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16 DE JULIO
Desde temprano hay movimiento en la casa de mi abuela. Se nota un aire distinto, dentro de la severidad que todavía impone el luto por los seres queridos que con sus partidas golpearon hondamente el devenir de aquella vida familiar mas proclive -por lo menos esa era mi sensación- a la alegría, que a la adustez que impuso la muerte.
Primero fue Tía Genoveva, la hermana de mi abuela materna venida de España después de pasar los horrores de la Guerra Civil y perder allí a su marido. Poco después mi Abuelo Rogelio, un Salamanquino afecto al buen vino, y dedicado con su prole numerosa de hijos varones a fabricar ladrillos. Y casi de inmediato, la Tía Beba, la menor de las hermanas. Una belleza que a los 23 años por esas cosas de la medicina precaria de aquellos años, falleció en Buenos Aires, donde la trasladaron para operarla de algo, que como tema tabú nunca fue claro para los mas chicos y con el paso del tiempo no tuvimos el coraje de preguntar.
Mi abuela Josefa tomó entonces las riendas de la familia, que para eso tenía carácter, y aun traspasada de dolor en mi recuerdo, la veo toda vestida de negro, incluso pañuelo en la cabeza, dando en la cabecera de la larga mesa, las órdenes que nadie discutía.
Por supuesto mi madre, y mis otras tías mujeres durante tres años llevaron el luto riguroso de vestir todas de negro, para después ya en la mitad de ese tiempo permitirse un medio luto, que incluía prendas grises o de colores apagados que demostraran aun, el dolor latente.
Era lógico ni pensar en escuchar música en la radio ó en la vieja victrola. Mis tíos varones, e incluso mi padre que era el vínculo político, llevaban una cinta negra en el sombrero y en la manga del saco o la camisa, y finalmente con el alivio de luto un cinta en el ojal de la solapa.
Este día sin embargo es uno de los pocos del año, que aun en el dolor que debía notarse que flotaba en el ambiente, todos se preparan.
Es feriado, porque nadie trabaja, y los seis varones que viven solteros aun en la casa paterna, exceptuando al mayor que esta casado en Buenos Aires, lustran sus zapatos, se peinan con atención o recortan sus bigotes a la moda. Las mujeres de la casa, después de ordenar todo, arreglan cuidadosamente su cabello, se empolvan el rostro y ponen crema en sus manos.
Este día todos visten sus mejores ropas, los hombres se calan rigurosamente sus sombreros, se ajustan la corbata o el pañuelo en el cuello, se ponen algunas gotas de perfume. Las mujeres sus vestidos hechos por ellas mismas para la ocasión, la mantilla en la cabeza.
Y después de almorzar –temprano aun en la tarde fría que recién se despereza- van saliendo para la iglesia.
Es 16 de Julio, la fiesta de la Virgen del Carmen, patrona de la iglesia y del pueblo. Hay misa y procesión por las calles cargando la imagen. Se escuchan bombas de estruendo, campanadas, cantos.
Y allá van los fieles, mi familia y todas las familias, nosotros los mas chicos y aun los mas ancianos, rezando y pidiendo a la virgen que nos de menos dolores o quizá mas fuerza para soportar los inevitables.

Texto agregado el 08-03-2011, y leído por 317 visitantes. (3 votos)


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