algo más. me llegó más allá del corazón. Es un cuento escrito, curiosamente, en un tono ingenuo y casi infantil. Hay un aparente abuso de la conjunción "y", pero se nota que está ahí adrede. Y paradójicamente, eta sencillez está llena de metáforas y símbolos de lo más poéticos y profundos. Por cierto ¿no es un viejecito algo sospechoso? margarita-zamudio
23-09-2004 Excelente historia. orlandoteran
22-08-2004 Sin dudas el amigo Gatelgto tuvo buen tino en recomendar pasar por tus escritos. La llave de los secretos inconfesables revela misterios al viejo bibliotecario. ¡Muy bueno! Shou
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