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‘‘Escríbeme algo’’, le pidió ella, mientras llevaba a su boca la taza de café. El la miró un buen rato, mientras ella jugaba con la espuma que quedaba en sus labios. Se reía para si, y pensaba en la mirada sobria y coqueta que el mostraba al intentar inspirarse para cumplir con su petición.
‘‘¿Por qué debería escribirte algo?’’, le dijo el al cabo de un rato. Tomó uno de los biscochos de la mesa y se lo echó a la boca.
Estaban los dos… solos en la ciudad más triste del planeta, pero felices. Parecían venir de otro mundo, o dimensión. Así que se reían hace un rato de cualquier situación que se les pasara por la mente, o de la gente que había en el local o de aquellos que pasaran por fuera de la cafetería más triste de la ciudad más triste en un día frío de otoño… triste de por cierto.
‘‘No se trata de que debas hacerlo… pero me encantaría tener uno de tus poemas. Pero uno exclusivo para mí, por favor, escríbeme algo. Has cuenta de que soy tu enamorada… no sé, un discurso elocuente y romántico… aunque no sea un premio Nóbel, lo que salga de ti’’. Ella volvió a dibujar una sonrisa. Era toda una princesa pidiendo entretenimiento a su bufón.
El la volvió a mirar. La observó un rato, intentaba absorber su esencia. La esencia de una bella mujer… chica, que bebía café frente a el… que jugaba con el cabello que de repente caía en su rostro, que le miraba expectante y coqueta, esperando la respuesta de su imaginación y talento.

Se decidió, tomó una pluma que traía consigo, y su cuaderno lo puso en sus piernas, de tal forma que ella no viera lo que escribía. Bajó la mirada, y se dispuso a trabajar. Por un momento el olvido lo que había a su alrededor. Su mundo cambió, y se trasladó al interior de otra dimensión a la cual no todos tenían acceso. Ella se hallaba expectante, esperando el resultado final de la obra de arte, tal como les sucedía a los pintores.
Allí, en la ciudad más triste del planeta se habían encontrado, en la calle, como dos desconocidos, pero claro que se conocían hace algún tiempo. Una pequeña conversación los llevó al local más triste de la ciudad a beber un café amargo, para conversar de alegrías tontas y pensamientos incoherente… de cómo debería ser el mundo y de cómo realmente es… de que el amor es una mugre y una fantasía, y de lo que es mejor convencerse que es… de tantas cosas que la gente real no conversa y ellos si… hasta que llegaron al punto de la vida de ella… y se rieron de sus desgracias, y luego el comenzó a hablar de su desdichada vida de poeta frustrado, de su talento que ya no servía en un mundo tan superficial… y se rieron de eso también. Así que ella le pidió que por favor le escribiera un poema… superficial, algo que el no sentía, que inventara sentimientos por ella, infelizmente casada. Que el, soltero desde siempre y maltratado por el amor, poeta casi suicida, escribiera de boca para afuera versos hermosos a su vieja conocida… en menos de cinco minutos.

‘‘He terminado’’, dijo después de un rato. Sonrió.
‘‘Quiero leerlo… o mejor, léemelo tú’’, le pidió. Sin levantar el cuaderno, tomando aire, el se dispuso a comenzar la lectura.

‘‘Cómo poder…
¿Cómo poder expresarte, princesa mía…
…el interior de mi corazón ahogado?
Sumergido en sentimientos de amor alocado
Si pudiera lograr que el sol te hiciera reverencia
Y que la luna te sirviera día y noche
Pero no puedes comprender, amor
Cuanto estremeces mi alma
Cuando me miras a los ojos
Y tu voz perfora mis oídos
Así me he ocultado en las sombras
Huyendo por miedo a no creer en tu amor
En que algún día, mi princesa, pudieras amar
Amar a este triste desdichado
Y mirar a este, que no merece tu atención
Por eso te has vuelto un sueño
Un anhelo lejano
Un milagro y esperanza
La razón para vivir y respirar…’’

Levantó el rostro un poco sonrojado, pero aún guardando un aire profesional.
‘‘¡Bravo!’’, dijo ella con una sonrisa, muy conmovida. ‘‘Me encantó’’.
El bajó la mirada, y rápidamente arrancó la hoja, ella pensando que recibiría el poema ahora en sus manos. Para su sorpresa, el arrugó la hoja.
‘‘¿Qué haces?, ¿por qué hiciste eso?’’, dijo sorprendida por la actitud extraña de el.
‘‘No querrás leer esto… además, ya me tengo que ir, se me hace tarde’’, dijo el, mientras se levantaba rápidamente. Sacó el dinero de lo consumido, por el y por ella. Y lo dejó en la mesa. Con la hoja en la mano. ‘‘Adiós’’, le dijo, mientras la besaba en la mejilla, con ella, aún perpleja y sin comprender nada.
Ella se volteó a mirarlo mientras el se iba. El dejó caer la hoja en el basurero, pero esta rebotó en el borde, cayendo afuera de este.
Afuera comenzaba una llovizna, y el viento soplaba, moviendo las hojas sueltas de unos árboles tristes. La gente, cubierta con bufandas y abrigos apuraba el paso. Ella se levanto, y se dirigió al basurero. Se inclino y tomó la hoja. La abrió, y su corazón se estremeció al ver que la hoja estaba en blanco… y cuando quiso buscarle, el ya se había ido… y nunca más le vio.

Texto agregado el 09-03-2011, y leído por 145 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
09-03-2011 Los poetas son creativos y audaces con las palabras, pero muy cobardes NeweN
 
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